LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO II La fotografía
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CAPÍTULO II La fotografía

Elena tardó más de lo previsto en bajar a la terraza.

Durante casi veinte minutos permaneció sentada en el borde de la cama con la fotografía y el billete delante, intentando decidir qué debía hacer con ellos.

La reacción más lógica habría sido llamar inmediatamente a los demás, pero algo la frenaba.

Quizá fuera la precisión con la que Sergio había hablado de aquellos veintisiete años y tres meses, o la vacilación de Marcos cuando aseguró que nunca había estado en Estambul.

Tal vez fueran simplemente demasiadas pequeñas anomalías acumulándose en unas pocas horas.

Guardó finalmente el billete en el bolsillo interior del bolso y devolvió la fotografía al sobre.

Enseñaría una cosa, pero no la otra. No sabía exactamente por qué, aunque conservar una parte de la información únicamente para ella le producía una sensación de control que necesitaba en aquel momento.

Se cambió de ropa. Había llevado un vestido negro que apenas utilizaba porque siempre le parecía excesivo para cualquier ocasión ordinaria.

Era sencillo, sin mangas, ceñido en la cintura y con una abertura lateral que descubría buena parte del muslo al caminar.

Dudó frente al espejo antes de ponérselo, pero recordó la forma en que Marcos la había mirado en el pasillo y decidió que precisamente aquella era una de esas noches en las que no quería parecer prudente.

Se soltó el cabello, oscureció ligeramente el tono de sus labios y volvió a observarse.

Le gustó lo que vio. Más aún, le gustó reconocer que parte de aquel cuidado tenía una intención concreta.

Quería que Marcos la mirara otra vez. Quería comprobar si lo hacía de la misma manera.

Cuando abrió la puerta lo encontró esperando junto al ascensor. Elena se detuvo un instante, sorprendida.

—Pensaba que ya estarías arriba.

—He bajado a buscarte.

—¿Por qué?

Marcos la recorrió con la mirada sin demasiado interés por disimularlo. Se demoró en sus piernas antes de volver a sus ojos.

—Ahora mismo se me ocurre una razón bastante buena.

Elena sonrió mientras pulsaba el botón.

—Sigues siendo muy sutil.

—Nunca te gustó especialmente que lo fuera.

Entraron en el ascensor y Elena pulsó la última planta. El espejo del fondo devolvía la imagen de Marcos detrás de ella, ahora con una camisa negra sin chaqueta y el primer botón abierto. Durante unos segundos ninguno habló. Elena observó su reflejo hasta que sus miradas coincidieron en el cristal.

—¿Por qué Estambul? —preguntó.

—Ya te lo he dicho. Porque ninguno había estado aquí.

—Tú tampoco.

—Tampoco.

Elena giró ligeramente la cabeza.

—En el avión has tardado en responder.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que me diera cuenta.

Marcos sonrió.

—Siempre te fijabas demasiado en todo.

—Y tú siempre evitabas responder cuando no te interesaba.

El ascensor se detuvo en una planta intermedia. Las puertas se abrieron ante un pasillo vacío y volvieron a cerrarse. Marcos dio un pequeño paso hacia Elena, quizá simplemente para apartarse de la puerta, aunque la distancia entre ambos quedó reducida hasta hacerse difícil de ignorar.

—También recuerdo eso —dijo.

—¿Qué cosa?

—La forma en que me mirabas cuando querías preguntarme algo y no sabías si hacerlo.

—Hace veintisiete años.

—No todo cambia en veintisiete años.

Marcos levantó una mano y apartó un mechón de cabello que descansaba sobre el hombro de Elena.

Los dedos le rozaron el cuello y descendieron apenas unos centímetros sobre la piel desnuda antes de retirarse.

Fue un gesto pequeño, pero Elena notó el efecto inmediatamente.

El vientre se le contrajo y sintió una oleada de calor demasiado intensa para atribuirla únicamente a la cercanía.

—Estás casado —dijo.

Marcos no apartó los ojos.

—Lo sé.

—Bien. Era por comprobar que al menos eso sí lo recordabas.

Elena esperaba que aquella frase introdujera una distancia entre ambos, pero ninguno se movió.

Marcos se inclinó lentamente, dándole tiempo suficiente para detenerlo.

Ella permaneció donde estaba. Sus labios se rozaron primero de una forma casi tentativa, un beso demasiado breve para satisfacer la curiosidad que ambos arrastraban desde el pasillo.

Cuando volvieron a encontrarse ya no hubo la misma cautela.

Marcos apoyó una mano en su cintura y Elena respondió acercándose hasta sentir su cuerpo contra el suyo.

El beso se hizo más profundo, más lento al principio y después mucho menos prudente.

Elena deslizó los dedos por su nuca mientras la mano de Marcos bajaba por su espalda y se detenía en la curva de la cintura, atrayéndola hacia él.

Fue aquel gesto lo que provocó el recuerdo.

Elena abrió los ojos y se separó unos centímetros.

Durante un instante no vio el interior del ascensor, sino una habitación en penumbra, una pared contra su espalda y las manos de Marcos sobre ella muchos años atrás.

Recordó la tela de un vestido ascendiendo por sus piernas, su propia respiración entrecortada y la boca de Marcos recorriéndole el cuello.

La escena desapareció casi enseguida, pero dejó una sensación demasiado concreta en su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —preguntó él.

Elena respiró profundamente.

—He recordado algo.

La expresión de Marcos cambió apenas un instante.

—¿Qué?

—A ti.

—Eso ya lo sabía.

—No. Me refiero a nosotros. Una habitación.

Marcos permaneció inmóvil.

—¿Qué habitación?

—Eso es precisamente lo que no recuerdo.

Elena continuó mirándolo, esperando alguna reacción, pero las puertas se abrieron en la última planta antes de que él respondiera. Al otro lado llegaban la música y el murmullo de conversaciones procedentes de la terraza.

—Luego seguimos —dijo ella.

La terraza ocupaba prácticamente toda la azotea.

Había mesas distribuidas entre plantas altas y pequeños árboles iluminados desde el suelo, y al fondo el Bósforo reflejaba las luces de los barcos.

Más allá se extendía una ciudad interminable que parecía multiplicarse a cada lado del agua.

Andrés estaba junto a la barandilla con una copa en la mano, Nuria hacía fotografías y Sergio permanecía sentado observando el paisaje.

—Por fin —dijo Andrés al verlos—. Estábamos a punto de empezar sin vosotros.

Nuria miró a Elena y después a Marcos.

—Habéis tardado bastante para venir desde la cuarta planta.

—El ascensor se ha parado —respondió Marcos.

—Ya —dijo Nuria.

Elena percibió la sonrisa de su amiga y decidió ignorarla.

Se sentaron y durante los primeros minutos la conversación recuperó una normalidad casi convincente.

Llegaron pequeños platos que Marcos había dejado a elección del chef, vino blanco, pescado, verduras asadas, quesos y especias que Elena apenas conocía.

Andrés recordó anécdotas de antiguos viajes, Nuria corrigió sistemáticamente la mitad de ellas y Sergio intervino solo de vez en cuando.

Por momentos era fácil imaginar que no habían pasado veintisiete años, aunque bastaba observarlos con atención para comprender cuánto había cambiado cada uno.

Elena se dedicó precisamente a eso. Andrés hablaba demasiado, como siempre que algo lo ponía nervioso.

Nuria bebía despacio y escuchaba incluso aquello que los demás evitaban decir.

Sergio miraba periódicamente hacia el agua y parecía ausente.

Marcos era el único completamente relajado.

Elena lo observó mientras hablaba con Andrés y sintió otra vez el recuerdo del ascensor.

Seguía teniendo en los labios la sensación de aquel beso y en la cintura la memoria de sus manos.

Le molestó reconocer que deseaba repetirlo y todavía más advertir que sus sospechas sobre él no disminuían aquella atracción, sino que parecían volverla más intensa.

Esperó hasta que terminaron el segundo plato antes de sacar el sobre y dejarlo en el centro de la mesa.

—Esto estaba debajo de la puerta de mi habitación.

Las conversaciones cesaron. Nuria reconoció inmediatamente el sobre.

—Es igual que los nuestros.

—Exactamente igual.

—¿Quién te lo ha dado? —preguntó Andrés.

—Nadie. Cuando he terminado de hablar por teléfono estaba en el suelo.

Marcos frunció el ceño.

—¿Has llamado a recepción?

—Antes. Había recibido una llamada extraña. Nadie hablaba.

—¿Y no nos has avisado?

Elena lo miró.

—Quería veros antes.

—¿Para qué?

—Para saber quién parecía sorprendido.

Andrés dejó escapar una risa breve.

—Empiezas fuerte.

Elena abrió el sobre y colocó la fotografía sobre la mesa. La reacción fue inmediata. Andrés dejó la copa. Nuria se inclinó hacia delante sin tocarla. Sergio permaneció completamente quieto y Marcos fue el primero que alargó una mano para cogerla.

—Joder —murmuró Andrés.

—¿Recordáis esto? —preguntó Elena.

—Claro que sí —respondió Sergio.

Nuria lo miró.

—Habla por ti.

Marcos acercó la fotografía a la pequeña lámpara.

—¿Dónde la has conseguido?

—Te acabo de decir dónde estaba.

—Me refiero a quién puede tenerla.

—Eso me gustaría saber a mí.

Elena les preguntó dónde creían que había sido tomada.

Sergio respondió que cerca de Trieste, mientras Andrés negó inmediatamente porque, según él, todavía no habían alquilado aquel coche cuando estuvieron allí.

La discusión se prolongó unos minutos. Lo que al principio parecía una discrepancia irrelevante fue adquiriendo un tono más incómodo porque ambos sostenían sus recuerdos con absoluta seguridad.

—Da igual dónde fue —intervino Nuria.

—No creo que dé igual —dijo Elena—. Quiero saber qué recuerda cada uno.

Nuria apoyó la copa.

—Han pasado veintisiete años. Es normal que no coincidamos.

—Una cosa es no recordar un restaurante y otra no saber en qué país estábamos.

Marcos dio la vuelta a la fotografía.

—Hay algo escrito.

Elena ya conocía la frase, pero dejó que la leyera.

—«Esta vez terminaremos el viaje».

El silencio fue inmediato.

Andrés negó con la cabeza.

—Esto no tiene ninguna gracia.

—No creo que pretenda tenerla —respondió Elena.