CAPÍTULO I El sexto billete #2
—¿Hay que vestirse de alguna manera? —preguntó Andrés.
Nuria lo examinó de arriba abajo.
—Tú sí.
Volvieron a reír y durante unos segundos la tensión desapareció.
El ascensor fue dejándolos en diferentes plantas hasta que Elena descubrió que Marcos bajaba con ella en la cuarta. Recorrieron juntos un pasillo silencioso, cubierto por una moqueta que amortiguaba sus pasos.
—¿También estás aquí? —preguntó.
—Cuatrocientos ocho.
—Yo en la seis.
—Lo sé.
Elena se detuvo.
—¿Cómo que lo sabes?
Marcos sonrió.
—He hecho yo la reserva.
—Eso no explica por qué recuerdas mi número.
—Recuerdo bastantes cosas de ti.
La respuesta consiguió que Elena lo mirara de otra manera. Marcos continuó caminando hasta la puerta 406 y se detuvo. Ella introdujo la tarjeta en la cerradura, pero antes de entrar volvió la cabeza.
—No tienes ni idea de cómo soy ahora.
Marcos no respondió inmediatamente. Estaba demasiado cerca, lo suficiente para que Elena volviera a percibir su perfume y, esta vez, también el calor de su cuerpo.
No había contacto entre ellos ni ningún gesto abiertamente impropio, pero la distancia era menor de la necesaria y ambos parecían saberlo.
Elena se sorprendió observando su boca mientras él hablaba y tuvo que obligarse a recuperar sus ojos.
—Probablemente tengas razón —dijo Marcos—. Pero recuerdo perfectamente cómo eras.
Aquella frase debería haberla molestado. En cambio, despertó algo más peligroso.
—Hace veintisiete años.
—Hay cosas que no necesitan tanto tiempo para olvidarse.
Elena sintió que se le aceleraba ligeramente el pulso.
Era consciente de que Marcos estaba casado, pero lo inquietante fue comprobar que aquel pensamiento no bastaba para hacerla retroceder.
Su matrimonio era asunto suyo, se dijo, aunque supo inmediatamente que aquella era una justificación demasiado cómoda.
Durante unos segundos imaginó qué ocurriría si él avanzaba apenas unos centímetros.
No necesitó imaginar mucho más. Su cuerpo reaccionó antes que cualquier razonamiento y Elena comprendió, con una mezcla de alarma y excitación, que probablemente no se apartaría.
Marcos bajó la mirada hacia sus labios durante un instante tan breve que podría haber sido accidental. Después volvió a mirarla a los ojos.
—Dentro de una hora.
—Dentro de una hora —repitió ella.
Él comenzó a alejarse, pero Elena lo llamó.
—Marcos.
Se volvió. Estuvo a punto de preguntarle por qué había organizado aquel viaje precisamente ahora, después de tantos años, y por qué Estambul.
También quiso preguntarle por Daniel, por los tres meses que había mencionado Sergio y, sobre todo, por qué aquella frase, «confía en mí», había abierto dentro de ella un recuerdo que no conseguía completar. Finalmente no dijo nada.
—Nada. Nos vemos arriba.
Marcos permaneció unos segundos mirándola y después continuó hacia su habitación.
Elena entró y cerró la puerta. La habitación era todavía mejor de lo que esperaba.
Una cama enorme ocupaba el centro frente a unos ventanales desde los que se veía una franja del Bósforo; junto al cristal había una bañera exenta, una pequeña mesa y una botella de vino esperando en una cubitera.
La terraza era suficientemente amplia para dos personas, detalle que le hizo sonreír mientras dejaba la maleta sobre la cama.
Los hoteles tenían una habilidad especial para sugerir vidas que no eran la tuya.
Abrió las puertas de la terraza y dejó que entrara el aire templado de septiembre.
Desde algún punto lejano llegó la bocina de un barco y poco después respondió otra, mientras las luces se multiplicaban al otro lado del agua.
Elena permaneció allí durante unos minutos, contemplando una ciudad que todavía no conocía y recuperando una sensación que casi había olvidado: la de estar lejos.
Durante cuatro días no tenía que ser la madre de nadie, ni la exmujer de nadie, ni estar pendiente de horarios, compras o llamadas.
Por primera vez en mucho tiempo nadie esperaba absolutamente nada de ella.
Se quitó los zapatos y los pendientes y caminó descalza por la habitación.
Frente al espejo situado junto al minibar se detuvo a contemplarse.
Cuarenta y nueve años. Durante demasiado tiempo aquella cifra le había parecido la antesala de algo que prefería no nombrar.
Ahora observó sus hombros, la curva de la cintura bajo el vestido, las piernas que seguían gustándole y la ligera marca que el sujetador había dejado sobre la piel.
Se recogió el cabello con una mano y durante unos segundos contempló su cuello despejado.
Pensó en la forma en que Marcos la había mirado.
El pensamiento provocó una respuesta inmediata y algo incómoda.
No era únicamente satisfacción por sentirse deseada.
Había deseo también en ella, y reconocerlo le produjo una excitación que hacía tiempo que no experimentaba con aquella intensidad.
Imaginó por un instante que Marcos no hubiera retrocedido en el pasillo, que hubiese apoyado una mano en su cintura y la hubiera acercado hacia él.
La imagen resultó tan nítida que Elena sintió calor en el pecho y tuvo que apartarse del espejo.
Hacía años que no pensaba en él de aquella manera. O quizá llevaba años evitando hacerlo.
Fue hasta la botella de vino, pero antes de servirse sonó el teléfono de la habitación.
El timbre la sobresaltó.
—¿Sí?
Nadie respondió.
—¿Hola?
Durante unos segundos solo escuchó silencio. Después creyó percibir una respiración al otro lado.
—¿Quién es?
La comunicación terminó. Elena permaneció unos instantes con el auricular junto al oído antes de llamar a recepción.
La empleada comprobó el sistema y le aseguró que no figuraba ninguna llamada externa ni tampoco procedente de otra habitación.
Elena agradeció la información y colgó tratando de convencerse de que habría sido algún fallo técnico.
Fue entonces cuando vio el sobre en el suelo, justo debajo de la puerta.
Se acercó despacio. Era idéntico a los que les habían entregado en recepción: color marfil, papel grueso y su nombre escrito a mano en el centro.
Elena abrió inmediatamente la puerta y asomó la cabeza al pasillo.
No había nadie. Miró hacia ambos lados y solo alcanzó a ver, al fondo, las puertas del ascensor cerrándose.
—¿Hola?
Nadie respondió. Regresó a la habitación, cerró la puerta y examinó el sobre.
No llevaba sello ni ninguna indicación del hotel.
Lo abrió y encontró en su interior una fotografía.
Al principio solo vio un grupo de jóvenes junto a un coche y necesitó unos segundos para comprender que estaba mirándose a sí misma veintisiete años atrás.
Eran ellos, los seis. Andrés aparecía sentado sobre el capó, Nuria levantaba una botella y Sergio sonreía hacia la cámara.
Marcos estaba junto a Elena y tenía un brazo alrededor de su cintura.
La forma en que la sujetaba provocó en ella un recuerdo instantáneo del pasillo y, por un momento, el presente y aquella imagen parecieron tocarse.
Detrás de ellos estaba Daniel. Elena sintió que algo se le contraía en el estómago.
Recordaba perfectamente aquel día. Recordaba el coche, el calor, la carretera y el lugar donde habían parado, pero había algo en la fotografía que no encajaba.
Se acercó a la lámpara y la examinó con mayor atención.
Daniel sonreía, aunque no estaba mirando a la cámara. Miraba hacia Elena.
Entonces recordó otra cosa. Aquella fotografía había sido tomada la mañana posterior a la noche que no conseguía reconstruir. Elena sintió un escalofrío.
Observó a Marcos en la imagen. Tenía el brazo alrededor de ella y parecía feliz. Elena también sonreía, pero cuanto más miraba su propio rostro menos reconocía aquella expresión. Había algo agotado en sus ojos, una sombra que nunca habría advertido si no hubiera sabido lo que ocurrió después.
Daniel desapareció tres meses más tarde. Y desde entonces ninguno de los cinco había vuelto a viajar junto. Elena dio la vuelta a la fotografía. En el reverso, escrita con tinta azul, había una frase: «Esta vez terminaremos el viaje».
Permaneció inmóvil intentando comprender qué significaba aquello y quién podía haber entrado en el hotel con una fotografía que ni siquiera recordaba haber visto.
Después advirtió que dentro del sobre había algo más.
Introdujo los dedos y sacó un billete de avión para dos días después.
El vuelo salía de Estambul con destino a Roma el jueves a las 18:40.
Elena leyó el nombre del pasajero y notó que se le secaba la boca. Volvió a leerlo para asegurarse de que no estaba interpretando mal las letras.
Daniel Valdés. Se sentó lentamente en el borde de la cama con la fotografía en una mano y el billete en la otra.
Durante veintisiete años había aceptado la versión más sencilla de aquella historia: Daniel desapareció, nadie supo por qué y todos terminaron aprendiendo a vivir con la ausencia.
Sin embargo, mientras miraba aquel billete comprendió que había algo mucho más inquietante que la posibilidad de que Daniel siguiera vivo.
Alguien sabía exactamente lo que había ocurrido durante aquel viaje. Y había decidido que había llegado el momento de obligarlos a recordarlo.