LO QUE EL DESEO NO OLVIDA
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CAPÍTULO I El sexto billete
Cuando el avión comenzó a descender sobre Estambul, Elena apoyó la frente contra la ventanilla y sintió una impresión tan absurda que durante unos segundos permaneció mirando las luces sin intentar combatirla: tenía la sensación de estar regresando a un lugar que ya conocía.
No era posible. Había viajado bastante durante los últimos veinte años, primero con Javier, después con los niños y, desde el divorcio, también sola.
Había visto amanecer sobre Manhattan, había atravesado Roma bajo una tormenta de agosto, se había perdido voluntariamente por las calles de Praga y una vez cruzó medio océano para pasar cuatro días en una isla de la que regresó convencida de que nunca volvería a necesitar unas vacaciones.
Pero Turquía no figuraba entre sus recuerdos. Nunca había estado allí.
Abajo, el Bósforo aparecía como una franja oscura que dividía dos extensiones interminables de luces.
Desde aquella altura apenas podían distinguirse las calles, pero sí los puentes iluminados, el movimiento diminuto de los barcos y, a lo lejos, algunas siluetas que parecían elevarse sobre la ciudad.
Estambul tenía algo excesivo incluso contemplada desde el aire, algo que Elena no habría sabido explicar y que le produjo una expectación parecida a la que había sentido muchos años atrás, cuando todavía creía que viajar significaba necesariamente que algo iba a ocurrir.
—Impresiona, ¿verdad?
La voz de Marcos llegó desde el asiento contiguo y Elena se apartó del cristal.
—Mucho.
—Y todavía no has visto nada.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Has estado aquí?
Marcos tardó apenas un segundo en contestar.
—No.
Fue una vacilación mínima, seguramente insignificante, pero Elena la percibió.
Durante un instante estuvo a punto de preguntarle por qué había tardado tanto en responder, aunque finalmente volvió la mirada hacia la ventanilla.
Horas después recordaría aquel segundo y se preguntaría por qué no había insistido.
Cuando las ruedas tocaron tierra, miró de nuevo a Marcos.
Habían transcurrido veintisiete años desde la última vez que viajaron juntos, veintisiete años desde aquel verano en que eran seis amigos convencidos de que algunas cosas durarían para siempre.
Ahora solo quedaban cinco, aunque ninguno de ellos había pronunciado todavía el nombre del que faltaba.
A los veintidós años ninguno tenía dinero.
Dormían en hostales, compraban comida en supermercados y podían discutir durante media hora porque alguien se había gastado en cerveza lo que correspondía al fondo común.
Elena recordaba aquellos viajes como una sucesión de carreteras, habitaciones demasiado pequeñas, playas improvisadas, noches que terminaban al amanecer y una libertad tan absoluta que ahora le resultaba casi incomprensible.
Entonces estaba convencida de saber cómo sería su vida.
Se casaría antes de los treinta, tendría dos hijos, trabajaría en algo que le gustase y conservaría para siempre a aquellos amigos.
Había acertado en algunas cosas y se había equivocado espectacularmente en otras.
Ahora eran cinco personas acercándose a los cincuenta con vidas que apenas conocían en profundidad.
Elena llevaba seis años divorciada. Marcos continuaba casado con Laura, aunque por lo poco que sabía nadie habría podido determinar dónde terminaba su matrimonio y dónde comenzaba una convivencia mantenida por costumbre.
Andrés había tenido dos hijos con dos mujeres diferentes y aseguraba llevarse extraordinariamente bien con ambas, afirmación que ninguno se había molestado en comprobar.
Nuria vivía sola en Barcelona, dirigía un estudio de interiorismo y parecía haber construido exactamente la clase de vida que todos envidiaban desde fuera.
Sergio había enviudado tres años atrás y desde entonces se había vuelto más silencioso, como si hubiera descubierto que determinadas pérdidas no necesitaban explicaciones.
El nombre de Daniel no apareció durante el trayecto desde el aeropuerto.
El conductor los esperaba con una pequeña placa a nombre de Marcos Robles y los condujo hasta una furgoneta negra estacionada en la zona de llegadas.
Cuando estuvieron dentro, las bromas comenzaron con una facilidad que sorprendió a Elena.
Andrés recordó una noche en Lisboa en la que Sergio perdió las llaves del coche y tuvieron que dormir en una estación; Nuria juró que aquello no había ocurrido exactamente así; Sergio sonrió por primera vez desde que habían aterrizado.
Durante unos minutos regresó algo de quienes habían sido, aunque Elena tuvo la impresión de que todos estaban representando una versión cuidadosamente seleccionada del pasado.
Observó a Marcos mientras hablaba con Andrés y tuvo que admitir algo que le resultó incómodo: era más atractivo ahora que a los veintitrés años.
El tiempo le había ensanchado ligeramente el rostro y había dejado algunas líneas alrededor de los ojos, pero no lo habían estropeado.
Al contrario. El cabello, antes completamente negro, empezaba a encanecer en las sienes y llevaba una camisa blanca con los dos primeros botones abiertos que dejaba ver una pequeña extensión de piel y el comienzo del pecho.
Elena se sorprendió mirando precisamente allí y desvió los ojos antes de que alguien pudiera darse cuenta.
Marcos se inclinó hacia delante para decir algo al conductor y entonces ella reconoció su perfume.
Aquello la desconcertó todavía más que su aspecto.
No tenía nada de extraordinario que continuara utilizando una fragancia parecida después de tantos años; lo extraordinario era que Elena la reconociera inmediatamente.
El olor provocó una reacción anterior al pensamiento, una memoria física que pareció recorrerla desde el cuello hasta el vientre antes de que pudiera identificarla.
Recordó su cercanía, una habitación que no consiguió situar, una mano de Marcos en su cintura y una voz pronunciada demasiado cerca de su oído.
La imagen desapareció casi inmediatamente, pero la sensación permaneció.
Se obligó a mirar por la ventanilla. No había pensado en Marcos de aquella manera durante años. O eso se dijo.
La ciudad fue apareciendo poco a poco al otro lado del cristal.
Primero las avenidas anchas, después calles estrechas y llenas de vida, restaurantes aún abiertos, taxis, terrazas, edificios antiguos encajados entre construcciones modernas.
Estambul parecía negarse a dormir. En algún momento alcanzaron a ver el agua y, al otro lado, miles de luces extendiéndose hacia Asia.
—Mañana cenamos allí —anunció Marcos.
—¿En Asia? —preguntó Sergio.
—En Asia.
Andrés soltó una carcajada.
—A nuestra edad una cena en otro continente empieza a parecer una aventura.
—No hables por todos —dijo Nuria.
—Confía en mí —añadió Marcos—. Va a merecer la pena.
Aquellas tres palabras despertaron en Elena un recuerdo tan rápido que apenas consiguió atraparlo.
Una habitación en penumbra, una puerta que alguien había dejado entreabierta y Marcos muy cerca de ella, pronunciando exactamente lo mismo: «Confía en mí».
No consiguió recordar qué había ocurrido inmediatamente después, pero sí algo más perturbador: la sensación de que entonces había querido hacerlo. Fuera lo que fuese.
Trató de reconstruir la escena y solo consiguió que se volviera más imprecisa.
Durante unos segundos creyó recordar el contacto de unos dedos recorriéndole la espalda, pero no estaba segura de si aquello pertenecía realmente al pasado o si su imaginación estaba rellenando un vacío.
Lo único nítido era la voz de Marcos y una oscuridad posterior que no sabía si correspondía a una habitación, al alcohol o a algo que deliberadamente había dejado de recordar.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos.
Elena tardó un instante en darse cuenta de que la estaba mirando.
—Perfectamente.
Él mantuvo sus ojos sobre ella un segundo más de lo necesario antes de volver la cabeza.
El hotel estaba situado en una calle tranquila de Karaköy.
Desde fuera resultaba discreto, pero al atravesar las puertas descubrieron un vestíbulo de piedra, madera oscura y lámparas suspendidas a diferentes alturas.
Olía a cedro, especias y alguna esencia dulce que Elena no logró identificar.
Al fondo, unos enormes ventanales mostraban la ciudad descendiendo hacia el agua.
—Esto sí merece haber renunciado a Milán —admitió Nuria.
Marcos sonrió.
—Esperad a ver las habitaciones.
—Te lo has preparado bien —dijo Elena.
—Veintisiete años merecían algo especial.
La frase dejó una incomodidad breve entre ellos. Fue Sergio quien la rompió.
—Veintisiete años y tres meses.
Marcos dejó de sonreír.
Nuria giró la cabeza hacia Sergio.
—No empecemos.
—No he empezado nada.
—Pues no lo hagas.
Andrés aceptó una de las copas que acababa de ofrecerles un empleado y bebió un trago generoso.
—Propongo una norma. Durante las primeras veinticuatro horas queda prohibido hablar de todo aquello que pueda arruinarnos las vacaciones.
—No son vacaciones —dijo Sergio.
—Entonces con más razón.
Elena miró a uno y otro. Aquellos tres meses que Sergio había añadido con tanta precisión le produjeron una inquietud inesperada.
Nunca había pensado en la desaparición de Daniel en términos de meses.
Para ella todo pertenecía al mismo verano, al mismo viaje, a una época deliberadamente borrosa.
Sin embargo, Sergio parecía llevar la cuenta.
Antes de que pudiera preguntar, un empleado apareció con cinco sobres color marfil y rompió la conversación.
Eran de papel grueso y cada uno llevaba escrito a mano el nombre del huésped.
Dentro estaban las tarjetas de acceso y una pequeña cartulina con el número de habitación. A Elena le había correspondido la 406.
—Nos vemos arriba dentro de una hora —dijo Marcos—. He reservado la terraza.