LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XVI El último viaje #4
100%

CAPÍTULO XVI El último viaje #4

—Podemos hacer algo más tranquilo —propuso Sergio—. Un crucero.

Daniel negó.

—Ni hablar. Si desaparezco de un barco, vais a sospechar demasiado rápido.

Las risas volvieron a mezclarse con el ruido de la ciudad.

Elena se apartó unos pasos y se apoyó en la barandilla. Marcos se acercó, pero no la rodeó ni intentó convertir aquel instante en una imagen perfecta. Simplemente permaneció junto a ella.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que todo empezó con una fotografía de seis personas.

Marcos miró al grupo.

—Y termina con otra.

Elena negó suavemente.

—No. La historia de Daniel termina aquí. La de la 317 también. Incluso la nuestra de hace veintisiete años. Pero no quiero pensar que todo termina con una fotografía.

Marcos la observó.

—Entonces ¿qué hacemos?

Elena volvió la vista hacia el río. Durante aquella historia demasiadas personas habían decidido por ella.

Daniel había elegido qué debía recordar.

Marcos había decidido alejarse para protegerla.

Sergio había ocultado la verdad porque creyó que era lo mejor.

Adriana, Esteban y Julián habían construido durante décadas vidas enteras alrededor del convencimiento de que ocultar podía ser una forma de amar.

Incluso ella había permitido durante demasiado tiempo que otras personas otorgaran significado a sus silencios.

Ahora entendía que recuperar su vida no consistía en reconstruir exactamente el pasado, sino en recuperar el derecho a elegir qué hacer con todo lo que había aprendido.

Se volvió hacia Marcos.

—Hacemos otro viaje.

Él sonrió.

—¿Adónde?

Elena pensó unos segundos.

—No lo sé.

—Eso no se parece demasiado a ti.

—Precisamente.

Marcos apoyó una mano sobre la barandilla, cerca de la suya.

—¿Y quién lo organiza?

Elena entrelazó los dedos con los de él.

—Los dos.

Detrás, Andrés los llamaba porque quería otra fotografía.

Daniel discutía con Sergio, Nuria se reía de ambos y, por primera vez, nadie parecía preocupado por quién faltaba.

Elena tiró suavemente de Marcos para regresar junto a ellos y, antes de caminar, se detuvo un instante para mirar otra vez el río.

Durante veintisiete años, el viaje que había comenzado con seis jóvenes quedó detenido en una habitación de Roma, atrapado entre documentos escondidos, recuerdos incompletos y decisiones tomadas en nombre de otros.

Habían tardado demasiado en comprender que la verdad no devolvía el tiempo perdido ni reparaba automáticamente lo ocurrido.

Solo les devolvía algo más sencillo y, quizá, más importante: la posibilidad de decidir qué hacer a partir de entonces.

Marcos apretó suavemente su mano.

—¿Vienes?

Elena lo miró.

—Sí.

No necesitaba saber cuánto duraría aquello ni prometer que nunca volverían a equivocarse.

Había aprendido que una vida no se construía evitando todos los riesgos, sino eligiendo cuáles merecía la pena asumir y haciéndose responsable después de esa elección.

Daniel estaba vivo y ya no se escondía. Sergio había dejado de proteger secretos que no le correspondían.

Adriana y su hijo empezaban una relación sin exigirle al pasado que desapareciera.

Nuria y Sergio tenían derecho a descubrir si detrás de aquel recuerdo había algo nuevo o simplemente una conversación pendiente.

Andrés seguía siendo Andrés, y quizá esa continuidad también era una forma de salvar algo.

Marcos había dejado de pedirle que esperara mientras resolvía su vida y había regresado cuando pudo hacerlo sin convertirla en una excusa.

Y Elena ya no necesitaba recuperar a la mujer que había sido.

Le bastaba con reconocer a la que era.

Regresaron junto a los demás y Andrés entregó el teléfono a una pareja que pasaba por allí.

—Una más —dijo—. Y esta vez que nadie cierre los ojos.

Los seis se colocaron frente al Atlántico.

Daniel quedó entre Sergio y Marcos, Nuria se apoyó en Andrés y Elena sintió la mano de Marcos rozar la suya antes de entrelazar los dedos.

Nadie buscó una postura perfecta ni pidió repetir la fotografía.

El obturador sonó una sola vez y, mientras regresaban hacia los demás, Elena pensó que durante años había creído que algunas historias quedaban definidas por el instante exacto en que algo se rompía.

Ahora sabía que no. Lo que realmente las definía era lo que cada uno elegía hacer después de conocer la verdad.

Esta vez no había billetes comprados a nombre de un desaparecido, destinos elegidos desde la sombra ni mensajes indicándoles hacia dónde debían dirigirse.

El próximo lugar todavía no tenía nombre y, mientras Marcos seguía sosteniendo su mano y los demás discutían detrás sobre dónde comer, Elena comprendió que aquello que sentía no era la certeza de que nada volvería a salir mal ni la seguridad de tener el futuro resuelto.

Era algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conquistar: la libertad de elegir hacia dónde quería ir y con quién quería hacerlo.

FIN