38
Camila
El teléfono —con las líneas ya recuperadas— vibra justo cuando termino de revisar por tercera vez el informe de calibración de los PDCE.
El silencio dentro de la cabaña es tan denso que el zumbido me pega un susto y casi me hace derramar el café.
Frunzo el ceño, apartándome un mechón de pelo de la cara.
A estas horas de la mañana solo pueden ser Lily, Kira informando de algún desperfecto más…
o alguien del maldito Instituto de Meteorología.
—¿Sí? Bennet al habla.
Escucho al otro lado de la línea con los ojos clavados en la pantalla del portátil.
Al principio no digo ni mu. Me limito a apoyar la espalda, cruzando las piernas mientras una sonrisa gigantesca, de esas que no puedes frenar aunque quieras, empieza a dibujarse en mi cara.
Noto cómo el pecho se me desinfla poco a poco, como si alguien me hubiera quitado de encima un saco de cemento de cincuenta kilos que llevaba semanas aplastándome.
El peso de la incertidumbre, de pasarme las noches en vela con el maldito runrún y calculando probabilidades de fracaso en este desierto, se disuelve con cada palabra que me llega desde el otro lado.
—Entiendo perfectamente —murmuro.
Sigo escuchando el monólogo, absorbiendo cada puñetero detalle y anotando un par de cifras en el primer papel que pillo.
Mis ojos viajan por la ventana de la cocina hacia el exterior.
Birdsong Hills continúa lamiéndose las heridas con orgullo.
A lo lejos, Ethan maneja el tractor rojo, esquivando los charcos que ya se están convirtiendo en vapor, mientras el viejo Bert le hace indicaciones exageradas con un brazo enérgico.
Ricky persigue por todo el corral a dos perros pastores que insisten en robarle los guantes de cuero a base de tirones, y Maddie, subida a la caja de una camioneta con el sol pegándole en la espalda, organiza los postes nuevos con algunos chicos más.
Es imposible dejar de sonreír.
—Gracias por llamarme antes de enviarlo al boletín oficial.
Esta es la confirmación que llevaba deseando en secreto durante días.
—Sí… ya nos pondremos con el papeleo con más calma. Tendrán mi respuesta definitiva muy pronto —añado, y cuelgo, casi con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco rompiera el hechizo de la llamada.
Durante varios segundos me quedo completamente quieta en mitad de la cocina.
Simplemente respiro el aire espeso y caluroso, dejando que la noticia se asiente en mi cuerpo y me encienda la sangre.
Después miro a mi alrededor, echo un vistazo al caos de la cabaña y suelto una carcajada limpia.
Madre del amor hermoso. Si alguien entrara ahora mismo pensaría que por aquí ha pasado un tornado y que han reemplazado a la mujer que tienen delante.
Me pongo en marcha y empiezo a recogerlo todo con una energía que ni recordaba que tenía.
Doblo las camisas, coloco las carpetas en su sitio, echo los cierres de las maletas de los sensores portátiles y dejo la cama decente, pegándole un par de puñetazos cariñosos a las almohadas para ahuecarlas.
Mientras me muevo de un lado a otro, mi mente no deja de volar hacia ella. Hacia mi vaquera terca.
Cuando termino de empaquetar los cables e imprimir un par de documentos, abro el pequeño frigorífico, y veo que me quedan dos manzanas verdes.
«Perfecto». Las cojo del cajón con una sonrisa de lo más pícara.
Conozco a un soltero de oro con orejas enormes que jamás en la vida rechazaría un buen soborno si es crujiente.
—Angus… —lo llamo con voz cantarina en cuanto cruzo el porche y salgo al aire libre. Sé que lleva un par de horas caminando por aquí.
El burro echa una oreja hacia atrás antes incluso de que mis botas pisen la tierra del corral. Está mordisqueando tranquilamente unos matorrales junto al cercado principal, completamente ajeno a las reconstrucciones de los techos y a cualquier problema.
—Ven aquí, delincuente —comento, plantándome delante y agitando una de las manzanas frente a su hocico—. Quiero que me ayudes con una cosa.
Las dos orejas se le ponen tiesas al instante.
—Eso es… no seas vago… —lo animo, aguantándole la mirada con ternura.
El tío da dos pasos solemnes y se detiene en seco, plantando los cascos en el suelo como si estuviera negociando con el sindicato el precio exacto de su dignidad.
—No me mires con esa cara de póker. Los dos sabemos perfectamente que vas a acabar claudicando por la fruta.
Le enseño la segunda manzana que llevo en la otra mano y, efectivamente, el truco funciona. Avanza con toda la parsimonia del mundo hasta quedarse pegado a mi pecho, resoplando contra mi camisa.
—Sabía que eras un vendido —murmuro entre risas mientras le acaricio el pelaje suave del hocico y dejo que le hinque el diente a la primera pieza.
Angus mastica con deleite, moviendo la mandíbula de lado y observándome de reojo para controlar que no me guarde nada.
—A ver, amigo, necesito que me hagas un favor de los gordos… —le explico, poniéndome seria para darle misterio al asunto—. Y no me pongas esa cara de que la cosa no va contigo. No es nada del otro mundo, la verdad. Solo tienes que hacerme de escolta y acompañarme allí dentro.
El burro me clava sus ojazos oscuros durante unos segundos, traga el bocado y, de repente, empieza a caminar delante de mí hacia la casa principal con una naturalidad pasmosa, como si el muy sinvergüenza hubiera entendido cada palabra de mi discurso.
—¿Ves? Si es que en el fondo hacemos una pareja de cine —comento, soltando una risa mientras lo sigo de cerca por el camino de tierra.
Los estragos que ha causado el temporal casi han desaparecido gracias a la paliza que se están pegando todos.
Todavía se ven algunos tablones de madera apoyados contra la pared de las caballerizas y varias herramientas repartidas por el suelo, pero este lugar vuelve a respirar con una fuerza brutal.
Darana está al fondo del pasillo de los boxes.
Calza sus botas de faena cubiertas de polvo rojo y lleva una camisa de cuadros remangada hasta los codos.
El cabestrillo de urgencias ya ha desaparecido, aunque todavía debe llevar cuidado.
Con una sola mano, intenta ajustar una bisagra nueva en la puerta de madera mientras sujeta el destornillador entre los dientes.
Niego con la cabeza. Es incorregible.
—Mira que eres terca, Calloway —le suelto, acortando la distancia a paso lento.
Ella gira el cuerpo despacio, cuidando el eje del hombro. Sus ojos miel, impactan directo contra los míos y ese hoyuelo canalla que tanto me vuelve loca aparece en su mejilla.
—Buenos días para ti también, Bennet —me responde, sacándose el destornillador de la boca.
Me cruzo de brazos, apoyando el peso en una pierna e intentando mantener cara de sargenta, aunque sé de sobra que con ella fracaso de manera estrepitosa.
—¿Se puede saber quién te ha dado permiso?
—Yo misma me firmé el alta, doctora —replica, haciendo girar el destornillador entre los dedos—. Te recuerdo que hace unas horas no decías lo mismo.
—Darana…
Las dos terminamos soltando un suspiro exactamente al mismo tiempo, rompiendo la distancia.
De repente, Angus carraspea a nuestras espaldas con uno de esos rebuznos graves. Darana parpadea, arquea una ceja, mira al burro y luego a mí con una curiosidad tremenda.
—¿Desde cuándo eres tan compinche de este sinvergüenza de cuatro patas?
Me encojo de hombros.
—Desde que he descubierto que el sector ganadero es sumamente fácil de sobornar.
—Pues no deberías malacostumbrarlo —responde ella, y de repente la luz de su sonrisa pierde un poco de intensidad—. Luego el bicho te va a echar de menos y se va a pasar el día rebuznando por las esquinas cuando te marches.
No le respondo al instante. Me limito a mirar a Angus, que se está terminando de tragar la segunda manzana mientras nos observa con esa cara de filósofo incomprendido.
—A ver, muévete —le digo a Darana con un deje misterioso, dándole un toquecito.
Ella frunce las cejas, totalmente descolocada.
—¿Qué pasa ahora?
Miro al burro, guiñándole un ojo.
—Venga, dáselo ya.
Darana parpadea un par de veces, mirando al animal como si estuviéramos locos de atar.
Angus avanza dos pasos, hasta plantarse justo delante de Darana.
Ladea la cabezota hacia un lado y, entre los pliegues del pañuelo rojo que tiene anudado al cuello, asoma la esquina de un sobre blanco, perfectamente doblado en tres partes.
—¿Y esto qué es? —pregunta Darana.
—Ábrelo, vaquera. Hoy me han dado la confirmación y he pensado que enseñarte mi camaradería con Angus daría pie a que me dejes formar parte de este… mundo.
Ella desdobla el documento y empieza a devorar las líneas.
La veo detenerse en seco justo en la primera frase, asimilando el membrete oficial.
Después continúa leyendo, sin respirar. Sus ojos recorren el folio de arriba abajo una vez, y luego otra, como si no terminara de creerse lo que lee. Finalmente, levanta la cabeza hacia mí.
—Camila…
Respiro hondo, notando el pulso desbocado golpeándome en las sienes.
—Todavía no tengo nada firmado —le confieso—. Quería hablarlo contigo antes de que se haga oficial.
Ella vuelve a clavar los ojos en la carta.
—Quieren financiar… una base permanente de investigación y estudio climático aquí mismo, en el valle —dice en voz alta, saboreando cada palabra.
Asiento, acortando el último paso que nos separa hasta quedar a un palmo de sus labios.
—Sí, en la gran ciudad consideran que los datos que hemos recopilado durante la supertormenta pueden revolucionar la forma de predecir las anomalías geomagnéticas en todo el país.
Es el proyecto de mi vida, Darana. Una oportunidad laboral gigantesca.
Pero no puedo firmar ese contrato si tú no estás de acuerdo con lo que implica.
Porque necesitaríamos instalar estaciones meteorológicas, sensores de frecuencia, antenas repetidoras por los cerros…
Y como sé lo poco que te gusta que llenemos tus preciosos terrenos de cacharros tecnológicos…
No me da tiempo ni a terminar de pronunciar la última palabra.
Darana tira la carta y acorta los pocos centímetros que nos separan en dos zancadas salvajes.
Sus labios impactan contra los míos con una urgencia tan brutal, tan hambrienta y tan desesperada que durante un segundo eterno el puto mundo entero se apaga.
Le respondo al beso sin pensarlo un solo segundo, entregándome por completo a su boca.
Cuando por fin nos separamos un poco para buscar oxígeno, Darana no me suelta; apoya su frente contra la mía. Su risa llega primero. Una risa bajita, ahogada y cargada de una emoción que le quiebra la voz.
—¿A qué estás esperando para firmar?
—Quería tener la certeza absoluta de que tú también deseas que me quede aquí.
—Camila… —Niega con la cabeza despacio, agarrándome la nuca—. Llevo diez puñeteros años deseando con todas mis fuerzas que regreses.
Su mano sube lentamente por mi cuello hasta acunar mi mejilla. Cierro los ojos un instante, saboreando el tacto de sus dedos.
—Entonces… —Abro los ojos de golpe y levanto una ceja con picardía—. Supongo que a partir de ahora tendré que ponerme en plan serio y negociar las condiciones del terreno contigo, Calloway.
Su hoyuelo característico vuelve a hacer acto de presencia.
—Eso ha sonado de lo más profesional, científica. Me pone bastante, no te voy a mentir.
—Soy una mujer de ciencias.
—Supongo que podremos llegar a una especie de trato favorable para las dos partes… ¿no? —añade Darana.
—Dependerá de lo que digan las tormentas —comento, encogiéndome de hombros. Entonces, Darana me regala la sonrisa más bonita de todas.
—Admítelo Bennet, yo soy tu tormenta favorita.
De repente, el tierno momento se va a la mierda cuando Angus interrumpe el idilio con un rebuzno larguísimo, ruidoso e indignado que reverbera a nuestro alrededor.
Nos separamos apenas unos centímetros, soltando el aire y mirándonos. El burro nos está clavando una mirada de evidente desaprobación. O, conociendo al elemento, lo más probable es que tenga un hambre de tres pares de narices.
Es imposible contener la carcajada y termino soltando un bufido de risa.
—Me parece a mí que el intermediario está reclamando el cobro de la comisión por los servicios de mensajería prestados.
Darana rompe a reír, apoyando la frente en mi hombro para no perder el equilibrio y después, se aparta un poco para volver a mirarme a los ojos.
—Pues vamos a buscarle algo de comer.
—Mientras sea juntas podemos hacer lo que quieras.