Epílogo
Darana
Tres semanas pueden parecer un suspiro en cualquier otra parte del mundo, pero en el corazón de Birdsong Hills tres semanas son una eternidad.
Son el tiempo exacto que le toma a la tierra roja del Outback tragarse las últimas cicatrices del lodo y vestirse con ese manto salvaje que te quita el sentido bajo el sol de la mañana.
Ajusto los guantes de cuero con fuerza y me apoyo en la barandilla del corral de vacunación.
El hombro ya no protesta, apenas noto un pinchazo sordo cuando hago un movimiento demasiado brusco, y me estoy curando a pasos agigantados.
A mi lado, Joanie, con el fonendoscopio colgado del cuello y una jeringa de dosificación en la mano, revisa la dentadura de una de las novillas.
Joanie no solo es mi mejor amiga, es la mejor veterinaria de todo el distrito, y tenerla aquí controlando que el ganado esté limpio de parásitos tras las inundaciones otro motivo de alegría.
—También perfecta —dice Joanie, dándole una palmada cariñosa en el lomo al animal para que avance por el callejón de salida—. El ganado está fuerte. Temía que la humedad les pasara factura, pero son más duras que nosotras.
—Llevan la genética de la casa —le respondo con orgullo, anotando los datos.
—Madre mía, si ese señor de la camisa de flores sigue tirando de las riendas de esa manera, el caballo lo va a descabalgar en mitad de un matorral —suelta una voz bellísima a mi espalda.
Giro la cabeza y veo que Camila está apoyada contra la valla del corral, observándonos trabajar mientras controla de reojo el exterior.
Fuera, en la pista de tierra, un grupo de diez turistas avanza a paso lento a caballo en una de las rutas guiadas que hemos recuperado.
Se les ve alucinados, apuntando con los teléfonos hacia el horizonte como si intentaran embotellar el desierto australiano.
Camila lleva una de mis camisas favoritas —que ya he asumido que nunca va a devolverme— y le queda tan sumamente bien, que me entran unas ganas locas de arrastrarla detrás de las balas de heno y olvidarme de las obligaciones de la mañana.
—Déjalo —le respondo en su lugar, guiñándole un ojo a mi chica mientras me acerco a la valla—. El orgullo herido es un excelente maestro por estos lares. Además, han pagado la tarifa completa de temporada alta. Si muerden el polvo rojo, que sea con estilo.
Camila suelta una risa, y se acerca a mí contoneando las caderas con una chulería que me enciende la sangre. Se detiene a un palmo, lo suficientemente cerca para que pueda oler su perfume.
—Eres implacable, Calloway —murmura, estirando la mano para colocarme bien el cuello de la camisa de cuadros. Sus dedos rozan mi piel y un escalofrío delicioso me recorre toda la espalda. Tres semanas de absoluta felicidad durmiendo juntas y sigo temblando como una cría cada vez que me toca.
—Los negocios son negocios, Bennet —le devuelvo con voz ronca, atrapándole la mano un segundo para besarle la palma con descaro, sin importarme que Joanie esté a tres metros de nosotras. Camila me sonríe con una dulzura que ahora me regala sin condiciones.
Joanie suelta una risa desde el final del callejón del ganado, limpiando una de las sondas veterinarias.
—Dejad eso ya, que los animales se me van a empachar con tanta azúcar flotando en el ambiente.
—Envidia cochina, doctora —le suelta Camila con guasa, guiñándole un ojo—.
Por cierto, Ethan y Kira acaban de enviar un mensaje.
Están en el pueblo instalando los últimos repetidores de frecuencia geomagnética.
Han tenido que pedirle permiso al alcalde para tirar un cable de alta tensión cerca del depósito de agua, pero parece que todo marcha sobre ruedas.
El laboratorio permanente de meteorología ya casi es una realidad.
—Mientras tu equipo científico no me llene los establos de cables de colores, como si esto fuera una película de marcianos… —bromeo, rodeándole la cintura con el brazo izquierdo y pegándola a mi cuerpo.
—Prometo que seremos discretas, jefa —se mofa ella, rodeándome el cuello con los brazos y rozando mis labios con los suyos en un beso rápido.
Un silencio repentino por parte de Joanie interrumpe nuestro momento. Nos separamos un par de centímetros, lo justo para ver a nuestra veterinaria inmóvil, con la mirada totalmente perdida y clavada en un caballo en concreto.
Maddie lleva unos pantalones ajustados, el pelo recogido en una coleta desordenada y dirige a los turistas con la maestría de siempre.
El lenguaje del cuerpo de Joanie lo dice todo: está colgada hasta las trancas de esa mujer.
Otra vez cayendo de cabeza en el mismo pozo sin fondo. Doy un paso al frente, apartándome de Camila por un momento, y me cruzo de brazos, antes de fulminar a mi mejor amiga con la mirada.
—Joanie —le llamo la atención—. Hazme el puñetero favor de dejar de fijarte en Maddie si no quieres que otra vez te decepcione.
Ya sabes cómo terminó la última historia entre vosotras y no tengo ninguna gana de tener que recogerte los pedazos por los rincones de la hacienda. Esa tía es veneno para ti.
—Solo estaba controlando cómo iba la gente.
—Sí, claro, y yo no soy experta en astrofísica y me encantan los tornados —ironiza Camila con una sonrisa, dándole una palmadita afectuosa en el hombro—. Hazle caso a Darana, Joanie. Esa chica es un frente de tormenta de lo más inestable. Lo sabemos por experiencia.
Joanie suelta un bufido.
—Está bien, lo capto. Mensaje recibido por partida doble, pesadas.
Qué coordinación tenéis para dar por saco, se nota que dormís juntas —apunta sin temer a las consecuencias—.
Cambiando de tema... ¿vamos a almorzar de una vez?
Me muero de hambre y creo que hoy tenían el famoso estofado de Christian en El Colibrí.
—Eso es música para mis oídos —respondo, pasándole el brazo por encima de los hombros a Camila.
En cuanto llegamos, nos sentamos las tres en la misma mesa de siempre, devorando el estofado entre risas, anécdotas de los turistas más patosos del grupo y discutiendo sobre los próximos análisis de sangre que Joanie tiene que hacer la semana que viene.
Es esta la rutina bendita, ruidosa y canalla que tanto echaba de menos; la certeza absoluta de que Birdsong Hills vuelve a funcionar porque las piezas correctas están, por fin, en su sitio.
Joanie se retira la primera en cuanto termina el café, inventando una excusa barata, aunque Camila y yo sabemos perfectamente que va a buscar cualquier rincón estratégico desde donde observar a Maddie sin que yo la pille. La veo alejarse a paso rápido y niego con la cabeza.
—Va a volver a tropezar exactamente con la misma piedra, ¿verdad? —murmura Camila, estirando la mano por encima de la mesa para entrelazar sus dedos con los míos.
—Las personas que nos criamos en esta tierra llevamos la terquedad metida en el tuétano, ya lo sabes.
Hasta que no se estrelle del todo y no pueda levantarse, no va a escarmentar —respondo, dándole la vuelta a su mano para acariciarle el dorso con el pulgar—.
Pero bueno, ahora mismo, aunque me duela, solo tengo cuerpo para pensar en una cosa.
—Ah, ¿sí? ¿Y se puede saber qué es lo que pasa por esa cabecita tuya? —pregunta ella, arqueando una ceja con esa expresión pícara y descarada que me vuelve loca.
—En nosotras. Y en ese planazo que llevamos posponiendo hace días.
Camila sonríe, relamiéndose los labios, y se inclina hacia mí apoyando los codos en la mesa, acortando peligrosamente la distancia.
—¿Te refieres al plan de secuestrarte todo el fin de semana en la cabaña del norte, bloquear la puerta principal con tus botas de faena y demostrarte empíricamente que una mujer de ciencias tiene muchísima más resistencia y recursos que una vaquera del Outback?
—Ese mismo —admito con una sonrisa canalla, sintiendo que la sangre me corre a mil por hora por las venas—. Aunque creo recordar que la última cláusula que firmamos exigía que tú ponías el café por las mañanas y yo ponía toda la imaginación en la cama.
—Me parece un contrato de lo más favorable para las dos partes, Calloway —me susurra Camila al oído—. No te vas a librar de mí tan fácilmente. He venido para quedarme y pienso reescribir todos tus mapas —me promete, rozando su nariz con la mía.
Niego con la cabeza, sonriendo como una boba antes de atraparle los labios.
—Ni falta que hace. Porque… ¿sabes qué? —Camila me sonríe—. Las tormentas ya no me dan ningún miedo si las miro a través de tus ojos.