Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 37
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Darana

Camila está sentada en el borde de la cama, con las manos apoyadas en el colchón y la espalda totalmente recta.

Lleva una camiseta de tirantes blanca y sus ojos, esos ojos de gata que analizan el mundo como si fuera un puñado de números, están fijos en mí.

No parpadea. Y creo que hasta se le ha olvidado respirar.

Yo le sostengo la mirada con una sonrisa canalla plantada en los labios, una de esas sonrisas que sé perfectamente que le provocaron un millón de cosas nada más verme.

Estoy casi desnuda de rodillas para arriba, porque llevo puestas mis botas, y el sombrero de ala ancha ladeado, ocultándome media cara bajo la penumbra que proyecta la luz de la habitación.

La piel de mi pecho sube y baja al ritmo de mi respiración acelerada, marcada por la adrenalina y por el fuego que me lleva quemando desde que Camila Bennet llegó a este lugar en su querido Viento.

Doy un paso lento hacia delante, arrastrando la punta de la bota derecha. Y mientras lo hago, sé el efecto que provoco en ella. Sé que ver mi cuerpo desnudo, cruzado por la luz anaranjada, la vuelve loca.

—¿Qué pasa, científica? —le lanzo en un susurro ronco, ladeando la cabeza—. ¿Tus sensores no han previsto esta tormenta?

Camila traga saliva. Veo cómo se le tensa la línea de la mandíbula y cómo sus dedos se clavan con más fuerza en las sábanas.

—Darana…

En respuesta, alzo las manos y sujeto el ala de mi sombrero.

Con un movimiento felino, pausado, me lo quito y lo lanzo sobre la silla del escritorio, dejando que mi pelo caiga desordenado sobre mis hombros.

Siento un pinchazo en los músculos, pero la verdad es que ahora mismo, llevar cuidado es lo que menos quiero.

Lo que ha pasado nos ha enseñado que las cosas buenas se cocinan a fuego lento, sí, pero también…

que puedo abrasarla viva antes de que termine la noche.

Me muevo al ritmo de una música invisible, balanceando las caderas como si estuviera en La Espuela de Plata.

Doy una vuelta sobre mí misma, permitiéndole recorrer con la mirada la curva de mi espalda, mi culo, los músculos de mis piernas que terminan en las botas, y las cicatrices que me cruzan el costado izquierdo.

Esa piel rugosa, el mapa del incendio que casi me cuesta la vida, brilla bajo la luz como un trofeo de guerra.

No me avergüenzo de ellas; son el recordatorio de que soy de hierro, de que sobreviví al fuego una vez y de que estoy lista para quemarme otra vez si es en los brazos de esta mujer.

Cuando vuelvo a quedar frente a ella, me inclino despacio.

Apoyo las manos en mis muslos, justo encima del borde del cuero de las botas, y bajo el torso manteniendo el contacto visual.

Sus ojos bajan a mi pecho, fijos, devorándome, y noto cómo el aire entre las dos empieza a chisporrotear.

La tensión es tan bestial que me cuesta respirar, pero el poder que me da verla así, completamente muda y a mi merced, me enciende la sangre.

—Dijiste que querías analizar la resistencia de los materiales… —le provoco, dando otro paso que me sitúa a escasos centímetros de sus rodillas—. Empieza por aquí.

Camila no aguanta más. Su autocontrol se va directo a la mierda en un segundo.

Suelta un gemido, estira las manos hacia delante y me agarra de las caderas con una fuerza brutal, tirando de mí hacia el colchón.

Caigo sobre ella como una marea, atrapándola entre mis piernas mientras las botas golpean los laterales de la cama.

El impacto nos deja a milímetros, con las respiraciones mezcladas y los corazones latiendo desbocados al mismo compás.

—Eres una provocadora insoportable, Calloway —me suelta contra los labios, con los ojos encendidos.

—Y tú una impaciente, Bennet —le devuelvo, justo antes de clavar mis labios contra los suyos.

Somos dos fuerzas de la naturaleza colisionando en mitad de la noche.

Muerdo su labio inferior con descaro, sacándole un gemido ronco que me vibra directamente en el pecho.

Mis manos van directas a su camiseta, metiéndose por debajo de la tela, buscando el calor abrasador de su piel.

Su espalda está jodidamente suave, pero responde a mis caricias arqueándose con urgencia, buscando más contacto.

Camila me agarra de la nuca con los dedos enredados en mi pelo, obligándome a profundizar el beso hasta que nos quedamos sin oxígeno.

Con un movimiento brusco, me deshago de su camiseta, tirándola a algún rincón del suelo. Su cuerpo queda al descubierto bajo mi peso, blanco, hermoso y vibrante. Me incorporo un poco, apoyando las rodillas a ambos lados de sus costillas, y la miro desde arriba.

—Dios, Darana… estás preciosa —murmura, estirando los brazos para acunar mis mejillas. Sus pulgares tiemblan mientras me recorren los pómulos, pero sus ojos brillan con una devoción que me quema las entrañas.

—Cállate y muérdeme —le exijo.

Camila me obedece. Se incorpora del colchón, rodeándome la cintura con las piernas, y clava sus dientes en la línea de mi cuello, justo donde late mi pulso.

Un gemido salvaje se me escapa de la garganta cuando sus manos bajan por mi espalda, apretándome las nalgas, arrastrándome de nuevo hacia abajo hasta que quedamos tumbadas en mitad de la cama.

El encuentro se vuelve una batalla de poder donde ninguna de las dos piensa dar el brazo a torcer.

Sus dedos me recorren las costillas, delineando con una lentitud tortuosa cada una de mis cicatrices.

Lejos de doler, su tacto me cura por dentro, transformando el recuerdo del fuego viejo en un incendio nuevo, uno que elegimos nosotras y que nos consume desde los pies a la cabeza.

Me deslizo por su cuerpo, besándole el abdomen, saboreando la sal de su piel mientras ella echa la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en las almohadas.

—Darana… por favor —pide por más en un jadeo desesperado, perdiendo por completo la compostura, buscando con sus manos mis caderas para guiarme.

No la hago esperar. Me hundo en ella con una intensidad que nos arranca el aire a las dos al mismo tiempo.

Camila abre los ojos de golpe, fijos en los míos, aferrándose a mis hombros con una fuerza que me deja marcas en la piel.

Es un dolor delicioso, un ancla en mitad de la tormenta que ha estado a punto de devorarnos.

Cada embestida es una reclamación, una forma de decirnos que, a pesar de los desastres y de las ruinas, seguimos vivas y nos pertenecemos.

Le atrapo las manos, entrelazando mis dedos con los suyos contra el colchón, obligándola a sostener mi mirada mientras el placer nos golpea como una ola.

Camila gime mi nombre una y otra vez, con la voz rota, escondiendo la cara en mi hombro cuando la intensidad la desborda por completo.

Siento sus espasmos perdiéndose contra mi cuerpo y eso termina de dinamitar el poco control que me quedaba.

Me dejo llevar por la corriente, apretando los dientes, embistiendo una última vez su coño con toda la fuerza de mis pulmones hasta que el mundo entero se tiñe de un color rojo brillante detrás de mis párpados cerrados.

—Eres… increíble.

Caigo sobre ella exhausta, con el pecho pegado al suyo, escuchando cómo nuestras respiraciones intentan recuperar la normalidad en mitad del silencio de la noche.

Camila me rodea con los brazos, perezosa, pasándome la mano por el pelo empapado mientras yo hundo la cabeza en el hueco de su cuello, disfrutando del olor a victoria que se respira en el ambiente.

—Definitivamente —murmura después con una risa ahogada, besándome la coronilla y acariciando el hombro que todavía sigue herido—, tu resistencia es un caso de estudio digno de mención, Calloway.

—Te lo dije, científica —respondo, depositando un beso húmedo en su piel antes de acomodarme a su lado—. En este desierto, el fuego siempre lo gano yo.