36
Darana
Dos días después, me doy cuenta que sigo odiando los hospitales con toda mi alma.
No importa cuántas veces intente convencerme de lo contrario.
Me da exactamente igual que los médicos hayan sido unos profesionales de categoría, que las enfermeras me hayan tratado como a una auténtica reina o que medio pueblo se haya presentado en la habitación con flores, magdalenas caseras, tarjetas de recupérate pronto y recomendaciones de lo más absurdas sobre cómo curar una conmoción cerebral a base de ungüentos raros.
Los hospitales apestan a desinfectante, a comida sosa y a ese miedo que se te mete en el cuerpo y no se te quita ni con tres duchas.
Por eso, en cuanto la camioneta devora el camino de tierra y diviso el cartel de entrada a Willow Creek, el pecho me da un vuelco.
Miro por la ventanilla las calles de nuestro bendito y aislado pueblo del Outback bajo un cielo que empieza a despejarse, y siento que vuelvo a respirar.
Estoy en casa. Viva. Dolorida como si me hubiera pasado por encima una estampida de toros enfurecidos, sí, pero vivita y coleando.
—No pongas esa sonrisa de delincuente —suelta Camila mientras conduce, sin apartar los ojos de la pista.
Giro la cabeza hacia ella despacio, cuidando de no mover el hombro inmovilizado, y le planto mi mejor cara de no haber roto un plato.
—¿Qué sonrisa? Yo no me estoy riendo.
—Ya, seguro que no estás tramando una estupidez para los próximos cinco minutos.
—Oye, científica, que estoy convaleciente. Un respeto.
Camila pone los ojos en blanco, resoplando, pero veo perfectamente cómo los labios se le curvan en una sonrisa de lo más sexi. Yo le sostengo la mirada, pícara.
Las secuelas del temporal están por todas partes.
Los eucaliptos siguen amontonados en los márgenes de las pistas de tierra, como gigantes caídos en combate.
Varias fachadas de chapa y madera muestran cicatrices recientes, hay tejados medio levantados y grietas que los vecinos ya están parcheando.
Hay postes de luz completamente nuevos, y las zanjas de drenaje que cavó el equipo científico de Camila todavía cruzan los caminos. Pero Willow Creek está en pie.
Aparcamos frente a El Colibrí, y me fijo en que hay movimiento por todos lados.
Agricultores transportando tablones en los remolques, tractores retirando escombros del abrevadero común, voluntarios pintando las vallas y gente entrando y saliendo del almacén con herramientas.
Aquí si algo se rompe, no esperas a que el gobierno mande ayuda desde la gran ciudad; te arremangas y te pones al lío con los vecinos.
Entramos en la cafetería y, en cuanto mis botas suenan en el suelo de madera, el local estalla en una ovación que me pone la piel de gallina.
—¡Mirad quién ha salido del nido! —grita un tipo desde la barra con una cerveza de media mañana en la mano.
—¡La tía más dura de Birdsong Hills! —añade otro, levantando el sombrero.
Las carcajadas inundan el local. Y bufo, notando cómo las mejillas me arden de la vergüenza, pero disfruto del baño de masas.
—¡Yo también os quiero, panda de borrachos! —les grito, saludando con el brazo sano en un gesto digno de una estrella de Hollywood.
—¡Mentira! —me chilla Ricky desde una mesa del fondo, levantando una taza de café—. ¡A mí me tienes explotado!
—Bueno, a casi todos —rectifico, guiñándole un ojo mientras la cafetería vuelve a tronar entre risas.
Christian y Lily están detrás de la barra y nos hacen señas como locos. En cuanto me arrastro hasta ellos a paso de tortuga, Lily clava los ojos en el vendaje que me asoma por debajo del sombrero y abre la boca tanto que temo que se le desencaje la mandíbula.
—Madre del amor hermoso. Pareces un mapa de carreteras con tanto remiendo.
—Exagerada. Si estoy como nueva —le digo, dejándome caer en un taburete con un quejido sordo que Camila intercepta al vuelo—. Las cicatrices tienen su punto morboso. Parezco la heroína de una peli de moteros, ¿a que sí? —le lanzo con un guiño descarado.
—Parezcas lo que parezcas, estás castigada —replica Camila, sentándose a mi lado.
Un escalofrío delicioso me recorre la espalda.
Su calor me resulta tan jodidamente reconfortante que pego mi pierna a la suya aposta, desafiándola sin disimulo.
Ella no se aparta. Al revés, presiona un poco más mientras los chicos nos plantan delante dos tazas de café negro hirviendo y unos trozos de pastel de carne que huelen a gloria.
Durante quince minutos el grupo habla de vallas perimetrales rotas, de las pérdidas del ganado y de los seguros. Temas que normalmente me harían bostezar, pero hoy me vienen de perlas para disimular que tengo los ojos clavados en el escote de la camisa de Camila.
—Tú no vas a levantar ni un solo dedo, Calloway —suelta de repente, cruzando los cubiertos sobre el plato y clavándome esa mirada de sabelotodo
La miro de arriba abajo, relamiéndome los labios.
—Intenta obligarme, preciosa. A ver cómo te las apañas.
Por debajo de la mesa, estiro mi mano buena y le pego un azote juguetón en el muslo.
Camila se me queda mirando con los ojos como platos, con una indignación tan fingida que me entran ganas de besarla aquí mismo.
—¡¿Te estás riendo de las órdenes del médico en mi cara?!
—De las del médico, de las tuyas y de las de cualquiera que intente encerrarme en una habitación.
—Darana … —me advierte, pero noto perfectamente cómo el aire se le corta. Le va la marcha tanto como a mí.
—Que estoy perfectamente, de verdad. Solo ha sido un rasguño.
—Has tenido una conmoción cerebral y te saqué de milagro antes de que el establo se convirtiera en tu ataúd —suelta ella, y de pronto la comedia desaparece de sus ojos.
Le busco la mano por debajo de la mesa, entrelazando mis dedos con los suyos, frotando su piel con mi pulgar para calmarle el pulso.
—Y aquí estoy, Bennet —le susurro—. Enterita, dando la lata y loca por discutir contigo un poco más. ¿No te parece un trato de lo más apetecible?
Camila se muerde el labio inferior, atrapada entre las ganas de darme un bofetón por imprudente o de comerse mi boca. Lily se lleva las manos al pecho, suspirando como una adolescente.
—Por favor, os lo ruego, buscaos un hotel.
Nos reímos todos, quitándole hierro al asunto, y el calor del roce de Camila me acompaña durante todo el camino de vuelta a casa.
A media tarde, por mucho que ella se desgañite repitiéndome que solo puedo «supervisar», no hay quien me mantenga quieta en una silla.
Acabo en la zona del río, donde el desastre ha sido gordo.
Las inundaciones han dejado un lodazal espeso, pero los hombres de Birdsong Hills están dándolo todo.
Veo a Ricky manejando el tractor, a Bert caminando torpe con las muletas y apoyándose donde puede, pero gritándole instrucciones a tres chavales sobre cómo cuadrar una bisagra, e incluso a Joyce repartiendo vasos de té.
Este trozo de desierto es mi vida. No son solo las hectáreas ni las cabezas de ganado o los caballos; es esta gente. La que me sostuvo cuando perdí a mi familia y la que ahora levanta la cabeza con dos cojones frente al temporal.
—Camila, pásame esa caja de pernos de la camioneta, anda —le pido, sabiendo que me va a caer la del pulpo.
Ella se acerca a paso rápido, frunciendo ese ceño tan mono que se le pone cuando se enfada.
—Deberías estar sentada a la sombra, Darana.
—Si me quedo quieta voy a estar dándole vueltas a la cabeza, y no me apetece —confieso en un susurro, mirándola de frente mientras el sol del atardecer empieza a teñir el lodo de un color dorado precioso—. Y pensar en lo cerca que estuve de no volver a verte… me revuelve las tripas.
—Precisamente por eso quiero que te cuides —me contesta ella—. No creo que mi corazón aguante otro susto.
El corazón me pega un brinco salvaje. Esta mujer me tiene ganada la partida y ni se da cuenta.
Al caer la noche, regreso destrozada físicamente.
Me duelen músculos que ni sabía que existían en la anatomía humana, la brecha de la frente me late al ritmo de un tambor y el hombro protesta a cada paso, pero me siento escandalosamente feliz.
Me doy una ducha rápida como puedo y apunto mis botas hacia la cabaña de Camila.
La encuentro sentada en el pequeño porche de madera, con una taza entre las manos y la mirada perdida en ese cielo estrellado que es un auténtico espectáculo.
Me quedo unos segundos apoyada en el poste de la entrada, contemplándola en silencio.
Está preciosa con el pelo algo revuelto y una de mis camisas vaqueras viejas que le quedan algo grandes y le sientan de muerte.
—¿Se puede pasar o la científica tiene el acceso restringido a los civiles heridos? —pregunto con una sonrisa de lado.
Camila gira la cabeza y sus ojos brillan en la penumbra. Sonríe con una dulzura que me derrite.
—Para ti siempre está abierto, Calloway.
Me acomodo a su lado en el sofá pequeño de la salita. Huele a café cargado, a madera limpia y a ese perfume suyo tan personal que se me ha quedado grabado en la memoria.
—Supongo que en cuanto termines los informes y recojas los cachivaches… te largarás de aquí, ¿verdad?
La sonrisa de Camila desaparece en un suspiro.
Lo noto perfectamente porque se le tensa la línea de la mandíbula.
Sé que lleva todo el día esquivando el tema: el maldito «después».
Lo que pasa cuando el desierto se calma, el Instituto meteorológico la reclame de nuevo y decida volver a perseguir tormentas por Australia y el mundo.
Deja la taza en la mesita de centro.
—No me apetece hablar de eso ahora, Darana. Por favor.
Bajo la vista, apretando los dientes, pero no me pienso achantar. Soy una Calloway, qué narices.
—Ya, bueno. Pero sabes de sobra que tarde o temprano tendremos que poner las cartas sobre la mesa. No puedo hacer como si no pasara nada mientras cuento los días para ver cómo te subes a Viento y te vas.
Ella suelta un bufido.
—¡Es que ha sido una maldita locura! Verte en esa cama de hospital, pálida, con la cara rota y pensando que podrías morir… No estoy preparada para procesar nada más. Mi cabeza está colapsada contigo.
Camila estira la mano, me agarra de la nuca y me obliga a mirarla a escasos centímetros de sus labios.
—¿Quieres saber en qué coño he pensado cada segundo desde que entraste en urgencias? —me suelta, temblando—. En que estás aquí. En que puedo acariciarte, en que estás viva y tocándome las narices como siempre.
—Camila… —consigo articular.
—Cállate y escúchame —me corta, y ver una lágrima rebelde rodar por su mejilla me rompe los esquemas por completo—. Cuando entré ahí y vi la estructura colapsar, sentí que la vida me arrancaba el alma otra vez. Pensé que llegaba tarde. Que te perdería para siempre sin haberte dicho lo que siento.
El aire se vuelve fuego entre nosotras.
—Pero no me has perdido —le respondo, acortando y pegando mi frente a la suya, sintiendo su respiración—. Estoy aquí. Y más fuerte que nunca.
—Lo sé, pero tengo el miedo metido en los huesos. Cierro los ojos y solo oigo el ruido de la madera cayendo sobre ti…
—Pues ábrelos y mírame —le exijo con un tono pícaro, rozando sus labios con los míos en un juego lento que la hace gemir—. Yo tampoco tenía ninguna intención de irme al otro barrio. Tengo demasiados planes contigo.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo cuáles, listilla? —me provoca, arqueando una ceja.
—Como sacarte de quicio cada vez que vengas por aquí. El desayuno está incluído, claro.
Camila suelta una risa, preciosa, húmeda, que me devuelve la vida por completo.
—Eres insoportable, Darana Calloway. De verdad.
—Soy tu insoportable. Y no te voy a dejar marchar sin dar la batalla de mi vida —le susurro, acorralándola contra el respaldo del sofá—. ¿Y si te pido que te quedes? ¿Que elijas este desierto?
Camila se queda callada unos instantes, devorándome con la mirada, mordiéndose el labio inferior con una indecisión que me quema las entrañas.
—No es tan fácil, mi trabajo es mi vida… las tormentas son mi mundo —murmura, aunque sus manos me aprietan la cintura con fuerza—. Pero tú… Dios, Darana, tú haces que quiera mandar a la mierda todos los radares del planeta.
Me pego a su boca, sellando la distancia, y la beso. Ella me responde con una fuerza que me hace olvidar todos los dolores del cuerpo, gimiendo contra mis labios y aferrándose a mí como si fuera su único cable a tierra.