Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 35 #2
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—¡Al otro lado de la viga! —me responde con los ojos desorbitados por el pánico—. Intentó desviar el último potro, la estructura crujió y le cayó encima. ¡No he podido dejar solo a Bert! ¡Sácala de ahí, por Dios!

En ese momento, veo cómo mi compañero se une al caos.

—¡Ethan, quédate con Ricky y sacad a Bert de este lodazal pero ya! —ordeno, dándome la vuelta con el corazón en un puño.

Vuelvo a meterme entre la humareda.

—¡Darana! —Mi voz rebota con eco entre las maderas y las estructuras dañadas—. ¡Darana, responde, maldita sea! ! ¡¿Dónde estás?! ¡No me hagas esto, Calloway! ¡Aparece!

El corazón me golpea las costillas con una violencia que me duele físicamente.

No. Esto no puede terminar de esta manera tan espantosa.

No después de todo lo que hemos pasado nosotras dos.

No después de volver a encontrarnos en este rincón del mundo, de cada mirada de reproche, de orgullo y de un deseo indomable, de cada promesa susurrada con la respiración entrecortada en la oscuridad.

Avanzo con el alma en vilo entre los restos de madera, mientras los pulmones me queman por el humo y el polvo en suspensión.

—¡Darana! ¡Por lo que más quieras, dime algo!

Y entonces la veo. Una bota de cuero marrón, apenas visible bajo un amasijo infame.

El mundo entero desaparece a mi alrededor en ese maldito instante.

Ya no hay tormenta, ni rancho, ni ciencia; solo existe esa bota.

Corro desesperada, caigo de rodillas sobre el barro que se cuela por el suelo y empiezo a apartar tablones con un frenesí absoluto.

—Vamos… muévete… —Las lágrimas por el miedo se me mezclan con la lluvia que se filtra por los boquetes del techo—. Vamos, Darana. No te atrevas a dejarme colgada ahora que te he encontrado. No te lo voy a perdonar en la vida, ¿me oyes, Calloway?

Tiro con todas mis fuerzas de una viga enorme que le cruza el cuerpo, pero no se mueve ni un milímetro. Gruño por el esfuerzo, apretando la mandíbula y empujando con todo el peso de mi cuerpo. Está encajada.

—¡Ethan! ¡Ricky! ¡Dejad a Bert a salvo y venid aquí! ¡Necesito vuestras malditas manos ahora mismo!

Segundos después, la figura de Ethan aparece a mi lado seguido por Ricky, ambos jadeando tras haber arrastrado a Bert hacia la entrada.

—Agarrad de ese extremo y tirad conmigo —les pido.

Entre los tres, coordinando el movimiento y soltando un grito de rabia, conseguimos desplazar la estructura de madera centímetro a centímetro. La levantamos lo justo y la lanzamos a un lado. Hasta que finalmente cede por completo.

Darana parpadea con fuerza, tosiendo por el polvo y soltando un gemido de dolor que me desgarra el alma.

Tiene un corte profundo y feo en la línea de la frente que sangra débilmente, tiñéndole el rostro de rojo, pero esos ojazos miel se clavan en los míos con una rabia indomable.

Por suerte, un tablón ha logrado que la viga no la aplaste del todo.

—Vaya… —consigue decir, forzando una sonrisa descarada que me devuelve la vida de golpe—. Has tardado… un poco, ¿no, científica?

El alivio me pega un golpe tan certero en el pecho que casi me derrumbo a llorar sobre ella, pero le planto una mano en la mejilla, limpiándole el fango.

—¡Serás tonta! ¡Cállate y no gastes saliva! —Me muerdo el labio de la emoción—. ¿Puedes moverte?

—Me duele hasta el apellido… pero sigo entera —gruñe, haciendo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse mientras aprieta los dientes.

Otra viga estructural cruje peligrosamente encima de nuestras cabezas, amenazando con aplastarnos. La masa de lodo que empuja la pared lateral está a punto de reventar el perímetro. Ricky ya está ayudando a Bert a salir por la puerta principal a pata coja.

—¡No tenemos tiempo, esto se viene abajo! —grita Ethan, agarrando a Darana por la cintura para ayudarla a ponerse en pie.

—¡Arriba, vaquera! —Le paso el brazo sano de Darana alrededor de mis hombros, cargando con su peso mientras ella suelta un taco entre dientes por el dolor—. Venga, solo un último esfuerzo.

La arrastramos con urgencia entre Ethan y yo. Un metro. Dos metros. Tres metros. El polvo se vuelve cada vez más espeso, casi asfixiante, dificultándonos la visión. Detrás de nosotros, la pared de madera cede por completo y otra viga cae a plomo donde Darana estaba atrapada hace un minuto.

Dos segundos después, el aire fresco y limpio del temporal nos golpea de lleno.

La lluvia torrencial sigue cayendo, lavando instantáneamente parte del horror, de la sangre y del barro de nuestras ropas.

Y apenas unos segundos después de pisar el terreno exterior, el edificio entero colapsa a nuestra espalda.

Un estruendo monstruoso, ensordecedor y definitivo rompe la noche del Outback. Justo en el hueco exacto donde Darana Calloway estaba atrapada hace apenas unos minutos.

Me desplomo en el barro rojo arrastrándola conmigo, completamente exhausta, pero manteniéndola bien sujeta contra mi pecho, protegiéndola bajo la tormenta.

Ella apoya la cabeza en mi hombro, respirando agitada, mientras yo soy incapaz de apartar la mirada de las ruinas humeantes y hundidas del establo.