Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 35
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Camila

—¡¿Cómo que Darana no está aquí?!

La tormenta ruge al otro lado de las ventanas con una ferocidad que ya hasta me parece personal, como si el cielo hubiera decidido cobrarse una cuenta pendiente conmigo de la peor manera posible.

Un auténtico monstruo meteorológico, y justo ahora, a la mujer más exasperante le da por desaparecer en mitad de su furia.

Elizabeth, empapada de preocupación de la cabeza a los pies, me mira desde el centro de la cocina. Sus manos retuercen un trapo de cuadros.

—Ha ido a salvar a los potros —responde con la voz temblorosa—. No he podido detenerla, Camila. Se ha subido a Byron y ha salido disparada. Ya sabes cómo es cuando se le mete algo entre ceja y ceja. No atiende a razones.

Durante un segundo eterno me quedo completamente inmóvil en mitad de la estancia. Simplemente la miro mientras el pánico me sube como una ola. Luego cierro los ojos, apretando los puños, intentando contener la avalancha de recuerdos que amenaza con ahogarme aquí mismo.

—Madre mía…

Por supuesto que la mujer más testaruda, valiente y desesperadamente imprudente que he conocido en mi vida ha decidido salir sola a enfrentarse al mismísimo infierno. Le planto las manos en los hombros a Elizabeth, dándole un apretón.

—Ni se te ocurra moverte de aquí. Quédate en la casa con los perros y con Angus. Yo voy a buscarla.

—Camila, por favor… tienes que ir con cuidado… —intenta protestar la mujer, con los ojos empañados en lágrimas.

—La traeré de vuelta. Te lo juro por mi vida.

No sé si lo digo para tranquilizarla a ella o para convencerme a mí misma, porque la verdad pura y dura es que estoy aterrada.

Aterrada de una forma salvaje que no sentía desde hace años.

Desde aquella maldita noche. Desde un incendio que estuvo a punto de acabar con la vida de los hermanos Calloway.

Salgo de la casa principal y la bofetada de viento me golpea de lleno, obligándome a hincar la bota en el barro para no caerme de espaldas.

La lluvia cae totalmente inclinada, azotándome el rostro.

Los relámpagos convierten la zona en una fotografía estroboscópica y delirante de barro rojo, agua desatada y caos absoluto.

Apenas logro distinguir la figura de Ethan que se acerca corriendo entre la cortina densa de agua, empapado hasta los huesos y con el gesto completamente contraído por la preocupación.

—¡Tenemos que ir al establo de los potros ahora mismo! —le grito, escupiendo agua y sin darme tiempo a pensar ni un segundo.

—¡Camila, la pista norte está intransitable! ¡Ir hacia allí es una puta locura! —me responde él, alzando la voz por encima del rugido ensordecedor del temporal—. Los desprendimientos de la colina son inminentes…

—¡He dicho que vamos! —Mi grito queda devorado por un trueno brutal.

Ethan se queda inmóvil apenas un instante, mirándome fijamente bajo la lluvia. Después asiente lentamente, tragando saliva.

—Está bien. Vamos. Pero sabes perfectamente que esto es una temeridad de tres pares de narices, ¿verdad? —murmura mientras se da la vuelta para echar a correr a mi lado hacia los vehículos.

Porque me conoce y sabe de sobra que ya no está razonando como la meteoróloga fría y calculadora que analiza gráficos.

Está razonando como una mujer desesperada, como alguien que no puede permitirse el lujo de perder a la persona que ha vuelto a iluminar su mundo después de años de absoluta oscuridad.

Corro hacia Viento, resbalando en el lodo. Me subo, acciono el cierre y compruebo que llevamos todo. Jamás en la vida pensé que tendría que llegar a este extremo en este trozo de desierto. Mucho menos para salvarle el pellejo a Darana Calloway.

Cuando llegamos hasta el borde del derrumbe en la ladera norte, el panorama que se despliega ante mis ojos me deja sin respiración.

—Dios mío…

El establo emerge al fondo entre nubes, barro acumulado y estructuras destrozadas. Los relámpagos siguen cayendo alrededor, y la energía acumulada en el subsuelo continúa liberándose en descargas erráticas y arcos voltaicos que iluminan el horror de la escena.

—Ayúdame con esto, ¡rápido! —le pido a Ethan, yendo hacia el maletero de Viento.

Él deja de contemplar la destrucción, espabila de golpe y asiente con la mandíbula tensa.

Mis dedos tiemblan por la adrenalina mientras sacamos la maleta negra e introduzco el código de desbloqueo en el teclado numérico.

La tapa sellada se abre, revelando el equipo perfectamente encajado en el interior acolchado; con el disparador de carga pasiva, tengo el arsenal necesario para engañar a la tormenta eléctrica durante unos minutos.

Solo unos míseros minutos. Pero tienen que ser suficientes para llegar hasta ella.

—¡¿Crees que va a funcionar?! —pregunta Ethan.

—¡Tiene que hacerlo! —le respondo, clavándole los ojos—. No hay otra opción, Ethan. Si fallamos, no solo la perderé a ella… ¡Saca la sonda!

Extraigo la pieza principal de aleación oscura.

El metal parece absorber la luz cegadora de los relámpagos, brillando con un fulgor ominoso y cargado.

Corremos bajo el diluvio hasta uno de los soportes metálicos de la valla perimetral que todavía permanece en pie, milagrosamente, junto a la estructura combada.

Cada descarga a tierra hace vibrar el lodo bajo nuestras botas; tengo las manos tan sumamente empapadas que apenas consigo sujetar los bornes de anclaje.

—¡Más arriba! ¡Asegura bien el terminal de toma de tierra! —le grito a Ethan. Él se estira todo lo que puede sobre la base aislante, resbalando por culpa del agua y rezando para que el siguiente impacto no lo fulmine ahí mismo.

Le paso el cable conductor. El viento ruge con tanta fuerza que intenta arrancárnoslo de las manos una y otra vez. Durante unos segundos angustiosos y eternos creo de verdad que no vamos a conseguirlo, que la tormenta ganará esta batalla y nos enterrará aquí mismo.

—¡Lo tengo! ¡Está anclado! —exclama él al fin, soltando el metal de un salto.

La sonda queda fijada en lo alto, directamente conectada al entramado.

Bajo de nuevo a toda prisa, con las piernas cubiertas de barro hasta las rodillas, y abro el panel principal de la maleta.

Las luces de los condensadores permanecen en un rojo chillón y amenazante.

El sistema detecta una cantidad absolutamente absurda de energía ambiental y estática acumulada en el suelo.

Perfecto. Eso significa que el principio de inducción pasiva todavía puede redirigirla.

A lo lejos, escucho el relinchar desesperado de Byron.

—¡En cuanto active el interruptor, aléjate todo lo que puedas! —le advierto a Ethan, sin apartar los ojos de los diales que suben hacia la zona crítica.

—¡¿Y tú qué?! ¡¿Piensas quedarte aquí en medio como un blanco perfecto para que te parta un rayo?! —protesta él, plantándose a mi lado y agarrándome del brazo.

—¡No pienso moverme de este panel hasta que estabilice la carga! —respondo, aunque el miedo me atenaza la garganta—. ¡Vete con Byron y llévatelo de ahí! Es una orden. No me hagas perder el maldito tiempo discutiendo contigo.

Él abre la boca para replicar, indignado, pero la cierra de golpe al ver la expresión de mi cara.

Sabe de sobra que discutir conmigo en este estado es completamente inútil.

Da tres pasos hacia atrás, cubriéndose la cabeza.

Levanto la mano derecha, agarro el pesado interruptor de seguridad y tiro de él hacia abajo con toda la determinación del mundo.

El universo entero parece contener la respiración durante una fracción de segundo.

El aparato emite un zumbido grave, verdaderamente amenazador.

Lo siento vibrar con fuerza a través de las suelas de mis botas, a través de los dientes, recorriéndome el estómago.

Las luces rojas del panel comienzan a parpadear con violencia.

Una. Dos. Tres veces.

Y entonces cambian a verde. Un verde brillante, casi fluorescente. El zumbido se transforma en un rugido sordo. La tierra tiembla y los indicadores de flujo se disparan al máximo.

Y entonces sucede el milagro de la física.

Un arco eléctrico brutal emerge de la punta de la sonda de grafeno, cegador, descomunal.

Una auténtica lanza de luz azulada atraviesa la cortina de lluvia y asciende con una violencia salvaje directamente hacia las nubes, buscando el punto de menor resistencia que le hemos creado.

El sistema arranca de golpe la energía estática acumulada alrededor de la estructura.

Durante unos segundos imposibles, parece que una estrella brillante ha nacido en mitad de la hacienda. Y es… precioso.

El vello de los brazos se me eriza. Me tiemblan las manos. Pero funciona. ¡Maldita sea, funciona!

Los sensores de la maleta comienzan a estabilizarse de inmediato, y la zona deja de comportarse como una trampa mortal. No es seguro, ni mucho menos, pero ahora tengo una oportunidad de entrar sin quedarme frita. Y voy a aprovecharla, aunque sea lo último que haga.

—¡Voy a por ella! —grito con todas mis fuerzas, sin esperar a que Ethan me diga nada.

Simplemente echo a correr hacia la entrada destrozada.

El interior parece el auténtico escenario de una maldita guerra reciente.

Las vigas de madera han cedido. Hay tablones rotos esparcidos por todas partes, montones de tierra roja colándose por las grietas y nubes de humo gris que me irritan los ojos.

De repente, entre el crujido de la estructura, oigo unos gritos desgarradores al fondo.

—¡Fuerza, Bert! ¡No te me muevas, joder!

Reconozco a Ricky, que está arrodillado en el fango intentando desenterrar a Bert.

Voy corriendo para allá. A Bert le ha caído un puntal entero sobre la pierna izquierda y la tiene con una pinta horrible. Ricky suda tinta intentando hacer palanca, pero el lodo que empuja la pared trasera los está arrinconando.

—¡¿Dónde está Darana?! —le berreo a Ricky, agarrándolo por las solapas mojadas de la camisa vaquera.