Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 34
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Darana

El mundo se rompe con un destello que no recuerdo haber visto nunca.

No es un relámpago cualquiera, qué va. Es una cuchillada de luz blanca y cegadora que rasga el cielo de lado a lado.

Durante una fracción de segundo, todo Birdsong Hills queda suspendido en un negativo perfecto.

Veo cada detalle: las vallas de madera, los eucaliptos doblándose como juncos bajo el diluvio —porque sí, ahora llueve con furia— y el perfil de cada edificación.

Incluso las gotas de agua quedan congeladas en el aire como agujas de cristal.

Pero luego llega lo peor.

El trueno estalla con una violencia tan brutal que me comprime las costillas y me atraviesa el pecho. Siento la vibración en los dientes, y me agarro al marco de la puerta de la casa principal casi perdiendo el equilibrio, mientras un segundo chispazo ilumina las colinas del norte.

—Mierda…

La maldita estructura metálica, plantada en lo alto de la cresta como un centinela de hierro, brilla bajo esa luz infernal y explota en un festival de chispas moradas.

Pero el rayo no se conforma con desintegrar el repetidor.

La brutal onda expansiva y la descarga a tierra golpean directamente la cresta de la colina, fracturando la roca superior.

Ese impacto es el detonante fatal para una ladera ya colmada por los días de tormenta: al segundo, miles de toneladas de fango rojo, rocas y raíces de eucalipto se desplazan colina abajo en una avalancha colosal que avanza tragándoselo todo.

Mi corazón se para en seco, dando un vuelco que me deja sin aire en los pulmones al calcular la trayectoria.

Uno de los establos está justo en su camino.

—No, no, no… ¡Por favor, no! —susurro, sintiendo que el pánico.

Detrás de mí, unos pasos acelerados resuenan sobre la madera. Mi tía Elizabeth aparece a mi espalda y me agarra de la chaqueta vaquera.

—Darana, por Dios, ¡qué ha sido eso! ¡Estás empapada!

Me giro hacia ella con el agua chorreando por el sombrero y el pulso desbocado martilleándome las sienes.

—El repetidor ha volado por los aires y la ladera se ha venido abajo —le suelto a toda prisa, quitándome las cortinas de agua de los ojos—. ¡Tengo que ir a poner a salvo a los animales!

A Elizabeth se le muda el color del rostro y se le arruga la frente por el horror. Me aprieta los brazos, intentando retenerme físicamente.

—¿Y Bert y Ricky? Dime que no estaban allí con los potros nuevos.

—Creo que… sí —respondo, y se me hace un nudo en el estómago—. Los vi antes de que rompiera a llover. No puedo dejarlos tirados.

—¡Estás loca! ¡Eso es una trampa! —grita ella, con una angustia que rara vez deja ver—. ¡Te puede costar la vida, Darana! Las comunicaciones están muertas y la ladera sigue cediendo. ¡No seas imprudente!

La miro fijamente, bajo el ala del sombrero empapado. En este momento no soy la mujer que aprendió a capear los temporales con los dientes apretados. Soy la hermana que hizo una promesa sagrada junto al lecho de muerte de Elijah. El auténtico legado de este rancho.

—Me importa una mierda el riesgo, tía —espeto con tanta rabia, que hasta me tiembla la voz—. Le juré a Elijah que protegería este lugar a toda costa. Estos animales son lo único que nos queda de él. Y eso es lo que voy a hacer, cueste lo que cueste.

El nombre de mi hermano se queda flotando en el aire. Mi tía cierra los ojos, se traga las lágrimas y, con una resignación tremenda, me da un apretón en la mano.

—Entonces vuelve —me suplica—. Vuelve, Darana. No me dejes sola en este maldito desierto.

No le prometo nada. Porque no sé si puedo.

Me ajusto el sombrero hasta las cejas, me abrocho la chaqueta y salgo corriendo al porche.

· · ·

Al pisar el exterior, la bofetada de viento y agua me corta la respiración. El aire está vivo, chisporroteando con la saturación estática que Camila describió.

Saco el walkie-talkie del cinturón y aprieto el botón con los dedos entumecidos por la lluvia.

—¡¿Bert?! ¡¿Ricky?! ¿Me recibís? ¡Responded, maldita sea!

Solo obtengo estática, un pitido agudo que el viento se traga con desprecio. El aparato está muerto. Las malditas comunicaciones nunca fallan cuando quieres pedir una cerveza, pero te dejan tirada en mitad del fin del mundo.

Corro hacia el establo principal y ya escucho que Byron está desatado, pegando coces contra los tablones y resoplando con los ojos inyectados en sangre.

—Eh, chico… quieto ahí. Que soy yo —me anuncio, entrando al box sin miramientos y agarrándolo de la cabezada con fuerza para obligarlo a mirarme—. Nos toca ayudar a los chicos, pero estaremos juntos ¿vale?

Me las veo y me las deseo para ensillarlo.

El caballo está rígido, con las orejas pegadas a la nuca, pero mis manos se mueven de memoria, cinchando a toda leche mientras el viento hace restallar las chapas del tejado.

Le pego un tirón a las riendas, me apoyo en el estribo y salto sobre la montura de un brinco.

—Hay que salvar a esos potros, Byron. ¡Arre!

Salimos de los establos rompiendo la marcha, buscando las zonas de piedra firme mientras los cascos levantan pedazos de fango.

El terreno es un auténtico cenagal. El barro se ha convertido en una masa viscosa que intenta succionar sus patas, obligándolo a un galope corto y pesado.

Pero Byron es puro músculo de Birdsong Hills, y a nosotros nunca nos ha vencido un poco de lodo.

Enseguida salta zanjas inundadas y sortea los regueros de agua sin reducir la velocidad ni un ápice, con los ollares abiertos de par en par y una respiración ronca que compite con el trueno.

La lluvia me azota la cara como perdigonazos, cegándome, pero no me permito aflojar. En mi cabeza solo se repite una cosa: los potros atrapados, mis hombres en peligro y el recuerdo de Elijah.

Al coronar la cresta, el desastre me estalla en la cara. Byron clava los cascos, resoplando y temblando por el esfuerzo. La ladera es una herida abierta. El barro ya ha arrastrado troncos enteros, rocas afiladas y los restos retorcidos del repetidor.

El establo sigue en pie, pero da pena verlo. Una parte del techo de zinc ha colapsado bajo el peso del lodo y la pared trasera está combada, cediendo por segundos.

—¡Bert! ¡Ricky! —bramo con todas mis fuerzas.

—¡Aquí! ¡Estamos dentro! —responde la voz de Ricky, rota por el pánico.

Me tiro del caballo antes de que se detenga del todo, hundiéndome en el fango hasta las rodillas, y cuando ato las riendas al poste y me aseguro de que Byron va a estar bien a pesar de la lluvia, entro corriendo a la estructura.

Lo que veo es la casa de los horrores.

Los potros están descontrolados, amontonándose, relinchando por culpa del pánico y dándose golpes contra la mader.

Bert, empapado hasta los huesos y con la cara desencajada, intenta frenar la estampida con una soga mientras Ricky se deja la espalda apuntalando la puerta lateral contra las embestidas del viento.

—¡Darana! —exclama Ricky al verme entrar como un torbellino—. ¡Menos mal! ¡Esta porquería va a venirse abajo! ¡Las vigas están crujiendo que da gusto!

Nada más decirlo, un sonido espantoso de la madera vieja le da la razón, seguido de un trueno que hace temblar los cimientos. No debimos pensar que estarían a salvo en esta zona.

—¡Hay que abrir las compuertas traseras! —les grito, abriéndome paso entre los animales a empujones—. ¡Hay que sacarlos ya antes de que el techo los sepulte! ¡Moveos!

—¡¿Estás loca, Darana?! —me grita Bert, tratando de esquivar un manotazo de un potro—. ¡Fuera hay un lodazal y se van a dispersar por las colinas!

—¡Prefiero buscar caballos vivos por el desierto que desenterrar cadáveres de los escombros! —le corto con mi peor genio, clavándole una mirada que no admite réplicas—. ¡Ricky, ve con Bert y ayudaos con Byron! ¡Yo voy a por la tranca trasera!

Sorteando las coces y los cuerpos sudorosos de los animales que se mueven enloquecidos, llego a la compuerta de escape. Está completamente encajada. La madera se ha hinchado por la humedad y el lodo del exterior hace de tope.

—Vamos, pedazo de chatarra… ¡ábrete! —gruño, apretando los dientes hasta que me cruje la mandíbula.

Me pego contra la madera, cargo todo mi peso sobre el hombro derecho y pego un empujón con un grito de desesperación. La madera gime, cede un par de centímetros y vuelco a cargar, con el alma completamente en juego.

¡PAM!

La compuerta estalla hacia fuera, abriéndose de golpe. Una ráfaga de agua me sacude con la fuerza de un camión, casi tirándome de espaldas al barro.

—¡Ahora! —aúllo con los pulmones destrozados—. ¡Arreadlos hacia fuera! ¡Sacadlos de aquí!

El caos es total. Los potros, al ver la luz de la libertad, no se lo piensan dos veces y salen zumbando hacia el temporal, asustados, pero a salvo.

Atraviesan la salida en tromba, desapareciendo en la cortina de agua.

Bert y Ricky se desgañitan pegando berridos para guiarlos en fila y evitar que se aplasten.

—¡Quedan dos, Darana! —berrea Ricky, señalando al fondo con los ojos desorbitados—. ¡Están paralizados por el miedo!

Me giro de golpe. Los dos potrillos más jóvenes están arrinconados contra la viga central, temblando como flanes y con las pupilas dilatadas. Me acerco a ellos despacio, tragándome el pánico, intentando mantener la voz firme.

—Vamos, pequeñines… venid con mamá —les hablo con tranquilidad, estirando las manos—. Fuera, venga. Tenemos que irnos.

Uno de los potros da un paso atrás, asustado, y golpea la estructura con las patas traseras.

Y en ese preciso instante, el puto universo decide apagar las luces.

Un relámpago cae a escasos metros. El impacto genera un estallido ensordecedor, que sacude la tierra como un terremoto. La viga maestra sobre nuestras cabezas se raja longitudinalmente con un chasquido que suena como un disparo de escopeta.

Levanto la vista. La madera se astilla sobre mí y lo veo venir en cámara lenta.

—¡FUERA! —bramo, pegándole un empujón tremendo al último potrillo hacia la compuerta de salida. El animal sale disparado como un cohete, salvando el pellejo.

Pero yo no tengo tanta suerte.

La viga principal cede por completo con un estruendo colosal. Intento tirarme hacia un lado, pero el impacto de un madero enorme me caza de lleno en el hombro y la espalda, lanzándome contra el suelo embarrado.

Un dolor agudo, ardiente y brutal me recorre el cuerpo.

Y luego… llega el fundido a negro. El mundo se apaga entre el humo, el barro y una oscuridad absoluta.