33
Camila
Amanezco con la sensación de que el mundo ha decidido cambiar de piel sin avisar y, sobre todo, con una frustración del tamaño de Australia.
Estiro el brazo en la cama de la cabaña, pero solo encuentro sábanas frías.
Claro, seguro que la muy testaruda de Darana se ha levantado antes del amanecer para mover un lote de novillos descarriados antes de que el cielo colapsara, dejándome con las ganas de repetir lo de anoche. Un clásico de la implacable Calloway.
Salgo al porche con el primer café ardiendo entre las manos, doy un sorbo y levanto la vista para casi atragantarme.
Una mezcla casi apocalíptica de tonos violáceos y amarillentos cubre el firmamento.
Sé exactamente lo que esto significa, que la ionización ha alcanzado niveles absurdos.
Las partículas cargadas están interactuando con la luz solar distorsionando el espectro visible; el tono amarillento es polvo en suspensión mezclado con óxidos excitados por la radiación, y el violeta…
el violeta es energía acumulada buscando una toma de tierra.
Una bomba de relojería que puede explotar en cualquier momento.
—Joder… —murmuro, con la taza casi pegada a los labios—. Esto no estaba en el folleto turístico de Birdsong Hills.
—Pues haber pedido un reembolso, listilla —responde una voz de lo más sexi.
Apoyo la taza en la barandilla con deliberada lentitud.
Darana está ahí, apuntalada contra el pilar de madera, con las piernas cruzadas, los brazos sobre el pecho y esa sonrisita que me saca de quicio.
Aunque la realidad es que me enciende a niveles insospechados.
Lleva unos pantalones ajustados que deberían estar prohibidos por la ley y el sombrero inclinado.
El viento juega con sus mechones rubios y sus ojos miel me devoran sin pudor a pesar del infierno que tiene encima de su cabeza.
—Buenos días para ti también, vaquera —le espeto, recorriéndola con la mirada de arriba abajo—. Menudo desplante que me has dado. Y yo que quería darte los buenos días…
Darana suelta una carcajada, se separa del pilar y camina hacia mí con un delicioso contoneo de caderas. Después, se detiene a un milímetro de mi rostro.
—El deber llama, Bennet —me susurra. Roza mi barbilla con la yema del dedo, y me provoca un escalofrío que deja bajo mínimos en comparación a la tormenta que se está formando—.
Había que terminar de asegurar el ganado y los cobertizos.
Pero no te preocupes, que tengo muy buena memoria para las tareas pendientes.
¿Es peor de lo que pensábamos? —pregunta, cambiando de marcha mientras mira al cielo.
—Mucho peor —respondo, y trago saliva para recuperar la compostura—. La inestabilidad atmosférica está aumentando a un ritmo exponencial. Horas, quizá menos, antes de que los rayos conviertan este lugar en un tablero de pirotecnia.
Darana exhala con fuerza y niega con la cabeza.
—Me encantas cuando te pones en plan empollona científica, de verdad, pero ahora me toca ser la jefa. ¡Ricky! —grita hacia los corrales—. ¡Mueve ese trasero!
Ricky aparece unos segundos después corriendo, cargando el walkie-talkie y con su habitual sonrisa.
—La camioneta está lista, chicas —anuncia.
—Entonces vamos —sentencia Darana, guiñándome un ojo—. Cuanto antes terminemos la batida en el pueblo, antes podré atender mis… compromisos.
El trayecto en el todoterreno es un festival de tensión.
Darana conduce con una mano en el volante, firme, esquivando los baches de la pista de tierra roja mientras el viento levanta remolinos de polvo contra el parabrisas.
Yo voy de copiloto, pero tengo los ojos clavados en sus muslos.
Para romper el ambiente, agarro el walkie-talkie.
—¿Cómo va todo por ahí, Ethan?
Un segundo de estática y salta su voz:
—Bien. El resto de la evacuación preventiva de las zonas bajas del río ya está lista. La gente se está reuniendo y dándolo todo. Lily, Joyce y Christian ayudan a Kira con las provisiones.
—Perfecto. Mantenedlos tranquilos —respondo.
—Y, por si os interesa —añade Ethan con tono burlón—, el pueblo entero habla de «la Calloway y su científica». Dicen que hacéis muy buen equipo. En todos los sentidos.
Miro de reojo a Darana. Ella mantiene la vista fija en la carretera, pero un hoyuelo delicioso aparece en su mejilla. Suelto el walkie-talkie y estiro la mano, rozando su muslo. Ella, lejos de apartarse, cubre mi mano con la suya, apretándola contra su piel ardiente.
—Vaya, vaya. Parece que tenemos buena prensa —le digo en voz baja, con un matiz juguetón.
—No te acostumbres —responde ella, mirándome un segundo de reojo con intensidad—. En cuanto esto termine, volverán a quejarse del precio de la carne y de que Angus, les muerde las botas.
—Oye, yo también me quejaría si tuviera que lidiar con su genio —le devuelvo el dardo, subiendo los dedos un par de centímetros por su pierna.
Ricky suelta una carcajada desde el asiento trasero, asomándose entre nosotras.
—Por favor, os lo suplico, dejaos los cariñitos mientras el cielo se cae a pedazos. Bastante tengo con vigilar el paisaje.
Darana frena en seco al entrar al pueblo, haciéndonos reír a todos.
El ambiente en la calle principal es un hervidero de actividad.
Los vecinos aseguran las chapas de los tejados y refuerzan las ventanas y puertas rápido, nos bajamos de la camioneta de un salto.
El señor Henderson está junto a su almacén, apoyado en su bastón.
—¿Todo en orden? —pregunta Darana con esa autoridad natural que me vuelve loca.
—Asegurando las cosas, señorita Calloway. Este cielo no me gusta un pelo —gruñe el viejo.
—Haces bien —intervengo yo, cruzándome de brazos—. Si la actividad eléctrica es severa, cualquier estructura deficiente puede actuar como un conductor involuntario. He visto vallas de metal enteras quedar reducidas a escoria fundida en un segundo.
Henderson me mira, se quita el sombrero y me dedica una inclinación de cabeza.
—Confío en ti, muchacha. Tú y Darana nos habéis ayudado un montón. Hacéis buena pareja, sí señor.
—¡Más le vale confiar! —grita Ricky cargando unos sacos de arena—, ¡porque yo no pienso morir por culpa de un rayo!
Avanzamos por la calle y la señora Gable nos saluda efusivamente desde la puerta de su panadería, con las manos llenas de harina.
—¡Chicas! —grita—. He llevado varias bandejas con pasteles de carne al club social. ¡Cuidaos mucho las dos! Lo estáis haciendo de maravilla.
Darana se queda parada en mitad de la calle, me agarra de la cintura por sorpresa y me pega a su cuerpo delante de todo el mundo. El corazón me da un vuelco.
—La tengo bien vigilada, señora Gable, no se preocupe —responde Darana con una sonrisa de suficiencia, guiñándole un ojo a la panadera. Luego me mira a mí y me susurra al oído—: Vámonos antes de que te bese aquí mismo.
Madre mía con la vaquera.
El mundo cayéndose a pedazos, y ella con estas insinuaciones.
· · ·
Cuando volvemos a la camioneta, el panorama empeora. Las nubes ya no solo se mueven: se retuercen como masas vivas, densas y colosales, devorando la luz. Veo con claridad las torres convectivas ascendiendo con una violencia silenciosa.
—Tenemos que volver ya —digo con urgencia.
Darana arranca el motor, mete primera y salimos disparadas de vuelta por la pista. El regreso es una carrera contra el tiempo. El viento golpea el lateral del vehículo y la luz se vuelve gris, extraña. En cuanto frenamos frente a la casa principal, saltamos de la camioneta.
El espectáculo es hipnótico. Las nubes giran en un torbellino colosal. En su interior, pulsos eléctricos atrapados iluminan el cielo desde dentro, como bombillas gigantes a punto de estallar.
—Deberíamos hacer una última ronda por los cobertizos —digo, ajustándome la cazadora mientras el viento me vuela el pelo—. Los animales perciben la caída de presión antes que nadie. Hay que asegurarse de que no haya ningún desastre.
—Pero media hora —responde Darana, agarrándome del brazo para que la mire de frente. Sus ojos brillan por primera vez con algo de miedo—. No te separes de mí. Si te pasa algo, quemo este maldito continente. ¿Entendido?
Sonrío, dando un paso al frente para pegar mi pecho al suyo. La tensión ambiental no es nada comparada con los voltios que saltan entre nosotras.
—No te preocupes. Vamos a poner a Angus a salvo.
Corremos hacia los corrales. Los caballos relinchan y patean las maderas de los boxes, pero las estructuras resisten.
En el corral pequeño, Angus, nos observa sentado sobre sus cuartos traseros, masticando un trozo de corteza de eucalipto con absoluta indiferencia, como si el fin del mundo no fuera con él.
—Vaya, mantiene su carácter inmaculado. Igual que el de su dueña —me burlo, dándole un empujón cariñoso con el hombro a Darana mientras vemos al burro rebuznar enfurruñado.
—Ya te gustaría a ti que yo fuera tan dócil —me responde con una mirada felina—. ¡Venga, muévete! Ayúdame a llevar a este tozudo a la zona de la casa principal antes de que empiece esta maldita pesadilla.
Entre las dos, tirando de la cabezada y metiéndole prisa, logramos guiar a Angus hasta el porche trasero de la casa principal.
Angus entra pegando un par de coces al aire, quejándose del traslado, pero se acomoda junto a los perros bajo el techado.
Darana cierra la tranca a conciencia, asegurando el perímetro, y se gira hacia mí.
El viento ya ruge con fuerza, levantando su pelo rubio y pegando la camisa a su cuerpo.
Me agarra por los brazos, atrayéndome hacia ella en un movimiento rápido que me deja sin respiración. Sus ojos miel chispean.
—Escúchame bien, científica —me dice a voz en grito para hacerse oír por encima del vendaval—. Yo me tengo que quedar aquí fuera para dar una última ronda con Bert y asegurar los generadores. Tú vete directa a la cabaña. No quiero que te muevas de allí, ¿entendido?
—¿Y dejar que te lleves tú toda la diversión? Ni hablar, Calloway —replico, plantándole cara y agarrándola por las solapas de la chaqueta—. Ten cuidado. No presumas tanto de valentía, que te conozco.
Darana suelta una sonrisa descarada y me roba un beso rápido, ardiente y de los que te dejan temblando las piernas.
—Tengo un incentivo muy grande para volver entera. Y me espera en tu cama —me susurra al oído antes de darme un azote cariñoso—. ¡Venga, corre a la cabaña!
Le dedico una última mirada de reproche —y de pura lujuria— antes de salir pitando hacia la cabaña con Ethan y Kira. Corro protegiéndome el sombrero con la mano mientras las primeras ráfagas serias barren el patio de la estación.
Entro de golpe en la cabaña de los chicos, cerrando la puerta con el cerrojo.
Allí dentro, el ambiente está caldeado. Ethan y Kira están pegados a los monitores, rodeados de mapas de relieve y gráficos tridimensionales de la red de protección.
Me quito los guantes de un tirón y me planto a su lado.
Aparto a Ethan de un empujón y me pongo a teclear como una loca los datos de la última sonda.
La red de zanjas de cobre brilla en la pantalla, serpenteando bajo el terreno del rancho como un mapa del tesoro.
—Está funcionando —murmura Ethan, pasándose un dedo por el cuello de la camisa, agobiado—. Está conectando la carga estática de la superficie con el acuífero profundo. Estamos creando la toma de tierra más grande del sector.
Kira niega con la cabeza, señalando una gráfica con picos que suben verticalmente en rojo.
—Sí, pero mirad esto. La intensidad del campo eléctrico está subiendo de forma exponencial, no gradual. La anomalía térmica del suelo está retroalimentando la tormenta. No me gusta un pelo.
Siento un nudo en el estómago. Miro hacia la ventana, pensando en Darana ahí fuera, desafiando al temporal, y el corazón me da un vuelco.
—La intensidad del campo es más fuerte de lo que calculamos —confieso, con la voz tensa mientras sigo analizando las líneas de potencial—. Mucho más. El subsuelo está completamente saturado. Si el rayo principal golpea la red ahora mismo, la descarga de retorno va a ser brutal.
Kira se pasa una mano por el pelo, soltando un bufido de agotamiento.
—Madre mía… Esto va a ser un infierno.
No tengo tiempo de responderle. En ese mismo instante, el cielo decide que la cortesía y las advertencias se han terminado.
Un estruendo brutal, ensordecedor, sacude la cabaña de los chicos con una violencia salvaje.
No es un trueno cualquiera; es un rugido desgarrador que parece rajar el Outback en dos.
Las paredes de madera vibran, los monitores parpadean y las luces del techo se apagan de golpe, dejándonos a oscuras durante un segundo agónico antes de que se encienda la luz de emergencia de color rojo, tiñéndolo todo de una atmósfera irreal.
El mundo se queda en un silencio sepulcral, roto solo por el silbido del viento. Ethan y Kira se miran con los ojos como platos y yo me agarro al borde de la mesa, conteniendo el aliento.
El universo acaba de dar el pistoletazo de salida, y lo peor… está a punto de empezar.