32
Darana
El beso se profundiza y el mundo exterior se desvanece por completo.
Mis labios reclaman los suyos con urgencia, y Camila responde con la misma intensidad, como si la tormenta que se acerca fuera solo una excusa para rendirnos a esto.
Sus manos se aferran a mi cintura, tirando de mí hacia ella mientras nos levantamos sin separar nuestras bocas.
El café queda olvidado sobre la mesa, las pantallas parpadean con datos irrelevantes y el zumbido de los equipos se convierte en un ruido de fondo que apenas registro.
—Darana… —murmura Camila contra mis labios, con la voz ronca y entrecortada—. Si seguimos, no voy a poder parar.
—Pues no lo hagas, porque esto es justo lo que quiero ahora mismo.
Que le den por culo a lo demás —respondo, mordiendo suavemente su labio inferior y tirando de él con los dientes.
Mis dedos se enredan en su pelo desordenado y tiro con suavidad para exponer su cuello.
La beso ahí, lamiendo la piel caliente, saboreando el leve sabor a sal y café.
Ella gime bajito y me empuja hacia el fondo de la cabaña, donde la cama grande ocupa gran parte del espacio.
La habitación está en penumbra, iluminada solo por la luz de una lámpara de mesa y los destellos de los monitores.
Caemos sobre el colchón enredadas, yo encima de ella.
Mis manos exploran su torso por encima de la ropa, sintiendo cómo sus pezones se endurecen bajo la tela.
Camila arquea la espalda y me empieza a desnudar con movimientos apresurados, dejando rastros de calor. Cuando me quedo en sujetador, se incorpora para besarme el valle entre los pechos, bajando la boca con hambre.
—Eres tan jodidamente hermosa… —susurra, desabrochando el cierre. Mis pechos quedan libres y ella los atrapa con las manos, amasándolos mientras su boca se cierra sobre uno de mis pezones. Lo chupa con fuerza, lo muerde con cuidado y luego lo lame en círculos lentos que me hacen jadear.
—Camila… joder… —gimo, apretando su cabeza contra mí. Siento un latido caliente entre mis piernas, la humedad empapando ya mi ropa interior. Me froto contra su muslo instintivamente, buscando fricción.
Ella sonríe contra mi piel y me gira, colocándose encima. Sus ojos brillan con deseo mientras me baja los pantalones y las bragas de un tirón, dejándome completamente expuesta ante ella. Sus dedos recorren mis muslos, separándolos con lentitud deliberada.
Después, desliza los dedos por mis pliegues hinchados, recogiendo mi humedad y extendiéndola hacia arriba sin tocar mi clítoris directamente.
Gimo alto y abro más las piernas, ofreciéndome sin vergüenza.
Camila se arrodilla entre ellas y baja la cabeza.
Su aliento caliente roza mi coño antes de que su lengua lo haga.
Lame despacio desde abajo hacia arriba, saboreando cada pliegue, separándolos con la punta de la lengua.
Cuando llega a mi entrada, la penetra con un movimiento profundo y húmedo, follándome con la boca mientras sus manos sujetan mis caderas para mantenerme quieta.
—Dios… sí… así —jadeo, enredando los dedos en su pelo y empujando contra su cara. Su lengua entra y sale, girando dentro de mí, y luego sube a succionar mis labios mayores, mordisqueándolos con suavidad. El placer es ardiente, líquido, y siento cómo me empapo aún más contra su boca.
Camila gruñe de satisfacción y acelera el ritmo.
Se come mi coño con hambre, como si llevara años soñando con esto.
Sus labios succionan mis pliegues, su lengua los recorre una y otra vez, y de vez en cuando roza con los dientes la piel sensible, mientras mis caderas se mueven solas, cabalgando su cara con el placer subiendo en oleadas.
—Quiero que te corras en mi boca —dice con voz ronca, separándose apenas un segundo para mirarme.
—No… aún no —consigo decir, tirando de ella hacia arriba—. Quiero sentirte yo también.
La beso con fuerza, probándome en su lengua, y la empujo para que se tumbe de espaldas.
Le quito la ropa con urgencia y su cuerpo queda desnudo ante mí.
Me coloco encima y froto mi coño mojado contra su muslo mientras bajo la boca hasta sus pechos.
Los beso, los muerdo, tiro de sus pezones con los dientes hasta que gime mi nombre.
Mis dedos bajan por su vientre y se hunden entre sus pliegues. Está empapada, caliente, resbaladiza… Recorro su coño con lentitud, separando los labios hinchados y explorando cada centímetro. Introduzco dos dedos en su interior, y Camila arquea la espalda y clava las uñas en mis hombros.
—Más… Darana, por favor… —suplica, moviendo las caderas contra mi mano.
Añado un tercer dedo y acelero el ritmo, follándola con movimientos profundos y firmes mientras mi pulgar roza cerca de su clítoris sin llegar a tocarlo directamente. Con la otra mano le aprieto un pecho, pellizcando el pezón. Ella jadea y gime sin control.
Me deslizo hacia abajo y reemplazo mis dedos con la boca.
Saboreo su sexo con devoción, lamiendo sus pliegues, introduciendo la lengua en su interior y succionando sus labios.
Sabe dulce y salada a la vez, totalmente adictiva.
Camila agarra mi cabeza y cabalga mi cara, frotándose contra mi lengua con movimientos desesperados.
—Así… joder, qué bien sabes comerme… —gime, con la voz rota de placer.
Siento que está cerca. Sus muslos tiemblan alrededor de mi cabeza.
Introduzco dos dedos de nuevo y los muevo rápido mientras succiono con fuerza.
Camila se tensa, grita mi nombre y se corre con violencia, inundando mi boca con sus jugos.
Sigo lamiéndola despacio, prolongando su orgasmo hasta que se deja caer sobre la cama, temblando.
Pero no le doy un segundo para respirar.
Me coloco a horcajadas sobre su cara y bajo mi coño empapado hasta su boca.
Ella me agarra las nalgas y me devora con hambre renovada.
Su lengua penetra en mí mientras yo me muevo sobre ella, cabalgando su cara con movimientos ondulantes.
Mis pechos rebotan y me toco los pezones, pellizcándolos.
—Sigue… no pares… —jadeo, sintiendo el placer acumularse en mi vientre.
Poco después, el orgasmo me golpea con fuerza. Me corro gritando y apretando su cabeza entre mis muslos.
Caigo a su lado, pero solo por un momento. Porque enseguida, mis manos vuelven a su coño, acariciando los pliegues hinchados y sensibles. Y ella hace lo mismo conmigo.
Camila sonríe con picardía y se tumba completamente.
Separo sus piernas y me coloco de forma que nuestros coños quedan cerca, pero sin frotarlos directamente.
Me apoyo en una mano y uso la otra para guiar mis dedos.
Introduzco dos en ella y, al mismo tiempo, froto mi clítoris contra el dorso de mi mano mientras muevo los dedos dentro de su coño.
El movimiento hace que mis nudillos rocen sus pliegues y mi sexo se frote contra mi propia mano.
Mis caderas se mueven en un vaivén delicioso que no puedo detener.
—Más fuerte… —pide Camila, y yo acelero el ritmo.
Muerdo su cuello, dejando una marca roja. Ella muerde mi hombro en respuesta. El placer sube otra vez, imparable, y nos corremos casi al mismo tiempo, gritando, temblando, empapando las sábanas.
Mis dedos siguen acariciando perezosamente sus pliegues, recogiendo la humedad que aún sale de ella.
—Esto… esto es justo lo que necesitaba —murmura Camila, besándome con ternura.
—Y yo te necesito a ti —respondo, apretándola contra mi cuerpo—. Pase lo que pase con la tormenta, te lo prometo… esto no lo va a tocar nadie.