31
Darana
—Esto no puede ser bueno…
Estoy de pie junto a la valla de madera del corral principal, con las manos bien apoyadas, cuando levanto la vista y me doy cuenta de que el color rabioso del Outback australiano ha decidido desaparecer del todo y más pronto de lo que preveía.
En su lugar, un manto plomizo, espeso se asienta sobre el horizonte, suspendido en una calma que te pone los pelos de punta.
El aire pesa tanto que se te mete bajo la piel y te obliga a respirar hondo, como si tus pulmones supieran antes que tu cabeza que lo que se avecina va a ser grave.
Las vacas, allá a lo lejos, han dejado de pastar y se agolpan en masa bajo los eucaliptos, quietas y en un silencio sepulcral que asusta.
Ni un bicho vuela. Los caballos en los establos están con los nervios a flor de piel, y en cuanto entro en las caballerizas, el jaleo me golpea de lleno: relinchos histéricos y golpes por doquier.
Byron, es el primero en sacudir la cabeza con las fosas nasales abiertas de par en par.
—Eh, chico… frena un poco el carro —le pido, acercándome a su box y estirando el brazo para acariciarle el cuello.
Pero en cuanto mis dedos van a rozar la cadena de metal, siento un chasquido brutal entre el hierro y mi piel—.
¡Ay! —exclamo, dando un salto hacia atrás y sacudiendo la mano como si me la hubieran quemado.
La electricidad estática ya cruza el ambiente. Siento el vello de los brazos erizado y una tensión en la nuca que ríete tú del estrés. Byron da un bufido, igual de asustado, así que me pego a la madera y apoyo mi frente contra la suya, aguantando el cosquilleo eléctrico que nos une.
—Lo sé, grandullón, yo también lo noto —le susurro al oído, acariciándole el belfo con suavidad—. Hemos salido de muchas, y vamos a salir de esta. Tenemos a Camila aquí, ¿recuerdas?
De repente, unos pasos rompen el ambiente del establo.
—¡Darana! —brama Bert desde la entrada, apareciendo con el sombrero calado hasta las cejas y una caja de herramientas enorme—. ¡Tenemos que asegurar los portones del corral grande!
Me separo de Byron, me ajusto el sombrero de un tirón y me coloco los guantes de trabajo.
—No perdamos ni un maldito segundo —le respondo, saliendo detrás de él a grandes zancadas—. ¿Cómo están los cierres de la zona este?
—¡Hechos unos zorros! —grita Bert entre el rugido de las primeras ráfagas de viento, que ya empiezan a levantar remolinos de tierra por todo el patio—. Ethan se ha quedado con las mallas de cobre abajo, en los campos, pero nosotros necesitamos reforzar el perímetro principal o todo saldrá volando.
—¡Pues menos charla y más herrajes! —le suelto, cogiendo una llave inglesa de su caja mientras nos plantamos ante el portón principal, que ya ha empezado a castañear.
Nos ponemos codo con codo a reforzar los cierres como si no hubiera un mañana. Cada dos por tres, las herramientas nos meten unos calambres de campeonato, obligándome a soltar más de un juramento entre dientes.
Justo cuando estoy apretando la tercera bisagra, una camioneta entra derrapando en el patio, levantando una polvareda que casi nos deja ciegos. La puerta se abre de golpe y Joanie baja de un salto, con su habitual sonrisa de suficiencia.
—¿Es que no pensabas pedirme ayuda? —me recrimina, cruzándose de brazos.
—¡Coge un taladro! ¡Llegas a tiempo! —le grito, limpiándome el sudor de la frente con el brazo.
Detrás de ella bajan Ricky y Lily de la cabina, cargando tablones gruesos y tras una mirada de aprobación hacia nosotras, Maddie también se les une al trabajo.
—¡Ricky ir al portón del este y reforzad los travesaños antes de que os gane la partida el temporal! ¡Moveos!
La actividad en el patio se vuelve frenética.
Entre el ruido de los taladros, los martillazos y los gritos para entendernos por encima del viento, esto parece una obra de locos, pero somos una piña.
Porque cuando las cosas se ponen feas en Birdsong Hills y en el pueblo, aquí todo el mundo arrima el hombro.
Joanie se coloca a mi lado para sostener una plancha de madera pesada mientras yo le meto presión con los tornillos.
—Oye, Darana —me llama, mirándome de reojo con picardía—, ¿cómo vas con Bennet?
Siento que las mejillas se me encienden más por su comentario que por el esfuerzo físico, y aprieto el gatillo del taladro con fuerza.
—¡Cállate y sujeta bien la madera, anda! —le espeto, aunque el corazón ya me cabalga a toda prisa.
Tras un par de horas de dejarnos la piel, el perímetro queda más blindado que una caja fuerte. Dejo las herramientas en la caja, con los músculos protestando por el esfuerzo.
—¡Buen trabajo! —les grito a todos, haciéndoles una señal con la mano.
Cuando la mayoría se marcha hacia sus puestos de trabajo y hacia el pueblo, me quedo sola en mitad del patio, rodeada por el zumbido del viento. Por suerte, los perros también están protegidos en sus propias casas y eso me deja un poco más tranquila.
Mis ojos se van directos a la cabaña de Camila. Las luces están encendidas, reflejando el brillo azulado de sus monitores meteorológicos. Mis botas se mueven solas sobre la tierra; subo los escalones de madera, y abro la puerta sin llamar.
Dentro, el ambiente está caldeado y huele a café cargado.
Camila está hecha un ovillo en la silla frente a las pantallas, frotándose las sienes con desesperación.
Tiene el pelo hecho un desastre, recogido con una pinza, y unas ojeras que le llegan a los pies.
Varias tazas vacías decoran la mesa en un orden que, seguro que para ella tienen un sentido en concreto. Como todo en su universo propio.
Cierro la puerta y ella se sobresalta, girándose en la silla.
Cuando me mira, le sonrío, me quito el sombrero, lo tiro sobre una mesa y voy directa a la cafetera. Sirvo dos tazas del líquido negro y me acerco a ella, plantándole una delante de las narices.
—Toma, científica. Tomate cinco minutos de tregua antes de que te estalle una arteria.
Camila suelta una risita floja y coge la taza.
—Siempre tan mandona, Calloway —me dice antes de dar el primer sorbo.
—Es mi especialidad, Bennet —replico, sentándome a su lado.
Nos quedamos un momento en silencio, saboreando el café ardiente mientras fuera el viento empieza a sisear con más fuerza.
—¿Cómo va? —pregunto, mirándola de reojo y detallando la curva de su cuello.
Camila suelta un suspiro y deja la taza en la mesa, alineándola perfectamente con el borde.
—Pues… el frente frío está chocando con la masa de aire cálido y el radar se está volviendo loco. Si mis cálculos fallan y los pararrayos no aguantan el impacto… —Se muerde el labio inferior, inquieta, y se pasa las manos por la cara—. Darana, si pasa algo por mi culpa, no me lo voy a perdonar.
Me muevo rápido, dejo mi taza y la agarro por los hombros, obligándola a mirarme de frente.
—Mírame, Camila. En este lugar todos confiamos en ti, y yo la primera, ¿te queda claro? Has venido aquí a salvarnos el pellejo y lo vas a hacer.
Camila me mira y veo cómo se le corta la respiración. Sin pensarlo dos veces, la rodeo con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho. Ella se queda rígida un segundo, pero enseguida se derrite y se agarra a mi camisa como si le fuera la vida en ello, hundiendo la cara en mi cuello.
—Tengo miedo —confiesa, erizándome la piel—. Tengo miedo de que la tormenta destroce la hacienda… de que también afecte a todo el pueblo.
Le levanto la barbilla con suavidad, obligándola a clavar sus ojos en los míos, y le acaricio la mejilla con el pulgar.
—A tomar por saco los miedos, Bennet —le suelto, acortando la distancia entre nuestros rostros—. Lo que ocurrió en el pasado fue una mierda, pero ahora somos más fuertes. Que venga la tormenta que quiera, estoy segura de que no nos va a vencer.
Camila traga saliva, con la respiración completamente entrecortada y los labios a milímetros de los míos.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado más segura en mi puñetera vida —le respondo, y antes de que pueda añadir una sola palabra, la callo con un beso.