30
Camila
—A ver, repasemos: sándwiches ordenados por ingredientes, tres manzanas rojas, las zanahorias y la botella de agua con un toquecito de limón. Perfecto —me digo a mí misma, recolocando por quinta vez los recipientes dentro del capazo de mimbre en la mesa de mi cabaña.
Cuando termino, me acerco al alféizar de la ventana y apoyo ahí los codos.
El aire del desierto australiano huele a eucalipto y al cambio que anticipa la tormenta.
A lo lejos, el motor de un tractor rompe el silencio con su rítmico traqueteo de doble tracción.
Ethan y Bert continúan abriendo zanjas para enterrar las mallas de cobre bajo la supervisión de Kira y los peones que se han unido al trabajo.
Sin duda, si el temporal no causa los estragos que pienso, será gracias al esfuerzo que todos han hecho por aquí.
—Los echaba de menos… —me sorprendo diciendo.
Me aparto de la ventana de un salto y me aliso la camisa. Madre mía, cómo tengo el pulso. Entre todos los gráficos que tengo flotando en el cerebro, hay un pensamiento que late con muchísima más fuerza, insidioso, ardiente y peligrosamente picante: Darana Calloway.
El sonido de unos cascos y un resoplido justo fuera de mi cabaña me hace sonreír y después de ponerme el sombrero, salgo al porche cargando el capazo para ver, efectivamente, que ahí está la vaquera de mis pecados.
Darana está apoyada contra Byron, sosteniendo las riendas de otra yegua torda preciosa. Lleva el sombrero calado hasta las cejas, su habitual camisa vaquera y el pelo rubio recogido en esa perfecta trenza que cae a la su espalda.
—Buenos días, Bennet —me suelta con esa sonrisa descarada que me vacía el cargador de los argumentos en cuestión de un segundo. Y después me mira con una ceja alzada—. ¿Qué llevas ahí? ¿Un cargamento tecnológico?
Señala hacia el capazo.
—Buenos días —replico, bajando los escalones del porche e intentando que no se me note que la devoro con la mirada—. Para tu información, traigo un poco de comida para un pequeño picnic improvisado. Y veo que has venido con refuerzos.
Señalo con la barbilla hacia la yegua torda, que me mira con ojos pacíficos.
—He pensado que esta señorita sería más compasiva con tus delicados huesos de científica. Además, se lleva de maravilla con Byron. Monta, anda, que así podremos ir supervisando cómo va la colocación de las mallas.
—Sabes que no he perdido el arte de cabalgar ¿verdad? —le digo, plantándome a su lado y acomodando el capazo en la montura—. Te recuerdo que he sido capaz de domar a tus peones y a tu… carácter.
Darana suelta una carcajada.
—No cantes victoria tan rápido, cerebrito.
Al pasarme las tiras de cuero, Darana me mira de reojo, y clava los talones para iniciar la marcha.
Cabalgamos a ritmo lento hacia los límites de la propiedad, dejando que los animales marquen el paso sobre la tierra.
El paisaje es una auténtica postal: las vacas pastan en los llanos ajenas al peligro magnético, un bando de cacatúas blancas levanta el vuelo desde un eucalipto viejo armando una algarabía tremenda y los perros ovejeros corren a nuestro lado sacando la lengua.
Durante unos minutos, siento una paz maravillosa.
—Esto sigue siendo espectacular —murmuro, contemplando el horizonte infinito con una punzada de nostalgia.
—Algunas cosas han cambiado en diez años… —responde Darana, girando la cabeza hacia mí con una mirada tan intensa que me pone roja como un tomate—. Pero este lugar sigue teniendo la misma alma.
—¿Y las cosas importantes? ¿Han cambiado? —le pregunto, picándola un poco.
Ella detiene a Byron un instante, obligándome a frenar también.
—Las importantes siguen exactamente en el mismo sitio donde las dejamos. Aunque a veces me pregunto si somos idiotas por desenterrarlas ahora.
—Bueno, la última y primera vez que desenterramos algo terminamos empapadas en tu ducha, Calloway —le suelto con un desparpajo que ni yo misma me reconozco, arqueando una ceja.
Darana resopla, disimulando una sonrisa pícara, e inicia la marcha de nuevo.
—Eres una provocadora, Bennet.
—¿Se puede saber a dónde me quieres llevar con tanto misterio? —le grito, siguiéndole el trote.
—Confía en mí un rato. ¿O es que la gran científica le teme a las intenciones de una humilde vaquera?
—Confiar en ti es mi mayor problema —confieso y ella me vuelve a sonreír.
El camino se vuelve estrecho y escarpado, rodeado de maleza densa que nos obliga a agachar la cabeza.
El murmullo refrescante del agua aparece antes incluso de que abramos un claro entre las ramas, y cuando por fin entramos en el lugar, me quedo con la boca abierta.
«El rincón de los melaleucas». El riachuelo corre limpio y cantarino, reflejando destellos de plata bajo una cúpula de hojas perennes que bloquea el calor sofocante del desierto.
Ni siquiera recordaba que estuviera tan… bonito.
—Darana… —susurro, desmontando con cuidado de no desordenar el capazo—. Esto es una maravilla.
—Hace un par de años limpie los accesos y dejé que la naturaleza respirara un poco mejor —dice ella, bajando de Byron y quitándose el sombrero para sacudirse el polvo—.
Necesitaba un sitio donde respirar cuando el trabajo me superara.
Un rincón que fuera solo mío. Bueno… ahora nuestro, supongo, si te portas bien.
La miro sintiendo una ternura tan grande que me escuece el pecho. Esta mujer ruda y mandona tiene un corazón que no le cabe en el pecho.
—Es perfecto. No puedo creer que hayas dedicado tiempo a esto con los dolores de cabeza que te da la hacienda.
Nos acercamos la una a la otra de forma magnética, sin planearlo, como si la gravedad de Birdsong Hills nos empujara al mismo punto.
Estoy a milímetros de su rostro, sintiendo su aliento cálido, dispuesta a tirarme de cabeza a sus labios cuando un sonoro, estridente y espantoso rebuzno rompe la magia del momento.
Me giro de golpe, con el corazón en la boca.
—No puede ser… —murmuro entre incrédula y profundamente horrorizada.
Angus está a tres metros de nosotras, moviendo las orejas con una expresión de absoluta inocencia.
—¿Nos ha seguido esa máquina de demolición peluda? —le pregunto a Darana, con los ojos como platos.
Pero Darana ya está apoyada en el tronco de un árbol, partiéndose de risa.
—¡No te rías, Calloway! —le advierto, aunque la situación es tan ridícula que a mí también me da la risa—. ¡Ese animal es un delincuente profesional! Seguro que ha venido buscando algo.
—¿Acaso lo dudabas? —consigue articular ella entre carcajadas.
No me da tiempo a replicar. Angus, con una precisión que ya querrían mis satélites meteorológicos, mete el hocico directamente en mi capazo y engancha con los dientes la bolsa de las zanahorias.
—¡Eh! ¡Quita tus sucias pezuñas de ahí, ladrón de cuatro patas! —grito, agarrando el asa del capazo con fuerza y tirando hacia mí—. ¡Suelta, que esto es propiedad privada!
Al tirar, el burro planta los cascos en el barro y tira en sentido contrario con una testarudez colosal.
—¡Darana, por el amor de Dios! Haz algo —exclamo entre risas y desesperación, perdiendo el terreno por segundos.
—¿Y qué quieres que haga, Bennet? —responde ella, cruzada de brazos y disfrutando del espectáculo sin mover un dedo—.
¿Quieres que le lea sus derechos constitucionales?
¿Que abra una negociación diplomática? Ya sabes que Angus no acepta sobornos que no sean vegetales.
Habrá olido la comida nada más salir de la cabaña —añade.
—¡Que se va a comer el almuerzo que he tardado media hora en ordenar!
Angus pega un tirón seco con el cuello, el asa de mimbre cruje y el burro se retira tres pasos masticando ruidosamente mi bolsa de zanahorias con una dignidad que resulta insultante. Me quedo con el capazo desordenado en las manos, mirando al animal con indignación.
—Esto es absurdo —gruño—. Un burro australiano me acaba de mangar el desayuno en mis propias narices.
Darana ya no puede más. Se sienta en una roca, tapándose la cara con las manos por la risa.
—Tenías que llegar tú para desafiar las leyes de Angus —dice recuperando el aliento, con los ojos brillantes y ese hoyuelo precioso marcándosele en la mejilla—. Dos mujeres hechas y derechas peleándose con un burro por un manojo de hortalizas.
Me quedo totalmente paralizada mirándola. Hacía diez años que no la veía reír así. Libre de cargas, mostrando una faceta tan bonita que me derrite por dentro de inmediato. Y el corazón se me ablanda de golpe.
—Está bien, tú ganas, bandido —le digo a Angus con resignación, tirándole el capazo vacío al suelo—. Pero que sepas que no tendrás premio cuando volvamos a casa.
Me giro hacia Darana, cruzándome de brazos y fingiendo un enfado monumental.
—Tú eres su cómplice. Lo has planeado todo para verme fracasar contra la fauna local, confiesa.
—Confieso que lo vi venir desde que salimos de los corrales —admite ella, levantándose de la roca con pasos lentos, borrando la distancia que nos separa—. Pero no tenía corazón para estropearte el momento.
Su risa se apaga, pero la calidez de su mirada se intensifica, volviendo el aire entre nosotras denso y abrasador. Darana da el último paso, plantándose a milímetros de mí, y levanta una mano para apartarme un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozan mi mejilla, dejándome la piel temblando.
—Te he echado muchísimo de menos —susurra—. Creo que te necesitaba para salvarme a mí misma de volverme de piedra.
Trago saliva con dificultad, sintiendo que el mundo entero se tambalea bajo mis botas.
—Darana… —murmuro su nombre, agarrándola de las muñecas para que no aleje su mano de mi rostro—. Yo…, debo reconocer que tuve un pánico atroz a volver y descubrir que me odiabas.
—Nunca he podido odiarte, sabelotodo. ¿Es que no te ha quedado claro ya? —susurra ella, acortando el último espacio que nos queda hasta que siento el roce suave de sus labios contra los míos.
Mis manos se hunden en su trenza rubia y ella me rodea la cintura con sus brazos fuertes. Darana me pega a su cuerpo, arrancándome un gemido que se ahoga en su boca.
El riachuelo sigue corriendo a nuestro lado y, a pocos metros, Angus sigue masticando sus zanahorias ajeno a todo. Pero a mí ya me da igual el burro, y todo lo demás. Porque la estoy besando a ella, a una mujer que siempre tuve en mi radar, por mucho que me desviara del camino.
—Te adoro, Darana Calloway.