29
Darana
—¡O dejas de mirar esa pantalla como si fuera a revelarte el secreto de la eterna juventud o te requiso la tablet por el bien de mi salud mental, Bennet! —le suelto a Camila sin apartar los ojos de la carretera, pegándole un manotazo cariñoso al volante de mi Ford Ranger.
El salpicadero vibra mientras descendemos por el sinuoso camino de tierra y grava que conecta Birdsong Hills con el centro de Willow Creek.
El motor ruge con esa familiaridad que siempre me da calma, pero hoy no hay Dios que me deshaga el nudo que tengo en el estómago.
Ni el rugido del Ranger, ni el paisaje de eucaliptos achicharrados por el sol que se despliega ante mí, ni la presencia de quien viaja conmigo en el habitáculo.
Camila, sentada en el asiento del copiloto, da un respingo, se recoloca las gafas de ver y suspira con una concentración que roza lo obsesivo. Sus dedos largos vuelven a tamborilear sobre la pantalla táctil, repasando por milésima vez los jodidos gráficos de Geoscience Australia.
—Si no reviso los gradientes de conductividad de la veta, corremos el riesgo de colocar los disipadores en el tejado equivocado y que el pueblo entero actúe como una tostadora gigante —replica ella.
En el asiento trasero, Kira revisa sus propios datos en un ordenador portátil, murmurando cifras sobre presión atmosférica.
A su lado, Joyce abraza una cesta enorme repleta de termos de café bien cargado y pasteles caseros de carne como si estuviéramos a punto de irnos de picnic dominguero a las playas de Sídney, en lugar de enfrentarnos a una tormenta que promete freírnos los sesos.
El cielo del Outback no engaña a nadie. Ya no queda ni rastro de ese azul limpio y cegador de la mañana; ahora el horizonte arrastra un manto gris plomizo, denso y espeso, que parece aplastar las colinas rocosas.
El viento empieza a levantarse, arrastrando remolinos de polvo rojizo, rastrojos y hojas secas que golpean contra el parabrisas.
El desierto entero parece contener la respiración a la espera del gran impacto.
Aprieto la mandíbula hasta que me duelen las muelas.
Hace apenas una semana, yo habría sido la primera en mandar a Camila y a sus cacharros tecnológicos a freír espárragos.
Habría cuestionado cada uno de sus gráficos y cada una de sus palabrejas de empollona.
Pero después de lo que ha pasado entre nosotras, y sobre todo, tras comprobar la magia que tiene en las manos dentro, soy la primera que necesita que todo el mundo la escuche.
—Cuando lleguemos a la plaza, déjame hablar primero a mí —le pido a Camila—. Los vecinos de Willow Creek son más tercos que una mula y no van a querer que les instalemos todos estos cacharros si no hablamos con claridad.
Noto la mirada de Camila clavada en mi perfil. No necesito girarme para saber que está evaluando la tensión de mi cuello, midiéndome el pulso con esos ojos oscuros que me dejan sin respiración.
—No pensaba quitarte el protagonismo, Calloway. Este es tu terreno.
Aprovechando que reduzco la marcha al entrar al pueblo, Camila estira la mano y roza mis dedos sobre la palanca de cambios.
Asiento con la cabeza para disimular la taquicardia, y el silencio que se instala en la cabina se llena de todas las burradas eróticas que aún no nos atrevemos a soltar en voz alta delante de los demás.
Kira interviene desde el asiento trasero, destrozando el momento romántico con su pragmatismo habitual.
—Los últimos datos meteorológicos confirman que la tormenta electromagnética se intensificará antes del atardecer. Si no instalamos los pararrayos en los puntos clave de la comunidad, el riesgo de incendios es del noventa y cuatro por ciento.
Willow Creek aparece ante nosotras con un ambiente de lo más tenso.
Las calles de tierra están inusualmente concurridas, pero la energía no es de fiesta precisamente.
La gente se mueve formando corrillos frente a la estafeta de correos y mirando al cielo gris con una frecuencia que denota que se huelen lo que viene.
Detengo el Ranger con un frenazo en mitad de la plaza principal y bajo de un salto, ajustándome el sombrero.
Camino con paso firme y decidido hacia el grupo que se agolpa a las puertas del ayuntamiento, donde el alcalde y los miembros del consejo discuten acaloradamente.
Sus rostros reflejan exactamente lo que me temía: escepticismo, preocupación y una buena dosis de ese orgullo que tanto nos cuesta soltar a los que vivimos en mitad de la nada.
—Calloway —me saluda el alcalde, cruzándose de brazos sobre su barriga cervecera y mirándome con desconfianza—. Nos han dicho que vienes con… instrucciones para el pueblo. ¿Desde cuándo nos dices qué hacer?
Respiro hondo, plantando las botas con fuerza. Este es mi momento. No puedo meter la pata.
—No son mis instrucciones, Thomas —le respondo—. Son las de ella, la doctora Bennet. Y más nos vale escucharlas si no queremos que Willow Creek acabe reducido a cenizas cuando llegue la gran tormenta.
Señalo con un gesto rotundo a Camila, que se acerca a mi lado flanqueada por Kira y Joyce, sosteniendo su tablet como si fuera el escudo del Capitán América. Un murmullo generalizado recorre la multitud; algunos la miran con recelo, otros con el típico «ya viene a darnos lecciones».
Doy un paso al frente, interponiéndome entre los vecinos y ella, clavando los ojos en el alcalde.
—Escuchadme bien. Si queremos salvar nuestras casas, este pueblo…
necesitamos la colaboración de todos. El Instituto no se anda con tonterías.
Esto no es un capricho científico para salir en las noticias —añado, bajando el tono—.
Es la puta diferencia entre mantener cada rincón en pie o verlo arder por culpa de un rayo.
Yo ya he visto lo que el fuego le hace a esta tierra.
No voy a permitir que nos pille de brazos cruzados.
El alcalde intercambia una mirada eterna con los concejales, se rasca la nuca con resignación y termina por ceder, resoplando.
—Está bien, Calloway. Si tú pones la mano en el fuego por la científica… Dinos qué hay que hacer.
A partir de ahí, la plaza se convierte en una coreografía frenética de lo más divertida.
Las camionetas del Instituto empiezan a descargar cajas metálicas, cables fosforitos y herramientas de última generación que contrastan de una manera ridícula con nuestras camionetas abolladas y las palas llenas de grasa.
Camila se mueve entre los rudos vaqueros del pueblo con una soltura que me deja boba; da órdenes secas, reparte esquemas y explica el funcionamiento de los disipadores con una pasión que les cierra la boca a los más escépticos.
Kira organiza las herramientas, Ethan aparece cargando más mallas de cobre y los peones locales se ponen a taladrar tejados sin rechistar.
Miro hacia arriba y veo a Camila subiendo por la escalera de madera del tejado de la escuela con una agilidad tremenda.
Subo detrás de ella a toda prisa. Al pasarle una llave inglesa, nuestros dedos se rozan de forma inevitable.
Y sentimos un chispazo tan real que casi suelto la herramienta del susto.
—¡Oye! —protesto con una sonrisa pícara, frotándome la mano—. ¿Tanto te alegras de tenerme cerca, Bennet?
Camila me clava una mirada intensa.
—¿Puedes sujetar este anclaje y dejar de flirtear en horas de trabajo, Calloway? —me espeta en un susurro ardiente—. Necesito que esto no se mueva ni un milímetro mientras aseguro los bornes de cobre. Concéntrate, anda.
Asiento entre dientes, agarrando el metal con fuerza.
—Darana … —murmura de repente, aprovechando que Ricky se ha girado a por más material—. Sé que no es fácil para ti ponernos al mando ante tus vecinos. Gracias por confiar en mí y por dar la cara de esa manera ahí abajo.
—No te acostumbres, científica —le respondo, clavándole los ojos en los labios con una fijeza peligrosa—. Sé de lo que eres capaz.
Ella sonríe con esa calidez que me desarma por completo y, por un segundo que me sabe a gloria, cubre mi mano con la suya sobre el soporte metálico.
Al bajar del tejado con las manos negras de hollín y grasa, Joyce ya tiene montada una cantina improvisada en el porche del club social, repartiendo café hirviendo y bocadillos a diestro y siniestro entre el ruido de los taladros.
Y entonces, para acabar de animar la fiesta, aparece Maddie.
La veo venir desde el otro extremo de la plaza con su habitual paso decidido, pero hoy no lleva esos modelitos ajustados que usa para provocarme en mitad de una jornada laboral; viste unos vaqueros desgastados llenos de tierra, una camisa de franela vieja y sujeta una carpeta con papeles contra el pecho con una seriedad que no le conocía.
—Ya se han evacuado todas las granjas que lindan con el cauce del río —anuncia sin rodeos, plantándose frente a nosotras y enseñándome la lista oficial—.
Familias, niños y animales domésticos ya están a salvo en los pabellones habilitados.
También he organizado los todoterrenos para los ancianos de las afueras.
Camila parpadea, completamente patidifusa.
—Impresionante… gracias por hacerlo tan bien.
Maddie le devuelve una sonrisa, con ese puntito de suficiencia que la caracteriza, pero sin una pizca de maldad.
—No te emociones, que no lo hago para ganarme una medalla —replica, guiñándole un ojo con descaro—. Solo intento que el pueblo no desaparezca del mapa. Al fin y al cabo, Willow Creek también es mi hogar.
—Oye, pues va a resultar que detrás de esa fachada hay una mujer de armas tomar —le digo, dándole una palmada amistosa en el brazo—. Gracias por el trabajo, de verdad.
Un rato después, mientras el último retén de vecinos asegura el pararrayos principal en lo alto del campanario de la iglesia, me aparto hacia la parte trasera de mi vehículo para ordenar unas cajas de herramientas.
Maddie aparece de la nada, apoyándose con los brazos cruzados y esa sonrisita capciosa que siempre usa cuando quiere pincharme.
—Bueno, jefa… —suelta con calma, mirándome de arriba abajo—. Ya puedes ir relajando esa mandíbula, que ya no tengo el cuerpo para intentar quitarte a tu preciosa científica.
—No sabía que Camila tuviera mi nombre escrito en la frente, Maddie —le espeto, aunque el corazón me da un vuelco ridículo dentro del pecho.
—Por favor, Darana, tendrías que estar más ciega que un topo para no darte cuenta de que esa mujer solo tiene ojos para tus malditos hoyuelos —resopla ella, soltando una risa floja—. Deberías ver cómo te devora con la mirada. Le traes loca, asúmelo.
La miro fijamente durante un segundo, y al final no puedo evitar estallar en una risa.
—Gracias por lo de las evacuaciones, de verdad —le repito, cambiando de tema para no ponerme roja como un tomate—. Te debo una ronda de cervezas bien frías en el bar cuando pase todo este infierno.
Maddie asiente.
—Este lugar nos importa a todos. Incluida yo, aunque a veces sea un dolor de muelas. Solo espero que cuando volvamos a la normalidad, los turistas del rancho sigan pidiendo que yo sea su guía.
—Eso dependerá de lo bien que hagas tu trabajo a partir de ahora. Aunque estoy segura de que mucho mejor que cada día.
Maddie me estrecha la mano. Con ese simple gesto enterramos de una vez por todas los viejos rencores, los celos absurdos y las tonterías del pasado.
Cuando regresamos con el grupo, el último disipador ya brilla en lo alto.
El sol empieza a esconderse por el horizonte, tiñendo el desierto de un tono anaranjado oscuro y tétrico que no logra disimular las nubes negras que avanzan a toda velocidad.
El viento ha cambiado por completo de dirección. Huele a ozono.
La tormenta inminente está sobre nosotros.
Pero pase lo que pase, sé que voy a luchar con uñas y dientes. Por mi tierra, por mi gente… y por la mujer que me tiene completamente loca.