28
Camila
El aroma del café recién hecho me envuelve.
Durante unos segundos, disfruto unos segundos del silencio.
Ya no hay tormenta, ruidos apocalípticos ni truenos que hagan temblar los cimientos.
Solo se escucha el crujido leve de la madera, el canto estridente de las cacatúas madrugadoras y el murmullo distante de los animales que despierta poco a poco tras el caos de la noche anterior.
Me incorporo sobre la madera de la silla y doy un sorbo a mi taza antes de fijar la vista al frente.
Darana está de espaldas a mí, frente a la encimera.
Tiene el pelo recogido en una coleta baja y deshecha de la que escapan varios mechones rebeldes que le rozan el cuello de forma insultantemente sexi.
Lleva la camisa remangada hasta los codos y unos tejanos ajustados que todavía conservan alguna mancha seca del barro arcilloso de ayer.
Aun así, la tía está preciosa. No puedo evitar que se me escape una sonrisa de boba de campeonato.
—Si me sigues devorando con la mirada de esa manera, Bennet, voy a tener que empezar a cobrarte entrada por el espectáculo —comenta sin volverse, cortando con energía una barra de pan.
Me levanto despacio, balanceando la taza humeante entre las manos y apoyando la cadera en el borde de la mesa, disfrutando de las vistas de sus vaqueros.
—¿Siempre tan simpática y combativa por las mañanas, Calloway? —replico con una sonrisa ladeada mientras avanzo hacia su posición—. Creía que necesitabas al menos dos cafés bien cargados para ser medianamente soportable y no morder al primero que pasa.
Ella resopla, deja el cuchillo sobre la tabla y se gira hacia mí, cruzándose de brazos. Sus ojos miel buscan los míos con una intensidad de las que te quitan el hipo y te doblan las piernas en un segundo.
—Depende de con quién pase la noche y del ejercicio que hayamos hecho en la ducha… —murmura, arqueando una ceja con una picardía tan descarada que me obliga a tragar saliva.
Dejo la taza sobre la encimera, ignorando por completo el café.
Acorto la distancia que nos separa, plantándome justo en su espacio personal hasta que noto el calor de su cuerpo.
Mis dedos suben por su rostro casi por instinto, apartando con delicadeza uno de esos mechones rubios que le tapan los ojos.
Su piel está tibia y un poco áspera por el sol del desierto, pero es una delicia rozarla.
—Buenos días —susurro.
Darana no me responde con palabras. En lugar de eso, da un paso al frente, me agarra por la cintura con sus manos fuertes y me pega a su cuerpo.
El beso empieza suave, cálido, casi como si estuviéramos pidiéndonos permiso.
Nada que ver con el huracán salvaje que desatamos anoche.
Este beso es lento, paladeando el sabor de la otra.
Y resulta mil veces más peligroso, porque significa que la coraza se está rompiendo y que aquí hay sentimientos de los gordos.
Cuando nos separamos un milímetro, nuestras respiraciones se mezclan y su frente se apoya contra la mía en un instante eterno.
—Esto es una malísima idea, científica… —murmura, aunque sus manos aprietan mis caderas con más fuerza, contradiciendo por completo sus palabras.
—Una idea nefasta, Calloway —respondo yo, deslizando mis manos hacia su nuca para acariciarle el nacimiento del pelo—. De las peores de mi carrera.
Ninguna de las dos se mueve. Al final, es ella quien carraspea, rompe el hechizo con un suspiro y regresa a la encimera para disimular que está tan caliente como yo.
—Vamos a comernos estas tostadas—anuncia, untando mantequilla como si le fuera la vida en ello—. Si no quieres desmayarte, mueve el culo y ayúdame con los platos. Y deja de mirarme como si fuera el postre, que te conozco.
Suelto una carcajada y recojo el hilo de normalidad que me tiende.
—A sus órdenes, jefa. Aunque tengo que decirte que estás para mojar pan, y las tostadas no tienen ese hoyuelo tan mono que te sale cuando te pones mandona.
Darana me fulmina con la mirada, pero sus mejillas se tiñen de un rubor precioso que me encanta descubrir.
Preparamos el desayuno juntas en una coreografía un tanto torpe entre la cafetera, el pan y los tarros de mermelada casera.
Destapo un bote de Vegemite y corto un trozo de queso artesano, y ese aroma intenso me golpea de lleno con una oleada de recuerdos tan vívida que me quedo paralizada, con el cuchillo a medio camino.
—La cantidad de recuerdos que se me vienen encima en esta cocina… —digo sin poder evitarlo, con la mirada perdida en los azulejos—. Sobre todo, de cuando empecé con Elijah. Cómo parecía que el mundo entero era nuestro y que nada podía salir mal.
El silencio cae sobre la cocina. Levanto la vista sobresaltada. Darana se ha quedado completamente estática, con el brazo suspendido en el aire. Su expresión se endurece al instante y la tensión en su mandíbula es tan evidente que corta el rollo por completo.
Mierda, Camila, qué bocazas eres.
Dejo el cuchillo de lado y me acerco despacio, midiendo cada paso como si caminara sobre un campo de minas. Le pongo una mano en el hombro, notando sus músculos rígidos.
—Si estás preocupada por él o por lo que yo pueda sentir, no deberías, de verdad —comento, subiendo la mano hasta su mejilla para que me mire—. Estoy segura de que Elijah querría vernos así. Y yo estoy aquí contigo, Darana. Solo contigo.
Ella desvía la mirada hacia la ventana, contemplando los terrenos con los ojos empañados por un dolor antiguo.
—Odio la manera en la que murió —me die—.
Por culpa de lo que pasó, tenía los pulmones afectados, pero nunca nos lo digo.
Y la infección… Aguantó como un jabato, luchando cada día.
Incluso más de lo que los médicos creían posible.
Y cada puñetera tarde preguntaba por ti, aunque intentara hacerse el duro.
Siento una punzada dolorosa y brutal en mitad del pecho.
—Darana … —susurro, sintiendo que las lágrimas me queman detrás de los ojos.
—A pesar de cómo terminaron las cosas entre vosotros, él siempre te recordó con una sonrisa hasta el último suspiro —continúa, volviéndose para mirarme fijamente a los ojos, desnudándome el alma—.
Decía que habías sido lo mejor que le pasó en la vida, que tenías que volar alto y que tu cabeza no estaba hecha para quedarse encerrada en un paraje perdido del Outback.
Las palabras me atraviesan como una espada. Se me forma un nudo tremendo en la garganta. Hay tantas cosas que nunca aclaré con él, tanto daño que causé por no saber medir el miedo que sentía en aquel entonces.
—Ojalá hubiera tenido las agallas de despedirme como Dios manda —confieso, bajando la cabeza—. Ojalá no hubiera sido tan cobarde como para huir de todo esto y dejaros con el marrón.
Antes de que me hunda en el pozo de la culpa, Darana da un golpe seco con los nudillos sobre la mesa, obligándome a espabilar.
—Se acabó el drama —pide, aunque me agarra la mano un segundo y me da un apretón reconfortante—. Mueve ese cuerpo, Bennet, que el desayuno se enfría. No quiero más fantasmas en mi cocina hoy. Estamos nosotras. Aquí y ahora. ¿Entendido?
Le agradezco el capote con una mirada de absoluta devoción. Nos sentamos a la mesa y damos buena cuenta de las tostadas, compartiendo sonrisas de complicidad por encima de las tazas de café mientras la tensión del pasado se disipa para dar paso a un ambiente mucho más ligero y picante.
Cuando salimos al exterior una hora después, Birdsong Hills es un auténtico hervidero de actividad.
Geoscience Australia ha cumplido su palabra.
Las camionetas todoterreno están alineadas como soldados listos para el combate, cargadas hasta los topes con mallas de cobre y cabezales de protección electromagnética que contrastan de forma casi cómica con los corrales de madera y la tierra roja del rancho.
Mis compañeros científicos, con sus camisas técnicas y sus carpetas, se mezclan con los peones de Darana en un vaivén que hace tres días habría parecido una alucinación.
Ethan y Bert están subidos a los tractores de doble tracción, maniobrando con pericia para abrir zanjas profundas en el suelo arcilloso. Las enormes ruedas giran con fuerza, levantando terrones de tierra húmeda mientras las cuchillas se hunden con precisión.
—¡Un poco más hacia el oeste, Ethan! ¡No te desvíes de la veta magnética o no servirá de nada! —grita Kira desde un lateral, consultando su tablet digital y haciendo indicaciones con los brazos como si fuera un controlador aéreo.
Ricky avanza a duras penas por el fango, cargando un pesado rollo de malla de cobre al hombro con la ayuda de dos técnicos de mi equipo.
—¡Madre mía! ¡Si me llegan a decir que acabaría enterrando metal como si estuviera buscando el tesoro de los piratas, no me lo creo! —bromea Ricky, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo.
Me detengo a observar el panorama con los brazos cruzados, sintiendo un orgullo tremendo.
Mi equipo y esta gente se entienden a la perfección.
En ese momento, noto la presencia de Darana a mi lado.
Se coloca con las piernas un poco abiertas, los brazos cruzados sobre el pecho y esa sonrisa chulesca que me vuelve loca.
—Oye, pues no está nada mal el despliegue para ser un puñado de empollones que solo saben mirar pantallas en oficinas con aire acondicionado —comenta, dándome un toque con el hombro.
—Admítelo de una vez, Calloway —replico, devolviéndole el empujón con una sonrisa ladeada—. Te estamos salvando el culo. Un poco de respeto a la ciencia.
—No te vengas arriba, Bennet, que aquí el trabajo duro lo están haciendo mis tractores —responde, pero sus ojos brillan con un orgullo genuino que hace que mi pulso se ponga a mil por hora.
Nos miramos un segundo de más, sintiendo cómo la electricidad de la noche anterior vuelve a chisporrotear entre las dos—.
Anda, muévete. Tenemos que subir los cabezales PDCE a las colinas del norte antes de que el sol se ponga insoportable.
Darana asiente, recuperando su faceta de sargenta implacable.
—Voy a ensillar a Byron y a tu yegua. Y hazme el favor de agarrarte bien a las riendas, que no tengo el día para recoger científicas desparramadas por los riscos.
· · ·
El ascenso hacia las colinas es una auténtica tortura física.
El terreno sigue resbaladizo por el agua de la tormenta y el calor del mediodía australiano empieza a evaporar la humedad, creando un ambiente denso, pegajoso e insufrible que te deja la ropa pegada al cuerpo en minutos.
Darana cabalga delante de mí sobre Byron, moviéndose al compás del caballo como si hubiera nacido sobre la silla —cosa que probablemente hizo—.
Yo intento mantener la dignidad sobre la yegua, concentrada en no perder el equilibrio y en ignorar un cosquilleo de lo más extraño que empieza a recorrerme los brazos.
—¿Tú también lo notas? —le pregunto en voz alta, rompiendo el silencio del camino mientras contemplo cómo el horizonte se vuelve extrañamente borroso.
Darana detiene a Byron en seco y se vuelve en la silla. Tiene el rostro serio y la vista fija en los riscos más altos de la estación.
—Sí —responde—. Esto no me gusta un pelo. Huele a ozono otra vez. Es como si la tormenta nos estuviera vigilando desde arriba.
Apretamos el paso y cuando por fin coronamos la cima de la colina rocosa, el calor nos golpea como si abriéramos la puerta de un horno.
—Hay que instalar el disipador justo en esa formación de piedras —indico, señalando una elevación de roca caliza que domina todo el valle—. Desde ahí canalizará la energía hacia las mallas de cobre que Ethan está enterrando abajo.
Darana no pierde un segundo. Agarra la caja más pesada con una demostración de fuerza física que, para qué mentir, me resulta sumamente atractiva. Nos movemos en un silencio absoluto y compenetrado.
—Sujeta este soporte, voy a meterle el último tornillo de anclaje —me pide.
Su cercanía me rompe los esquemas por completo.
Siento el calor abrasador de su cuerpo pegado a mi espalda, su respiración profunda y entrecortada rozándome la nuca y ese maldito aroma a cuero, sol y lavanda que emana de su piel.
Me estremezco por completo, perdiendo la noción de la física por un momento.
—Ya está… ya lo tengo seguro —murmuro, aunque soy incapaz de apartarme ni un solo centímetro de ella.
Tampoco lo hace Darana. El silencio en mitad de la cumbre se vuelve denso, espeso y tan cargado de tensión sexual que casi se puede cortar con un cuchillo. El mundo entero desaparece y solo existimos nosotras dos en lo alto de esta roca del Outback.
De repente, Darana rompe el bloqueo. Me agarra de los hombros con una firmeza que me deja sin respiración, me gira por completo y me acorrala contra la pared de roca cálida, plantando las manos a ambos lados de mi cuerpo. Sus ojos arden con una fogosidad salvaje que me hace contener el aliento.
—No puedo seguir jugando a esto, Camila —suelta, desesperada—. Llevo diez puñeteros años huyendo de lo que siento por ti, intentando convencerme de que te odiaba con todas mis fuerzas. Y ahora estás aquí, salvando mi negocio y mirándome como si fuera lo único que te importa en este planeta.
La agarro por las solapas de su camisa con rabia y la tiro hacia mí con todas mis fuerzas.
—Pues no te equivocas, Calloway.
Cuando sus labios se estrellan contra los míos, sé que hemos cruzado el punto de no retorno. Mis manos se hunden en su pelo rubio, tirando de la coleta para deshacerla por completo mientras ella gime contra mi boca, hundiéndose en mí con una posesión y una ternura que me vuelven loca.
—Dios, cómo te he echado de menos, sabelotodo… —murmura entre beso y beso, devorándome la boca como si se le fuera la vida en ello.