27
Darana
El agua cae con una violencia rítmica y pesada sobre nuestras cabezas, pero el estruendo del baño de la casa principal no logra apagar el rugido de mi propio corazón.
Fuera, la tormenta sigue castigando cada rincón con relámpagos que iluminan intermitentemente las ventanas empañadas, como si el cielo mismo fuera testigo de lo que está a punto de suceder.
No hay espacio para la lógica ni para los reproches acumulados.
El vapor inunda el cubículo de cristal, envolviéndonos en una neblina cálida y densa que huele a lavanda silvestre del jabón, y a la piel húmeda y ardiente de Camila Bennet.
La tengo acorralada contra los azulejos de la ducha, con mis manos a ambos lados de su cintura, devorándole la boca con una desesperación que me quema las entrañas.
Es un choque de labios y lenguas que sabe a cuentas pendientes, a resentimiento viejo y a un deseo contenido que ha estado a punto de hacernos saltar por los aires mil veces a lo largo de todos estos días.
Camila suelta un jadeo húmedo contra mi boca, enredando sus dedos largos en mi pelo empapado.
Me tira de la cabeza hacia abajo con urgencia, obligándome a profundizar un beso que ya no tiene nada de sutil.
Su lengua busca la mía con un descaro brutal, reclamándome, borrando de un plumazo la distancia física y emocional que nos ha separado durante tanto tiempo en este rincón remoto del Outback.
Noto el contraste de su cuerpo presionando contra el mío; nuestras pieles mojadas resbalan en un vaivén caótico que me enciende la sangre hasta el punto de doler.
Y justo después, mis manos bajan automáticamente por sus caderas, sintiendo la curva perfecta de sus glúteos, apretándola contra mí para que note la tensión insufrible que me domina.
—Darana… —gime entre mis labios cuando me separo apenas unos milímetros para buscar su cuello.
No la dejo hablar. No quiero palabras ni explicaciones lógicas que vuelvan a levantar nuestros muros.
Le muerdo el lóbulo de la oreja y dejo una línea de besos ardientes por su mandíbula y garganta, saboreando el agua caliente que le resbala por la piel.
Mis dedos se clavan en sus costillas, subiendo lentamente por los laterales de su torso hasta llegar a sus pechos.
Sus pezones están erectos, duros por el contraste del frío inicial y el calor que ahora nos consume.
Cuando mis palmas los rozan, Camila arquea la espalda contra los azulejos, soltando un grito ahogado que rebota en las paredes de cristal.
Verla así, completamente expuesta, sin la armadura de sus ordenadores, sus gráficos ni su actitud distante, me provoca un subidón de poder y posesión que me hace temblar las piernas.
El agua golpea mis hombros aún doloridos por el golpe contra la cerca, llevándose la sangre del brazo —que se ha quedado en un simple rasguño—, pero el dolor físico desaparece por completo ante la sobredosis de adrenalina.
Deslizo una mano por su vientre, recorriendo la línea de sus músculos hasta hundir mis dedos en la humedad de entre sus muslos.
Camila separa las piernas instintivamente, buscando mi contacto, y cuando mi dedo roza su centro hinchado, un gemido ronco escapa de su garganta.
Está empapada, ardiendo, tan dispuesta que la cordura se va por el desagüe junto al barro.
—Mírame, Bennet —le ordeno, agarrándola de la barbilla para obligarla a clavar esos ojos oscuros e inteligentes en los míos. Están empañados de deseo, brillantes y fijos en mí con devoción—. Mírame y dime que esto es real. Dime que no te vas a largar mañana al amanecer.
—No, Darana… Dios sabe que no me iré a ninguna —jadea, agarrándose a mis hombros con fuerza mientras subo el ritmo de mis dedos, acariciando su clítoris con movimientos circulares y precisos que la hacen perder el control—. Fóllame bien adentro… por favor. Me estoy volviendo loca.
Sonrío e introduzco dos dedos en su interior, sintiendo su calor maduro y apretado envolviéndome.
Camila echa la cabeza hacia atrás y sus uñas arañan mi espalda mojada mientras se mueve al compás de mi mano.
El ritmo se vuelve rápido, carnal y directo.
Escucho el sonido húmedo de nuestros cuerpos, el jadeo entrecortado de su respiración y el repiqueteo constante del agua.
Cada vez que me hundo más en ella, Camila se aferra a mi cuello, buscando mi boca para ahogar sus gemidos en besos desesperados.
La tensión es tan alta que parece que la tormenta del exterior ha entrado con nosotras.
Los movimientos de Camila se vuelven erráticos; sé que está a punto de romperse.
Noto cómo sus paredes internas me aprietan.
Aumento la presión, frotando su punto más sensible con el pulgar mientras mis dedos entran y salen profundamente.
—¡Darana! —grita mi nombre con la voz quebrada, mientras su cuerpo estalla en un orgasmo violento que la hace temblar de pies a cabeza.
Camila se desploma contra mi pecho, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello mientras los últimos espasmos la recorren. La abrazo con fuerza bajo el chorro caliente de la ducha, sintiendo los latidos desbocados de su corazón contra mis costillas.
Todavía jadeando, con los ojos inyectados y el pelo pegado a las mejillas, me empuja hasta que soy yo quien choca contra la pared de la ducha. Su mirada ha cambiado: ahora veo una determinación feroz, pícara y descarada que me recuerda exactamente por qué siempre ha sido mi rival más peligrosa.
—No creas que te vas a salir con la tuya —me advierte al oído con una sonrisa que me eriza la piel, mientras sus manos bajan por mis caderas sin pedir permiso.
Me agarra de un muslo y me levanta la pierna, obligándome a rodear su cintura.
La postura me deja completamente expuesta al chorro de agua y a sus dedos ansiosos.
Camila no pierde el tiempo; se posiciona entre mis piernas y clava su mirada en la mía mientras desliza su mano por mi coño, encontrando mi deseo desbocado.
Cuando sus dedos entran en mí de golpe, suelto un grito agudo que rasga el vapor.
Su tacto es experto, se mueve con una destreza que me borra los pensamientos de la cabeza.
—¿Te gusta, Calloway? —ronronea, moviendo los dedos con un ritmo pecaminoso que me hace arquear la espalda y clavar las uñas en los azulejos.
—No pares, Bennet… maldita sea —le ruego, mientras me muerdo el labio para no gritar más fuerte.
Camila se ríe, una risa sensual que vibra directamente en mi vientre, y acelera el movimiento. Su pulgar presiona mi clítoris con constancia implacable mientras sus dedos se hunden profundamente, provocando oleadas de placer que me suben por las piernas y me nublan la vista.
El placer se acumula en mi bajo vientre como una carga eléctrica, pesada y deliciosa.
Me muevo contra su mano con desesperación, buscando más, entregándome por completo.
Camila me sujeta con fuerza de la cadera, estabilizándome contra la pared mientras continúa su ataque sin piedad, devorándome con la mirada y disfrutando de cada jadeo y de cómo su nombre se me escapa entre dientes.
—Eso es, Darana… mírame, no te atrevas a dejar de hacerlo —me exige.
La miro y el mundo se apaga. Una oleada de calor brutal estalla en mi interior, un latigazo eléctrico que me recorre toda la espalda.
Mi cuerpo se tensa al máximo mientras el orgasmo me azota, dejándome las neuronas fundidas y los músculos vibrando en espasmos incontrolables.
Me aferro a ella como si fuera el único punto firme en mitad del desierto, vaciándome por completo en sus manos.
Nos quedamos unidas bajo el agua. Camila me baja la pierna con suavidad, pero no se aleja; apoya su frente contra la mía, acariciándome la cintura con un pulso perezoso que me devuelve la calma.
En ese silencio húmedo y compartido, siento cómo los años de distancia se disuelven.
Recuerdo las noches en las que la miraba de reojo, las entre amigas que siempre terminaban con ciertas chispas, lo mucho que me dolió y la odié cuando se marchó.
Y, sin embargo, aquí estamos. La tormenta sigue rugiendo afuera, la hacienda sigue en peligro y los fantasmas del pasado acechan en las esquinas.
Pero aquí dentro, envueltas en vapor y con la piel ardiendo, sé que el juego del gato y el ratón ha terminado.
Ya no hay mapas que valgan, ni laboratorios que puedan explicar lo que nos pasa. Solo somos Darana y Camila, dos mujeres que por fin han dejado de fingir que pueden vivir la una sin la otra.