Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 26
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Darana

El agua cae con una violencia salvaje y sin contemplaciones, como si el cielo de Australia hubiera decidido vaciar todo el océano Índico sobre Birdsong Hills de una vez.

El parabrisas de mi Ford Ranger es un chiste; las escobillas van a la velocidad de la luz y, aun así, la cortina de agua apenas me permite ver tres metros más allá de mi nariz.

—¡Aguanta, maldita sea, aguanta! —le grito al salpicadero, pegándole un manotazo al volante con los dedos ya entumecidos.

La mandíbula me duele de tanto apretar los dientes, y el corazón me va a mil por hora.

Y no, no es solo por la tormenta que la sabelotodo de Camila Bennet pronostica con sus dichosos colorcitos.

Es por el pánico a perderlo todo. Los fantasmas del pasado siempre eligen el peor momento para venir de visita.

El motor ruge cuando encaro el último tramo del camino principal, que ya no es un camino, sino un auténtico río de barro color arcilla que salpica los bajos del Ranger con impactos secos.

Miro de reojo el espejo retrovisor mientras me recoloco el sombrero empapado. Y ahí está. Unos faros potentes me siguen el rastro a través del lodazal: es el todoterreno de Camila; Viento. Para ser física, bien que le ha puesto un nombre poético al vehículo.

—Será cabezota —gruño entre dientes, sintiendo un nudo ardiente en el estómago—. Te he dicho que no necesito que me salves el culo.

Al cruzar el portón de madera de la entrada, se me cae el alma a los pies.

Lo que veo es el mismísimo camarote de los Hermanos Marx pero en versión pasada por agua.

El agua baja desde las colinas, aunque por suerte no con tanta fuerza.

Sin embargo, ya puedo escuchar a los caballos relinchando, coceando las vallas de madera.

Freno en seco, meto el freno de mano y, sin esperar a que el motor se apague, abro la puerta. Al saltar, el barro me llega casi a las pantorrillas. ¡Adiós a mis botas favoritas!

—¡Darana! —el grito de Bert apenas cruza la cortina de agua. El pobre viejo está empapado hasta los huesos, intentando sujetar por la cabezada a uno de los sementales más salvajes, que está encabritado—. ¡Hay que sacarlos de aquí o se van a romper una pata!

—¡Al cobertizo principal, Bert! —le grito, tragándome un buen chorro de lluvia al abrir la boca—. ¡Ricky, mueve los potros!

De repente, una silueta cruza mi campo de visión a toda pastilla. Es Camila, y viene con Ethan y Kira.

No sé cómo han llegado tan rápido. Pero viendo el panorama, es hora de tragarme mi orgullo.

—¡Bennet! ¡Aléjate de la parte trasera de ese caballo si no quieres que te mande a Sídney de una coz! —le chillo, corriendo hacia ella mientras esquivo un charco.

—¡Preocúpate de tu sombrero, Calloway, que yo sé perfectamente lo que hago! —me devuelve el grito, agarrando las riendas de un ejemplar asustado con agilidad.

Nos metemos de lleno en el barro. Ricky y Bert guían a los animales más dóciles, y Camila y una servidora lidiamos con los que tienen ganas de juerga.

—Tranquilo, chico, tranquilo… —escucho la voz de Camila.

Me giro un segundo, con el agua chorreándome por el cuello de la camisa, y la veo pegando su frente a la de un caballo tordo, susurrándole cosas al oído con una dulzura que me da un vuelco al corazón—.

Vamos, guapo, mírame a mí y olvídate de la tormenta. Eso es. Respira conmigo.

Maldita sea. Diez años viviendo lejos de aquí, rodeada de ordenadores y laboratorios, y la tía sigue teniendo ese toque con los animales que a mí me derrite las bragas. Me obligo a reaccionar cuando mi propio caballo me mete un tirón brusco.

—¡Darana, cuidado! —me alerta Camila, soltando a su caballo y corriendo hacia mí—. ¡Está demasiado alterado, déjame ayudarte!

—¡Que no necesito tu ayuda, Bennet! —le espeto, tirando de la cuerda mientras el barro me hace resbalar—. ¡Puedo sola!

—¡No seas terca, Calloway, que vas a acabar de morros! —replica ella, plantando sus botas al lado de las mías y agarrando la cuerda por encima de mis manos.

Nos compenetramos a la perfección, haciendo fuerza a la de tres, logrando domar el tirón del bicho.

Pero el terreno nos la juega. El caballo hace un último amago, resbalo en una placa de arcilla y caigo de lado contra el poste de la cerca.

Un dolor punzante y agudo me recorre el omóplato, arrancándome un quejido.

—¡Joder! —exclamo, llevándome la mano a la espalda.

—¡Darana! —Camila suelta la cuerda en cuanto el caballo entra al cobertizo y se arrodilla a mi lado en el barro—. ¿Dónde te has dado? Déjame ver.

—¡Que te quites! ¡Estoy bien! —la empujo con el hombro, intentando ponerme de pie con toda la dignidad que una persona cubierta de barro puede tener—. ¡Cierra la maldita puerta!

Metemos al último caballo en el cobertizo y Ricky cierra el portón. Nos quedamos todos ahí, jadeando, empapados y temblando como cachorritos abandonados.

—Lo hemos logrado… —murmura Ricky, dejándose caer sobre una bala de paja seca, exhausto.

Cinco minutos después, nos apiñamos en el despacho de la estación. El suelo de madera se convierte en una piscina por nuestra culpa. Me quito el sombrero de un tirón y lo estampo contra la mesa, salpicando agua por todas partes.

Camila está de pie frente a mí. Tiene el ceño tan fruncido que parece que va a estallarle una vena.

—A ver, sabelotodo, suéltalo ya —le digo, cruzándome de brazos y apoyando el trasero en el borde del escritorio—. ¿Tan mal están tus dibujitos?

—Peor —confirma Camila, levantando la vista—.

Esta cantidad de agua interconecta las capas freáticas salinas con la veta de hierro subterránea.

Este lugar es, literalmente, un maldito conductor gigante.

La carga eléctrica de las nubes del norte busca camino y va a estallar aquí mismo en cualquier momento.

Me quedo helada. Miro a mi alrededor: a Bert, que se frota las manos, a Ethan, que mira a Camila esperando órdenes. El orgullo se me escurre por las perneras del pantalón mojado. Tengo miedo. Mucho miedo.

—Vale —susurro, dando un paso hacia ella—. Dime qué necesitas que hagamos. No voy a discutir, Bennet. Este suelo es tuyo. Dime cómo la salvamos.

El silencio que se forma en la sala es de época. Ethan casi se atraganta con su propia saliva y me mira como si me hubiera poseído un alienígena.

—¿Has dicho que confías en mí? —Camila da un paso hacia delante, bajando la tablet , mirándome con una mezcla de asombro y algo mucho más oscuro y espeso.

—Sí, no me hagas repetírtelo.

Ella se queda de piedra, mirándome como si intentara descifrar un jeroglífico. Avanza otro paso, acortando la distancia hasta que puedo oler el ozono y su perfume mezclado con la lluvia. De repente, sus ojos se fijan en mi brazo y su expresión cambia.

—Estás sangrando, Darana —afirma, dejando la tablet sobre la mesa y agarrándome de la muñeca.

Bajo la vista. Entre el barro de mi antebrazo corre un hilo rojo, y el escozor de la espalda me recuerda que el poste de la cerca no es precisamente de goma.

—Estoy bien, Bennet —respondo, intentando soltarme de su agarre con un tirón flojo—. He salido de peores. Esto no es nada.

—¡Quieres dejar de ser una orgullosa y una cabezota de mierda por una puta vez! Deberías permitir que alguien te cuide de vez en cuando.

Algo dentro de mí, una presa que lleva diez años conteniendo toneladas de agua, salta por los aires. El cansancio, el dolor, el miedo a perder Birdsong Hills… todo estalla.

—¡Tú dijiste que lo harías! —le chillo, dándole un empujón en el pecho con las palmas de mis manos—. ¡Tú dijiste que me cuidarías y te largaste!

El despacho se queda en el más absoluto y sepulcral de los silencios. Bert mira a Ethan con cara de «tierra, trágame» y ambos empiezan a caminar hacia la puerta con disimulo, saliendo al pasillo y cerrando la puerta.

—¡Me dejaste sola, Camila! —continuo, con la voz rompiéndoseme en mil pedazos—.

Destrozada… enamorada hasta las trancas…

y para colmo, teniendo que aguantar las penas de tu exmarido abandonado, que no hizo más que llorar por las esquinas durante meses.

¿Sabes lo que fue eso para mí? ¿Tienes la más mínima idea de las noches que paso mirando a mi alrededor, preguntándome por qué yo no soy suficiente para que te quedes?

Camila se queda completamente petrificada. Se le abre la boca, redonda como una O, y sus ojos brillan con una incredulidad tan bestia que parece que le acabo de decir que la Tierra es plana.

—Darana… —susurra, dando un paso vacilante hacia mí—. Yo… yo no tengo ni idea. Dios mío. ¿Enamorada? ¿Me estás diciendo que después de todo este tiempo tú…?

—No lo digas —la interrumpo, dando un paso atrás hasta que mi espalda choca contra la pared—. No lo digas si vas a volver a empaquetar tus malditos ordenadores y te vas a marchar cuando salga el sol.

—Te estás equivocando… Darana.

Ella niega con la cabeza, con una chispa de fuego salvaje encendiéndose en sus ojos.

Cruza la distancia que nos separa como un auténtico torbellino, planta las manos a ambos lados de mi cabeza contra la pared, y con un movimiento rápido de sus dedos, se engancha al cuello de mi camisa empapada, tirando de mí con una fuerza descomunal.

—Entonces demuéstramelo —le exijo, clavándole la mirada en la boca—. Porque a mí las palabritas científicas ya no me valen, Bennet. Nunca me han valido.

Y antes de que pueda terminar de respirar… sus labios se estrellan contra los míos con la fuerza de un maldito huracán.