25
Camila
Estoy de pie en mitad del centro de control improvisado que hay en mi cabaña, con las palmas de las manos estampadas sobre la mesa.
Ya no siento el cansancio. Ni tampoco el dolor en la nuca que me tortura desde hace horas.
Solo siento esa presión familiar en el pecho, el latigazo de adrenalina que aparece cuando la lógica científica empieza a encajar demasiado bien.
Y cuando los números cuadran a la perfección en mi puto mundo… es porque el universo se está preparando para darnos una patada en el trasero.
—No puede ser una maldita coincidencia —murmuro entre dientes, pegándole un porrazo al borde de la mesa mientras mis dedos tamborilean frenéticos sobre el teclado.
Kira, que tiene más paciencia que yo, desliza dos dedos por la pantalla táctil para ampliar el mapa tridimensional del valle.
La proyección holográfica gira con un zumbido, y nos muestra el mapa topográfico de Willow Creek: sus colinas onduladas, sus caminos de tierra que ahora mismo continúan siendo un lodazal en algunos puntos, las construcciones de la hacienda de Darana…
y justo debajo, una red invisible que ha decidido desnudarse ante nuestros ojos con una claridad devastadora.
—Camila… —me llama Kira en un tono que me pone los pelos de punta—. Mira esto. Olvídate de una acumulación de mineral común. No vas a creértelo.
Me pego al monitor tanto que casi toco el cristal con la nariz. Y lo que veo me deja helada. No es una simple veta de roca magnética. Es una maldita autopista subterránea de alta densidad. Una línea gruesa y brillante que atraviesa el subsuelo del valle como una cicatriz abierta y profunda.
Ethan se acerca por el otro lado devorando una chocolatina a velocidades de vértigo. Se coloca bien las gafas con el dedo índice y suelta un bufido mientras examina las gráficas.
—El magnetómetro está saturado por completo —explica, limpiándose una muesca de chocolate de la comisura con el dorso de la mano—. Está claro que no es un yacimiento aislado. Es una anomalía continua. Imaginad un cable de alta tensión de kilómetros de largo, enterrado justo debajo de nuestros pies.
Trago saliva, sintiendo cómo el estómago se me encoge en un nudo frío y apretado que me corta la respiración. El corazón me empieza a latir contra las costillas a un ritmo que nada tiene que ver con el mejor de los bailes.
—Está actuando como un conductor gigante… —concluyo, enderezándome de golpe y pasándome las manos por los bolsillos de mis vaqueros—. Como un puto cable que conecta las colinas más altas del norte con el centro neurálgico del pueblo.
—Y añade este pequeño extra para la fiesta —interviene Kira, metiendo un pulso de comandos en la tablet para activar la capa hidrológica del terreno.
Su hombro choca con el mío, pero apenas lo registro—.
Mira el nivel de humedad freática tras las últimas tormentas.
Las zonas azuladas se ramifican bajo el suelo como si fueran raíces.
Aparecen filamentos luminosos en la pantalla que se extienden y conectan puntos que yo preferiría mantener muy lejos los unos de los otros. Una falla geológica. Una grieta natural inundada de agua y conectada a una veta metálica superionizada.
Lo que en nuestro mundillo llamamos: una combinación letal.
Maldita sea.
—Qué bien… —sarcástica, suelto una risotada nerviosa—. Tenemos una tormenta eléctrica en camino y este lugar está flotando sobre una batería gigante. De puta madre.
—El subsuelo ha estado acumulando carga de forma exponencial por la inducción del campo eléctrico de las nubes de baja cota —añade Kira, dándole un golpe seco a la pantalla—. Si no avisamos al consejo local para que nos ayuden con esto…
—Va a ser un desastre —confirmo.
Ethan asiente, cruzándose de brazos con una seriedad que no le conocía, mientras muerde el plástico del envoltorio de su chocolatina.
—Si cae un solo rayo de gran magnitud en las colinas, la descarga no se va a disipar de forma natural en la tierra, Camila. Va a viajar por la veta de hierro a la velocidad de la luz, buscando una toma de tierra artificial.
—Y esa toma de tierra es todo este pueblo —concluye Kira, apuntando con el bolígrafo digital hacia la zona urbana del mapa, que brilla con un rojo ominoso y parpadeante.
—Todo se convertirá en un pararrayos inverso… —comento, sintiendo un escalofrío que me recorre toda mi espalda.
—Hará bum —completa Ethan sin rodeos, quitándose las gafas para frotarse los ojos con evidente desesperación.
Cierro los ojos con fuerza, obligándome a respirar hondo. En mi cabeza no hay espacio para fórmulas matemáticas ahora mismo; solo hay una imagen de ojos miel y sombrero vaquero que me quita el hipo.
—Tengo que decírselo a Darana —anuncio, abriendo los párpados y agarrando las llaves de Viento. La determinación me invade como una ola de calor.
Kira me mira de arriba abajo y se muerde el labio inferior.
—¿Ahora mismo? ¿Vas a ir a buscar a la sargenta Calloway en mitad de la noche? La mayoría de la gente está en la feria del pueblo.
—Me da exactamente igual. Como si me muerde o me echa a los caballos —insisto, ajustándome el cinturón de los vaqueros—.
El tiempo nos corre en contra, y no quiero que Willow Creek se convierta en un montón de cenizas y chatarra.
¡Moved el culo e informar a Sídney para acelerar los siguientes pasos!
· · ·
La noche ha caído con una densa pesadez cuando aparco cerca del recinto de la feria.
Las luces de colores de la noria y los puestos de perritos calientes parpadean con un brillo chillón que contrasta con el cielo oscuro, que parece una boca de lobo a punto de tragarse el mundo.
El ambiente es festivo, la gente ríe, se toma cervezas y la música country flota en el viento arrastrando el olor a palomitas.
Pero a mí me corre un cosquilleo por la nuca que me advierte de que la comedia está a punto de convertirse en un drama de los gordos.
—Y mi puta intuición nunca falla —murmuro.
Esquivo a un par de granjeros que van dando tumbos con sus sombreros y sus camisas de cuadros, abriéndome paso entre la multitud con la mirada fija en un solo objetivo.
Darana está de pie frente al puesto de tiro al blanco de la feria, con Joanie a su lado riéndose a carcajadas.
Lleva una camisa de vaquera ajustada, unos vaqueros oscuros que le marcan las piernas y las botas llenas de polvo.
Tiene el sombrero ligeramente inclinado hacia atrás, dejando ver esos mechones rebeldes que siempre se le escapan.
Y su trenza, cae por delante de su pecho.
Mi corazón da un vuelco de campeonato al observarla de lejos.
Está apuntando con una carabina de feria, concentrada. Dispara y una botella de vidrio estalla en mil pedazos al fondo del puesto. Darana baja el arma y sonríe.
Y ver esa sonrisa… ese maldito hoyuelo que se le forma en la comisura… me deja sin respiración. Sacudo la cabeza para espabilarme. «Céntrate, Bennet, que no has venido a babear por tu enemiga íntima».
—Darana —la llamo, plantándome a dos pasos de ella con los brazos cruzados.
Ella ni se inmuta. Se toma su tiempo para recargar la carabina, demostrándome con cada movimiento lento de sus manos que sabe perfectamente que estoy aquí y que le importo menos que una plaga de langostas.
—Necesito hablar contigo ahora mismo. Es de vida o muerte —añado, dando un paso más hacia su espacio personal.
Cuando por fin se vuelve, me clava esos ojos miel que hoy vienen con una triple capa de cabreo. Sus labios están apretados en una línea fina y peligrosa.
—¿Es que no sabes lo que significa la palabra «ocupada», Bennet? —me suelta—. No tengo el cuerpo para tus discursitos ni tus malditas tonterías. Vuelve a tu cabaña y déjame en paz, que estoy a punto de ganarme el peluche estrella.
Joanie carraspea a su lado. Abro la boca para cantarle las cuarenta, pero mi mirada se desvía por encima de su hombro y el mundo se me detiene un segundo.
Maddie Strong está apoyada contra una valla de madera a unos metros de nosotras, con una cerveza en la mano y una sonrisa clavada en mí.
Me guiña un ojo con un descaro brutal, y en sus ojos leo una diversión que me revuelve las tripas.
El recuerdo del río, de su piel mojada y de mi tremenda metedura de pata de hace unas horas me sube por el cuello en forma de un rubor violento. «Tierra, trágame. Darana lo sabe».
Aprieto los puños para no perder los papeles y vuelvo a clavar mis ojos en Darana, ignorando olímpicamente lo demás.
—Escúchame bien, Calloway, porque no lo voy a repetir —le repito—. Esto no tiene nada que ver con tu maldito orgullo. Ni con nosotras.
Darana arquea una ceja perfecta, deja la carabina sobre el mostrador con un golpe seco y se cruza de brazos, haciendo que su pecho suba y baje.
—Darana, creo que… —intenta calmarla Joanie.
—Tú chitón —le espeta y después me mira a mí—. Ilumíname entonces, Camila. Porque cada vez que apareces en mi vida algo termina destrozándome.
—Yo solo digo que sí parece algo importante —añade su mejor amiga.
Agradezco el capote de Joanie internamente y voy al grano.
—Los datos recopilados nos acaban de confirmar lo peor —explico a toda velocidad, asegurándome de que Darana me mire a los ojos—.
Hay una veta gigante que cruza el subsuelo justo por debajo de tus tierras y que llega hasta aquí.
Y para los próximos días se está formando una tormenta electromagnética que se va a cargar con la energía que hay bajo nuestros pies.
Darana frunce el ceño, apretando los brazos contra el pecho.
—¿Y qué demonios significa eso? Déjate de tecnicismos, Bennet. Sé concreta.
—Significa que cuando la carga del suelo llegue a su máximo…
si hay una gran tormenta y los rayos golpean los riscos altos…
—Hago una pausa, tragando saliva ante la gravedad de lo que voy a decir—…
, la descarga no se va a quedar solo en el monte.
Va a viajar por la veta bajo tierra como si fuera una autopista y va a estallar aquí mismo. En la hacienda… y en el pueblo.
El silencio cae entre nosotras. Veo perfectamente cómo la información empieza a procesarse en la cabeza de Darana, cómo lucha con todas sus fuerzas contra la lógica de mis palabras, pero la realidad es tozuda.
—Eso es una jodida locura —dice. Se quita el sombrero de un tirón para pasarse una mano por el pelo alborotado, visiblemente descolocada—. No puede ser tan grave, Camila. Llevamos años viviendo aquí.
—Esto ya ha pasado, y lo sabes —insisto—. Aunque entonces nadie supo explicarlo científicamente lo que pasó. Pero recuerda lo que pasó aquella noche, la forma en que la tierra pareció brillar y cómo los transformadores explotaron. Esto es exactamente lo mismo, pero multiplicado por diez.
La expresión de Darana cambia. El hielo se derrite para dejar paso a un destello de pánico.
—¿Y qué se supone que hay que hacer? ¿Evacuar a todo el pueblo? —me pregunta en un susurro cargado de desesperación.
Antes de que mi boca pueda formular una respuesta, el cielo sobre Willow Creek ruge con un trueno seco, brutal y tan ensordecedor que hace vibrar cada tablón de madera que nos rodea.
Y entonces, el cielo se rompe.
Primero caen unos goterones gordos que golpean como piedras contra el ala de su sombrero. Un segundo después, un diluvio implacable y violento cae sobre nosotros como una cortina.
—¡Mierda! —escupo, mirando hacia arriba mientras el agua me empapa la cara en cuestión de segundos, pegándome los mechones de pelo a la frente.
El caos se desata en la plaza en un parpadeo. La gente empieza a correr en todas direcciones, buscando el refugio de los coches o las casetas. Y Darana ya no me está mirando a mí. Tiene los ojos clavados en la carretera que lleva hacia casa, con el rostro desencajado por la angustia.
—Los animales… —murmura, pero casi no puedo escucharla por el ruido del aguacero—. Tengo que volver ya.
Y sin darme tiempo a reaccionar, se mueve con la agilidad de un rayo. Sale disparada hacia la zona de aparcamiento, chapoteando en el barro que empieza a formarse, con Joanie siguiéndole los pasos a toda velocidad.
—¡Darana, espera, maldita sea! —le grito, saliendo corriendo detrás de ella entre la multitud—. ¡No puedes irte en mitad de este diluvio! ¡Conducir por esa pista es un suicidio!
Pero Darana Calloway nunca se detiene por nadie, y mucho menos por mí. Su silueta se difumina entre la densa cortina de agua, terca, orgullosa y decidida a salvar su mundo ella sola. Porque ni siquiera Joanie la alcanza.
Resoplo, soltando una maldición. Me giro en redondo y corro en dirección contraria hacia Viento. Las llaves me tiemblan entre los dedos mojados cuando logro abrir la puerta. Me subo de un salto, cierro de un portazo y arranco el motor en el mismo segundo.
El parabrisas es una piscina. Todo el paisaje se vuelve un borrón oscuro, y cuando miro hacia el cielo siento una pizca de alivio al ver que no hay muchos rayos. Esto solo es el prólogo de lo que llegará dentro de unos días.
Saco el vehículo a la carretera principal derrapando levemente en el fango, justo a tiempo para ver los faros traseros del Ford Ranger de Darana incorporándose a la pista unos metros por delante de mí, corriendo hacia el peligro.
Sigo el rastro de sus luces rojas como si fuera mi única línea de vida en este planeta.
Mi respiración se compenetra con el ritmo frenético de los limpiaparabrisas.
Y en mitad de todo este caos, me doy cuenta de que no puedo fallar.
De que esta vez no voy a dejar que le pase nada a esa cabezota.
Porque si hay algo que tengo claro mientras sigue lloviendo…
es que el cielo todavía no ha dicho su última palabra.
Y yo, Camila Bennet, tampoco.