24
Camila
—O me meto al agua, o me deshago. ¡Por Dios! —grito a la inmensidad del paisaje, mientras tiro la toalla sobre una raíz nudosa de eucalipto que sobresale de la orilla.
El río de Willow Creek es un oasis de sombras y frescor en mitad del implacable secarral australiano.
A esas horas, el agua —un hilo milagroso filtrado desde las colinas cercanas— se abre paso entre rocas y un denso dosel de mulgas y árboles del té que devoraba la luz del atardecer.
El aire huele a eucalipto, a tierra batida y a ese aroma dulzón y silvestre de la maleza que el sol ha estado cocinando a fuego lento durante doce horas seguidas.
Después del zafarrancho de combate en la plaza del pueblo, de los cables, de las miradas afiladas de Darana y de la asfixiante tensión que casi hizo saltar por los aires todo, este rincón me parece el único lugar seguro sobre la faz de la tierra.
Me desabotono la camisa con dedos torpes y ansiosos, dejando que caiga sobre la hierba seca, y me descalzo para sentir el tacto reconfortante del suelo bajo mis pies desnudos.
Me quedo en ropa interior, contemplando el reflejo dorado y violeta que el cielo proyecta sobre la superficie mansa del río.
Cuando doy el primer paso hacia el agua, un escalofrío delicioso me recorre las piernas.
El contraste es brutal; el río está helado, limpio, fluyendo con una parsimonia que me invita a sumergirme por completo para ahogar mis propios pensamientos.
Me hundo hasta los hombros, soltando un gemido de placer en la corriente.
Cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás para mojarme el pelo, intentando con todas mis fuerzas que el agua se lleve también la imagen de Darana de mi cabeza.
Pero una voz conocida, interrumpe cualquier intento.
—Sabía que detrás de esa fachada de científica todavía se esconde alguien que adora estas zonas del Outback —ronronea Maddie desde la maleza.
Abro los ojos de golpe y me doy la vuelta.
La veo en la orilla, apoyada contra el tronco de un sauce, mirándome con una sonrisa pícara y descarada que no oculta absolutamente nada de sus intenciones.
No lleva el sombrero puesto, y su melena cae alborotada sobre sus hombros.
Antes de que pueda decir algo coherente para preguntarle qué demonios hace aquí, Maddie se desabrocha el cinturón, dejando caer sus pantalones al suelo, seguido de su camiseta.
Se queda en la ropa interior oscura, que contrasta con su piel bronceada por el sol y, sin dejar de mirarme a los ojos, se desliza en el agua con la agilidad de un felino que sabe perfectamente que ha acorralado a su presa.
—Maddie… ¿qué haces aquí? ¿No se supone que habías vuelto con Ricky?
—Ricky es un encanto, pero no tiene tus curvas ni de lejos —responde ella de lo más divertida, acortando la distancia entre las dos—. Te vi salir escopetada, y pensé que a lo mejor necesitabas un poco de compañía. De la buena, claro está.
Qué peligro tiene Maddie Strong.
El agua nos rodea, pero cuando se detiene a escasos centímetros de mí, el frío del río desaparece por completo.
Noto la corriente de su calor corporal, el aroma a su perfume mezclado con el agua del río y el brillo depredador de sus ojos.
No puedo negar la evidencia: es una mujer espectacular, un torbellino de sensualidad directa y sin rodeos que sabe cómo hacer que cualquiera se sienta el centro del universo.
Tras días de miradas asesinas, reproches y una frustrante tensión no resuelta con Darana que me desgasta los nervios, la propuesta de Maddie es como un salvavidas de distracción al que me aferraría una y otra vez.
—Estás jugando con fuego, Strong —le advierto, aunque no me echo hacia atrás ni un solo milímetro.
—Pues a mí me encanta quemarme, Bennet. Y sé que a ti también, aunque te hagas la estrecha —me susurra justo antes de atrapar mis labios con los suyos.
El beso es un bofetón de adrenalina. Maddie se no anda con rodeos; me agarra de la nuca con los dedos mojados, enredándolos en mi pelo de forma posesiva, mientras su lengua busca la mía con una urgencia que me hace soltar un gemido ahogado.
Es un beso húmedo, profundo. Mis manos, que hasta hace un segundo flotaban indecisas en la corriente, encuentran su camino de manera automática hacia sus caderas descubiertas.
Su piel está suave, resbaladiza bajo el agua, y ese contacto directo enciende un interruptor en mi cerebro que manda a la mierda cualquier atisbo de racionalidad.
Me pego a ella con ganas. Maddie suelta una risita que se ahoga entre nuestros labios, encantada de notar mi respuesta, y rodea mi cintura con sus piernas, enganchándome con fuerza mientras nos balanceamos sutilmente por el empuje del río.
Sus manos bajan por mi espalda de forma descarada, deshaciéndose de la poca ropa interior que me queda con una destreza envidiable, tirándola hacia la orilla
—¿Te apetece disfrutar un poco de la noche?
—Cállate de una vez, Maddie.
Nuestros cuerpos se aprietan con hambre.
Siento sus tetas firmes contra las mías, los pezones duros rozándose bajo el agua.
Mis manos bajan hasta su culo, apretando las nalgas redondas y firmes mientras ella frota su coño contra mí.
Noto que está empapada, no solo por el río.
Deslizo una mano entre sus piernas y separo sus pliegues hinchados, encontrando su clítoris duro y palpitante.
Lo froto en círculos lentos al principio, luego más rápido, escuchando cómo gime contra mi cuello.
Maddie mete la mano entre nosotras y busca mi coño, hundiendo los dedos dentro de mí sin aviso.
Estoy tan mojada que entran fácil, estirándome.
Empieza a follarme con ritmo constante mientras yo hago lo mismo con ella, sintiendo ahora cómo sus paredes internas me aprietan y palpitan.
El agua chapotea alrededor de nosotras con cada movimiento.
Giro los dedos dentro de su sexo, rozando sus pliegues internos, y ella arquea la espalda, empujando las caderas contra mi mano para que la folle más profundo.
Mis dedos entran y salen de su coño con fuerza, sintiendo cómo sus jugos calientes cubren mi mano incluso bajo el agua.
Maddie acelera el ritmo, rozando mi clítoris hinchado con el pulgar cada vez que entra.
Nuestros cuerpos se deslizan uno contra el otro, mientras el agua fría contrasta con el calor abrasador.
Maddie baja la cabeza y chupa uno de mis pezones.
Yo muerdo su hombro mientras froto su clítoris hinchado con el pulgar.
Sus gemidos se vuelven más altos, más urgentes.
Siento que sus paredes internas se contraen alrededor de mis dedos, apretándome fuerte preludio al orgasmo.
Yo también estoy al borde; el placer se acumula en mi bajo vientre como una tormenta eléctrica, cargándose de tensión con cada embestida.
Maddie busca mi boca de nuevo, devorándome con un frenesí que me indica que ella también está llegando al límite.
El placer se acumula brutalmente hasta que estalla.
Su coño se contrae violentamente alrededor de mis dedos, empapándome mientras grita contra mi hombro.
Al mismo tiempo, el orgasmo me azota con la violencia de un rayo.
Seguimos moviéndonos un rato más, cabalgando las últimas olas del orgasmo.
Sin embargo, a medida que las pulsaciones empiezan a bajar y el agua del río vuelve a sentirse fría contra mi piel expuesta, la densa niebla del placer se disipa con una rapidez espantosa.
Y lo que queda debajo no es paz, ni satisfacción, sino una lucidez fría y cortante que me cae encima como un jarro de agua.
Maddie sigue abrazada a mí, respirando de forma entrecortada contra mi cuello, con una mano acariciándome la espalda de manera perezosa.
Pero yo ya no estoy ahí. Mis ojos se clavan en el horizonte, más allá de las copas de los árboles, y una opresión insoportable me estruja el pecho.
Me veo desde fuera, desnuda en mitad de un río, follándome a otra mujer para intentar apagar un incendio que tiene un nombre completamente distinto.
Esto está mal. Muy mal. No por el sexo en sí, que ha sido espectacular, sino por la tremenda mentira que me estoy contando a mí misma.
No puedo seguir utilizándola como un escudo para protegerme de lo que realmente me da pánico afrontar.
Con cuidado, desengancho las piernas de Maddie de mi cintura y me deslizo hacia atrás, dejando que el agua del río se interponga de nuevo entre nuestros cuerpos.
—Maddie…—pronuncio, decidida a quitarme este peso.
—Dime —responde ella, flotando de espaldas con una tranquilidad absoluta. Después, estira los brazos como si estuviera en un balneario de lujo en vez de en un río salvaje—. ¿Ya estás pensando en la segunda ronda?
—No, no es eso… Escúchame —le pido, obligándola a ponerse de pie sobre el fondo para que me mire en serio—. Lo siento, de verdad… pero esto no puede volver a pasar.
Maddie me observa durante un par de segundos, entornando los ojos.
No hay drama en su rostro, ni dolor, ni un solo atisbo de la ofensa que cualquiera podría sentir tras recibir calabazas justo después de un revolcón pasional.
Al contrario, la comisura de sus labios se curva en esa sonrisa pícara, juguetona y completamente desapegada que la caracteriza.
—Lo que tú digas, científica —me contesta con naturalidad pasmosa, encogiéndose de hombros mientras da media vuelta y empieza a caminar hacia la orilla, dejando que el agua le resbale por el cuerpo sin la menor pizca de vergüenza—.
Tampoco íbamos a casarnos, ¿no? Ha estado muy bien, pero si el cerebro te pide otra cosa, yo no soy quién para llevarte la contraria.
La observo salir del río, recoger su ropa y empezar a vestirse con una parsimonia envidiable, silbando una tonadilla campestre como si acabáramos de tomarnos un simple café en el bar del pueblo.
A Maddie Strong no le importa en absoluto que no quiera nada más con ella.
No le duele, no le afecta el orgullo, porque para ella esto nunca ha sido más que un juego divertido para pasar las tardes de calor.
Y es precisamente esa indiferencia es lo que me mete el golpe definitivo de realidad.
Me quedo sola en el agua. Me sumerjo una última vez para quitarme el rastro del sexo, sintiendo cómo el frío me espabila las pocas neuronas que me quedan sanas, y poco después, salgo del río, sintiendo el peso en los pies.
Mientras me pongo los vaqueros y me abrocho la camisa, la verdad me golpea.
Me apoyo contra el tronco del eucalipto, dejando caer la cabeza hacia atrás, y suelto un bufido de frustración.
Joder. No puedo seguir haciéndole esto a Darana.
No puedo andar tonteando con Maddie, huyendo de las conversaciones pendientes y metiéndome en camas ajenas mientras la miro a ella como si fuera el aire que necesito para respirar.
Es injusto, es cobarde y es rastrero. Aunque Darana me trate a patadas y me recuerde cada dos por tres que tengo los días contados en este maldito lugar, lo que pasó anoche en la pista de baile es real, y es lo único que me importa de verdad.
Me paso las manos por el pelo mojado, desesperada.
Lo peor de todo es que no tengo ni puta idea de cuáles son mis sentimientos exactos hacia ella.
No sé si es una obsesión insana por el pasado que nos une, no sé si es la tremenda culpa por la sombra de Elijah que siempre planea sobre nosotras, o si es que, simplemente, Darana Calloway me atrae a unos niveles tan destructivos que tengo miedo de acabar perdiendo la cabeza por completo si me entrego a lo que siento.
Y para esto, no tengo mapas científicos, no hay fórmulas matemáticas que me expliquen por qué su mala leche me pone tanto o por qué verla sufrir por su hacienda me da un pellizco directo en el corazón.
Pero lo que sí tengo claro, es que este juego se ha terminado. No voy a volver a esconderme detrás de Maddie ni de ninguna otra distracción barata. Si tengo que estrellarme contra la barrera de hielo de Darana Calloway, lo haré con la cabeza alta y los pies en el fango.