23
Darana
—¿Vais a quedaros ahí de brazos cruzados o vais a mover esos culos antes de que el sol nos derrita las neuronas? —les suelto desde la ventanilla de la camioneta en mitad de la plaza de Willow Creek.
Apago el motor y bajo de un salto, encajándome el sombrero hasta las cejas.
La plaza parece un maldito mercado de saldo tecnológico.
Hay escaleras apoyadas contra los muros, rollos de cable que parecen serpientes durmiendo la siesta y cajas de herramientas por cada rincón.
Y en medio de todo ese percal, están los equipos de Camila. Pulcros e impolutos.
—Vamos a dividirnos —ordena Camila, subiéndose a la caja trasera de Viento con unos vaqueros ajustados que, para mi absoluta desgracia, le quedan de maravilla—.
Ethan, coge los sensores y ven conmigo a la iglesia.
Kira, tú ves con Ricky a la escuela comunitaria a revisar el cableado.
Y Bert, por lo que más quieras, supervisa el repetidor de radio en el club social.
¡Hay que darse prisa; Geoscience Australia querrá resultados pronto!
Me apoyo contra la puerta de la Ford Ranger, cruzando los brazos sobre el pecho y masticando una brizna de hierba seca. Hay que reconocerle una cosa: todavía sabe tratar a la gente de este lugar.
—¿Y a mí a donde me mandas, Bennet? —le pregunto, arqueando una ceja.
Camila se gira de golpe. Sus ojos oscuros, esos que siempre parecen estar a punto de desatar un huracán de categoría cinco, se clavan en los míos.
Siento un latigazo eléctrico que me recorre la espalda y, de repente, juro que el termómetro del coche ha tenido que subir diez grados de golpe. Eso, o soy yo.
Sin duda, es lo último.
—Tú puedes encargarte de vigilar que no se me descalabre nadie —me suelta y curva la comisura de los labios de una manera que me dan ganas de besarla—. No queremos accidentes laborales en tu territorio.
—No te preocupes, cerebrito —le devuelvo el golpe, dándole un porrazo al capó del vehículo—. Aquí la gente sabe por dónde pisar. Mejor, preocúpate de tus pantallas, que de lo demás ya me encargo yo.
—Eso espero —replica ella, dándose la vuelta hacia el porche de la iglesia. Pero se detiene un segundo, mirándome de reojo por encima del hombro, como si se hubiera guardado una réplica en la recámara.
La observo alejarse. Camina pisando fuerte, decidida, como si este lugar entero fuera un plano geométrico que ya lleva pintado en su memoria.
Y, de hecho, lo lleva. Me fastidia soberanamente sentir esta punzada de admiración.
Admirarla es admitir que vuelve a encajar en este pueblo, y mi orgullo no está para esos trotes.
Sobre todo, después de nuestra última conversación.
—Vaya, Darana —habla una voz a mi lado. Es el viejo Henderson, que se apoya en su bastón de madera mientras recoloca su sombrero de ala ancha—. ¿Qué es todo este arsenal? ¿Vienen a cazar ovnis?
Me llevo una mano a la cadera, entornando los ojos por el reflejo del sol.
—Nada de alienígenas, Henderson. Solo intentamos que la próxima tormenta no nos deje incomunicados y de tantos problemas. Camila ha traído un sistema para anticiparnos a las cargas.
—¡Bah! —resopla el viejo, escupiendo al polvo—. En mis tiempos no hacían falta pantallitas para saber cuándo se venía el cielo abajo. Mirábamos el color de las nubes, olíamos el pasto y, si a las ovejas les daba por correr, a resguardarse.
—En tus tiempos tampoco tenías que recibir las alertas meteorológicas del gobierno por banda ancha ni los ganaderos esperaban que el mercado de carne de la ciudad cotizara en tiempo real —le suelto con una sonrisa, aunque mis ojos se escapan hacia el tejado de la iglesia, donde Camila ya está trepando por la escalera de mano con agilidad.
El viejo gruñe un insulto cariñoso, pero antes de que pueda seguir quejándose, la señora Gable sale de su tienda espantando las moscas con el delantal.
—¡Darana, cielo! —exclama, acercándose a trote—. Me ha dicho Ricky que la tormenta os machacó la mayoría de los geranios y el suelo de la hacienda. Se me parte el alma, de verdad. Con lo que cuesta mantener la vida en Willow Creek.
El recordatorio me oprime el estómago.
—Hemos replantado nuevos brotes, señora Gable. En Birdsong Hills no nos asustamos por nada. Seguro que con los cacharros que está instalando Camila, el próximo temporal nos va a pillar con el paraguas abierto.
—Dios te oiga, bonita —murmura, dándome una palmadita con las manos llenas de harina—. Este pueblo necesita que tiréis para adelante. Sois parte del motor de este sitio, Darana, no lo olvides.
Asiento con un nudo en la garganta, porque el miedo sigue así firme, consciente de que si perdemos todo el turismo, todo Willow Creek también sufrirá las consecuenias. Por suerte, Joyce aparece salvando la situación con una bandeja enorme y el desparpajo que la caracteriza.
—¡Traigo limonada! —grita nuestra cocinera, abriéndose paso a empujones—. ¡Que con cuarenta grados a la sombra la única que piensa con claridad soy yo!
Le cazo un vaso de cristal al vuelo y me lo bebo casi de un trago, sintiendo el frío en el pecho.
—Eres un ángel, Joyce. Te juro que estaba a esto de pegarle un tiro al sol.
—Lo sé, preciosa. —Me guiña un ojo con una sonrisa de lo más pícara, bajando la voz—. Pero tú no estás mirando al sol, estás mirando al tejado de la iglesia. Y no precisamente para rezar.
—No digas gilipolleces, Joyce —le espeto, perdiendo los papeles por un segundo mientras noto el calor subiéndome hasta las orejas.
Mientras ella ríe a carcajadas, yo me doy la vuelta disimulando y clavo la vista arriba.
Camila está agachada junto a Ethan, pasando un cable.
La camiseta de tirantes se le pega a la espalda por el sudor, marcando cada músculo mientras se estira para ajustar un soporte.
Se ha recogido el pelo, salvo por varios mechones que se le pegan húmedos a la cara y el cuello.
Muerde un destornillador entre los dientes mientras manipula el receptor de Geoscience.
Maldita sea. Es lo menos glamuroso del mundo y, sin embargo, ya noto el calor entre mis piernas.
Cuando llega la hora del almuerzo, el porche de madera del club social se convierte en nuestro campamento base. Dejo caer las herramientas sobre la mesa y me siento a masticar un bocadillo de ternera, dispuesta a no complicarme la existencia.
Pero como siempre, llega el desastre. Porque Maddie aparece como si oliera la sangre y eso que le había mandado a revisar los cobertizos. Al segundo, se encaja directamente en el banco de madera, pegando su cadera a la de Camila. Así, sin espacio personal ni hostias.
—Vaya —le murmura Maddie a Camila, inclinándose tanto que casi le roza la mejilla con los labios—. Estás tan metida en tus cables que hoy ni me das los buenos días.
Camila se pone de todos los colores. Veo perfectamente cómo el rubor le trepa por el cuello hasta encenderle las mejillas, y el bocadillo que tengo en la mano empieza a sufrir las consecuencias del agarre de mis dedos.
—Estoy trabajando, Maddie —murmura Camila, intentando zafarse del abrazo con un movimiento de hombros disimulado, pero la otra ni se inmuta—. Esto no es una broma.
—Ya, si lo entiendo —ronronea Maddie, metiéndole un dedo juguetón por el cuello de la camiseta—. Pero con lo bien que lo pasamos el otro día en tu cabaña… Podríamos repetir la jugada.
El pan del bocadillo se desintegra literalmente entre mis dedos. ¿La otra noche? ¿En su cabaña? ¡Y quiere repetir!
—A ver si esta noche nos tomamos esa segunda ronda que me debes, pero sin interrupciones —remata Maddie, clavándome una mirada de reojo.
Ethan mira fijamente su lata de refresco como si fuera lo más interesante del planeta, Kira silba bajito mirando al techo y Bert se limpia el bigote con una parsimonia insufrible.
—¿Sabes qué, Maddie? —intervengo, golpeando la mesa con el vaso—. Quizá deberías dejar que termine de conectar los sensores antes de planear tus citas nocturnas. Todo este lugar depende de esto, no de tus ganas de estar de juerga.
Maddie arquea una ceja, perfectamente encantada de haberme picado.
—Qué protectora te nos has vuelto con la científica. No sabía que te interesara tanto lo que hace Camila con su cuerpo… o con sus noches.
Me pongo en pie de un salto, dispuesta a soltarle cuatro frescas, pero Ricky reacciona enseguida. Se levanta de un brinco, se cuela por detrás del banco y, con un gesto exagerado, le levanta el brazo a Maddie de los hombros de Camila.
—¡Eh, eh, Strong! En serio, tenemos que trabajar —suelta el chaval con una carcajada contagiosa—. Y si la sigues distrayendo con tus armas de mujer, va a calibrar mal estos cacharros y la próxima tormenta va a ser una locura. Seguro que no quieres cargar con eso en tu conciencia, ¿verdad?
Ethan suelta un bufido que casi le saca el refresco por la nariz. Kira se esconde detrás de su servilleta y hasta Bert menea la cabeza. La tensión se disuelve en el ambiente lo justo para que no terminemos a puñetazos.
Maddie levanta las manos, aunque le regala una última caricia sutil en el antebrazo a Camila antes de apartarse. Una caricia que a mí me quema la retina. Y también, la puñetera sonrisa que le devuelve.
Me siento otra vez y le meto un bocado furioso a lo que queda de mi comida, masticando como si me fuera la vida en ello.
· · ·
Una hora después, la plaza empieza a despejarse.
Maddie se ha largado con Ricky a buscar unos herrajes y los chicos de Camila cargan las últimas cajas en los remolques.
Camila se ha quedado rezagada junto a la barandilla del club social, tecleando datos en su tablet con el ceño fruncido.
Me acerco despacio, con las botas resonando sobre los tablones de madera, hasta ponerme justo a su lado.
No digo nada. Solo la miro fijamente, sin disimular, volcando en mis ojos toda la mala leche, la frustración y la jodida atracción que me reconcome por dentro.
Camila levanta la vista de la pantalla y me sostiene la mirada. Ahí está otra vez. Esa chispa magnética, esa tensión brutal que no necesita de sus gráficos matemáticos.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—No tengo ni idea —admito, dando un paso hacia ella, hasta que puedo oler el aroma que desprende su piel—. Ver a Maddie colgándose de tu cuello como si fuera tu dueña… no es que me haga mucha gracia.
Camila traga saliva, mordiéndose el labio inferior. Sus ojos recorren mi cara, deteniéndose un segundo de más en mi boca.
—No es lo que estás pensando —dice, dando un paso que casi pega sus botas a las mías—. Lo de Maddie… ella es intensa, pero no significa absolutamente nada. Y pienso dejárselo muy claro.
Siento un impulso salvaje de agarrarla por la cintura, de estampar mis dedos contra sus vaqueros y comprobar si esa corriente eléctrica nos quema a las dos por igual.
—Pues ten cuidado con ella —le murmuro—. Y sobre todo conmigo, Bennet. Porque como vuelva a verla marcando territorio, os pondré en vuestro lugar. Bastante tengo que aguantar con los cotilleos del pueblo. No quiero que esto traiga cola cuando te largues.
Camila suelta un suspiro, pero sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.
—Lo tendré en cuenta, Calloway.
Rompo el contacto visual antes de cometer una locura de las gordas en mitad de la calle.
Me giro sobre mis talones, camino a zancadas hacia el vehículo y me subo de un salto al asiento del conductor.
Tengo el pulso a mil y la mandíbula rígida, pero mientras meto la primera marcha me doy cuenta de que, por mucho que Maddie intente meter baza y por mucho que yo intente hacerme la dura, la única tormenta real y destructiva que está a punto de estallar… es entre Camila Bennet y yo.
—Y que me caiga un rayo si pienso frenarla.