22
Camila
—Esto no me puede estar pasando a mí —le lloro a las paredes, frotándome los ojos.
El amanecer entra a la cabaña pegando un bofetón de luz que se filtra por las rendijas de las cortinas.
Es una claridad de lo más indiscreta para alguien que no ha pegado ojo en toda la santa noche.
Tengo la boca seca como un desierto, un dolor horrible de cabeza, y un reconcome en el estómago que, para mi desgracia, no tiene nada que ver con la resaca.
Tiene nombre de mujer. Bueno, de dos más concretamente.
Maddie. Darana. Y el dichoso baile.
Cierro los ojos con fuerza, pero es inútil: la película de anoche se repite en bucle en mi cabeza.
Por un lado, Maddie sobándome con un descaro que válgame Dios; y por el otro, el meneo que me metió mi excuñada.
Porque lo de Darana no fue un baile; fue un asalto que me dejó las neuronas echando humo y el corazón en la boca. Por mucho que saliera huyendo de allí.
—Céntrate, Bennet, céntrate —me digo, pegándole un manotazo al teclado de mi portátil para espabilar los gráficos de la pantalla.
Me estiro como un gato perezoso y me pego al monitor. Ahí sigue la dichosa anomalía magnética del subsuelo. La tormenta pasó, pero los niveles en el valle de Willow Creek siguen subiendo como la espuma, como una batería gigante cargándose con el paso de los días.
Y cuando hago reunión base con los chicos, la cosa no mejora.
—El ciclo se refuerza cada hora. Y atentos, que no somos los únicos que nos hemos asustado. Geoscience Australia acaba de responder a mi informe de madrugada.
—¿Ya? —Ethan abre los ojos como platos.
—Hace una hora —digo, dándole un golpecito triunfal a la pantalla—. Han validado mis gráficos y declaran la anomalía de alto riesgo para las comunicaciones del valle. Nos mandan un despliegue inmediato con nuevo equipamiento.
Kira suelta una risotada, mirándome de arriba abajo.
—Bueno, pues el subsuelo estará a punto de estallar, pero tú no tienes mejor aspecto.
—Gracias, tú siempre tan motivadora —le devuelvo, haciendo una mueca.
—No, en serio —Ethan me pone una mano en el hombro—. ¿Es por el bailecito que se marcó Calloway contigo anoche?
Me pongo tensa y aparto la mirada.
—No empecéis, ¿eh? Que hoy no tengo el cuerpo para vuestros interrogatorios.
Sobre todo, porque tampoco les he contado que el instituto tiene en mente crear una base permanente de investigación y estudio climático en esta zona. Y cuentan conmigo para ello. ¿Qué puedo decir? Tirar cohetes antes de confirmaciones oficiales, nunca ha sido lo mío.
Kira me observa y se apoya en el respaldo de la silla.
—A ver, que medio pueblo vio el espectáculo de anoche. Y este y yo tenemos la teoría de que estás perdiendo la cabeza por alguna. ¿O es por las dos a la vez?
—¡Kira! —le lanzo un bolígrafo que esquiva muerta de la risa—. Al próximo comentario sobre mi vida privada, os pongo a picar piedras.
Ethan levanta las manos en son de paz.
—Vale, vale, ya nos callamos. Pero haz el favor de salir a que te dé el aire. El equipo del gobierno no llegará hasta mañana y hoy no puedes hacer nada más. Despéjate.
Cierro el portátil y me vuelvo a estirar.
—Está bien. Me largo a dar una vuelta antes de que os despida a los dos.
· · ·
Un rato después, salgo de la cabaña respirando el aire fresco de la mañana. Camino sin rumbo por los senderos, intentando sacar el nombre de Darana de mi mente, pero en cuanto rodeo los corrales principales… ¡Zasca! Ahí está la horma de mi zapato.
Darana está de espaldas, cepillando a Byron con ganas. Podría darme la vuelta y hacerme la sueca. Sería lo más inteligente. Pero como soy una masoca de cuidado, me coloco bien el sombrero y doy un paso hacia delante.
—Darana… —suelto—. ¿Podemos hablar de lo de anoche?
El efecto es instantáneo. Darana se queda tiesa, y el cepillo se frena en seco sobre el caballo. Se toma un segundo que se me hace eterno y luego se gira despacio, clavándome esos ojos suyos que hoy vienen con una barrera de hielo extra.
—No hay nada de qué hablar, Bennet —me suelta—. Tengo demasiado trabajo como para perder el tiempo en gilipolleces. Y tú ya me dejaste claras las cosas.
¿Que yo le dejé claro qué? ¡Tendrá morro! Aprieto los puños dentro de los bolsillos de mis vaqueros para no perder los papeles.
—No fue ninguna gilipollez y lo sabes de sobra —le digo, plantándole cara.
La mandíbula de Darana se tensa. Clava la vista en el suelo un segundo y luego me mira con rabia.
—Mira, no puedo andar jugando contigo ahora. Bastante complicado es mantener este lugar a flote como para que encima vengas tú a revolver el pasado. Tengo que ir al campo trasero a replantar los geranios y no tengo tiempo para esto.
«Dios mío. No entiendo nada».
Me quedo mirándola, calibrando su mala leche y sus defensas. Y ahí es donde me sale la vena cabezota que me caracteriza.
—Pues qué bien, porque voy contigo.
Darana parpadea.
—¿Perdona?
—Has dicho que hay faena, ¿no? —le recuerdo—. Pues te ayudaré a hincar la rodilla. No me vas a apartar tan fácil, Calloway.
Me sostiene la mirada durante diez segundos, hasta que suelta un bufido de resignación y tira el cepillo al cajón de herramientas.
—Súbete al todoterreno antes de que te deje en tierra.
—Ya, ya, lo que tú digas —le vacilo, subiéndome al asiento de copiloto con una sonrisita de suficiencia.
Minutos después, vamos botando por el camino que está lleno de zanjas de barro. Ninguna dice ni mu, pero el ambiente dentro de la cabina está más cargado que una nube de tormenta.
Cuando llegamos, el panorama da pena. Ricky, ya está allí, con los sacos de abono, las macetas y los esquejes preparados.
—Buenos días —nos saluda el pobre chaval con una sonrisa de compromiso, oliéndose el percal de lejos—. Ya tenéis todo listo. ¿Queréis que me quede a echar una mano?
—No hace falta, Ricky, gracias —le corta Darana —. Ve a revisar los vallados del sector sur. Nosotras nos encargamos.
El chaval, que no tiene un pelo de tonto y ve que la tensión se puede cortar con un cuchillo, recoge sus bártulos y se larga a toda pastilla.
Nos quedamos solas. Respiro hondo, me arrodillo en la tierra húmeda sin importarme mancharme los vaqueros y empiezo con el trabajo sucio. Darana tarda un segundo, pero termina imitándome, colocándose justo enfrente de mí.
Trabajamos en un silencio sepulcral, enterrando los brotes nuevos.
Hasta que me doy cuenta de un detalle: a la sargenta Calloway le tiemblan las manos. Está intentando clavar un esqueje rebelde y la planta se le dobla una y otra vez por la prisa que lleva. Sin pensarlo dos veces, estiro los brazos y pongo mis manos encima de las suyas, frenándole el movimiento.
—Quieta —le murmuro, guiando sus dedos con suavidad—. Si estrujas el tallo no servirá de nada. Deja que la tierra haga el resto.
Su piel está ardiendo en comparación con la mía. Darana se queda completamente inmóvil, con la cabeza gacha y da un suspiro.
—Si Elijah y nuestros padres vieran todo esto… Estoy perdiéndolo todo de nuevo.
El dolor que la veo sentir me da un pellizco directo al corazón. Le aprieto las manos con fuerza, entrelazando mis dedos manchados de barro con los suyos.
—Todavía no has perdido nada, Darana —le digo con toda la ternura que soy capaz de reunir—. Estas raíces son duras de pelar y van a agarrar con fuerza. Igual tú. Saldrás adelante.
Darana levanta la cabeza de golpe y me clava la mirada, sin defensas, enseñándome toda la verdad que lleva guardada.
—Ya… eso es muy fácil decirlo.
Darana suelta un suspiro, entornando los ojos, y retira las manos despacio, aunque no se echa hacia atrás ni un milímetro. La distancia entre nuestras bocas es de un suspiro.
—Te lo digo de verdad.
—¿Y qué más da lo que tú pienses si tienes los días contados por aquí? —me espeta—. Yo no juego a dos bandas, Bennet.
Algo cambia en sus ojos de golpe. Y enseguida vuelve al trabajo.
Un par de horas después, el sol empieza a caer, tiñendo el horizonte de unos tonos espectaculares que hacen resaltar la tierra. Me levanto del suelo, sacudiéndome el barro de las rodillas y me quedo mirándola en silencio.
Darana se incorpora justo enfrente de mí.
Su silueta se recorta contra el cielo naranja.
Es una mujer fuerte, orgullosa, de las que mantienen el mundo en sus hombros, aunque estén rotas por dentro.
Empieza a caminar hacia el vehículo y yo la sigo un paso por detrás, devorándole la espalda con los ojos.
Y es justo ahí, mirando sus hombros y su forma de moverse en este maldito desierto, es cuando me doy cuenta de algo.
Ya no puedo seguir engañándome ni con excusas baratas.
La verdad me da un bofetón de los limpios: Darana Calloway me atrae a niveles insospechados. Y esta vez, señoras y señores… no hay tormenta en toda Australia que me pueda salvar de la que se me viene encima.