21
Darana
Las paredes vibran como si el corazón del desierto latiera entre las paredes de madera del bar.
El aire está cargado de risas descontroladas, del aroma dulzón del bourbon barato, del humo de la cocina y del polvo que levantamos con las botas vaqueras sobre el suelo de tablas.
Las luces de guirnalda, colgadas de mala manera entre las vigas del techo, tiñen todo de un tono dorado que pone a la gente de lo más cariñosa.
Estoy apoyada en la barra con Joanie, dándole vueltas al hielo de mi vaso.
Ya no sé si es el segundo o el tercer whisky, pero me importa una mierda.
Hoy necesito que el alcohol me duerma un poco el genio para no terminar saltando a la barra.
O peor aún, cruzando la pista para arrastrar a alguien de los pelos.
Camila está en mitad de la pista y parece que todo el local gira a su alrededor.
Se ríe con la cabeza echada hacia atrás, enseñando esa garganta blanca que tantas ganas tengo de morder.
Y Maddie está pegada a ella. Demasiado pegada.
Con las manos puestas donde no debe y esa sonrisita que me revuelve las tripas.
—Desde luego, es una oportunista de cuidado —murmura Joanie a mi lado, pegando un trago a su sidra sin apartar la vista del espectáculo—. Ve la presa y tira el lazo.
—Lo que debería hacer es buscarse a otra a la que marear —le espeto con el peor de mis genios antes de pegarle un sorbo largo al vaso. El alcohol me quema la garganta como los demonios, pero no apaga el incendio que tengo aquí dentro.
Joanie suelta una risita, claramente divertida por mi ataque de cuernos. Y por eso, me da un toque con el codo en las costillas.
—Ya sabes cómo las gasta Maddie, Darana. Es una rompecorazones de manual. No le van los noviazgos ni las cursilerías; a ella le va el subidón de la conquista, marcar territorio y luego si te he visto no me acuerdo.
Miro a Joanie de reojo con cara de pocos amigos.
—¿Ahora la defiendes? —le corto.
—Solo te digo que Maddie no se corta un pelo —insiste mi amiga, ladeando la cabeza mientras limpia el cerco de su copa—.
Entra como un ciclón, lo pone todo patas arriba y luego se larga dejando el desastre atrás.
No te conviene meterte, Calloway. Y menos con tu excuñada de por medio. O lo que sea que signifique para ti.
Siento un nudo en el estómago que aprieta hasta doler.
Porque lo de la pista ya no es un flirteo inocente para pasar el rato.
Maddie la hace girar y sus manos bajan sin ningún pudor por los vaqueros ajustados de Camila, acomodándose en su cintura con una confianza que me hace ver visiones.
Y Camila no se aparta. Al contrario, le sigue el ritmo.
Veo cómo sus cuerpos se rozan, cómo Maddie se inclina para susurrarle al oído y cómo Camila suelta una risa floja que me llega directa al pecho como una puñalada trapera.
«Lo que sea que signifique para mí».
Cierro los ojos un segundo, apretando el vaso de cristal hasta que me duelen los nudillos. Mi corazón late como el motor de un tractor. Respiro hondo, pero el aire huele a ella, a su puñetero perfume mezclado con el jaleo del bar.
Cuando abro los ojos, veo que Maddie le está rozando el cuello con los labios mientras le habla. Y ahí es donde se me cruzan los cables.
—Quédate con el cambio —le digo al camarero, estampando el vaso vacío contra la barra sin mirar atrás.
—¡Darana! —me grita mi mejor amiga—. ¡Que nos conocemos y la vas a liar!
Me da igual. No voy a por otra copa; voy a por mi ligue. Bueno, a por la que tendría que ser mi ligue si el mundo no me hubiera mostrado ya lo contrario.
La música country retumba en las tablas del suelo, la gente se aparta al verme la cara y noto las miradas del pueblo clavadas en mi espalda, oliéndose el drama, pero me da igual.
Cuando llego a su altura, no pido permiso ni educación. Simplemente paso a la acción.
Agarro a Camila por la muñeca —dejando claro que no hay opción a réplica— y le meto un tirón suave para pegarla a mi cuerpo. Su piel está ardiendo bajo mis dedos y el chispazo eléctrico que me recorre el brazo casi hace que me tiemblen las piernas.
—Te la robo —le suelto a Maddie, clavándole una mirada de pocos amigos.
Maddie, lejos de achantarse, suelta una risa, chula y peligrosa, de las que disfrutan con el jaleo. Da un paso atrás levantando las manos en son de paz.
—Sabía que tardarías poco en saltar, Calloway —me vacila con descaro—. Disfrutad de la balada, chicas. Pero no te confíes, que la noche es muy larga y a mí me gusta terminar lo que empiezo.
No le contesto. En el momento en que Camila se gira del todo hacia mí, el pub entero desaparece.
Sus ojos se clavan en los míos y juro que el mundo se para en seco.
La música cambia por arte de magia, y empieza a sonar una balada de esas lentas.
Parece que el universo entero se ha puesto de acuerdo para tocarme las narices.
Le planto la mano derecha en la cintura, hincando los dedos en la tela de su blusa de satén para atraerla hacia mí. Camila, que me mira con sorpresa, apoya su mano en mi hombro, apretando la tela de mi camisa.
Y empezamos a movernos. Muy pegadas.
El calor que desprende me nubla las pocas neuronas que me quedan. Siento su respiración agitada contra mi cuello y cómo su cuerpo se amolda al mío como si estuviéramos hechas a medida. Y ni siquiera necesito hablar.
Porque llevo encima años de miradas prohibidas mientras ella llevaba el anillo de mi hermano Elijah en el dedo.
—No deberías dejar que cualquiera te meta mano —le murmuro.
Camila arquea una ceja, y suelta una risotada.
—¿De verdad es eso lo que te molesta?
Le meto un tirón sutil hacia mi cadera, obligándola a encajar del todo contra mí.
—Me jode que juegues a las casitas con la primera que pasa.
Camila se muerde el labio inferior, clavándome una mirada que es pura electricidad antes de la tormenta.
—¿Y tú sí tienes derecho, Darana? —me susurra, inclinando la cabeza hacia arriba hasta que sus labios casi rozan los míos—. ¿Crees que tienes algún derecho sobre mí? Si ni siquiera sabes qué estás haciendo.
Me quedo sin aire, pegando un tropezón que corrijo sobre la marcha sin dejar de apretarla contra mi pecho. Porque la respuesta es que sí, que me muero por mandarlo todo a la mierda, pero el fantasma de Elijah y el orgullo Calloway me frenan el carro.
—No es lo mismo y lo sabes —le digo, mientras mis dedos se deslizan por su espalda, notando cómo se le eriza la piel bajo el satén.
Camila se abraza un poco más a mi cuello, dejando caer su peso contra mí, pero esta vez me clava los dedos con rabia.
—Claro que no, Darana —me suelta contra el oído—. Dime de qué coño vas. ¿A qué estás jugando conmigo?
Escuchar mi nombre en su boca con esa exigencia me destroza. Siento un escalofrío que me baja por toda la espalda. Seguimos moviéndonos, sus dedos se clavan en mi hombro, arrugando la camisa, y noto que su pecho sube y baja al mismo ritmo loco que el mío.
Estoy harta de esto.
—¡Estoy harta de fingir! —le suelto, incapaz de contenerme más—. Estoy cansada de hacer como que no pasa nada. Lo hacía antes, cuando estabas con mi hermano, y no pienso seguir haciéndolo ahora. Por mucho que tú tengas otro destino.
Camila levanta la cabeza y me clava esos ojos que brillan bajo las luces, con una intensidad que me marea.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que deje mi carrera y me quede aquí? Dime la verdad de una vez.
Sus palabras me dan un bocado directo al orgullo. Mi mano sube por su espalda con urgencia hasta enredarse en el pelo de su nuca, obligándola a sostener la mirada.
—Quiero que dejes de fingir que Maddie te interesa lo más mínimo —le suelto con una honestidad que me quema los labios—. Quiero que admitas de una vez que cuando otra te toca, me estás buscando a mí. No creas que no lo he notado.
Camila exhala un suspiro, entornando los ojos, impactada. Sus dedos se clavan con fuerza en mi espalda, atrayéndome más, amoldando sus labios a la distancia de un suspiro de los míos.
La balada parece que no se acaba nunca, estirando la tortura como si el universo se estuviera pitorreando de nuestro orgullo. Cuando la música empieza a apagarse, siento una patada de ansiedad en mitad del pecho. No quiero que se despegue. No quiero volver a estar sola al otro lado de la barra.
Pero Camila reacciona. Despacio, como si le costara la misma vida, va separando su cuerpo del mío. Baja las manos con lentitud y termina apoyando las palmas contra mi pecho, empujándome suavemente para poner distancia.
—No creo que esto sea buena idea, Calloway —dice, forzando una sonrisita.
Se me encoge el alma, dejándome un dolor sordo en el estómago.
—Camila… —empiezo a decir, dando un paso hacia ella para no dejarla ir.
Pero ella niega con la cabeza, dándose media vuelta antes de que la agarre otra vez.
—Sabes perfectamente que no puedo prometerte nada, Darana.
Es como si me hubieran metido un puñetazo en la boca del estómago. Me quedo sin palabras, sin aire y con cara de tonta en mitad de la pista de baile.
Camila me sostiene la mirada un último segundo.
Hay algo en sus ojos… un anhelo salvaje que es el reflejo exacto del mío.
Pero aun así, se da la vuelta, sacude el pelo y cruza el pub de vuelta con su grupo como si no acabáramos de provocar un terremoto de escala diez en mitad de una balada.
Veo cómo Maddie se le vuelve a arrimar, pero Camila le dice algo al oído y, desde la distancia, me lanza una última mirada.
Me quedo plantada en el centro de las tablas, inmóvil, con la música volviendo a subir de revoluciones y la gente empezando a empujarse otra vez a mi alrededor.
Trago saliva, me coloco el sombrero vaquero de un tirón y me obligo a mover las piernas para salir de aquí.
El aire de la noche me da de bocado en la cara. Respiro hondo una, dos, tres veces, pero el pecho me sigue doliendo como si me hubiera pasado una estampida de reses por encima. Me apoyo en la barandilla de madera, apretando los dedos contra el pasamanos
—Maldita sea… —murmuro, pegándole una patada suelta a un poste.
Cierro los ojos, intentando ordenar el cacao mental que llevo encima y recuperar mi maldito control.
Pero por primera vez en diez años, sé que no me va a servir de nada.
Porque Camila Bennet ha vuelto a Willow Creek para quedarse con mi cordura, y esta vez no tengo ni la más remota idea de cómo voy a salir viva de esta tormenta.