20
Darana
El cuero de la montura se desliza entre mis manos mientras le meto un tirón firme a la cincha.
Byron, atado al poste de al lado, resopla impaciente y pega un mofletazo contra el suelo, levantando polvo.
Sabe perfectamente que llevo toda la mañana con un humor de perros y un nudo en el estómago que no he podido deshacer ni con tres cafés.
—Quieto, bichejo… —le gruño, dándole una palmada en el cuello caliente—. Que hoy no tengo el cuerpo para bailes.
La verdad es que tengo el cuerpo para matar a alguien.
Y ese alguien tiene nombre, apellido y unos ojos de gata que anoche se pasaron de la raya.
Todavía me reconcome recordar a Camila haciéndose la interesante con Maddie como si yo no estuviera delante.
¡Maldita lagarta! Y lo peor es que parecía encantada de la vida, ligerita y libre de la tensión que a mí me está partiendo las costillas cada vez que me respira cerca. Como si odiarla no fuera suficiente.
Un pellizco de celos —de los rabiosos, de los que te hacen apretar los dientes— me atraviesa el pecho.
De eso nada, monada. No voy a quedarme cruzada de brazos viendo cómo otra le baila el agua a Bennet.
Suelto la cuerda del caballo justo cuando el eco de unas botas se acerca por el pasillo del establo.
—Llegas tarde, Bennet —suelto, dándole la espalda mientras reviso los enganches de una caja de herramientas con deliberada parsimonia.
—Buenos días para ti también, Calloway.
Me giro despacio, y apoyo una mano en la cadera. Lleva una camisa de cuadros remangada hasta los codos, el pelo suelto bajo el sombrero y una mochila técnica al hombro. Me recorre de arriba abajo con la mirada y arquea una ceja al ver el panorama.
—¿A qué debo el honor de la escolta? ¿Te has aburrido de mandar? —pregunta, cruzándose de brazos.
No le doy tiempo a más. Acaricio a Byron y lo saco del establo para entregárselo a uno de los peones mientras me dirijo hacia mi Ford Ranger.
—Los caminos hacia las colinas están hechos un cristo por el barro de la tormenta. Hay desprendimientos en las pistas y bastantes zanjas —le espeto, dándole un golpe al capó—. No pienso dejarte subir sola para que luego me obligues a ir a buscarte con el tractor cuando te quedes encajada.
Camila suelta una carcajada descarada que me enciende la sangre.
—A ver, que sé perfectamente conducir un vehículo por este tipo de terrenos. Te recuerdo que Viento es mi alma gemela y que no soy una urbanita indefensa.
—Me importa un pimiento lo que sepas hacer —le clavo la mirada, dando un paso hacia delante hasta que casi nos rozamos los sombreros—. No voy a arriesgar tu integridad por orgullo. Así que sube al coche y estate calladita, que me duele la cabeza.
Camila me sostiene el pulso visual, pero de repente, una chispa de picardía le ilumina los ojos. Sabe perfectamente que esto no va por el coche. Estoy segura de que la tía es capaz de leerlo todo entre líneas.
—¿Me estás diciendo que quieres hacerme de chofer? —bromea, con un tonillo de lo más provocador, dando otro paso más que me obliga a respirar su maldito perfume.
—Te estoy diciendo que te voy a guiar para que no te despeñes —corrijo, abriendo la puerta del piloto de un tirón violento para disimular el calorazo que me está subiendo por el cuello—. Súbete antes de que me arrepienta y te mande a pie. Cuando lleguemos a las zonas inaccesibles iremos andando.
Camila rodea el morro del todoterreno con una sonrisita de suficiencia que dan ganas de borrarle. Y no precisamente con una hostia. Se sube al asiento del copiloto de un salto ágil, dejando la mochila entre las piernas.
Arranco el motor con un rugido salvaje y meto la primera marcha como si le estuviera pegando un puñetazo al cambio.
El viaje empieza dando botes por la pista de tierra roja.
Al principio, el silencio dentro de la cabina es tan denso que se podría cortar con un cuchillo.
Yo voy con los ojos clavados en el camino, esquivando ramas de eucaliptos que raspan la chapa, y ella va mirando por la ventanilla con los brazos cruzados.
Pero el traqueteo tiene su guasa. En una curva cerrada llena de lodo, el coche da un bandazo tremendo y Camila sale despedida hacia mi lado, estampando su hombro contra el mío.
—¡Oye! ¡Cuidado con los amortiguadores! —protesta agarrándose al salpicadero, con el cuerpo pegado al mío durante un segundo de lo más incómodo… y jodidamente eléctrico.
—Te he dicho que el camino estaba mal, científica —le suelto de reojo, disfrutando de cómo el sombrero le sale volando hacia los asientos de atrás—. Más vale que te agarres.
Para rebajar la tensión, carraspeo y hago un gesto hacia su mochila.
—¿Cómo van tus… pajaritos mecánicos?
Camila suelta una risa, de las que me calientan el pecho aunque no quiera. Porque esta es la realidad: desde que tengo uso de razón, eso es exactamente lo que me han provocado sus sonrisas.
—Se llaman drones. Y funcionan de miedo, gracias por interesarte.
Ethan y Kira están ampliando el mapa térmico por el valle.
Monitoreamos la concentración del subsuelo.
Si la carga sigue subiendo… bueno, no quiero ponerme dramática, pero la última tormenta va a parecer un chiste.
Ya nos hemos puesto en contacto con el instituto para empezar a tomar decisiones con respecto al pueblo.
Asiento, poniéndome seria por un momento. El camino se vuelve más empinado y empujo la palanca. El coche ruge, abriéndose paso entre el matorral.
—¿Y cuándo termines la zona? —pregunto como si nada mientras peleo con el volante—. ¿Cuál es el siguiente lugar en tu agenda?
Camila gira la cabeza. Noto sus ojos clavados en mi perfil antes de que me responda con una media sonrisa que me sienta como una patada en el estómago.
—Yo persigo tormentas, Darana. Iré donde el cielo decida desatarse. Si no hay cambios, estaré un tiempo en mi piso base en la ciudad. Es un sitio al que volver, supongo.
—Un sitio para esconderse, querrás decir —murmuro entre dientes, metiendo un frenazo al llegar al claro de la cima.
El todoterreno se detiene en seco junto al viejo mirador de roca, levantando una cortina de polvo. Apago el motor y el silencio de la montaña nos envuelve de golpe. Nos bajamos a la vez, dando un portazo unánime.
Camila saca la caja de herramientas del maletero, pero al tirar de ella, el peso la vence un poco por la inclinación del terreno arcilloso. Instintivamente, doy dos zancadas y la agarro por los brazos antes de que se doble el tobillo.
—Sigues siendo igual de patosa, joder —le digo, sujetándola.
Nuestras manos se cruzan sobre la caja metálica. Sus dedos se enredan con los míos y nos quedamos congeladas. La maldita estática vuelve a saltar entre las dos, salvaje, y viva, muy viva. Camila se me queda mirando fijamente, con la respiración un punto acelerada.
—Gracias —susurra, y juro que sus ojos bajan un milímetro hacia mi boca.
Suelto el agarre como si me hubiera dado un calambre, aunque por dentro me estoy muriendo por pegarla contra la chapa del coche.
—No es nada. Trae eso. —Le quito la caja de un tirón y camino hacia el poste del repetidor para disimular—. No puedo creer que este trasto siga en pie después del viento de anoche.
—Es más duro de lo que parece —dice ella, siguiéndome los pasos mientras saca un polímetro de la mochila—. Como la dueña de Birdsong Hills.
La miro de reojo y veo que sonríe de verdad.
—Recuerdo cuando solíamos subir aquí para perder de vista al resto —suelto antes de que mi orgullo pueda frenarme—. Nos pasábamos las tardes rajando de todo el mundo y riéndonos hasta que nos dolía la tripa.
—Lo recuerdo perfectamente —dice Camila, dando un paso hacia mí y apoyando el hombro en el poste—. Eras la única que conseguía que este pueblo no me pareciera una cárcel. Incluso más que… Elijah.
La mención de mi hermano sigue doliendo. Pero el silencio que viene después ya no es de pelea; es de los que pesan, es de los que traen recuerdos que te queman las entrañas.
—¿Sabes? —añado, y miro hacia el horizonte del valle—. Ahora que ha pasado el tiempo… entiendo por qué te largaste. Entre las expectativas de tu familia, Elijah con el futuro de este lugar y la presión del pueblo, te estábamos ahogando. Y yo la primera, seguro.
Decirlo me cuesta la vida misma. Es como tragarse un puñado de cristales, pero ya tocaba ser legal. Camila se gira del todo hacia mí, sorprendida, y sus ojos se vuelven más blandos que el algodón.
—No fue solo por el pueblo, Darana… —confiesa en un susurro que me eriza la piel—.
Me ahogaba. Me ahogaba no saber quién era, ni qué pintaba en este maldito desierto, ni por qué…
—Se frena en seco, tragándose las palabras finales.
Me clava una mirada cargada de una confusión tan salvaje que me deja sin respiración.
Nos miramos de frente, sin corazas, con la verdad a medio decir dándonos en la cara.
Camila da otro paso, el último que le quedaba para borrar las distancias, y juro que puedo oler el sol en su piel, ver las pecas de su nariz y notar el calor de su cuerpo cruzándose con el mío.
Siento que, si avanzo un centímetro más, la agarraré de la camisa y la empotraré contra el poste para quitarme el hambre y la rabia de años de silencio.
Camila parpadea, mira de reojo mis labios, traga saliva y, en un ataque de timidez que no le pega nada, carraspea con una torpeza tremenda. Rompe el magnetismo dando un paso atrás y levanta el destornillador de estrella como si fuera un escudo protector.
—Bueno… Calloway —habla titubeante, intentando recuperar el control—. ¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí de pie recordándome mis pecados de juventud?
Suelto una carcajada, rompiendo el hechizo, y le arrebato el destornillador.
—Pásame los cables, científica. Vamos a ver qué tienes roto por aquí.
Nos ponemos a currar hombro con hombro. Camila me va pidiendo herramientas y explicándome la jugada con paciencia.
—Sujeta este cable, Darana —me pide, guiando mi mano—. Con ganas.
—¿Así? —le vacilo, apretando los dedos justo donde ella me indica.
—Perfecto. Justo así —responde.
El sol nos cae de pleno, el viento menea las copas de los árboles y lo único que se oye es nuestra respiración compasada.
—¿Te acuerdas de la que liaste justo detrás de esas rocas cuando teníamos diecisiete años? —le pincho de repente, mirándola de reojo con una sonrisa.
Camila se frena en seco, con las manos en el panel, y se pone roja como un tomate en un segundo. Suelta una risa ahogada y me da un codazo flojo en las costillas.
—Ni me lo recuerdes, Darana, qué vergüenza, por favor.
—¡Vergüenza dice! —me río a carcajadas, disfrutando de verla así—. Si casi le da un síncope a mi padre cuando subió a buscarnos y te vio escondiendo la botella de ron barato detrás de los matojos y a mí intentando tapar el boquete que le habíamos hecho al depósito de agua.
—¡Oye, que la culpa fue de tu caballo, que se asustó!
—se defiende ella, dándose la vuelta del todo y apuntándome con el destornillador, muerta de la risa—.
Y de tu puntería, que querías fardar de saber usar el lazo y terminaste enganchada a la tubería y tirando la mitad de la cerca. ¡Menuda estampa!
—Ya, ya, pero bien que te bebiste el ron para pasar el susto —le devuelvo el golpe, dándole un toquecito con el dedo en la punta de la nariz—. Y bien que me suplicaste que me echara yo las culpas ante el capataz para que no te mandaran de vuelta a casa de tus padres antes de tiempo.
Camila se queda mirándome, con la sonrisa grabada en los labios y los ojos brillando con una nostalgia que corta la respiración.
—Y lo hiciste —recuerda, y el tono gamberro se vuelve de golpe algo mucho más íntimo—. Siempre me salvabas el pellejo. Aunque yo me hiciera la estrecha y fingiera que podía con todo sola.
—Pues disimulabas de pena, Bennet —le devuelvo el golpe, notando el acelerón de mi propio corazón.
Seguimos con el trabajo hasta que el repetidor está arreglado.
—Eres una máquina.
Ella se gira, se quita la gorra para sacudirse el pelo y me regala una sonrisa preciosa. Esto sigue siendo una guerra particular entre ella y yo. Lo ha sido siempre. Y me da igual que Maddie Strong esté intentando meterse por medio.
Respiro hondo.
—Habrá que ir volviendo —sugiero, aunque mis botas parecen clavadas al suelo.
—Sí, tengo que ponerme al día con los chicos.
Pero ninguna de las dos se mueve hacia el coche. Porque sabemos de sobra que en cuanto bajemos de esta loma y regresemos al rancho, volverán los peones, los problemas y el maldito pasado.
Al final, soy yo la que da el paso hacia la puerta del todoterreno, tirando de la maneta.
—Pues mueve el culo, Bennet.
Ella asiente con una sonrisa, pero antes de subir, me lanza una última mirada. De esas silenciosas, intensas y que prometen tormenta de la buena.
Y mientras meto la marcha para iniciar el descenso por la pista embarrada, tengo la certeza absoluta de que la tortilla ha dado la vuelta.