19
Camila
El cielo amanece limpio, azul y con un solazo que te cagas, lo cual me parece casi indecente después de la que nos cayó encima la otra noche.
Me quedo unos segundos mirándolo fijamente con los ojos entrecerrados, buscando la trampa.
Pero nada. Ni una nube. Solo una calma que, a mí, conociendo cómo se las gasta el subsuelo de este rancho, no me da ninguna buena espina.
Ethan, a mi lado, suelta un silbido mientras ajusta las hélices de uno de los drones con sus manos de cirujano informático.
—Chica, esto está perfecto para que el terreno empiece a cargarse otra vez de estática —comenta con su clásico tono de friki emocionado—. Es como si estuviéramos inflando un globo gigante bajo las botas. Dan ganas de salir corriendo.
—Un globo que como nos descuidemos va a explotarnos en toda la cara —suelta Kira, cruzándose de brazos con las gafas de sol puestas y cara de pocos amigos—. No bajéis la guardia.
—Tranquila, que está todo controlado —asiento, aunque no puedo evitar notar ese runrún en el pecho.
Ajusto los sensores electromagnéticos del primer bicho, y reviso los cables rápido mientras el sudor empieza a resbalarme por la nuca. El sol de Australia no perdona, chicas. Pero no seré yo quien os diga que no vengáis en verano.
—Magnetómetros calibrados —anuncio, ajustándome el sombrero—. Resolución a tope. Quiero que estos juguetes huelan la estática a kilómetros.
—Cámaras térmicas listas —responde Ethan y levanta el pulgar—. He revisado el software dos veces. Si falla, me corto las venas.
Kira me mira de reojo con una sonrisa.
—Cuando quieras, jefa.
Sonrío. Hacía siglos que nadie me llamaba así con ese buen rollo, y la verdad es que me sienta como un guante. Me hace sentir en casa, aunque me empeñe en llevar la contraria.
—Despegamos en tres… dos… uno. ¡Arriba!
El zumbido de las hélices rompe el silencio del desierto. Los drones se elevan y pasan por encima de los campos de lavanda embarrados, enfilados directos hacia las lomas del norte. El corazón me va a mil por hora.
—Menuda estabilidad —celebra Ethan pegado a su pantalla—. No hay una sola interferencia. Camila, eres una puta genia de la tecnología.
—Y las vacas ni se han enterado —añade Kira apuntando hacia los corrales lejanos, donde los animales siguen a lo suyo—. Por lo menos no tendremos estampidas. Ni el mal humor de Darana. Algo es algo.
Suelto un suspiro y relajo los hombros. En mi pantalla los datos empiezan a bailar en tiempo real: líneas, gráficos y picos térmicos que empiezan a subir. El subsuelo del rancho nos está hablando, y lo que dice es que la magnetita subterránea se está calentando con el sol.
—Tenemos que mapear todos los sectores antes de que caiga el sol —les digo, poniéndome seria—. Si el ciclo sigue así, el pico de carga llegará antes de lo previsto.
—¿Y si se dispara? —pregunta Ethan.
No respondo. Porque la respuesta es que saldremos volando. Levanto la vista de la tablet por pura inercia, buscando la casa principal. Y allí está Darana, apoyada en la barandilla mientras habla con Bert, con su sombrero vaquero ladeado y esos vaqueros que le quedan de puta madre.
No parece mirarme, pero sé perfectamente que lo hace. Es como una corriente eléctrica que me recorre la espalda cada vez que respira el mismo aire que yo, un calorcillo en el estómago que me saca de mis casillas porque soy incapaz de controlarlo.
Nuestros ojos se cruzan un segundo. Uno solo.
Y ¡pum! El recuerdo de su boca contra la mía en el porche del bar me sacude como un rayo.
Siento el sabor a cerveza, la urgencia con la que me agarró de la cintura y la estática de nuestras pieles.
Aprieto los dientes, noto que me pongo roja como un tomate y clavo los ojos en la pantalla a la velocidad del rayo.
«¿Desde cuándo me atrae tanto Darana Calloway?»
· · ·
Ha caído la noche, y el aroma a carne asándose en la barbacoa, junto a la leña de eucalipto crepitando y el tintineo de las botellas de cerveza bien frías, es la puta gloria.
Esto parece un milagro. Después de días comiendo barro, cables y con el miedo en el cuerpo, vernos a todos reunidos parece un sueño.
Estoy sentada en la mesa larga de madera exterior, rodeada de jaleo.
Kira está metiéndole una puyita a Ricky, sobre quién ha trabajado más hoy; Ethan gesticula como un loco intentando explicarle a un peón sordo una movida de corrientes estáticas, y Joyce aparece con una bandeja de costillas que podría alimentar a un regimiento de infantería.
—¡A ver! —truena con su energía arrolladora—. Que parece que estéis en un velatorio. Hoy se celebra que este lugar sigue en pie y que el turismo va a estar de vuelta. ¡A comer, a beber y a mandar las tormentas a la porra por una noche!
—Y todo gracias a los juguetes de la científica —salta Ricky, levantando su tercio de cerveza hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja—. Un respeto que, si no es por ella, ahora estaríamos cenando carbón. ¡Muchas gracias, chicos!
Me río, sintiéndome un poco colorada por el protagonismo.
—Solo hacemos nuestro trabajo —le recuerdo.
—Ya, ya. Tienes que admitir que estamos empezando a caerte bien.
Me entra la risa tonta y, después de días, me relajo de verdad. Me siento bien. Como si el vacío que sentía se estuviera llenando de repente con este ruido y este olor a tierra.
—Oye, científica… —una voz cálida, arrastrada y peligrosamente cerca me hace girar la cabeza.
Maddie se ha acoplado a mi lado en el banco sin que me entere. Lleva unos shorts vaqueros de infarto y una camiseta de tirantes que deja ver unos brazos bronceados y bien torneados de trabajar con los caballos. Me mira con una sonrisa de lo más pícara y unos ojos que brillan con ganas de guerra.
—¿Te importa si te robo un poquito de atención? —me susurra, inclinándose tanto que me llega su perfume mezclado con el olor de la brasa.
—Depende —le digo, arqueo una ceja y adopto mi mejor postura—. ¿Es para hablar del pronóstico del tiempo o me vas a hacer alguna propuesta interesante?
—Conmigo las propuestas siempre lo son ¿ya te has olvidado?
—suelta con descaro, y por debajo de la mesa, su rodilla empieza a rozar la mía de una forma que no tiene nada de accidental—.
Aunque puedo empezar por preguntarte si estás muy cansada después de tanto dron…
o si prefieres que pasemos directamente a lo personal.
Noto el chispazo del roce recorriéndome la pierna entera. Madre mía.
—Vaya —murmuro, intentando que no se me note el salto en el pulso—. Veo que hoy no te has dejado el descaro en las cuadras.
—A mí las medias tintas me aburren —se ríe de una manera que, reconozco, es muy sexi. Me acerca su botellín de cerveza, mirándome fijamente a los labios—. Bebe un trago. Te hace falta soltarte el pelo, Bennet.
Dudo un segundo, pero le acepto el reto. Bebo de su botella, notando el líquido helado bajando por mi garganta mientras ella no me quita el ojo de encima.
—¿Y bien? —me pincha Maddie—. ¿Te gusta?
—Para olvidar los problemas viene de perlas.
—Intenso, rápido y sin rodeos, como a mí me gusta —me tira el dardo, deslizándome ahora los dedos por el dorso de la mano con una lentitud que me da hasta calor.
Maddie se acerca un poco más, casi rozándome la oreja con los labios.
—Luego podríamos terminar de celebrar…
Me río para disimular, pero de golpe, siento un escalofrío en la nuca.
Esa maldita corriente que conozco de sobra.
Darana nos observa con los brazos cruzados sobre el pecho y una rigidez que te cagas.
Me está dedicando una mirada tan oscura que casi veo salir humo de su sombrero.
El ambiente entre las dos se vuelve a poner a mil revoluciones, pero enseguida desvío la vista, sintiéndome una cobarde de tres al cuarto.
—¿En qué piensas? —quiere saber Maddie.
—En nada, tonterías del trabajo —miento.
Antes de que pueda inventarme una excusa para no salir corriendo, Ricky le mete un golpe a la mesa con su botella, salvándome el pellejo.
—¡Chicos! —grita con media copa de más—. Una pregunta seria para la científica. ¿No has echado de menos todo esto? El campo, el jaleo, las noches de barbacoa de verdad…
La mesa se va callando poco a poco, esperando mi respuesta. Elizabeth me mira desde el extremo con su eterna sonrisa de madre. Joyce se cruza de brazos, asintiendo.
Trago saliva y decido ser legal.
—No voy a negar que echaba de menos la comida de Joyce —digo, y los peones sueltan una carcajada—. Esa carne no la saboreas fuera. Pero… yo ya no pinto nada aquí.
La frase cae como un plomo. Elizabeth se inclina hacia delante con dulzura.
—¿De verdad estás tan segura? Porque desde que has vuelto, parece que a este rancho le ha regresado una chispa.
—Puede ser, pero tengo mi vida montada en otra parte —digo, aunque notar las miradas de todos me pesa.
Ricky da un puñetazo en la mesa.
—Bueno, yo creo que uno puede irse del Outback, Camila, pero el Outback nunca se va de uno. Y Birdsong Hills te reclama.
Elizabeth asiente, rematando la jugada:
—Las raíces no mueren. Solo esperan a que vuelvas a pisar la tierra para recordarte quién eres. Y tú siempre has sido de aquí, aunque tu cabeza estuviera lejos.
Se me hace un nudo en la garganta de los gordos y me quedo sin saber qué decir. Maddie, que no pierde el tiempo, aprovecha el bache para arrimarse más y soltar con tono picante:
—Bueno, si necesitas razones para quedarte, yo me ofrezco voluntaria para convencerte. Podemos salir a caballo al atardecer, hablar de tus drones… ¿Qué me dices?
Antes de que abra la boca, unos pasos firmes hacen crujir la madera. Darana se planta aquí mismo, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada y los ojos centelleando peligrosamente bajo el ala del sombrero.
—Vaya, veo que la noche está de lo más entretenida —suelta—. ¿Se puede saber de qué os reís tanto?
Maddie levanta la vista y le sostiene la mirada con una sonrisa de desafío. Entre estas dos van a saltar chispas.
—Solo hablábamos. Camila estaba contando lo mucho que extrañaba este lugar. Y yo le estaba ofreciendo enseñarle los sectores del sur… para que se termine de animar.
Darana asiente, sin apartar sus ojos de los míos ni un milisegundo. Si las miradas mataran, yo ya estaría enterrada bajo tierra.
—Vaya. Qué considerado por tu parte, Maddie —comenta Darana—. Pero Camila y yo tenemos demasiadas cosas pendientes con los mapas del norte como para que pierda el tiempo en paseos. ¿Verdad, científica?
El pulso se me pone a doscientas revoluciones. La tensión entre Darana y yo es tan bestial que juraría que los drones hasta podrían sentirlo. Maddie, que no es tonta, nota el ambiente, se pega más a mi hombro y suelta:
—A veces uno necesita que le recuerden lo que tiene delante para decidirse. ¿A que sí, Camila?
—A ver, chicas —interviene Joyce, oliéndose la catástrofe entre las tres—. Dejad las escopetas en los corrales, que hoy estamos de fiesta. Darana, siéntate aquí y tómate algo. Te he preparado la carne como te gusta.
Darana se sienta justo en el banco de enfrente, clavando sus ojos en los míos.
En un momento en el que Maddie se levanta a por otra ronda, Darana se inclina sobre la mesa, lo justo para que solo la escuche yo.
—Puedes disimular todo lo que quieras —me lanza en un susurro ardiente—. Pero a ver cuánto tiempo aguantas sin salir corriendo.
Me quedo sin aire, con el corazón desbocado.
—No pienso huir de nada, Calloway —le respondo en el mismo tono, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que me queda—. Esto no es un patio de colegio.
—Mejor —sonríe ella de lado, con una expresión descarada que me vuelve loca—. Porque a mí los juegos de niñas tampoco me van. Disfruta de la cena.
Maddie regresa con las cervezas, rompiendo el momento, pero la chispa ya ha prendido fuego al polvorín. Joyce se pone de pie, levantando su vaso para romper la tensión.
—¡Bueno, basta de cháchara! ¡Un brindis! Por lo que fuimos, por lo que somos y por lo que nos traiga el futuro a Birdsong Hills. ¡Salud!
—¡Por Camila! —grita Ethan desde la otra punta.
—¡Por la científica! —repiten los peones entre vítores.
Sonrío emocionada, chocando mi botella con los demás. El calor de esta gente me envuelve y, por primera vez, me da miedo admitir que me encanta. Maddie me pasa el brazo por encima de los hombros, riéndose de un chiste de Ricky.
—¿Ves? Este sitio no te va a dejar marchar tan fácil. Y yo tampoco.