Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 18
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Darana

El amanecer en Birdsong Hills siempre ha sido mi momento.

El único minuto del día en el que el mundo parece ponerse en pausa antes de que todo empiece a moverse, a exigir y, joder, a doler.

La luz entra por los ventanales altos del cobertizo principal, filtrándose entre las vigas de eucalipto antiguo.

El olor a alfalfa fresca se mezcla con ese fondo animal, rudo y cálido que siempre me recuerda quién soy.

Aquí es donde todo tiene sentido. Lejos del papeleo, de las deudas y de las sombras que me persiguen desde que mi hermano murió.

Me muevo entre los boxes limpiando los cascos de las yeguas con la soltura de quien repite un ritual sagrado. Paso la mano por el lomo de uno de los caballos de la cuadrilla, notando el calor vivo de su piel.

—Buenos días, grandullón —murmuro, apoyando la frente un segundo contra su cuello. El bicho resopla, contagiándome una calma que me hace falta.

A su lado, Byron levanta las orejas en cuanto nota mis botas. Este semental tiene un temperamento de mil demonios, es orgulloso y pocos peones se atreven a meterse en su box, pero conmigo el tío es un trozo de pan.

—Ya estamos, ya estamos… —le susurro con una sonrisa a medias, dejando que me huela los dedos—. Tú lo que eres es un consentido de tres pares de narices.

Le acaricio los belfos, disfrutando de cómo relaja el cuello. Es el único momento de paz de mi mañana. O al menos lo intenta, porque en cuanto me inclino para arrastrar una de las alpacas de heno compactado hacia el pasillo, el suelo se me abre bajo los pies.

Siento una llamarada inesperada en el costado izquierdo, ardiente, que corta el aire de cuajo.

—¡Ahg! —gimo entre dientes.

La alpaca se me resbala de las manos y cae al suelo. Me llevo la mano de inmediato a la costilla, justo donde la piel se quedó hecho un girón de relieves rugosos. La cicatriz del incendio. Siempre está ahí, pero hoy me quema como si el fuego siguiera vivo bajo la piel.

Trato de enderezarme, apoyándome en el tabique de madera, pero las vigas del techo empiezan a dar vueltas. Las paredes se encogen. Y de repente, ya no estoy en el cobertizo de Birdsong Hills. Estoy allí otra vez. En la maldita noche en que todo se fue a la mierda.

Escucho el crujido espantoso de las vigas cediendo, el rugido ensordecedor de las llamas… La asfixia de saber que estoy atrapada. Que no hay salida.

—No… sácame de aquí… —susurro, dando un paso atrás con las piernas hechas de gelatina.

El cobertizo se convierte en una tumba de ceniza imaginaria. No puedo respirar. El oxígeno no me llega al cerebro.

—No, no, no… ¡Elijah! —grito hacia ninguna parte, llevándome las manos a la cabeza mientras cierro los ojos.

Y entonces, como una bofetada de realidad, la voz de Camila resuena en mi mente: «Las lomas del norte de Birdsong Hills son un imán electromagnético por la composición del subsuelo. Y estamos repitiendo el mismo patrón exacto que aquella noche».

Va a volver a pasar.

Actuando por puro instinto, agarro la montura de Byron y se la tiro encima a una velocidad ridícula. Los dedos me tiemblan tanto que casi no puedo meter la correa por la hebilla de la cincha. El caballo relincha, contagiado, moviendo las orejas de lado a lado.

—¡Quieto, joder, quieto! —le gruño, subiéndome de un salto a la grupa—. ¡Vamos, Byron! ¡Sácame de aquí!

Salimos disparados del establo como alma que lleva el diablo.

El viento me azota la cara con violencia, pero no me limpia los pulmones.

Vamos a una velocidad suicida por la pista sur.

El paisaje de eucaliptos y tierra roja es una mancha borrosa a los lados, pero el humo de mis recuerdos sigue pegado a mis ojos.

—Joder… —jadeo, tumbándome por completo sobre el cuello del caballo, aferrada a las riendas.

El pecho me va a estallar. Llevamos un par de kilómetros de carrera salvaje cuando noto los frenazos de un motor a lo lejos. Byron clava los cascos en la tierra, derrapando y relinchando con fuerza.

Es el Toyota de Camila. Ella baja del asiento del piloto como un auténtico torbellino, dejando la puerta abierta de par en par. Tiene la cara pálida y los ojos fijos en mi desastre.

—¡Darana! ¡Baja del caballo ahora mismo! —me ordena, corriendo hacia mí.

Intento bajar de forma digna, pero las piernas me fallan en cuanto saco los pies de los estribos.

Me deslizo hacia el suelo como un saco de patatas, perdiendo el equilibrio, lista para romperme la crisma.

Pero el golpe no llega. Porque unos brazos firmes y jodidamente decididos, me atajan en el aire, amortiguando la caída contra su propio cuerpo.

—Eh, eh… te tengo. Mírame, Darana. Respira.

Camila. Tenías que ser tú la que me viera así.

Sus manos me sujetan por los brazos con una fuerza que no le conocía, obligándome a sostener el peso de mi cuerpo mientras noto la solidez de su agarre a través de la camisa.

—No puedo… —consigo jadear, odiándome con toda mi alma por desmoronarme precisamente delante de ella—. El aire…

—Que sí puedes, coño. Mírame —insiste ella, sin soltarme ni un milímetro. Sus dedos se clavan en mis bíceps, obligándome a fijar la vista en sus ojos—. Olvídate del resto. Inhala conmigo. Despacio. Vamos: uno… dos… tres…

Lo intento, clavando mis ojos en su mirada, y por fin noto un hilo de aire entrando en mis pulmones.

—Eso es, muy bien —murmura Camila, relajando un poco la tensión de sus propios hombros—. Otra vez. Inhala… exhala. Así es.

Respiro siguiendo sus cuentas, notando cómo el mundo deja de dar vueltas de forma tan violenta.

—Estoy aquí —repite ella, evaluándome con la mirada como si fuera uno de sus informes climáticos—. ¿Quieres que llame a alguien? ¿Qué necesitas?

No puedo hablar. Solo tiemblo de arriba abajo como una hoja de eucalipto. Camila me mira y, actuando sin pensar, me rodea con los brazos y me pega a su pecho en un abrazo.

Me quedo helada un segundo. Mi orgullo me dice que la empuje, pero mi cuerpo va por libre. Me apoyo en ella un instante con desesperación, ocultando la cara, obligándome acompasar mi ritmo cardíaco con el suyo, que late constante y frío.

—Ya está —me dice, dándome unas palmaditas firmes en la espalda—. Ya estás en el presente. Respira.

—No, Camila… —consigo articular—. Los datos… Siento que la historia se va a repetir y esta vez no voy a poder salvar a nadie.

Ella se separa de inmediato, sujetándome por los hombros para mirarme a la cara.

—Escúchame bien, Calloway. No voy a permitir que este lugar caiga. Mi trabajo aquí es precisamente evitarlo. Voy a hacer todo lo que pueda para evitarlo. No es una suposición, es física. Así que sácate esa idea de la cabeza. Yo me encargo del subsuelo. ¿Me has oído?

—Sí… —respondo, tragando saliva.

Camila asiente una sola vez, dándome una última palmada en el hombro antes de soltarme por completo y dar un paso atrás.

—¡Camila! —la voz de Kira truena de repente desde el altavoz del walkie-talkie que lleva enganchado—. ¡Los drones ya están listos para tomar los datos!

Camila echa mano al aparato al instante, apretando el botón sin apartar los ojos de la pista.

—Voy para allá, Kira. Ten los gráficos preparados —responde Camila de inmediato. Luego me mira, recomponiéndose los puños de la camisa—. Tengo que irme. Quédate aquí, camina despacio y refréscate. Ya hablaremos del despliegue técnico cuando sea necesario.

Asiento con la cabeza, incapaz de añadir nada más mientras la veo subirse de un salto al Toyota, arrancar el motor y salir pitando en una densa nube hacia la zona de las cabañas.

Me quedo sola en mitad del camino, con el cuerpo vibrando por la adrenalina pero con la cabeza asentada.

· · ·

Media hora después, arrastrando las botas y guiando a Byron por las riendas, llego hasta donde estaba la plantación de geranios.

El aroma a lo que queda de vegetación me llega, pero no es el olor fresco de siempre.

Me arrodillo en mitad del desastre, clavando las rodillas en el barro sin que me importe nada más.

Paso los dedos por la tierra húmeda, sintiendo la impotencia grabada en las palmas de las manos.

—Lo siento… —susurro, con los ojos llenos de unas lágrimas que ya no puedo contener—. Te fallé, Elijah. Te fallé y siento que te estoy fallando otra vez. Y no sé cómo voy a poder salvar este lugar.

La voz se me quiebra. Aprieto los puños contra la tierra arcillosa, manchándome las manos, dejando que el dolor me atraviese. Porque la tormenta se acerca, las advertencias científicas de Camila no mienten, y esta vez no sé si tendré fuerzas para levantarme si Birdsong Hills vuelve a caer.