Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 17
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Camila

No he dormido. Ni un solo segundo.

El amanecer entra por la ventana de la cabaña como un puñetazo de luz pálida, filtrándose por las cortinas desvencijadas y destapando el caos absoluto que tengo montado en la mesa: tazas de café con cercos negros, discos duros, cables de datos y la pantalla de mi portátil echando humo con los gráficos.

El ambiente aún apesta a lo que pasó anoche.

A mi necesidad desesperada de usar el cuerpo de Maddie como una vía de escape para apagar los fantasmas de mi cabeza.

Fantasmas que no tenía ni idea de que estaban ahí.

O quizá sí.

Maddie se ha largado antes de que saliera el sol. No siento culpa, la verdad. Ella sabía a lo que venía. Pero de calma, ni hablemos. Porque no era a Maddie a quien me imaginaba entre las sábanas mientras cerraba los ojos, y eso me repatea el hígado.

Me paso las manos por la cara, con los músculos molidos, pero vuelvo a pegarme a la pantalla y, al segundo, amplío el mapa satelital.

—Vamos, no me jodas… —murmuro entre dientes.

La pantalla parpadea. Y de repente, el zumbido de la estática en los gráficos se mezcla con el zumbido salvaje que me ruge a mí dentro de la cabeza. Por ver la mancha difusa en el mapa y notar cómo la falta de sueño y el runrún del beso de anoche se alían para dinamitar mi cerebro.

Aparto las manos del teclado y me levanto del tirón. A la porra el mapa por un segundo. Mis ojos se clavan en el desastre de la mesa de la cabaña y siento un tic real en el párpado izquierdo. Esto no puede estar así. No si pretendo pensar con claridad.

Me lanzo a por las tazas de café. Las apilo por orden exacto de tamaño en la esquina de la encimera. Sí, no me juzguéis. Agarro el cable de datos, que está hecho un asco sobre el mantel, y empiezo a enrollarlo sobre sí mismo. Después, lo coloco en paralelo a la base del portátil.

—Vale… así está perfecto…

Paso un trapo húmedo por la mesa de izquierda a derecha, borrando los cercos de cafeína como si con ello pudiera borrar también la sensación de los labios de Darana Calloway grabados a fuego en mi boca.

Suelto un suspiro largo, y vacío los pulmones mientras coloco las cortinas desvencijadas.

El desorden exterior ya está bajo control.

El caos de mi cabeza… bueno, eso ya es otra historia, pero al menos mi espacio de trabajo vuelve a ser un santuario.

Me crujo los nudillos, me siento de nuevo en la silla y vuelvo a fijar la vista en la pantalla, mucho más centrada.

—Ahí está otra vez —hablo en voz alta—. No es un error de calibración de los sensores térmicos…

Los datos de la resistividad eléctrica del suelo y la ionización del aire tras la tormenta no son aleatorios.

Se están multiplicando siguiendo una progresión geométrica perfecta.

Me inclino hacia delante, conteniendo la respiración mientras superpongo las capas de las estaciones meteorológicas.

Frecuencia. Densidad de carga. Gradiente de potencial de la atmósfera…

Todo converge en el mismo punto del mapa.

—No, no, no… ¡NO!

La curva se dispara de forma idéntica en los mismos puntos de muestreo.

La corteza terrestre de Birdsong Hills, rica en filones de mineral de hierro, está actuando como un conductor colosal, acumulando la diferencia de potencial eléctrico con el aire.

Si mis cálculos no fallan, el suelo se está saturando de carga positiva a una velocidad de vértigo.

Esto no es nuevo. Ya pasó una vez. Y si tengo razón…

Se avecina el desastre.

Cojo el walkie-talkie de la mesilla sin pensarlo dos veces.

—Ethan, dejad lo que estéis haciendo y venid a mi cabaña. Ya.

No le dejo ni replicar.

No pasan ni diez minutos cuando la puerta de mi cabaña se abre de golpe. Ethan entra con los pelos hechos un desastre, parpadeando como un búho. Kira, como siempre, es su eterno contraste. No se altera ni aunque le caiga un meteorito en la cabeza.

—Más vale que se esté quemando algo… —protesta Ethan.

—Mirad la pantalla y ya verás cómo os despertáis de golpe —les corto, haciéndoles sitio.

Ethan se inclina sobre el teclado, entrecerrando los ojos, mientras Kira se cruza de brazos y analiza los picos de las gráficas.

—Madre mía… —balbucea Ethan.

—Sí, madre mía —repito yo—. Este lugar está en un bucle de retroalimentación. La capa del subsuelo combinada con los depósitos de hierro está atrapando la energía de las tormentas del norte.

Kira levanta la vista.

—¿Me estás diciendo que el subsuelo es un pararrayos natural gigante a punto de alcanzar el límite?

—Exacto. El aire está a punto de volverse conductor. Y cuando la atmósfera se sature…, cualquier chispa va a provocar una oleada de rayos fulminantes. Tenemos que hablar con Darana inmediatamente.

· · ·

El despacho de la casa principal nos recibe unos minutos después.

Darana está de pie junto al gran escritorio de caoba.

No dice buenos días. No regala sonrisas.

Solo se nos queda mirando con esos ojos miel que parecen dos puñales relucientes.

Cuando clava su mirada en la mía, siento un viaje de estática en el estómago que me corta la respiración.

El recuerdo de lo que pasó anoche en el porche del bar —su cuerpo contra el mío, la brutalidad de su boca, el sabor a coraje y cerveza— flota en el aire como una granada sin anilla.

Aparto los ojos a duras penas, obligándome a recordar que tengo un puto doctorado en climatología y que debo ser profesional.

—Tenemos un problema gordo, Calloway —digo, y dejo la tablet sobre su escritorio.

Ethan y Kira se mueven rápido, desplegando los mapas geológicos y las gráficas del gradiente eléctrico. Darana se acerca despacio, con ese andar felino tan suyo, y se cruza de brazos justo al otro lado de la mesa.

—Más os vale que no hayáis venido a hacerme perder el tiempo con vuestras alarmas, Bennet —masculla—. Porque ya tenemos bastante con el follón que todavía hay que arreglar.

—Mira los datos y cállate—le replico, sosteniéndole el pulso visual.

Darana frunce el ceño, y clava la vista en la pantalla donde la curva roja dibuja una parábola ascendente impecable.

—Háblame en cristiano, Camila. Sabes de sobra que los colorcitos de tus ordenadores no me dicen nada.

—La geología de la hacienda está reteniendo la carga estática de la atmósfera —le explico, señalando las anomalías del terreno—. El suelo no está liberando la energía, la está acumulando.

Nuestras miradas se vuelven a cruzar. Darana se tensa visiblemente, apretando los puños.

—¿Y eso en qué afecta a mis reses y a mis tierras? —insiste con una hostilidad que busca camuflar la preocupación.

—En que estamos entrando en un ciclo crítico de descargas electromagnéticas. Mira esto.

Le doy un toque a la pantalla y superpongo los registros climatológicos de aquel fatídico momento. Las dos curvas coinciden a la perfección, calcadas punto por punto, hasta llegar al pico máximo. Escucho cómo su corazón se paraliza.

Darana se queda pálida. Se le desencaja la mandíbula mientras mira la pantalla.

—No… —susurra, dando un paso atrás.

—Sí —le digo, sintiendo que la garganta se me aprieta—.

El incendio de aquella vez no fue mala suerte.

Las lomas del norte de Birdsong Hills son un imán electromagnético por la composición del subsuelo.

Y estamos repitiendo el mismo patrón exacto que aquella noche —le explico—.

Durante estos años el rancho no ha tenido problemas porque lo que ocurrió vació la batería eléctrica del subsuelo, y ha tardado todo este tiempo en recargarse.

»Además, coincidiendo con las sequias extremas… digamos que se ha interrumpido la conexión entre el suelo y la atmósfera.  Pero ahora, el máximo solar ha desatado tormentas eléctricas brutales por toda Australia.

Darana niega con la cabeza, pasándose una mano por el pelo, visiblemente afectada por el fantasma del pasado.

—No voy a permitir que convirtáis mi rancho en un laboratorio, Bennet. No voy a asustar a los peones, ni a mover el ganado, ni a parar las rutas turísticas por una puta teoría.

Ahí está la Calloway testaruda. Doy un paso al frente, poniéndome a su altura.

—Primero. No son teorías, y ya deberías saberlo —comento y echo un vistazo por igual tanto a Kira como a Ethan—. Y no vamos a alterar la vida diaria. Te lo prometo. Al menos que sea necesario.

—¿Y cómo pensáis medir ese campo eléctrico? ¿Por arte de magia? —se burla, y me clava los ojos con rabia.

Kira interviene antes de que nos matemos.

—Podemos hacerlo con drones —explica con tranquilidad—. Equipados con sensores electromagnéticos de alta resolución y cámaras térmicas de espectro continuo. Mapearemos todo el terreno desde el aire. Los equipos han evolucionado mucho, y ya hemos visto qué puede pasar si cae otra tormenta.

Ethan le echa un cable con su mejor sonrisa:

—Ni las moscas se van a enterar.

—Es el paso principal antes de saber qué podemos hacer —le aclaro.

Darana duda. Aprieta los labios en una línea fina y tentadora, mientras tamborilea los dedos sobre la madera. Está atrapada entre su instinto de protección y la evidencia científica que le acabo de estampar en la cara. Finalmente, suelta un suspiro largo y me clava una última mirada de advertencia.

—Tenéis una oportunidad.

Después, me sostiene la mirada un segundo más, con una tensión que casi hace saltar los plomos del despacho, antes de dar media vuelta y salir por la puerta.

—¡El desayuno está listo! —la voz de Joyce llega desde el final del pasillo como un bote de salvamento—. ¡No os largáis de aquí sin llenar el estómago!

Ethan sale disparado hacia el comedor como si no hubiera un mañana. Kira niega con la cabeza y me da una palmada en el hombro.

—Voy detrás del hambriento.

Mientras desayunamos, no puedo apartar la mirada del cielo.

Ni tampoco del resto de la casa. Al mirar por la ventana de la cocina hacia las lomas del norte, la realidad me golpea de nuevo.

El cielo está demasiado azul, demasiado despejado.

Una calma espectacular. Y aquí, eso es siempre lo más peligroso.