Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 16
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Camila

El corazón me ruge en los oídos con tanta fuerza que apenas oigo el crujido de la grava bajo mis botas.

Camino a zancadas por el sendero oscuro que lleva a las cabañas, con las manos temblando a los costados y el sabor de un beso salvaje que todavía impregnado en los labios.

Me llevo los dedos ahí, para recordar la boca de Darana contra la mía con una urgencia desesperada.

«Esto es un error», me repito una y otra vez mientras avanzo casi a ciegas.

«Darana está loca. Yo estoy loca. ¡Lo nuestro sería una locura!

». Diez años de distancia y un solo beso han bastado para desmontar cualquier teoría y decirle al mundo un claro: «¿Hola?

¿Es que no veis que os gustáis?». Mierda, necesito apagar el cerebro como sea.

Borrar el recuerdo de su mirada rabiosa, de su voz. De lo que vi que estaba sintiendo.

Justo antes de alcanzar la puerta de mi cabaña, una figura emerge entre las sombras del sendero.

Maddie está apoyada contra un poste de madera, con un cigarrillo entre los dedos y su típica pose relajada que siempre parece desafiar al mundo.

Lleva una camiseta de tirantes oscura y unos vaqueros que se ajustan a sus caderas con descaro.

La luz tenue de la luna resalta los músculos de sus brazos y el brillo pícaro de sus ojos cuando me ve.

Esta sí tiene que ser una locura de las buenas.

—Vaya, Bennet… —murmura—. Pareces un cable de alta tensión a punto de estallar. ¿Qué te ha pasado?

Me detengo en seco. Intento sonreír, pero solo consigo poner una mueca. Maddie apaga el cigarrillo contra la suela de su bota y se acerca a mí a paso lento. Su mano roza mi brazo lentamente, un toque ligero que, sin embargo, envía una corriente caliente por todo mi cuerpo.

—Ven aquí —susurra, haciendo lo propio—. Deberías dejar que yo te ayude a relajarte. Sea lo que sea que te tenga así de alterada, yo puedo hacer que lo olvides… al menos por un rato.

El olor a tabaco y a algo dulcemente almizclado me envuelve.

Sé que debería apartarme, mantener las distancias por el bien de lo que tengo que hacer en Birdsong Hills.

Pero su mirada descarada me atrae sin ningún tipo de remedio.

Está claro que Maddie no es de las que pide explicaciones ni promete eternidades.

Solo me ofrece lo que necesito ahora: escape, calor y, sobre todo, olvido.

—No sé si es buena idea…

Ella suelta una risa baja y sexi, deslizando los dedos por mi cuello con una caricia lenta que me hace contener el aliento.

—¿Buena idea? Cariño, las buenas ideas están sobrevaloradas. Tú necesitas soltarte un poco. Y yo… yo llevo toda la noche pensando en lo bien que te verías moviéndote debajo de mí. —Sus labios rozan el lóbulo de mi oreja.

La química entre nosotras es inmediata, eléctrica, sin complicaciones. Y esta noche no tengo fuerzas para resistirme.

Agarro su cintura con ambas manos, atrayéndola contra mí. Nuestras bocas se encuentran en un beso hambriento, casi desesperado. Maddie sabe a tabaco y a libertad, y yo me dejo arrastrar por esa sensación.

A trompicones abrimos la puerta de la cabaña. Apenas logro cerrarla de un portazo antes de empujarla contra la pared interior. Mis manos tiran de sus tirantes, bajándolos con impaciencia mientras ella ríe contra mis labios, divertida por mi impetuosidad.

—Así me gusta, Camila —murmura, ayudándome a quitarle la prenda—. Sin pensar.

La camiseta de Maddie cae al suelo junto con la mía.

Nuestras pieles se encuentran, calientes y ansiosas, en la penumbra de la cabaña iluminada solo por la luna que se filtra a través de las cortinas.

Sus manos recorren mi espalda, bajando hasta mis caderas y apretándome contra ella con fuerza.

El roce de sus pechos contra los míos envía descargas de placer que me recorren todo el puto cuerpo.

La guío hacia la cama sin dejar de besarla, mordiendo suavemente su labio inferior. Maddie se deja caer sobre el colchón, arrastrándome con ella. Sus piernas se enredan en las mías mientras sus dedos hábiles desabrochan mis vaqueros y los bajan junto con la ropa interior.

—Estaba deseando tenerte así —susurra Maddie contra mi cuello, dejando un reguero de besos ardientes que bajan hacia mis pechos. Su boca se cierra alrededor de uno de mis pezones, succionándolo mientras su mano se desliza entre mis muslos, encontrándome ya húmeda y lista para ella.

Gimo sin poder evitarlo, arqueándome. Maddie sabe exactamente cómo tocarme.

—Dios, Maddie… —jadeo, clavando las uñas en su espalda.

Ella levanta la cabeza y me dedica una sonrisa lobuna.

—Eso es, preciosa. Déjate llevar.

La beso con fiereza, invirtiendo nuestras posiciones para quedar encima.

Mis manos exploran su cuerpo con avidez: la curva de sus caderas, la suavidad de su vientre, la humedad caliente entre sus piernas.

Maddie se retuerce debajo de mí, gimiendo mi nombre cuando mis dedos encuentran su sexo y comienzan a moverse con el mismo ritmo desesperado que ella me está dando.

Nuestros cuerpos se mueven en una danza salvaje y arrolladora. Maddie me gira de nuevo, colocándose entre mis piernas abiertas. Su boca desciende por mi abdomen hasta llegar a mi sexo. Cuando su lengua me toca, creo que voy a perder la razón.

No pienso en Darana. No pienso en nada. Solo existe este fuego, esta liberación física que me arrasa por completo. Me corro con violencia, temblando y gimiendo mientras una oleada de placer me recorre. Maddie no se detiene, prolonga el orgasmo hasta que tiemblo, sensible y exhausta.

Luego sube por mi cuerpo, besándome con mi propio sabor en los labios. Cambio de posición y le devuelvo el favor con la misma intensidad. Mi boca y mis dedos la llevan al límite hasta que Maddie se arquea, gritando mi nombre en un orgasmo delicioso.

Me vacío por completo de toda la tensión acumulada desde que regresé, usando el cuerpo de Maddie para no pensar, para no sentir nada más que este placer abrumador.

El silencio de la noche solo se rompe por nuestras respiraciones agitadas que poco a poco se van calmando. Maddie se acurruca contra mí con una sonrisa satisfecha en los labios y, en pocos minutos, su respiración se vuelve profunda y regular. Vaya, se ha dormido en cuestión de segundos.

Yo, en cambio, permanezco con los ojos abiertos de par en par, mirando el techo de la cabaña envuelto en sombras. Mi cuerpo está saciado, pero mi mente… mi mente no ha dejado de viajar ni un solo segundo. El recuerdo del beso de Darana regresa con fuerza, junto con su mirada.

A pesar del fuego que Maddie ha encendido en mí, una punzada aguda de culpa y confusión me atenaza el corazón. «¿Qué estoy haciendo?» Maddie es fuego, diversión y alivio inmediato, pero… ¿por qué es Darana quien ocupa mis pensamientos?

Cierro los ojos, intentando apartar esa verdad incómoda. Mañana tendré que enfrentarme a las consecuencias de mis actos… pero esta noche, solo puedo quedarme aquí, escuchando la respiración tranquila de Maddie y preguntándome cómo demonios voy a arreglar el caos que llevo dentro.