15
Darana
La madera cruje bajo mis botas, la música country suena desde los bafles polvorientos y el ambiente apesta a lo que tiene que apestar un buen bar del Outback; cerveza, el sudor de los peones tras una jornada de perros y ese olor a tierra mojada que se niega a evaporarse.
El aire está pegajoso, casi tan insufrible como el día de mierda que todo el mundo lleva a sus espaldas.
En mi caso, son las cervezas lo que han hecho que me olvide momentáneamente de lo que está pasando.
Una indecente cantidad que legalmente me impediría gobernar mi propio cuerpo.
Pero me da igual. Porque hoy, Birdsong Hills, ha sido un maldito apocalipsis.
Ha habido que tomar demasiadas decisiones, con cosas que se escapan a mi control.
Y para colmo, el origen del resto de mis males está sentada al fondo del local.
—¿Otra, Calloway? —pregunta el nuevo camarero, cazando mi jarra vacía con agilidad.
Asiento con la cabeza, sosteniéndome en la barra con más orgullo que equilibrio.
—Hasta el borde, campeón —le indico—. Y tú no me mires con esa cara.
Bert, que está a mi lado chasquea la lengua y se encoge de hombros con parsimonia.
—Mañana vas a maldecir hasta el día en que naciste. Eso lo sabes tú y ya debe saberlo tu hígado.
—Mañana ya veré cómo sobrevivo. Ahora mismo solo necesito apagar la radio que tengo montada en la cabeza.
Bert se aleja murmurando algo sobre las vallas del norte, pero sabe de sobra que no le estoy haciendo ni puto caso. Mis ojos, traidores y magnéticos, vuelven por milésima vez a la mesa del rincón.
Allí está Camila. Sentada con Lily, Ethan y Kira.
Tiene una sonrisa que no le he visto en todo el día: libre, luminosa, de esas que parece que le quitan diez años de encima y que te alegran la vista…
aunque no quieras. Se echa el pelo hacia atrás con un gesto endiabladamente natural, se parte de risa y bebe a morro de su botella.
Se la ve cómoda. Sobre todo, cuando está lejos de mí.
Aprieto mi jarra con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos y noto cómo la condensación chorrea por mi piel.
—Te vas a cargar el cristal —me suelta Ricky que aparece por mi lado y apoya su propia botella en la barra, justo a medio metro de mí.
—Tú bebe y calla, chaval. No me ralles.
Lo que de verdad quiero no es romper la jarra, es la distancia. Me revuelve las tripas verla ahí, tan campante, como si no hubiera pisoteado mi vida cuando se marchó, y revolucionado mi presente viniendo a estudiar las putas tormentas.
«Si crees que puedes domar a una como yo…»
—Yo solo digo que se nota a las mil leguas que te traes un rollo raro con la científica —añade el chaval, inclinándose hacia mí con una sonrisita de guasa.
Me giro hacia él con los ojos encendidos, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué has dicho, listillo? Porque el alcohol me está nublando el oído y me parece que estás buscando que te ponga a limpiar mierda de vaca dos meses seguidos.
—Nada, nada. Habrá sido la música —se defiende levantando las manos con falsa inocencia, aunque no pierde la sonrisa—. Pero como tú dices. No nos conviene jugar con fuego. ¿No? La gente por aquí está crispada con ella.
Resoplo, ignorándolo por completo, y le pego un trago largo a la cerveza. El líquido amargo me baja por la garganta, pero no consigue enfriarme el reconcome que me quema el pecho.
Justo en ese instante, la puerta del pub se abre de un golpe seco que hace vibrar los cristales y corta las risas a mitad de sala.
Entra Sullivan. El peón de la hacienda colindante y muy de este pueblo.
El tío ya viene medio torcido; se le nota en el paso vacilante, los ojos vidriosos y esa sonrisita de chulo que busca bronca porque su vida es un muermo.
Y, cómo no, el radar de los idiotas nunca falla. Sus ojos de besugo van directos hacia donde está Camila.
—¡Anda! Si las habladurías son ciertas… —suelta Sullivan alzando la voz, ganándose los giros de cabeza de medio bar—. Bennet, la gran científica que ha vuelto a decirnos cómo tenemos que trabajar con sus aparatitos de las nubes.
Se me tensa hasta el último músculo del cuerpo. El estómago se me revuelve, y esta vez no es por la cerveza.
—No se te ocurra meterte ahí, imbécil… —mascullo entre dientes, dejando la jarra en la barra.
Pero el tío va lanzado. Se planta junto a la mesa de Camila, invadiendo su espacio con una chulería que me enciende la sangre.
—Vuelve aquí dándoselas de listilla y de superior con esas ideas… En este lugar no nos hacen falta las traidoras que se largan dejando a las familias colgadas. ¿A que no, Bennet?
A Camila se le borra la sonrisa de golpe. Lily se pone recta y le levanta para encararse con Sullivan, mientras Ethan —con sus casi dos metros de altura— y Kira, amagan con darle una buena hostia. Pero no les doy tiempo.
El orgullo Calloway y una furia ciega me cortan el freno de mano.
Mi taburete sale despedido hacia atrás, pegando un estrépito de mil demonios contra el suelo.
Cruzo el bar en tres zancadas rabiosas, apartando a un par de peones de un empujón sin pedir disculpas.
Y poco después, me planto entre Sullivan y la mesa, bloqueándole el paso y metiéndole mi sombrero casi en los ojos.
—Cierra esa puta boca antes de que te la cierre yo, Sullivan —le suelto. Mi voz no es alta, pero lo suficiente como para que le quede claro.
El silencio que cae en el local es tan bestial que se podría escuchar el vuelo de una mosca. La música sigue sonando de fondo, pero ya nadie le hace caso. Estamos en el centro de un ring de boxeo.
El tipejo me mira de arriba abajo, parpadeando con sorpresa antes de recuperar su sonrisita rancia.
—Vaya, Calloway. ¿Ahora sales a defender a tu excuñada…? ¿No la odiabas a muerte?
—Esta «listilla» —le interrumpo, dándole un toquecito con el dedo en mitad del pecho que le hace retroceder un paso—, le ha devuelto la luz y el bombeo a los establos principales de mi hacienda esta tarde mientras tú estabas rascándote las bolas en tu remolque.
Así que vas a darte la vuelta, vas a sacar tu culo de este bar y te vas a largar a tu puta casa antes de que te saque yo de los pelos. ¿Me has oído bien, Sullivan?
Nos sostenemos la mirada un segundo. La tensión en el aire se podría cortar con un cuchillo. Siento los ojos de Camila clavados en mitad de mis omóplatos, quemándome la camisa, pero no me muevo ni un milímetro.
Al final, el alcohol no le da para tanto valor. Sullivan masculla un insulto entre dientes, aparta la mirada y se va arrastrando los pies hacia la salida entre los murmullos del personal. Siento un subidón de adrenalina puro y salvaje, pero me dura lo que un suspiro.
Porque cuando me giro, Camila me está clavando una mirada que no tiene ni una pizca de agradecimiento. Al revés. Está furiosa, con las mejillas encendidas y los ojos echando chispas.
Otra vez.
«De nada, Bennet».
Sin decir una palabra, doy media vuelta y salgo pitando al porche.
Necesito aire antes de que el subidón me amargue la noche.
El ambiente nocturno me azota la cara con un bochorno pegajoso que huele a eucalipto y tormenta.
Me apoyo en la barandilla de madera, respirando hondo, e intento asimilar la tremenda estupidez que acabo de cometer.
Me tiemblan las manos. ¿Por qué demonios salto como un pitbull en cuanto alguien se atreve a querer hacerle daño?
Mis preguntas se van a tomar por saco porque la puerta se abre con violencia. Sabía que iba a salir.
—¡¿Se puede saber a qué coño juegas, Calloway?! —el grito cae como un latigazo.
Me giro despacio. Está delante de mí, espectacular, con el pecho subiendo y bajando a mil por hora y unos mechones revueltos por la brisa del norte.
—¿Te pasa algo, Bennet? —le respondo.
—¡Me pasas tú! —exclama, dando un paso hacia mí con las manos en las caderas—. ¡Deja de hacer esto! Un día me tratas como si fuera un bicho infectado y al siguiente saltas como una loca a defenderme delante de todo el pueblo. ¿Qué pretendes?
Aprieto los dientes, sosteniendo el pulso. Está tan cerca que huelo el aroma dulce de su piel mezclado con el toque amargo de la cerveza. Una combinación jodidamente letal.
—Ese imbécil te estaba faltando al respeto en mi territorio, Camila. En el territorio que una vez fue de Elijah. No iba a quedarme de brazos cruzados.
—¡No me vengas con el puto orgullo familiar!
—me corta. Alza la voz y da un paso más hacia mí, arrinconándome contra la barandilla—.
Esto no es por Sullivan. Es por cómo me tratas según te convenga.
¡Sí, me marché de aquí! ¡Sí, le jodí la vida a Elijah!
¡Igual que a ti! ¡Y sí, me arrepiento cada segundo! ¡¿Vale?! ¿Ya estás contenta?
Se acerca tanto que su pecho casi roza el mío. Tiene la respiración tan acelerada que su aliento, me acaricia la boca.
Y ahí, con el bochorno pegándose a la piel, el orgullo Calloway se me va directamente a la mierda.
—¡Te trato así porque me tienes hasta los ovarios, Bennet! —le suelto, perdiendo los papeles por completo.
No la dejo ni pestañear. La agarro por los brazos —sin ninguna delicadeza—, la empujo contra la pared de madera del porche y la beso.
Madre mía, ¡qué beso!
Me sorprendo en un choque salvaje. Su boca sabe a cerveza y a una atracción tan destructiva que me quema las pestañas.
Durante un segundo que me parece eterno, siento que sus manos se aferran con la misma rabia a las solapas de mi camisa, que me devuelve el viaje con la misma intensidad, encajando conmigo.
Evidentemente, la imaginación me dura poco.
Camila me planta las dos manos en el pecho y me empuja con una fuerza que me hace retroceder dos pasos, casi haciéndome tropezar. Tiene los labios encendidos, el pelo revuelto y los ojos abiertos como platos, mirándome entre el pánico y la indignación.
—No… —suelta, pasándose el dorso de la mano por la boca—. No sé a qué coño juegas, ¡joder!
—Camila, yo… —intento dar un paso al frente, con la cabeza dándome vueltas y el corazón a mil revoluciones.
—¡Ni se te ocurra! —me corta, señalándome con un dedo—. Quédate ahí. ¡Estás loca!
Y con las mismas, da media vuelta con un bufido de frustración y cruza la puerta del bar pegándole un viaje que casi desencaja el marco, dejándome plantada con el sabor de sus labios y la silueta del desierto de fondo.
Me apoyo contra la barandilla, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras suelto el aire que tengo retenido.
Me arde la boca y el alcohol ya no anestesia nada; al revés, me deja bien clarito el embolado monumental en el que me acabo de meter.
La he besado. A mi excuñada. A la mujer que se supone que odio. A la mujer de la que…
—No, no puedes hacer esto —me digo, y sacudo la cabeza.
Esto va a ser un puto infierno.