Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 14
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Camila

No debería notar su mirada. Pero la noto.

Vaya si la noto. Incluso de espaldas, con las manos llenas de grasa, los cables pelados entre los dedos y la cabeza sumergida en miles de cálculos.

Darana Calloway está ahí plantada, clavándome los ojos en la nuca.

Siento su presencia como una corriente estática, de esas que te erizan el vello y te ponen a mil revoluciones antes de que salte el chispazo.

—Camila, ¿me pasas el aislante? —pide Ethan. El tío se maneja con los cables mejor que nadie, pero con el calor asfixiante que hace tras la tormenta está más espeso de lo normal.

—Está en la caja roja, a tu derecha —respondo sin apartar la vista del panel. Como le veo dar vueltas a lo Vincent Vega, le espeto—: ¡Eso es tu izquierda zoquete!

—¡Ah, vale, vale! No me estreses, que con este bochorno no distingo lo que hago —protesta él, pasándose el brazo por la frente.

Kira, subida a la plataforma del camión, suelta una carcajada mientras ajusta las conexiones principales del generador provisional.

Yo estoy abajo, trenzando cables como si me fuera la vida en ello.

Si conseguimos que esto tire, la estación ganadera recuperará el suministro para los establos y el sistema de bombeo de agua antes de que los animales sufran por el calor.

—Si esto falla… —murmura Ethan apretando un disyuntor con fuerza—, no quiero ni imaginar la cara que va a poner Calloway.

—Si esto falla —le replico, dándole un tirón seco a los alicates—, lo de menos será su orgullo vaquero. Así que aprieta bien ahí.

Corto. Pelo el cobre. Conecto. Mis manos se mueven solas, con la agilidad que te da llevar años pateándote estaciones meteorológicas en mitad de la nada.

—Listo —anuncio—. Kira, dale al interruptor. Y crucemos los dedos.

Kira le pega un viaje al palancón. Hay un segundo de silencio tenso. Dos. Y de repente… ¡BZZZZZ! Un zumbido constante, limpio y glorioso resuena a nuestro alrededor. Las luces parpadean y se encienden en un tono blanco y cegador. A lo lejos, el eco del motor del termo de agua empieza a rugir.

Ethan suelta un grito de victoria y pega un salto.

—¡Toma ya! ¡Funciona! ¡Somos unos puñeteros genios!

Me limpio las manos en un trapo mugriento, soltando el aire que retenía en los pulmones.

—Claro que funciona. ¿Es que alguien lo ha dudado? —vacilo con chulería.

Entonces escucho unos aplausos lentos y perezosos, y al girarme, veo a Darana, con el sombrero ladeado, los brazos cruzados sobre el pecho y una ceja levantada. No hay desprecio en sus ojos, sino una sorpresa enorme que intenta camuflar a marchas forzadas.

Sostengo su mirada sin arrugarme, con mi mejor sonrisa.

—De nada, Calloway —le suelto, regodeándome en mi pequeño triunfo—. La próxima vez que llames «chatarra de ciudad» a mis equipos, acuérdate de quién le ha devuelto la luz a tus preciados purasangres.

Darana parpadea, descolocada por mi descaro. Pero se recompone a la velocidad del rayo, tensando esa mandíbula tan perfecta que tiene.

—No te flipes, Bennet —me suelta, profunda y cortante—. Solo has arreglado lo que tu maldita tormenta ayudó a romper. No te voy a dar una medalla por hacer tu trabajo.

Ahí está la Calloway indomable. Qué mujer más insufrible y qué bien le sienta el uniforme de faena, maldita sea.

—Claro, claro —replico, dándole la espalda para recoger las herramientas con total parsimonia—. Sé que me estás dando las gracias con el pensamiento. No te obligues a decirlo en voz alta, no vaya a ser que te dé un síncope por ser educada.

Noto perfectamente cómo se le corta la respiración por la pulla.

—No te acostumbres, listilla —sentencia ella, dándose la vuelta con un movimiento brusco de cadera—. Esto no cambia absolutamente nada de lo que pasó. Nada.

Y se larga pisando fuerte sobre el barro.

—Madre mía… —Kira silba desde el camión—. Eso ha sido lo más parecido a una declaración de amor que vas a conseguir de esa loba. Casi te da las gracias y todo.

—No te emociones —le digo, imitando el tono autoritario de Darana —. Ya has oído a la jefa: no cambia nada.

Ethan se troncha de risa mientras echa las herramientas a la caja.

—Pues yo creo que le has roto los esquemas, Camila. Esa mujer mira a todo el mundo como si fuera tierra quemada, pero a ti te devora con los ojos.

No respondo. No quiero admitir, ni ante ellos ni ante mí misma, el vuelco que me ha dado el corazón.

—¿Camila? ¿Me echas una mano aquí dentro? —me grita Joanie desde el pasillo de los cobertizos.

—¡Voy!

Agradezco la interrupción porque necesito pensar en otra cosa que no sean los ojos miel de mi excuñada. Al entrar en las cuadras, el calor es sofocante, pero la luz artificial ya está calmando a los animales.

—Este purasangre está negro —dice Joanie, señalando a un alazán que no para de dar vueltas en su cubículo y de amagar coces—. Ayúdame a sujetarlo por el cabezal mientras le limpio este corte en la caña.

Me acerco al caballo con movimientos lentos, hablándole en ese tono bajo y firme que aprendí a usar cuando vivía aquí.

—Tranquilo, chiquitín… —susurro, dejando que huela mi mano—. Ya pasó lo peor. Quédate quieto, anda, que Joanie te va a dejar como nuevo.

Sujeto la brida con firmeza. El animal se tensa, y resopla con fuerza inundándome con su aliento cálido, pero decide confiar.

—Eso es, buen chico… —murmuro, dándole palmaditas rítmicas en el cuello—. Muy bien.

Joanie se agacha y limpia la herida. Mientras aplica el desinfectante, me lanza una mirada de soslayo.

—Pues no se te ha olvidado el truco —comenta con una sonrisa de lado—. Para llevar diez años fuera manejando satélites, sigues teniendo mano con los caballos.

—Hay cosas que se te quedan grabadas —respondo con un deje de nostalgia—. Por mucho que intentes enterrar el pasado, tengo este sitio en la piel

Ella asiente mientras le coloca la venda.

—Me alegro de que estés aquí. De verdad.

Seguimos coordinadas con los siguientes boxes, curando y revisando.

Pero la paz dura poco. Noto una corriente de aire y sé, antes de mirar, que Darana ha vuelto a entrar.

Viene con paso felino, fingiendo que inspecciona los pestillos de las puertas, pero sus ojos se desvían hacia nosotras.

Nuestras miradas se quedan enganchadas en un duelo silencioso, un pulso eléctrico que se salta las normas y que hace que el aire del establo pese una tonelada.

Joanie nos mira de una a otra con una sonrisita de lo más impertinente, pero se calla.

Menos mal.

—¿Todo en orden por aquí? —pregunta Darana.

—Casi listo —responde la veterinaria—. Camila me está salvando la vida, tiene a los caballos hipnotizados. ¿Querías algo?

Darana da un paso al frente, clavando sus ojos en mis manos, que siguen acariciando el lomo del alazán.

—Solo quería comprobar que no se hubiera quedado ningún cable haciendo masa —miente descaradamente—. No quiero más accidentes en mis cuadras.

—El sistema está perfecto, Calloway —le aseguro, plantándole cara—. Puedes tocar el box si quieres, no te va a dar un calambrazo. Bueno, al menos no de electricidad.

Darana aprieta los labios, captando la indirecta de lleno.

—No pensaba que te acordaras de cómo tratar a un purasangre —dice en voz baja, con un ramalazo de rencor que no puede ocultar—. Pensaba que lo tuyo eran solo las nubes y los ordenadores. Que habías borrado este lugar de tu mapa.

—Hay recuerdos que no se borran, aunque firmes un papel de divorcio, Darana —le lanzo—. Deberías saberlo.

El caballo se mueve, rompiendo el magnetismo, y Darana da un paso atrás.

—Asegúrate de cerrar bien al salir —contesta, dándose la vuelta para desaparecer por el pasillo.

Joanie suelta una carcajada limpia mientras guarda el material.

—Madre mía, qué peligro tenéis. Gracias por la ayuda, Camila. Anda, ve a descansar. Creo que parte de los chicos iban a ir a El Colibrí. Deberías aprovechar la oportunidad.

—Sí, creo que haré eso.

Al salir, me uno a los chicos.

—¿Nos tomamos un descanso? —pregunta Ethan apareciendo por detrás con una caja de llaves fijas.

—Sí. Voy a por las llaves de Viento.

Para mi suerte, encontraron mi joyita enganchado en el barrizal del sector sur, junto al riachuelo seco.

El cambio de tercio al llegar a El Colibrí es un regalo del cielo. La cafetería tiene el aire acondicionado a tope, un hilo musical relajante y huele a gloria bendita: a mantequilla tostada, café recién molido y azúcar glas. En la mesa del fondo divisamos a Kira, sentada junto a Lily y Christian.

—¡Por fin llega la salvadora del suministro eléctrico! —exclama Lily, levantándose para estrujarme en un abrazo de los suyos—. Estás hecha un cristo, tía, pero qué alegría verte.

—A mí también me alegra verte, Lily —digo riendo, sentándome con ganas.

—Camila, en serio. Gracias de corazón por lo que estás haciendo —añade Christian.

—¿Por qué? —pregunto, cogiendo un cruasán gigantesco.

—Por no lavarte las manos —dice Christian con seriedad—. Podrías haberte quedado esperando a que los electricistas de ciudad llegaran mañana, pero no ha sido así. Eso demuestra que te sigue importando este sitio.

Le doy un mordisco al cruasán y casi lloro del gusto. Está espectacular.

—Gracias, Christian… Aunque dudo que todo el mundo opine igual. Por aquí me siguen mirando como si fuera una prófuga de la justicia por lo de mi divorcio con Elijah.

Se hace un segundo de silencio en la mesa.

—Que les den dos duros a los cotillas —zanja Lily, dándole un sorbo a su café—. Lo que pasó es cosa vuestra. En paz descanse Elijah. Tú necesitabas otra vida y punto. Lo que cuenta es que hoy nos has salvado, y eso no lo puede negar nadie.

—Exacto —añade Christian—. Has demostrado lo que vales. Que hablen lo que quieran.

Kira asiente con la boca llena de hojaldre.

—Amén. Esta mujer es una jefa de primera.

Ethan levanta un dedo pringado de mermelada y asiente con fuerza, incapaz de articular palabra por el trozo de bollo que tiene encajado en los carrillos, lo que nos hace soltar una carcajada a todos.

Por primera vez en todo el día, la tensión de tener a Darana Calloway respirándome en la oreja desaparece.

Aquí, rodeada de café, bollos y caras amigas, el Outback vuelve a sentirse un poco como un hogar.

Una casa de la que me fui hace diez años buscando mi camino, pero que parece empeñada en retenerme.

Al salir de la cafetería, el sol ya está cayendo sobre el horizonte, tiñendo el cielo australiano de unos tonos violetas y rojizos espectaculares. El aire sigue pesado, pero se respira mejor.

—¿Damos una vuelta en el todoterreno para estirar las piernas antes de volver al campamento? —propone Ethan.

—Venga, va —apoya Kira—. Que si me tumbo ahora me quedo tiesa hasta mañana.

Miro de reojo hacia la carretera que lleva de vuelta a las cabañas. Pienso en la forma en que Darana me ha mirado en el cobertizo, en el reproche de sus palabras y en la vibración absurda que hay entre las dos cada vez que nos acercamos a menos de un metro.

—Sí —digo, subiéndome al asiento del copiloto—. Vamos a dar una vuelta.

El motor ruge y nos alejamos de El Colibrí. Intento concentrarme en el paisaje, pero sé que es inútil. La mirada de Darana se ha quedado grabada a fuego en mi cabeza, y tengo la clarísima e inquietante certeza de que los próximos días, van a ser de todo menos tranquilos.