Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 13
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Darana

Necesito cinco minutos. Solo cinco. Eso o que alguien me pegue un guantazo para tener una excusa y tumbarme. Pero solo necesito cinco minutos.

Es lo que me repito mentalmente mientras cruzo el patio trasero, esquivando cubos de metal, herramientas y a una horda de peones que van de un lado a otro con la urgencia metida en el cuerpo.

Birdsong Hills se mueve como un bicho herido que se niega a estirar la pata, y yo…

yo soy la pobrecita jefa que tiene que seguir soltando órdenes como la sargento de hierro que soy.

Aunque por dentro tenga ganas de ponerme a llorar.

Me pregunto cuánto tiempo más podré sostener este circo antes de que se me escape entre los dedos.

Pero hay momentos en los que una necesita respirar si no quiere cometer un homicidio. Y mi válvula de escape tiene orejas largas, cara de pocos amigos y un carácter que ríete tú del demonio de Tasmania.

—A ver… —murmuro, deslizando con cuidado el pestillo de madera del corral—. Menudo número montaste anoche con la tormenta, ¿eh, pedazo de sinvergüenza?

Angus levanta la cabeza de golpe en cuanto me ve.

El jodido burro me mira con esos ojos oscuros que brillan con una mezcla perfecta de inocencia y maldad.

Da un par de pasos sobre la paja, suelta un bufido y me planta el hocico húmedo directamente en la mano.

Sabe perfectamente que llevo contrabando en los bolsillos, el muy listo.

—De eso nada, monada —le riño, plantándole un dedo delante de las narices—. Primero van los mimos y luego los sobornos. Que ya te conoces el cuento y eres un interesado.

Me acerco despacio, saboreando estos segundos de paz que valen oro.

En cuanto lo tengo cerca, le rasco detrás de las orejas.

Angus se inclina hacia mí soltando un suspiro hondo, cerrando los ojos y dejando caer las orejas en señal de rendición.

Es un chantajista emocional con pezuñas, pero qué bien me viene.

Porque el calor de su pelaje áspero me ancla al suelo y me hace olvidar, aunque sea por un minuto, el Apocalipsis que tengo ahí fuera.

—Menos mal que Ricky te trajo antes de que te diera por merendarte los cables que tiró el viento —añado en un susurro—. Porque si no, hoy mismo te convertías en burro frito. Y no me mires así.

El animal resopla con fuerza, sacudiendo la cabeza como si me entendiera.

—Sí, sí, ahora hazte el santo —continúo, dándole un palmadita cariñosa en el cuello—. Como si no supiera que eres un peligro público con patas, Angus.

Saco un buen trozo de manzana verde del bolsillo y se lo ofrezco en la palma de la mano.

El tío lo atrapa con una rapidez de lagartija que me arranca una carcajada.

Sus dientes grandes me rozan la piel con cuidado, relamiéndose con el jugo.

Aquí dentro, sin nadie mirándome, puedo ser simplemente Darana.

Una mujer molida que busca un rincón donde esconderse en mitad del desastre.

—Oye, Angus… —susurro, y apoyo un segundo mi frente contra la suya—. Dime la verdad, aunque sea con un rebuzno. ¿Tú crees que voy a ser capaz de levantar este lugar otra vez? Porque de no ser así…

El pacto de silencio se va a tomar viento con el crujido estridente de la puerta.

—Vaya, vaya, jefa… —la voz guasona de Ricky entra enseguida—. Si yo tuviera la mitad de los mimos que se lleva ese burro orejudo, le clavaba los postes del perímetro en tiempo récord.

Me separo de Angus a la velocidad de la luz, como si me hubieran pillado robando en el supermercado. Me aclaro la garganta, me coloco el sombrero de un tirón y lo fulmino con la mirada antes de que el chaval pueda parpadear.

Sí, soy todo un encanto.

—Menos cháchara, Ricky —le espeto, dándome la vuelta con mi mejor cara de pocos amigos—. Y más darle al martillo, que las vallas no se van a levantar por arte de magia.

El chaval levanta los brazos en son de paz, pero la sonrisita de pillo no se la quita ni un temporal.

—Oído cocina. Pero las cosas como son: Angus tiene esta mañana mejor cara que todos nosotros juntos. ¿Quiere que le traiga algo?

—No, he dicho que te pongas a trabajar —le suelto—. Y dile a la cuadrilla que beban agua fresca cada veinte minutos. Con este calor que está saliendo tras la tormenta, lo último que necesito es que alguien se desmaye.

El chaval se aleja con tres postes al hombro como si nada, silbando una tonadilla australiana. Espero a que se aleje unos cuantos metros antes de señalar al burro con el dedo.

—Ni una palabra de esto a la científica, ¿está claro? Nada de haceros amigos.

Angus suelta un resoplido que suena a «paga con manzana y calla».

· · ·

Salgo del corral y la cruda realidad me arrea de nuevo. Las órdenes cruzan el aire como balas, salpicadas de alguna maldición cuando un martillazo va donde no debe.

Pero ahí está mi gente. Mi equipo. La patrulla de rescate de Birdsong Hills.

En la zona de los cobertizos principales, Maddie, supervisa cómo los chicos les colocan mantas secas a los caballos, que siguen algo asustados.

—¡Más despacio, que los vais a poner más nerviosos de lo que están! —les grita con autoridad—. Habladles con calma y acariciadles. Estos animales valen más que vuestros sueldos juntos, así que ojito.

Al otro lado del patio, Joyce cruza el barrizal, sosteniendo una bandeja gigantesca que desafía las leyes de la gravedad, repleta de pasteles de carne y tarros con té frío.

—¡Venga, todo el mundo a hincar el diente! —brama—. ¡Que con el estómago vacío no hay dios que levante una valla en este país! ¡Y no quiero ver a nadie escaqueándose, que os conozco!

Al fondo del pasillo central, un relincho agudo y dramático reclama mi atención inmediata. En cuanto Byron me ve asomar la cabeza por el portón, el jodido animal empieza a repicar los cascos contra el suelo.

—Ya voy, tranquilo, ya voy… —murmuro, acercándome a su recinto a toda prisa.

Byron me recibe bufando, sacudiendo su crin negra azabache con elegancia y dándome la espalda. El caballo aguanta el tipo dos segundos haciéndose el ofendido, pero termina cediendo, y estira el cuello hacia arriba con los ojos entrecerrados.

—Eres muy valiente, campeón. A ti no hay tormenta que te pare.

Byron resopla sobre mi hombro, empujándome un poco con el belfo húmedo, lo que en su idioma significa que me ha perdonado la vida. Si no fuera por mis animales, creo que ya me habría vuelto del todo loca esta mañana.

El olor a carne especiada y masa hojaldrada me hace rugir las tripas. Y por un segundo, entre el jaleo, pienso que saldremos de esta.

—Voy a tomar algo y vuelvo contigo. ¿Vale?

Camino hacia el centro del patio y entonces me quedo clavada en el sitio.

Subidos a una plataforma improvisada acoplada a la parte trasera de un camión, rodeados de cajas de herramientas y cables pelados, están Camila, Kira y Ethan.

Van cubiertos de grasa hasta las cejas, chorreando sudor y con el barro pegado a las botas, pero se mueven como si fueran un equipo de cirujanos.

Camila está medio metida en un panel de fusibles, con el ceño fruncido, el pelo recogido y unos churretes de grasa en la mejilla que, maldita sea, le quedan ridículamente bien.

Habla a toda pastilla mientras señala la pantalla de la tablet , Kira empalma un cable con unos alicates y Ethan la mira como si estuviera viendo a la reencarnación de Nikola Tesla en versión cowgirl.

—¡No, quieta ahí, Kira! —le grita Camila para hacerse oír sobre el ruido de un generador—. Ese terminal va al disyuntor secundario, no al principal. Ethan, pásame el multímetro.

—¡A la orden! —responde Ethan pasándole el aparato—. Oye, esto es una pasada. En mi vida he visto a una climatóloga meterle mano a un transformador rural con esa soltura.

Kira suelta una carcajada, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Una pasada no, Ethan, esto es un billete de ida al hospital. Pero si alguien es capaz de devolverle la corriente a este maldito lugar antes de que nos coma la oscuridad, esa es Bennet. ¿A que sí?

—Déjate de halagos, Kira —protesta Camila, aunque le sale una sonrisa de lado—. Aquí solo soy la pringada que intenta que no pasemos otra noche a la luz de las velas. Darana necesita el sistema de bombeo ya si no quiere que los animales se mueran de sed.

No debería mirarla. Pero es superior a mis fuerzas. La observo una y otra vez, desafiando a mis propios ojos a apartar la vista. Pero verla ahí arriba, peleándose con los cables para salvar mi suministro, me deja con un cosquilleo estúpido en el estómago.

—A ver si disimulas un poco, que se te va a caer la baba.

Me giro de golpe, y veo que Joanie está apoyada en la barandilla de madera. Lleva los guantes de látex colgados del bolsillo, una tirita en el cuello y esa mirada de lagarta que tiene siempre que quiere meter el dedo en la llaga.

—¿Ya has terminado de revisar a los terneros heridos? —pregunto, cruzándome de brazos a la defensiva.

—Todos desinfectados y con el antibiótico puesto —responde soltando un suspiro de cansancio—. Un par de cortes por las chapas que volaron, pero nada que no cure el tiempo. ¿Y tú qué? Tienes una cara de muerta que asustas, Calloway. Bueno, de muerta y de pasmada mirando a la plataforma.

Noto que las orejas me empiezan a arder y rezo para que el sol camufle el subidón de color.

—Tengo esta propiedad destrozada de arriba abajo, Joanie. No estoy pasmada, estoy calculando las horas de trabajo que nos quedan. No me sobra el tiempo para tonterías.

—Ya, claro, el inventario de daños… —se mofa ella, inclinándose hacia mí con una sonrisita de lo más impertinente—.

Llevo viéndote desde el porche, Darana. Tienes los ojos clavados en Bennet como si fuera el último vaso de agua del desierto.

Como sigas así, vas a terminar provocando otro cortocircuito.

Suelto una risa cortante, tirando de todo el orgullo Calloway que me queda en el cuerpo.

—Te estás columpiando tres pueblos, Joanie.

Lo único que hay entre esa mujer y yo es una cuenta pendiente que no se me va a olvidar en la vida.

Esa «científica», nos dejó a todos tirados hace diez años sin mirar atrás.

Le importó una mierda divorciarse de Elijah, y romperle el corazón en mil pedazos porque a la señora le entró la prisa por buscar otro tipo de vida fuera de aquí.

La detesto con ganas y lo único que quiero es que termine de poner sus malditos sensores climáticos y se largue de vuelta a su ciudad. Fin de la historia.

Joanie me clava esos ojos analíticos y, por supuesto, no se traga ni media palabra del discurso.

—Sí, sí, se nota muchísimo lo mucho que la detestas —suelta con un sarcasmo que me dan ganas de ahogarla en el abrevadero—. Por eso la otra noche casi mandas al hospital a ese tipo en el bar. Y por eso llevas diez minutos embobada. A otra con ese cuento de la enemistad, bonita.

Aprieto los dientes.

—Estaba defendiendo el honor de este lugar —replico.

—Claro, claro —me interrumpe Joanie, dándome una palmadita compasiva en el hombro—. El rencor os va a estallar en la cara a las dos antes de que acabe la semana. No es odio lo que os pasa, Calloway, y tú lo sabes mejor que nadie. Pero oye, sigue con el orgullo alto mientras saltan las chispas.

Miro hacia la plataforma del camión otra vez. En ese preciso instante, Camila se incorpora, se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano y se gira hacia el patio. Nuestros ojos se cruzan en el aire. Uno. Dos segundos. Aparto la vista de golpe, maldiciéndome internamente por haber mirado.

Joanie suelta un bufido divertido a mi lado, dándose la vuelta para volver con los animales.

—Madre mía, Darana… Estás jodida. Pero jodida de verdad.

—Que te den, Joanie —le suelto, aunque la procesión va por dentro.

Me quedo sola en mitad del patio. Angus asoma la cabeza por encima de la valla del corral, soltando un ronco rebuzno.

Le acaricio el hocico de forma automática, sin mirar a ningún punto fijo, sintiendo el corazón desbocado contra las costillas.

Qué desastre. Joanie es una bocazas, pero lo peor de todo es que el orgullo no me da para reconocer que tiene parte de razón.

Camila Bennet ha vuelto para volverme loca, y yo no tengo ni la menor idea de cómo defenderme de ella sin que volemos las dos por los aires.