Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 12 #2
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—Bert —intervengo yo, dando un paso adelante y ganándome una mirada fulminante de Darana, pero me da exactamente igual porque aquí la experta en riesgos soy yo—, organiza un grupo de tres hombres y revisad las vallas; si los postes se han descalzado, el ganado se puede dispersar.

El capataz me mira, luego mira a Darana buscando confirmación y, al ver que la jefa no me contradice, se quita el sombrero.

—Tiene sentido. Nos ponemos con ello ya mismo.

Darana sigue repartiendo tareas como si estuviera jugando al ajedrez, moviendo al personal con una eficacia envidiable. El ambiente en el salón es puro nervio y adrenalina.

En ese momento, la puerta de la oficina del ala oeste se abre de golpe y Ethan aparece en el salón, esquivando de milagro a un peón que sale cargado con botas de agua.

—¡Camila, por fin! —exclama, cruzando la estancia a zancadas hacia mí—. Los repetidores de la loma norte han aguantado de milagro con las baterías de respaldo y acaban de volcar esto. Tienes que verlo ya.

Me tiende la tablet . Al cogerla, casi lloro de la emoción: por fin un maldito aparato tecnológico limpio y funcional en mitad de este festival del lodo.

Le echo un vistazo rápido a los gráficos de barras y a las curvas de potencial atmosférico, y el estómago me da un vuelco.

Yo no he venido aquí a mirar cómo limpia el barro el personal; he venido a evitar que este sitio salte por los aires.

—Darana.

Mi voz corta el jaleo de los peones saliendo hacia los establos. Ella se gira despacio, arqueando una ceja con esa prepotencia que me saca de quicio.

—Dime, Bennet. ¿Qué pasa ahora? ¿Vas a decirme que va a llover ranas?

—Es algo más serio que tus sarcasmos, Calloway —contesto, mirándola fijamente.

Darana aprieta los labios, molesta por mi tono de advertencia, pero hace un gesto con la mano para que hable.

—Adelante. Suelta el parte, científica. Somos todo oídos.

Me coloco en el centro del salón, y carraspeo un poco. Todos los ojos se clavan en mí.

—Los sensores que instalé antes de que el granizo los machacara han registrado unos niveles que no son normales —empiezo, mientras deslizo los dedos por la pantalla—.

La carga electrostática acumulada en el subsuelo del rancho está un doscientos por cien por encima de la media estacional.

Esto no ha sido una tormenta de verano cualquiera; estamos ante un cambio de patrón meteorológico severo en la cuenca de Willow Creek.

Un murmullo de confusión recorre a los pocos vaqueros que quedan.

—A ver si nos aclaramos, doctora —gruñe Bert desde la puerta—. ¿Nos está diciendo que va a caer otro diluvio?

—Estoy diciendo que esto va a repetirse en los próximos días —suelto sin anestesia, mirando directamente a Darana—.

He cruzado las lecturas con el histórico de incendios de la región.

Este verano va a ser el más peligroso de la historia.

El suelo está tan cargado que cualquier tormenta seca posterior va a provocar rayos positivos, por no hablar de las tormentas lluviosas.

Y esos son los que causan los incendios instantáneos.

Si no tomamos medidas ya, vamos a sufrir graves consecuencias antes de que termine el mes.

Noto cómo a Darana se le tensa hasta el último músculo de la cara. Su orgullo. Su vida. Le acabo de soltar una bomba en mitad de su salón.

—¿Y qué propones exactamente, Bennet? —pregunta ella, dando un paso hacia mí. Su orgullo se está resistiendo a aceptar que le diga cómo cuidar sus tierras—. ¿Quieres que soplemos las nubes?

—Quiero acceso total y absoluto a todas las zonas —le replico, plantándole cara sin dar un paso atrás, mostrando los mapas térmicos en la pantalla—.

Libertad para cavar trincheras sensorizadas e instalar pararrayos de dispersión iónica en las zonas altas.

Y necesito que tus trabajadores me ayuden a transportar el equipo pesado.

No puedo salvar este lugar yo sola, Darana.

Necesito que dejes de verme como la enemiga y confíes en mis datos.

El silencio que se instala en la estancia es de los que hacen época. Darana me sostiene la mirada, con los ojos echando chispas, sopesando si mandarme a paseo o morderse la lengua por el bien de su negocio. Al final, el sentido común gana la partida, aunque sé que le está costando la misma vida.

—Lo tendrás —sentencia, dándose la vuelta hacia el capataz—. Bert, que nadie le ponga una sola pega a lo que pida. Ricky, en cuanto dejes a Angus a buen recaudo, te pones a sus órdenes.

Esas palabras caen como un yunque en el salón. Trabajar juntas. Lo que nos faltaba. El salón empieza a vaciarse a toda prisa y nos quedamos las dos solas en mitad de la estancia, rodeadas de barro y con una tensión que se puede cortar con un cuchillo.

—Gracias —murmuro, acercándome un par de pasos mientras recojo mis cosas—. Sé que darme el control de ciertas zonas no te hace ninguna gracia. Pero no tienes por qué llevar tú sola todo el peso del desastre.

Darana me mira de arriba abajo, entornando esos ojos miel que me traen de cabeza, y se cruza de brazos con una sonrisa de suficiencia.

—No te equivoques, Bennet. Te doy el acceso porque los datos son tuyos, pero este sitio sigue siendo mío —me suelta con esa chulería tan insoportable—.

Hablaremos de los detalles técnicos esta noche, cuando hayamos encauzado lo urgente.

Tenemos muchas cosas que poner sobre la mesa… y no hablo solo de las nubes.

Me muerdo el interior de la mejilla, sintiendo que el pulso se me desboca otra vez al recordar el dichoso pajar. Qué mujer más insufrible.

—Cuando quieras, Calloway. Prepárate el café fuerte, porque mis informes no tendrán desperdicio.