Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 12
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Camila

Un rugido me despierta de golpe. Y no, no es un maldito trueno. Tampoco es el viento del demonio arrastrándose por el tejado. Es algo mucho más mundano, terrenal y molesto. Los motores constantes de los tractores.

Tardo exactamente dos segundos en ubicarme, aunque mi cerebro va a pedales.

El olor dulzón y rústico a paja impregna mi alrededor, además de una presión endiabladamente reconfortante justo a mi costado, que me devuelven a la realidad de un bofetón.

Además de traer consigo una chispa que enciende de nuevo mi cerebro.

Darana está tan pegada a mi cuerpo que puedo contarle las pestañas.

La luz del amanecer de este bendito rincón de Australia se filtra tímida entre las rendijas de madera del pajar, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flota en el aire.

Por un segundo absurdo, idílico y totalmente fuera de lugar, todo parece en una calma perfecta.

Hasta que me acuerdo del maldito sueño de hace un rato.

¿Follármela salvajemente sobre el forraje?

Dios santo, mis hormonas deben de estar revolucionadas.

Miro de reojo su boca y trago saliva, deseando que la tierra me trague.

Hasta que el mundo real decide dinamitar el momento.

—¡Jefa! —la voz de Bert, atraviesa el aire—. ¡Jefa, si me escucha, responda, por favor! ¿Está ahí arriba?

Maldición. Lo que me faltaba para completar el cuadro.

Darana se incorpora de golpe, como si le hubiera picado un bicho en el culo.

La manta de lana se desliza por su espalda y el fresco de la mañana nos atraviesa la piel.

Nuestras miradas se cruzan en el aire. Un instante.

Un solo segundo donde se concentra toda la tensión que acumulamos desde que pisé este rancho.

—Tenemos que… —empieza ella.

—Sí, ya lo sé —la corto, moviéndome a toda prisa—. No podemos quedarnos aquí haciendo el tonto. Muévete.

La realidad vuelve rápido. Nos separamos con una brusquedad casi cómica, cada una para un lado del altillo.

Mandamos la manta a paseo mientras buscamos nuestras camisas que, para mayor disfrute de la mañana, siguen algo húmedas.

Me pongo la mía a toda prisa, maldiciendo entre dientes al sentir el tejido helado contra mis pechos.

Es incómodo de cojones. Y cuando veo las manchas y lo arrugada que está…

«Dios mío, si un rayo no me fulmina hoy, lo va a hacer un ataque de ansiedad».

Darana se viste, dándome la espalda. Yo tampoco le sostengo la vista. Bastante tengo con procesar el subidón como para encima querer averiguar qué pasa por la cabecita de Calloway.

—Rápido —murmura ella, más para convencerse a sí misma que a mí, mientras se pelea con los botones.

Nos movemos con torpeza, como dos adolescentes a las que acaban de pillar.

En cuanto Darana abre la trampilla y baja las escaleras, sufre una metamorfosis digna de estudio.

Pisa el suelo, pone la espalda recta y esa máscara de dueña implacable bien encajada en la cara.

Ya vuelve a ser Darana Calloway, la reina de Birdsong Hills.

La que no se tambalea por nada ni por nadie.

Yo bajo justo detrás. La puerta doble del cobertizo se abre de par en par con un estruendo. Y seguidamente, Bert entra como un miura, cubierto de barro hasta las cejas, con el sombrero hecho un cristo y una cara de preocupación que asusta.

—¡Jefa! —exclama el hombre, soltando un suspiro de alivio—. Menos mal que están vivas. Llevamos buscando el coche desde que clareó.

Darana se sacude un par de briznas de paja del pantalón, como si no hubiera pasado la noche tiritando pegada a mi cuerpo.

—Hace falta algo más que cuatro piedras de granizo para mandarme a paseo, Bert —le espeta—. Asegurad los cobertizos de este sector y revisad que las vigas no estén en peligro. Nosotras nos largamos a la casa principal ahora mismo.

El capataz asiente, quitándose el sombrero.

—Sí, jefa. Pero… ¿está segura de ir a pie? El camino de acceso está horrible.

—Sé perfectamente cómo está mi terreno, Bert. Podemos ir en el tractor, pero luego seguiremos a pie. Necesito que te ocupes de esto.

Los ojos del viejo pasan de Darana a mí.

Se queda mirándonos un segundo más de la cuenta, entornando los ojos como si el olfato de rastreador le dijera que en ese pajar ha habido más tensión que en una central eléctrica.

Pero, por el bien de su puesto de trabajo, se calla.

Estupendo. No estoy para dar explicaciones de por qué tengo cara de haber dormido en un camión de mudanzas.

Salimos al exterior y el panorama es para echarse a llorar.

Parte de la extensión está irreconocible.

Los caminos principales han desaparecido bajo una capa asquerosa y espesa de lodo rojizo que se traga las botas.

Algunas de las vallas que tanto orgullo le daban a Darana están caídas o rotas.

Hay eucaliptos destrozados y el poste de luz principal está partido en dos perfectas mitades, con los cables desparramados por el suelo.

—Madre mía —digo, pisando con cuidado para no hundirme mientras avanzamos hacia el tractor—. El viento ha debido de superar los cien kilómetros por hora para arrancar esos troncos. Esto es un desastre.

—Tengo ojos en la cara, Bennet —me suelta, manteniendo la barbilla alta—. Sé perfectamente lo que tengo que hacer. No necesito un informe de daños en este momento.

Subimos a la cabina del tractor grande con Bert.

El motor arranca con un rugido ensordecedor que, por suerte, entierra el silencio incómodo que se había instalado entre nosotras.

Me pego a la ventanilla, mirando al frente, pero es imposible ignorar la escabechina.

El tractor avanza a trompicones y, a cada bache, mi hombro choca contra el de Darana, provocándome un cosquilleo en el estómago que me recuerda el dichoso sueño. ¡Maldito subconsciente!

Hasta que el tractor corona el final del camino y llegamos a la joya de la corona.

La plantación. O bueno, lo que queda de él. El mar de colores que ayer ondulaba con el viento ahora es en su mayoría, un manto de fango, agua estancada y tallos triturados por el granizo.

A Darana se le desencaja la mandíbula. Noto cómo se le tensa la espalda y sé que esta imagen le está doliendo más que si le hubieran pegado un tiro. Los geranios eran su vida.

Ver la plantación y parte del techado así me revuelve el estómago, porque en mi mente todavía está grabado la última vez que vine por aquí antes de marcharme, cuando las semillas empezaban a creer por primera vez y nosotras nos tirábamos aquí hablando durante horas, completamente ajenas al mundo exterior.

Fue justo aquí, rodeadas de ese olor dulce, donde Darana me juró que haría algo grande en la vida.

Pero después me fui, y con ello, llegaron otras muchas consecuencias.

—Lo siento —murmuro y pongo, sin pensar, una mano en su antebrazo. Es un impulso tonto, pero en cuanto se pone rígida, la retiro de inmediato—. Sé el trabajo que te costó sacar todo esto adelante.

Pensar que con el clima de aquí consiguió una gran plantación, es casi un milagro.

Ella me mira de reojo.

—No es tu culpa —responde, y su voz suena extrañamente triste, desprovista de su agresividad habitual.

Bert interviene desde el volante, metiendo una marcha más larga:

—Jefa, Ricky me ha dado el aviso por la radio. El granizo ha hecho un colador con el techo del almacén de grano. Y los caballos están que se suben por las paredes en el cobertizo dos. Maddie está intentando controlarlos, pero dice que están intratables.

—Entendido. En cuanto pisemos el porche organizamos el zafarrancho de combate —contesta Darana, recuperando el control de la situación con una rapidez pasmosa.

El trayecto hasta la casa principal se me hace largo a pesar de que no lo es tanto. El tractor patina, bota y maniobra entre el lodazal, y yo solo puedo pensar en que tengo que ponerme a trabajar ya si no quiero volverme loca.

En cuanto el vehículo frena frente a la entrada principal, Darana baja de un salto.

El salón de la casa se llena en un visto y no visto. Los trabajadores entran dejando un rastro de huellas de barro que no parece importarle a nadie. Hay caras largas, ropa sucia y muchas ganas de saber por dónde empezar a limpiar. Darana se planta en el centro, se cruza de brazos y toma la palabra.

—A ver, escuchadme todos —resuena su voz—.

La situación está fastidiada, no os voy a mentir.

Los caminos están cortados por culpa de la lluvia, así que olvidaos de recibir suministros o camiones en los próximos tres días.

No tenemos línea eléctrica en el cien por cien de la extensión y los generadores de emergencia solo dan para la refrigeración básica.

Un murmullo de preocupación corre entre la gente.

—Tenemos menos de siete días para poner esto en orden antes de que lleguen los siguientes tours turísticos. Sino, se nos va a empezar a joder la temporada. Y Birdsong Hills no va a decaer por una noche de lluvia, ¿ha quedado claro? —continúa, clavándoles la mirada uno a uno—. Así que, a trabajar.

El personal se prepara y no tarda mucho en empezar. Esta mujer tiene un magnetismo que, muy a mi pesar, resulta fastidiosamente atractivo.

Esperad. ¿He dicho yo eso?

—Maddie —ordena Darana, girándose hacia ella—. Te quiero fija en los cobertizos. Lo último que necesito es que un animal se rompa una pata contra los comederos. Trabaja con Joanie en cuanto llegue y poned en preaviso a los que tenían alguna reserva para estos días.

Maddie asiente muy seria, dejando de lado sus chistes habituales.

—Entendido. Pero pásate luego, seguro que les vendrá muy bien.

—Voy en cuanto acabe aquí —le asegura Darana —. Ricky, coge el quad que tenga más agarre y vete a buscar a Angus. Lo dejamos allí encerrado antes de la tormenta y como le dé por embestir los postes, no me quiero ni imaginar qué pasara. Mucho ojo con las zanjas.