11
Camila
El calor me abrasa la piel antes de que consiga abrir los ojos.
No es el bochorno pegajoso del verano austral, sino un fuego espeso, un magnetismo salvaje que me tira de las entrañas y me arrastra a la superficie de la consciencia.
O de lo que sea esto. El zumbido ensordecedor del granizo contra el techo del cobertizo se ha transformado en un eco lejano, rítmico, que acompasa el latido desbocado de mi propio corazón.
Huelo a eucalipto, a tierra mojada y a ese forraje dulce, rústico, que se te mete por la nariz y te nubla el juicio.
Estoy en el pajar. Más concretamente, en lo alto del altillo.
La penumbra es absoluta, rota únicamente por los destellos intermitentes de unos relámpagos mudos que tiñen la paja de un color azulado y fantasmal.
No me puedo mover. No quiero moverme. Tengo el cuerpo encendido, vibrando a una frecuencia que desconozco, como si la tormenta eléctrica de ahí fuera se me hubiera metido directamente bajo la piel.
Darana me observa, justo encima de mí, devorándome con esos ojos miel que en este instante no tienen ni rastro de la altanería vaquera con la que me ha estado fustigando durante el día.
Están oscuros, preñados de una lujuria que yo también siento y que me hace jadear sin que sus manos me hayan tocado todavía.
Está de rodillas, a horcajadas sobre mis muslos, y su silueta recortada contra los destellos del cielo parece la de una deidad dispuesta a cobrarse todas mis deudas pendientes.
No lleva la camisa. No lleva el sombrero.
Su piel trigueña brilla, y el pelo rubio y alborotado, le cae sobre los hombros en unas hondas rebeldes provocadas por la trenza que se pegan a su cuello.
La visión es tan potente, tan sumamente erótica, que se me corta la respiración.
El deseo me da un latigazo en el vientre, un tirón húmedo y caliente que me hace mover la cadera de forma instintiva, buscando su contacto.
Ella sonríe. Es una sonrisa canalla, mi total perdición. Es la sonrisa de la Darana que me ha sacado de quicio más de una vez, pero multiplicada por un hambre que ni siquiera yo sabía que sentía.
—¿Me estás buscando? —murmura, en un ronroneo bajo, una vibración que me acaricia el cuello y me eriza hasta el último vello del cuerpo.
No me hace falta decir nada, porque mi propio cuerpo está gritando por ella.
Le hundo las manos en la cintura, agarrando sus caderas con una urgencia que raya en la desesperación.
Mi piel arde al contacto con la suya. El contraste es brutal: yo estoy temblando por la expectación y ella es fuego purificador.
La arrastro hacia abajo, obligándola a romper la distancia, queriendo sentir el peso de su cuerpo aplastando el mío contra el forraje que cruje bajo nosotras.
Darana se deja caer, con una fuerza posesiva que me arranca un gemido de los labios. Sus manos, ahora calientes, se entierran en mi pelo, sujetándome la cabeza contra la paja. Me obliga a mirarla, a sostenerle esa mirada felina y peligrosa mientras baja la boca hacia la mía.
Nos devoramos, como si quisiéramos arrancarnos los secretos que nos hemos callado todo este tiempo. Secretos que yo ignoraba hasta el momento.
O creía ignorar.
Darana me muerde el labio inferior, tirando con algo de fuerza, arrancándome un gemido cargado de placer.
Su lengua invade mi boca, reclamando el territorio con una prepotencia que me vuelve loca, y yo le respondo con la misma intensidad, enredándome en ella, saboreando el gusto embriagador de su piel.
El calor en el pajar se vuelve insoportable. Las mantas que nos rodeaban han desaparecido, dejándonos expuestas a la negrura y al roce áspero del forraje que se me clava en la espalda y en los muslos, picando de una manera endiabladamente placentera.
«Dios, nunca pensé que…»
Darana rompe el beso de golpe, dejando un hilo de saliva que brilla en la penumbra, y de repente, sus labios van dejando un rastro de fuego por mi garganta, mordiendo la línea de mi clavícula, lamiendo la piel sensible que late con fuerza donde se junta el cuello con mi hombro.
Mis manos bajan por su espalda, recorriendo la curva perfecta de su columna, arañando la piel de sus omóplatos mientras me retuerzo bajo ella.
Siento sus pechos firmes y duros, rozando los míos a cada movimiento.
El contacto de nuestros pezones al rozarse, me provoca una descarga eléctrica que baja directamente a mi sexo.
Estoy empapada. Lo sé, lo noto, el deseo que siento por esta mujer me empapa entre los muslos, como un manantial caliente que suplica porque alguien se zambulla en él.
—Darana… —gimo, arqueando la espalda, entregándole mi cuerpo por completo mientras ella baja aún más, buscando mis pechos con una avidez que me hace perder el sentido.
Atrapa uno de mis pezones entre sus labios, succionándolo mientras me arranca un grito que se pierde en las vigas del techo.
Lo muerde con suavidad, juguetea con la punta de la lengua hasta dejarlo duro como una roca, mientras su mano baja por mi vientre, acariciando la piel que se contrae con violencia a su paso.
Su tacto es dinamita pura, joder. Igual de atrayente que el peligro de las tormentas.
Darana sigue bajando, hasta que sus dedos encuentran mi intimidad.
Cuando sus dedos rompen la barrera y se hunden en mi humedad, juro que el mundo se detiene.
—Coño, estás ardiendo Camila —susurra contra mi piel, y noto el roce de su aliento caliente justo antes de introducir los dedos en mi interior.
El impacto me hace perder la cabeza. Suelto un gemido agudo, hundiendo las uñas en sus hombros mientras ella empieza a moverse dentro de mí.
Sus dedos conocen a la perfección el camino; entran y salen con un ritmo implacable, duro, salvaje, buscando el ángulo exacto que me hace trepar por las paredes.
El roce de sus dedos me llena por completo, pero al mismo tiempo genera un vacío insoportable que me hace exigir más, mucho más.
Porque esto no me basta. De repente, Darana Calloway se ha convertido en una droga que no sabía necesitar.
Me retuerzo sobre la paja, con las caderas siguiendo el vaivén salvaje de su mano.
Darana usa el pulgar con una maestría perversa, presionando y moviéndose en círculos sobre mi clítoris, haciendo que cada embestida de sus dedos dentro de mí se convierta en una tortura deliciosa.
Estoy a punto de estallar, lo noto en la tensión de mis muslos, en la forma en que mis dedos se clavan contra el forraje, destrozando las briznas de hierba mientras busco desesperadamente el clímax.
—Mírame —me ordena ella—. Mírame cuando te corras.
Abro los ojos a duras penas, con la vista nublada por el placer acumulado.
La luz de un relámpago ilumina el pajar durante tres segundos, y me fijo en su gesto concentrado, en sus labios entreabiertos, y esa mirada que ahora mismo me posee.
Es una visión tan potente, que el suelo cede bajo mis pies.
El orgasmo me golpea. Mis músculos se contraen con fuerza alrededor de sus dedos, atrapándolos en una serie de espasmos que me hacen gritar su nombre.
Me sacudo entera, con el cuerpo arqueado, suspendida en un limbo de placer que me inunda las entrañas.
Darana no se detiene; se queda ahí, empujando con fuerza, saboreando el momento, hundiéndose más en mi clímax hasta que me deja completamente temblando y jadeando sobre este colchón improvisado.
Respiro como si acabara de salvarme de morir ahogada, con el pecho subiendo y bajando a mil revoluciones.
Darana se inclina sobre mí y me besa de nuevo, como si no hubiera tenido suficiente.
Y me doy cuenta, por la tensión de su cuerpo, la forma en que su propia intimidad busca el roce con mi muslo.
Darana se gira, tumbándose de espaldas sobre el forraje y arrastrándome consigo con un tirón de muñecas.
Ahora soy yo la que queda encima, a horcajadas sobre su cuerpo.
Sus piernas se abren para mí, invitándome a entrar en ese santuario de carne y deseo.
La miro desde arriba, con el pelo cayéndome sobre la cara y la respiración entrecortada. Siento su humedad rozando la mía, un contacto delirante que solo tiene sentido en este universo donde las leyes de la física se han ido a tomar por saco.
—No pienso dejar que te vayas de aquí sin sentirme, Calloway —le advierto, con una sonrisa descarada.
No espero a que me diga nada. Me deslizo hacia abajo, hundiéndome entre sus piernas sin contemplaciones.
Le abro los muslos, enterrando mis manos en la carne firme de sus nalgas para elevar su cintura hacia mí.
Darana suelta un bufido de sorpresa que se transforma en un gemido en cuanto mi lengua encuentra su clítoris.
Dios, está deliciosa. Sabe a campo, y a una deliciosa tormenta.
La devoro con una avidez salvaje, imitando la urgencia con la que ella me ha tratado antes.
Mi lengua se mueve en círculos concéntricos, rápidos, eléctricos, mientras meto dos dedos en su interior, buscando el fondo de su sexo.
Enseguida, los músculos de Darana se y empieza a golpear sus caderas contra mi boca, suplicando por ese clímax que la tiene al borde del abismo.
—¡Camila… más, por favor! —grita, perdiendo por completo los papeles, perdiendo esa pose de dueña indestructible—. ¡Maldita sea, no pares!
Aumento la velocidad de mis dedos, entrando y saliendo con una violencia rítmica. Mi lengua no le da tregua, succionando su clítoris. Sus manos me agarran el pelo con desesperación, tirando de mí hacia su entrepierna, enterrando mi rostro en su intimidad húmeda y caliente.
Darana se estira entera, con las piernas rígidas, mientras un relámpago brutal vuelve a teñir la estancia de azul.
—¡Me corro, Camila… me voy! —grita de golpe.
Su orgasmo llega como una riada salvaje que inunda mis dedos de un flujo ardiente. Darana se arquea y lanza un grito que se disuelve en el estruendo de la tormenta exterior.
Me quedo ahí abajo unos segundos, saboreando el final de su tormenta, dejando que se relaje antes de subir y tumbarme a su lado.
El calor que desprendemos es capaz de derretir cualquier cosa a nuestro alrededor. Darana me pega a su pecho, y yo hundo la cara en su cuello, escuchando el latido desbocado de su corazón que poco a poco va buscando la calma.
Nos hemos vaciado, unidas por un lazo invisible que hasta el momento no había visto.
Su mano me acaricia la espalda con parsimonia y, de repente, todo empieza a transformarse.
La negrura vuelve a reclamar el altillo y la sensación en mi piel se desvanece lentamente, dejándome con el sabor de sus labios marcado a fuego en la memoria antes de despertar.