Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 10 #2
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—No te muevas —le ordeno a Camila—. Ya sabes que los caballos se vuelven peligrosos si huelen el miedo.

—¡Y qué hago! —me grita ella, plantándose a mi lado en lugar de quedarse escondida como haría cualquier que ahora tenga sangre de urbanita—. ¡No me voy a quedar aquí cruzada de brazos mientras tus animales destrozan las cuadras!

La miro entre las sombras, impresionada a mi pesar. Está hecha un cuadro, pero es un cuadro fantástico.

—¡Ve hacia el fondo y asegura el pasador! —le indico, señalando hacia la penumbra—. ¡Y mantente bien lejos de sus patas traseras, que tienen muy malas pulgas!

Camila asiente sin rechistar y sale pitando, moviéndose con una soltura que demuestra que, por mucho que se marchara a estudiar mapas y borrascas, este lugar se le quedó grabado a fuego en la memoria.

Trabajamos a contrarreloj, compenetradas como si hubiéramos hecho esto ayer mismo.

Yo me encargo de calmar a los más jóvenes, mientras ella va cerrando portones y asegurando los pestillos que el viento hace bailar.

—¡Darana! —me avisa de golpe, señalando el pasillo central—. ¡Angus se ha escapado de su parcela y viene hacia aquí!

Grita a lo Johanna en Los Juegos del Hambre. «Maldito burro mimado».

Me giro a toda prisa. Efectivamente, Angus está trotando hacia nosotras, bufando y amenazando con armar un estropicio de los gordos si se mete en la zona de los caballos. Ni siquiera sabía que estaba por aquí.

—¡Ni se te ocurra, Angus! —le planto cara, abriendo los brazos para cerrarle el paso.

Camila aparece a mi lado, colocándose hombro con hombro conmigo, imitando mi postura.

—A la de tres, le cortamos el paso hacia el pasadizo lateral —me propone Camila, con la respiración entrecortada—. ¡Una, dos y tres!

Haciendo piña, pegando nuestros hombros mojados y conseguimos reconducir al animal hacia la zona segura del establo antes de que cause una desgracia. Camila le echa el cerrojo a la puerta y se apoya contra los maderos, resoplando con ganas.

—Buen trabajo, científica —le reconozco, intentando recuperar el aire mientras me limpio el agua de la cara.

—Tú tampoco lo has hecho mal, Calloway —me devuelve el cumplido—. Al final va a resultar que formamos un equipo decente cuando dejamos de ladrarnos por las esquinas.

El granizo sigue machacando el tejado y el frío empieza a colarse por los tablones del edificio, haciéndome tiritar sin control.

—Aquí no nos podemos quedar —sentencio, frotándome los brazos empapados—. Vamos a pillar una pulmonía.

—¿Y a dónde quieres que vayamos? —pregunta ella—. Cruzar todo el terreno hasta la casa principal es un suicidio.

—Podemos subir al pajar —le sugiero, señalando la trampilla de madera con la escala de mano que sube hacia el piso superior—. La paja guarda el calor y estaremos a salvo hasta que Bert o alguno de los chicos pueda venir a buscarnos. Sube tú primero.

Camila no lo duda dos veces. Agarra los peldaños de madera y sube por la escala, perdiéndose en el piso superior. Yo voy justo detrás, arrastrando mis botas pesadas y cerrando la trampilla de madera tras de mí.

Y de repente… el mundo exterior desaparece por completo.

El estruendo de la lluvia se vuelve un murmullo sordo y lejano gracias al aislamiento que tenemos aquí arriba.

—Qué frío… —murmuro, buscando a tientas en el rincón hasta que mis manos topan con algo. Y entonces, sonrío de oreja a oreja—. Mira, aquí hay un par de mantas secas que guardamos para los partos de invierno. Menos mal.

Me acerco a ella, que está de pie en mitad del pajar, temblando y con la camisa pegada al cuerpo, marcando todo lo que tiene que marcar. La miro fijamente y trago saliva.

—Quítate eso —le digo sin rodeos—. Si te quedas con la ropa mojada, te vas a quedar pajarito antes de que termine la tormenta.

—¿Perdona? ¿También pretendes darme ordenes aquí?

—¡No te estoy dando órdenes por capricho, Bennet! —le replico con un bufido de impaciencia—. O nos quitamos la ropa mojada y nos envolvemos juntas en estas mantas, o mañana Bert nos va a encontrar tiesas. Así que déjate de remilgos y haz el favor de cooperar.

Camila me sostiene la mirada un segundo eterno, calibrando si lo digo en serio o es una estrategia barata de las mías. Al final, viendo que los dientes le castañetean de mala manera, cede. Se desabotona la camisa, y yo hago exactamente lo mismo con la mía.

Nos envolvemos en las mantas de lana a la de tres, metiéndonos en el estrecho hueco que forman las alpacas de paja para guarecernos del aire que se cuela por las rendijas. No hay espacio para las distancias. No hay sitio para el orgullo.

La tengo tan cerca que noto el calor de su pecho.

—Darana … yo… —murmura.

Aprieto los dientes, intentando que el pulso no me traicione, pero la curiosidad y el rencor que llevo guardados desde que regresó hace que no pueda evitar hablar.

—¿Por qué te marchaste de esa manera? —le pregunto antes de que mi orgullo pueda ponerme un bozal—. ¿Por qué cogiste las maletas un buen día y dejaste tirado a Elijah, y te largaste sin decir ni una cochina palabra a nadie del pueblo? Podríamos haberlo hablado.

Camila baja la mirada un segundo, asimilando el golpe de mis palabras, y noto cómo sus dedos tiemblan bajo la tela de la manta.

—Porque no tenía otra opción. Y porque no era feliz —responde, y levanta la cabeza para mirarme—.

Todo el mundo en el pueblo esperaba que me quedara, que fuera la mujer perfecta de Elijah, que siguiera el guion que otros habían escrito para mí.

Nadie entendía que yo necesitaba estudiar y salir de este entorno, cumplir mis sueños.

Descubrir qué había más allá. Y después del… incidente. Lo vi muy claro.

En sus ojos veo algo más, pero ella se queda en silencio.

—Podrías habérmelo dicho a mí, al menos —le recrimino—. Nos pasábamos los días enteros recorriendo estos campos a caballo… Pensaba que éramos uña y carne, que confiabas en mí más que en nadie. Y la forma en la que te fuiste… me dolió en el alma, Bennet.

Espero una respuesta de su parte. Uno de esos tantos discursos que siempre me hacían sonreír a pesar de lo pesada que era. Pero Camila no dice nada, solo se encoge de hombros y aprieta los labios a la vez que se escucha otro trueno.

—Qué más da lo que pasara. El pasado ya no puede cambiarse.