Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 10
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Darana

El cielo se rompe sobre nuestras cabezas en el mismo instante en que le pego un portazo a Viento.

El estruendo es tan brutal que me vibra hasta el apellido.

Las gotas impactan contra la carrocería de metal como si desde arriba nos estuvieran tirando puñados de cascotes, y en menos de tres segundos el parabrisas se convierte en una cortina opaca y lechosa de agua.

—¡Arranca ya, Bennet! —le grito, pegando un bote en el asiento.

—¡Que ya voy, no me metas prisa! —me ruge la sabelotodo mientras gira la llave. El motor diésel responde con un rugido que suena a gloria.

Camila pisa el acelerador dispuesta a sacarnos del barrizal en el que se está convirtiendo el campo, pero las ruedas traseras patinan con ganas, levantando una costra de fango que golpea los bajos con un ruido espantoso.

—¡Más despacio, por favor! —le indico, mientras señalo la nada a través del cristal—. Si le metes ese pisotón al pedal, perderemos la tracción y nos quedaremos aquí a vivir.

Camila levanta un poco el pie, buscando el agarre. El agua corre por las roderas formando un río salvaje que arrastra piedras, ramas y mis últimas pizcas de paciencia.

—¿Ves esa línea de eucaliptos a la derecha? —pregunta Camila, pegando la nariz al cristal como una niña chica en una tienda de caramelos—. Bueno, no se ve un pimiento, pero intuimos que está ahí.

—Apenas distingo el capó del coche, Bennet, como para ver árboles —le suelto, entrecerrando los ojos, agarrada al asa del salpicadero como si me fuera la vida en ello.

Un relámpago colosal, de esos que te dejan los ojos haciendo chiribitas, ilumina el interior del habitáculo.

Durante una fracción de segundo, la veo de reojo: tiene la cara empapada, el pelo oscuro pegado a las sienes y una expresión tan endemoniadamente concentrada que hasta me parece que está guapísima.

«Cállate ya, Calloway. Vuelve en ti». Y vaya que si lo hago, porque estamos a punto de estamparnos contra… lo que sea.

—¡Gira a la derecha! —le chillo, perdiendo los papeles por completo—. ¡A la derecha, que te metes en la zanja!

Camila pega un volantazo brusco. Demasiado brusco. Y al segundo, las ruedas pierden la tracción.

El coche se desliza de lado con una elegancia que no pega nada con la situación, el lodo cede y sentimos un impacto seco y deprimente cuando la rueda trasera derecha cae al fondo de una zanja oculta por el diluvio.

El motor ruge como un león herido, las ruedas giran a mil revoluciones, pero el vehículo no se mueve ni un cochino milímetro hacia delante. Estamos atascadas.

—No, no, no... ¡Maldita sea! —murmuro, viendo cómo intenta meter primera y marcha atrás alternativamente para ver si balancea el coche. Pero no pasa nada—. Para. Deja de quemar el embrague —le ordeno.

—¡No pienso rendirme a las primeras de cambio, Calloway! ¡Que este coche ha salido de tormentas peores!

—¡Bennet, frena!

Mi grito la deja helada y Camila suelta los pedales de golpe. El silencio que se instala dentro del coche es casi fantasmagórico, roto solo por el tamborileo ensordecedor del granizo y el viento que azota la chapa exterior.

—Estamos atascadas —sentencia ella con los brazos cruzados sobre el volante.

—Gracias por el informe de situación, doña obviedad —le devuelvo y la fulmino con la mirada.

Camila no entra al trapo. Resopla, suelta el volante, saca su tablet digital de la guantera y empieza a aporrear la pantalla.

Yo, que soy mujer de campo y de acción, decido recurrir a la tecnología rústica.

Desengancho el walkie-talkie de mi cinturón —porque los teléfonos no servirán de nada—, aprieto el botón lateral y me lo pego a la boca.

—¡Bert! ¿Me recibes? —grito por encima del jaleo exterior—. ¡Bert, contesta! Estamos atrapadas en la loma del campo. El camino se ha venido abajo y el coche no tiene tracción. Necesitamos que traigas el tractor grande para sacarnos. ¡Bert!

Aprieto el botón esperando la voz ronca de mi capataz, pero en lugar de eso, el altavoz del aparato escupe un chasquido agudo, seguido de un ruido ensordecedor que cruje sincronizado con los relámpagos del exterior.

—¡Mierda de cacharro! —gruño, dándole un par de golpecitos cariñosos contra la palma de la mano para ver si resucita.

—Es la actividad eléctrica de la tormenta, Calloway. Olvídate de comunicarte por radio —me dice Camila sin levantar la vista de sus mapas—. La ionización de la atmósfera baja está interfiriendo en todas las frecuencias UHF. Guarda eso antes de que te pegue un calambre.

Frustrada, tiro el aparato sobre el asiento. Me cruzo de brazos y me apoyo contra la ventanilla del copiloto, pegando la frente al cristal para otear el desastre exterior y ver si distingo los tejados del rancho principal. Todo mientras apoyo la mano en el marco interior de la puerta.

—¡No toques eso! —me grita Camila de repente.

Antes de que pueda reaccionar, me agarra de la muñeca con un manotazo, pegando un tirón tan seco que me arrastra de mala manera hacia el centro del coche, dejándome casi pegada a… sus… malditos… labios.

Oh, oh .

—¿Pero qué demonios te pasa? —protesto, frotándome la muñeca adolorida, con el corazón en la boca por el susto. Sí, tendré que creerme eso—. ¿Te ha picado un bicho o qué?

—El coche es una jaula de Faraday, Calloway —me explica a toda velocidad—.

El armazón de metal conducirá toda la electricidad por la superficie exterior si nos cae un rayo encima, lo cual es muy probable tal y como se está poniendo el percal.

Pero si estás tocando el marco de la puerta, o la ventanilla, la corriente te va a usar a ti de toma de tierra y te vas a quedar más frita que una croqueta.

Así que mantén los brazos cruzados y no toques absolutamente nada.

Me la quedo mirando, procesando la retahíla científica. Trago saliva, miro la puerta que tengo a mi lado y, encogiéndome de hombros para no parecer una cobarde, me obligo a pegarme más a ella en el estrecho espacio central del coche.

—Esto es el colmo —murmuro.

—Más bien física básica, Darana —replica ella—. Prefiero que me mires con cara de pocos amigos a tener que practicarte una reanimación cardiopulmonar en mitad de un barrizal. Aunque viendo lo tozuda que eres, seguro que hasta muerta me llevas la contraria.

—Desde luego. Te discutiría hasta el color de la mortaja —le espeto.

Fuera, la cosa se pone peor. La lluvia empieza a golpear con tanta fuerza que el techo del coche parece una batería de heavy metal. Una racha de viento huracanado sacude el Toyota de lado.

—Tenemos que salir de aquí cagando leches —anuncia Camila, dándole un golpecito definitivo a la pantalla de su tableta.

—¿Salir? ¿Es que estás loca? —le pregunto, mirándola atónita—. ¡Ahí fuera hay un diluvio universal! Si salimos, nos va a arrastrar la corriente. O peor, nos va a caer un puto rayo encima. Y no, gracias, no quiero ser Darana a la barbacoa.

—Si nos quedamos dentro, este coche se va a convertir en una piscina con ruedas en menos de diez minutos —me rebate, poniéndome la pantalla digital delante de las narices—.

Los cobertizos están a menos de cincuenta metros subiendo la pendiente.

Si nos movemos ahora, llegaremos a pie antes de que haya una posible riada.

Miro a través del parabrisas opaco, luego la miro a ella. No hay ni rastro de duda en sus ojos; solo esa determinación inquebrantable que tenía hace años, antes de armar las maletas y dejarnos a todos tirados.

—Si salimos de esta, te juro que te perseguiré hasta el fin del mundo para cantarte las cuarenta —le advierto, agarrando el sombrero con fuerza.

—Menos amenazas y más piernas, Calloway. ¡Muévete!

Abrimos las puertas a la de tres y el mundo exterior nos golpea como un bofetón de realidad.

El viento nos arranca el aliento y la lluvia nos empapa hasta el carné de identidad en menos de un segundo.

El barro me llega casi a las pantorrillas, pegajoso y pesado como el demonio, devorándose mis botas a cada paso que intento dar.

—¡Por aquí! —grita Camila por encima del estruendo, agarrándome de la manga de la camisa para que no pierda el norte.

La tormenta es ensordecedora, una locura de agua, granizo y viento que dobla las ramas de los eucaliptos. El frío se me clava en los huesos, pero la adrenalina me mantiene en pie. Camila avanza delante de mí, abriendo camino entre el barro rojo y pastoso con una agilidad que no le recordaba.

Un trueno brutal estalla justo encima de nosotras, sacudiendo el suelo de tal manera que pego un traspié y estoy a punto de besar el barro.

Antes de que caiga, la mano de Camila encuentra la mía en mitad del caos.

Sus dedos se entrelazan con los míos con una fuerza descomunal, firme, y desesperada.

No sé quién busca a quién, pero nos aferramos la una a la otra como si soltarse significara desaparecer del mapa.

—¡No te quedes atrás! —me ruge, girando la cabeza un segundo. Tiene el rostro cubierto de agua y los ojos fijos en mí—. ¡Dime algo para saber que estás conmigo y no te has quedado congelada!

—¡Que sigo aquí, pesada! —le grito de vuelta, apretando sus dedos con todas mis fuerzas—. ¡Aunque sigo pensando que eres una insensata por hacerme correr por mi propia finca bajo un bombardeo de granizo!

—¡Es una locura necesaria! —se defiende, pegando un resbalón que salvamos juntas gracias al agarre de nuestras manos—. ¡Venga, que ya veo el porche de los cobertizos!

Llegamos a la entrada de las cuadras casi a trompicones, empujando puerta de madera con todo el peso. En cuanto conseguimos cerrarla tras nosotras, el jaleo del viento se mitiga un poco, pero dentro la situación no es para tirar cohetes.

Los animales están asustados. Los caballos relinchan, tiran coces contra los tabiques y se mueven de lado a lado con los ojos desorbitados. Un relámpago salvaje cae a escasos metros del edificio y el impacto hace crujir las vigas del techo antes de acabar con todas las luces.

Fantástico. Lo que nos faltaba para completar el día de ensueño.

Solo espero que no acabemos en llamas.