9
Darana
—¡He estado a punto de besarla, joder! —le grito a la nada, pegándole un puntapié soberbio a una piedra infeliz que sale volando y rebota contra los postes de madera.
Han pasado horas, no he dormido nada, y todavía sigo con el corazón a mil por hora. Camino bufando y dando zancadas que casi me hacen tropezar con mis propias botas. Tengo las hormonas en pie de guerra y una mala leche que no me cabe en el pecho.
—¡A punto! ¡Por un puto pelo! —me recrimino a mí misma, tirándome del sombrero vaquero con desesperación.
Menos mal que no hay nadie por aquí, porque sino, estaría escribiendo una novela romántica con esto—.
¿Pero tú eres tonta o qué? ¡Que la odias!
¡Que Camila Bennet es la mujer que destrozó tu vida!
Doy tres vueltas sobre mí misma en el camino de tierra que bordea la plantación de geranios.
Supuestamente, este maldito lugar, justo al lado del vallado y con un techado que protege el cultivo, es mi zona zen.
El rincón donde vengo a respirar cuando el mundo se vuelve loco.
El viento suele llegar suave, y el aroma que se filtra a través de los listones me relaja.
Pero hoy, el paisaje me importa tres pimientos porque tengo la sangre ardiendo, el orgullo por los suelos y la cara encendida de la vergüenza.
Porque después de lo de anoche… Sí, antes de que se casara con mi hermano, llegara el desastre y se largara de aquí, estuve locamente enamorada de Camila Bennet. La mujer más inaccesible de todo este puto pueblo.
—¡Vaya mierda! —grito, y un pajarillo sale volando.
Aprieto la mandíbula y obligo a mis ojos a concentrarse en los colores de las plantas, mientras reviso que el perímetro esté intacto y que los animales sigan en sus pastos. Tengo que trabajar. Tengo que ser la jefa implacable que soy. Aunque el destino no me lo va a poner tan fácil.
—No… no, no, no… ¡Duquesa, por los clavos de Cristo! —acelero el paso, directa al desastre.
Duquesa, mi enorme, testaruda e insoportable vaca estrella, ha decidido que las normas de seguridad de Birdsong Hills, esta mañana son opcionales. Desde luego, Angus es todo un maestro en enseñar fechorías.
Mientras el burro está tranquilo en su zona, rodeado de los perros, esta señorita ha conseguido meter medio cuerpo rompiendo uno de los travesaños de la valla, invadiendo el límite del cultivo, para terminar por rumiar con cara de santa.
Y justo bajo sus pezuñas, aplastado contra el poste roto, descansa lo que hasta hace cinco minutos era un sensor meteorológico de última generación.
El aparato está torcido, los cables arrancados parecen espaguetis pasados de cocción y la carcasa de aluminio está abierta en canal.
Duquesa me mira, parpadea con parsimonia y sigue masticando su hierba, feliz de haber burlado el cercado.
—No me mires con esos ojos de cordero degollado —gruño, y señalo la escabechina mientras la empujo suavemente hacia atrás para que salga de la brecha de la valla—. Sabes perfectamente lo que has hecho, pedazo de sinvergüenza. Como te dé por joderme las macetas, te castigo dos semanas. ¿Me has oído?
La muy vaca se frota de mala manera contra el poste de madera, mirándome de reojo. Casi puedo ver cómo sonríe.
Esto me va a traer problemas. Muchos problemas. «Justo cuando menos quería ver a Camila».
—Eres un demonio —murmuro, agachándome para recoger los restos tecnológicos que han quedado en el suelo. No tengo ni la más remota idea de cómo funciona este cachivache, pero sé de sobra que esto no se arregla ni con tres rollos de cinta aislante.
Y entonces, la auténtica tormenta hace acto de presencia:
—¡¿Pero qué demonios es esto?!
Levanto la cabeza despacio, preparándome psicológicamente. Camila está cruzando el linde del campo a zancadas largas, con las mejillas encendidas y unos vaqueros ajustados que deberían estar prohibidos. No viene enfadada; viene para cometer un asesinato.
«Mierda». Y trago saliva.
Se planta delante de mí, con las manos en las caderas y mirando el boquete de la valla.
—¡Te dije que mantuvieras a tus animales bien cercados, Calloway! —me espeta sin anestesia—. Ese sensor de campo eléctrico costaba más que tres de tus mejores reses y tu dichosa vaca lo ha reducido a chatarra. ¡A chatarra por no tener a tus vacas tras su vallado!
Me incorporo muy despacio, recolocándome el sombrero con toda la elegancia que puedo reunir, y después, me cruzo de brazos.
Activando modo «ranchera insoportable».
—Haberlo puesto más lejos de la zona de paso del ganado, Bennet. Te lo avisé nada más llegar —le respondo, con una sonrisita de suficiencia—. Ya sabes que las vacas Brahman son muy curiosas, y a Duquesa le importan una mierda tus juguetitos científicos instalados en mis potreros.
—No son juguetitos. Son sensores de conductividad atmosférica para medir el potencial antes de que la tormenta os fría este lugar —replica ella, entre dientes.
—Pues ahora son basura eco-friendly —contesto yo, encogiéndome de hombros con desdén.
Nos quedamos en un silencio que chisporrotea. Estamos demasiado cerca. Otra vez. Y esto no puede ser. Se supone que el perímetro debe ser más grande. Aunque ya lo dicen: del odio al amor…
Sacudo la cabeza mentalmente, pero mis ojos están fijos en la rabia de sus labios.
—Eres insoportable —dice ella, apretando los cables rotos entre los dedos.
—Y tú eres una estirada sin sentido común —replico, sosteniéndole la mirada sin dar mi brazo a torcer.
—He venido a hacer mi maldito trabajo y a salvarte el pellejo —insiste Camila, dando un paso temerario hacia mí.
—Pues hazlo sin tocarme las narices… ni a mí, ni a mis vallados —le espeto, clavando mis ojos en los suyos.
—Bierdsong Hills está en peligro real. Pero tú estás demasiado ocupada jugando a ser la jefa orgullosa como para ver la realidad.
El golpe me da de lleno. No, no. De hecho, me escuece el orgullo.
—No tienes ni la más remota idea de lo que cuesta mantener este terreno en pie teniendo en cuenta las estaciones ganaderas que nos rodean —le suelto, rozando el tono amenazante—.
Llevo años partiéndome el lomo contra las sequías, contra los bancos que me quieren sangrar y contra un cansancio que no me deja ni dormir.
Así que no vengas tú ahora con tus pantallas coloridas, tus promesas de científica salvadora y tu aire de sabelotodo a decirme cómo gestionar mi vida.
—¡Y tú no tienes ni idea de la supercélula que se está organizando ahí arriba! —contraataca Camila, señalando el horizonte con el dedo índice—. Llevo años estudiando estos sistemas convectivos. Esto no será un chaparrón sin más, tiene una rotación brutal y va a arrasar todo si no reaccionas.
Me preparo para soltarle una réplica de las mías, de las que hacen época. Abro la boca, dispuesta a fulminarla… pero el maldito destino decide interrumpirnos.
Un pitido agudo, frenético y estridente corta el aire. Proviene de la tablet que Camila lleva colgada del hombro.
Ella baja la mirada hacia la pantalla. Y en un segundo, toda su prepotencia y su furia se evaporan. Su rostro se queda pálido, bañado de un miedo real y legítimo que me pone los pelos de punta.
—No puede ser… no, no, no. Esto es imposible —murmura.
El pitido se vuelve más loco, sordo y constante.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Camila no responde. Sus dedos se mueven a la velocidad del rayo sobre la pantalla táctil, analizando gráficos que para mí son chino mandarín. Frunce el ceño, completamente aterrorizada.
Cuando levanta la cabeza, me mira fijamente.
—El gradiente de potencial eléctrico se ha disparado. Los rayos van a empezar a caer ya —dice, casi perdiendo el control de su voz—. No es una tormenta ordinaria. El frente de racha viene directo hacia nosotras.
Instintivamente, miro al cielo. Y se me cae el alma a los pies. El azul radiante de hace unos minutos ha desaparecido, devorado por un frente de nubes grises, densas y casi negras que avanzan como un ejército a la carrera.
El viento estalla de golpe. Una ráfaga brutal nos azota, levantando polvo del camino y haciendo que los geranios se muevan como locos. Y de repente, un escalofrío violento me recorre toda la espalda.
—¿Pero qué coño…? —empiezo a decir.
No me da tiempo a más. Un destello cegador ilumina el campo, seguido instantáneamente por un trueno brutal, de los que te hacen vibrar los dientes y el suelo bajo las botas.
Duquesa, que de tonta no tiene un pelo, suelta un mugido de pánico, recula y sale pitando a todo trapo hacia el cobertizo principal, perdiéndose arroyo abajo. Mi cerebro de ranchera activa el instinto de supervivencia. Agarro a Camila del brazo con fuerza.
—¡Muévete! —le grito para hacerme oír sobre el rugido del viento—. ¡Al coche, ya!
Para mi sorpresa, la sabelotodo no protesta ni me suelta ninguna réplica ingeniosa. Sino que corre a mi lado.
El vendaval nos golpea, dificultando cada paso por la pista de tierra.
Las primeras gotas de lluvia empiezan a caer: son enormes, pesadas, como piedras que impactan contra la tierra.
En cinco segundos tengo la camisa empapada y pegada al cuerpo, y el agua me chorrea por la cara visera del sombrero, oscureciendo mi visión.
—¡Por aquí! ¡Vamos! —grita Camila, tirando de mi brazo con decisión hacia donde tiene aparcado su todoterreno.
El suelo vibra de nuevo con otro trueno que parece el fin del mundo. La electricidad en el ambiente es tan bestial que noto cómo se me eriza cada vello del cuerpo. Es una locura.
Llegamos al coche por los pelos. Camila desactiva el cierre centralizado y se mete de cabeza en el asiento del conductor.
Yo rodeo el capó, me meto en el del copiloto y cierro la puerta de golpe, bloqueando el impacto directo del vendaval.
El ruido exterior se amortigua, pero el habitáculo vibra.
El cielo está rugiendo literalmente sobre nuestras cabezas.
Nos quedamos en silencio, jadeando por el esfuerzo, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Estamos empapadas, despeinadas, encerradas en un espacio mínimo y endiabladamente pegadas.
Y por primera vez desde que regresó al pueblo… la hostilidad desaparece. Ya no hay reproches, ni sarcasmos, ni pullas. Solo la certeza absoluta de que estamos metidas en la boca del lobo.
Me quito el sombrero empapado, lo tiro a los asientos de atrás y la miro fijamente a esos ojos que ahora, con la luz plomiza de la tormenta, parecen casi oscuros.
—Vale, Bennet —hablo, intentando recuperar el control de mi propia voz, que suena atropelladamente—. Dime qué tenemos que hacer.