8
Camila
Si alguien me hubiera dicho cuándo acepté el trabajo que iba a terminar un viernes por la noche en un bar de pueblo con serrín pegado a las suelas de mis botas —que he limpiado tres veces antes de entrar, por supuesto— y una señorita descarada arrastrándome a una pista de baile, me habría reído en su cara.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Todo ha empezado con Maddie Strong. Cómo no. Esa mujer es un peligro público para la salud mental de cualquiera. Y más, en un pueblo de estas proporciones.
—No podéis seguir encerrados en vuestras cabañas como si el mundo fuera a acabarse mañana —nos soltó un par de horas antes, apoyada en el marco de la puerta de mi alojamiento con los brazos cruzados y esa sonrisa que no admite un «no» por respuesta—.
O bueno, a lo mejor se acaba, pero si el apocalipsis nos pilla, que sea con una cerveza bien fría en la mano y un poco de meneo en el cuerpo.
Ethan, que estaba en su elemento, levantó la vista de la tablet . Los ojos le brillaron con entusiasmo casi infantil.
—Nuestros equipos sí podrían pasar a mejor vida —respondió, como el empollón alarmista que es—. Las lecturas muestran unas anomalías que…
—Ethan, por favor, cállate —lo corté en seco, frotándome las sienes con cansancio. No necesitaba teorías sobre el fin del mundo.
Kira suspiró desde su rincón, dejando caer los hombros.
—Pues yo creo que la vaquera tiene razón —intervino, señalando a Maddie con la cabeza.
Se nota a las mil leguas que Kira es americana—.
Necesitamos despejar las neuronas. Llevamos horas mirando gráficos y los números ya me bailan delante de los ojos.
Si seguimos encerrados aquí, voy a terminar hablándole a los sensores como si fueran mis mejores amigos.
Y tú y yo, podríamos bailar un rato, ¿no crees?
Eso se lo dijo a Ethan, con una sonrisa deliciosa en los labios.
Yo no dije nada. Porque llevaba horas intentando no pensar en Darana Calloway.
Y eso era muchísimo peor que hablarle a las piedras.
Cada vez que su rostro de sargento se colaba en mis pensamientos, el estómago me daba un vuelco.
Y no sabía por qué. Era una intrusa en mi cabeza, una tirana con sombrero que mandaba en su propiedad y parecía haber decidido mandar también mis futuras decisiones.
—Una copa —insistió Maddie, empujando la puerta con la bota para meterse del todo en la habitación—. Solo una. Os prometo que no os voy a secuestrar toda la noche. Además, Bennet, te vendría de perlas recordar que hay vida más allá de tus tormentas.
La miré de hito en hito. Ella sostuvo mi mirada sin pestañear, desafiante, con una chispa de picardía en los ojos que me alteró el pulso de inmediato. Noté cómo el calor me subía por el cuello.
Y al final, acabé cediendo.
—Una —le advertí, apuntándola con el dedo—. Y nos volvemos pronto. No quiero excusas para mañana cuando estemos con resaca y sin avanzar en los datos.
Maddie soltó una risa y se acercó un paso más, inclinando la cabeza.
—Sabía que en el fondo eras una chica fácil de convencer, Bennet —se burló con una sonrisa felina que me arrancó un escalofrío tonto por la nuca.
Sus ojos bajaron un segundo a mis labios antes de volver a mi mirada—.
Aunque me gusta esa faceta. La científica estricta que, de vez en cuando, se deja arrastrar a la oscuridad.
Prometo portarme bien… o al menos intentarlo.
—Venga, chicos. Una copa no nos matará. Y quién sabe, igual hasta conseguimos que Camila se relaje de verdad por una noche —comentó Kira, guiñándome un ojo.
Sacudí la cabeza, pero no pude evitar que una sonrisa pequeña se me escapara. Entre el cansancio y la tensión constante que Darana provocaba en mí, la idea de salir, aunque solo fuera un rato, empezaba a sonar peligrosamente tentadora.
—Está bien —acepté finalmente, mirándola a los ojos—. Una copa. Pero nada de bailar, lo mío es la observación.
Maddie sonrió victoriosa.
—Eso ya lo veremos, Bennet. Te sorprenderías de lo que soy capaz de conseguir en una pista de baile.
Error número uno de la noche.
· · ·
El bar La Espuela de Plata está hasta los topes.
La música country en directo se mueve por las paredes, las botas golpean el suelo con una energía salvaje y el ambiente es una mezcla explosiva de caos y ruido.
Para mí, que necesito que las cosas estén en su sitio, este bar es una pesadilla logística, pero la verdad es que tiene un ritmo endiablado.
Intento buscar una mesa libre, pero antes de que pueda dar un paso, una voz conocida me rescata del bullicio.
—¡Pero bueno, mirad quien ha venido!
Me giro de golpe y tan rápido como un parpadeo Lily me encierra en un abrazo.
—¡Estás espectacular! —me grita al oído para hacerse oír por encima de la música, apartándose para mirarme de arriba abajo—. Aunque traes una cara de cansancio que no veas. ¿Se puede saber que has estado haciendo desde que llegaste?
—Estudiar el cielo sin descanso —me río, relajando los hombros.
—Así que los rumores eran ciertos, y te has dejado caer por estos lares —exclama Joanie Blake, la veterinaria del pueblo —y nueva mejor amiga de Darana —, abriéndose paso entre la multitud con una jarra de cerveza.
El comité de recepción de la generala está aquí—.
Me alegra ver que sigues siendo de carne y hueso, Bennet. Ya te creíamos un fantasma.
—La vida, que es así —digo y me encojo de hombros.
La canción cambia y antes de que pueda añadir algo más, Maddie aparece de la nada. Me mira con los ojos brillantes bajo las luces del local y me agarra de la muñeca sin previo aviso.
—A bailar. Ahora mismo.
—¿Qué? No, no, yo no bailo country, Maddie —protesto, intentando soltarme de su agarre, pero tiene la fuerza de un buey.
—Esta noche sí bailas, mi querida científica. Te voy a quitar esa rigidez a base de vueltas.
«Ay madre, ¿en qué lío me he metido? ¿Y dónde están los demás?». Estiro el cuello cual jirafa y veo, por supuesto, que Kira y Ethan también están en la pista de baile.
Antes de que pueda apelar a mis derechos fundamentales, Maddie ya me tiene metida en mitad de la pista. El ritmo de la música es rapidísimo, contagioso, y la gente se mueve a nuestro alrededor con una soltura que yo, desde luego, no tengo.
—Déjate llevar —me insta Maddie.
Está demasiado cerca. Su desparpajo es casi insultante, mientras mueve las caderas con una seguridad pasmosa. Intento seguirla para no quedar en ridículo, pero es imposible.
—No te lo pienses tanto —me susurra al oído—. A ver si va a resultar que los meteorólogos no sabéis manejar las altas presiones…
Siento que las mejillas me arden.
—Eres una sinvergüenza, Maddie Strong —murmuro, aunque la situación me arranca una carcajada.
—Pues yo creo que te encanta.
Maldita sea, puede que tenga un poco de razón.
Porque es divertido. Y por eso, me dejo llevar un poco más, coordinando los movimientos de mis botas.
Maddie me agarra de la cintura para dar un giro y mis manos terminan apoyadas en sus hombros, notando el calor de su cuerpo bajo la tela vaquera de su camisa.
De repente, esa alarma interna que llevo con nombre y apellido, me avisa de que el peligro acecha. Levanto la vista por encima del hombro de Maddie y veo a Darana, apoyada contra la barra del bar, al lado de Bert, sosteniendo una botella de cerveza. Parece la viva imagen de la calma rural.
«¿Pero a esta mujer qué demonios le pasa ahora? ¿Es que tampoco puedo salir a tomarme una maldita copa sin que me vigile como si le estuviera robando el ganado?»
Vaya perro de guardia. Se supone que me odia, que no me quiere ver ni en pintura y, sin embargo, se dedica a perseguirme por todas partes.
De verdad que su actitud no tiene lógica ninguna.
—Eh —Maddie me da un toque juguetón en la mejilla, obligándome a volver a la realidad—. Que la diversión está aquí delante, Bennet. No te me despistes con el paisaje.
Estoy a punto de responderle cuando la noche se tuerce de la manera más estúpida posible. Unos dedos gruesos, ásperos y con un olor repugnante a alcohol barato se cierran con brusquedad alrededor de mi antebrazo, pegando un tirón violento que me saca de la pista.
—Vaya, vaya, vaya… qué joyita tenemos aquí —escupe un tipo corpulento, con el aliento pastoso golpeándome—. La viuda alegre ha vuelto al pueblo a buscar un poco de diversión.
—Suéltame ahora mismo —le ordeno, mientras forcejeo para librarme de su agarre.
Pero el tipo está demasiado borracho y la adrenalina no le deja razonar. Aprieta más los dedos, clavándomelos con una sonrisa desagradable que me revuelve las tripas.
—Vamos, guapa, no te hagas la estrecha ahora, que a las chicas como tú os vuelve locas el campo…
No me da tiempo ni a meterle el tacón de mi bota en el empeine.
De repente, un torbellino con camisa clara y sombrero de ala ancha cruza la pista como un auténtico camión sin frenos.
Se escucha un impacto, y el cuerpo del hombre sale despedido hacia atrás, estrellándose contra la pared del local con un golpe colosal que hace temblar hasta las lámparas del techo.
El bar se queda en el más absoluto y sepulcral de los silencios.
—Qué…
Giro la cabeza y veo cómo Darana tiene al tipo empotrado contra los tablones, sujetándolo por las solapas de la chaqueta con una mano que parece una maldita maza de hierro. Su rostro está a escasos centímetros de él, y sus ojos ya no son de hielo: son dos llamaradas.
—Vuelve a ponerle una sola de tus putas manos encima…
—le escupe Darana, erizándome la piel—, y te juro que lo próximo que vas a morder va a ser el suelo de mis corrales después de que te rompa la crisma.
Por no hablar de que no encontrarás trabajo en kilómetros a la redonda. ¿Me has oído, desgraciado?
El tipo, que ha perdido la chulería en un milisegundo ante la visión de la fiera que lo sujeta, parpadea aterrorizado y asiente con la cabeza como puede, incapaz de articular palabra.
—¡Y ahora lárgate de mi vista antes de que decida que no quiero esperar a mañana para darte la paliza de tu vida! —ruge Darana, soltándolo con un empujón soberbio.
Poco a poco, el murmullo de la clientela empieza a regresar, los murmullos cotillas se extienden y las miradas curiosas se clavan en mí. Pero yo soy incapaz de mover un solo músculo. El corazón me late con fuerza desmedida, un bum-bum ensordecedor que me retumba en las orejas.
Darana sigue plantada en mitad de la pista, respirando a bocanadas, con los puños cerrados a los costados y la mirada clavada en el suelo, como si intentara asimilar el tremendo espectáculo que acaba de montar.
—¡Seguid a lo vuestro! —espeta.
¿Es que se le ha metido un Hulk dentro?
Al segundo, voy hacia ella, y la agarro del brazo.
—Salgamos de aquí.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas, la arrastro fuera de la pista, apartándola de las miradas de todo el pueblo que ya están saboreando el cotilleo del año. Y, por supuesto, de la atención de Ethan y Kira que ya verás el por culo que me van a dar.
Atravesamos el pasillo estrecho del bar junto a los baños y empujo la puerta trasera que da al callejón.
El aire fresco de la noche del pueblo nos recibe de golpe. Está oscuro, el silencio es absoluto y el aroma a tierra mitiga un poco el olor a alcohol del local.
La suelto en cuanto pisamos el callejón, pero me quedo a escasos centímetros de ella, incapaz de alejarme. Darana se apoya contra la pared, quitándose el sombrero para pasarse una mano temblorosa por el pelo, intentando recuperar el aliento.
—¿Pero tú estás completamente loca, Calloway? —le espeto y pongo los brazos en jarras—. ¿Qué ha sido eso de ahí dentro? Ese hombre te dobla el tamaño, estaba borracho y podías haber terminado metida en una pelea monumental por una puta gilipollez. ¿Crees que no sé defenderme?
Darana levanta la cabeza de golpe y me clava unos ojos que todavía destellan chispas en la penumbra del callejón. Da un paso salvaje hacia mí, arrinconándome contra la pared contraria, reduciendo el espacio entre nuestros cuerpos a la nada más absoluta.
—¿Una estupidez, Bennet? ¿Te parece una estupidez?
—gruñe, con la voz áspera—. No iba a quedarme cruzada de brazos mirando cómo ese imbécil se quería hacer el chulito, por mucho que medio pueblo te odie —me recuerda—.
Porque este es mi pueblo y en mi presencia , nadie se atreverá a tratarte así, ¿te queda claro?
Me quedo muda, parpadeando con el corazón en la garganta. Su cercanía me marea.
—No tenías por qué intervenir de esa manera, Darana —consigo articular, cruzando los brazos sobre el pecho—. Maddie estaba conmigo, y también Ethan y Kira. No entiendo a qué viene que montes este numerito de película del oeste.
—¿Película del oeste? —Darana suelta carcajada, dándole un puñetazo al aire por la frustración—. ¡Venga ya, Camila! Lo que tendrías que hacer es centrarte en tu puto trabajo y dejar de dar el espectáculo con gente que trabaja para mí. Sigues faltándole el respeto a este lugar.
Me quedo de piedra. ¿Faltándole al respeto? Pero qué sandeces está diciendo.
—Estás mal de la cabeza. Estás buscando cualquier excusa barata para hacerme la vida imposible y controlarme. ¿Te fastidia que intente distraerme y pasar un buen rato lejos de tus órdenes?
Darana da otro paso al frente, acortando los escasos milímetros que nos separan hasta que su respiración cálida me golpea directamente en los labios.
—¡No me fastidia nada de lo que hagas con tu vida, Bennet!
—me ruge, y sus ojos se fijan en los míos con desesperación—.
Me da exactamente igual con quién bailes o con quién te vayas.
Lo único que quiero es que tu presencia no afecte a la reputación de mi propiedad.
Eres una científica insoportable y caprichosa, y desearía con todas mis fuerzas que no hubieras vuelto nunca.
—¡Pues el sentimiento es mutuo, Calloway!
—le devuelvo, clavándole los dedos en la tela de su camisa.
De repente, siento el latido de su corazón bajo mi mano—.
¡Eres una tirana testaruda, arrogante y grosera, y ojalá pudiera empapelar mis sensores y marcharme mañana mismo de tu maldito terreno para no verte la cara nunca más!
Darana aprieta los dientes, incapaz de dar un paso atrás. Ninguna de las dos entiende qué demonios está pasando aquí, pero la tormenta acaba de estallar en mitad de la noche.
—Vete a la mierda Camila —espeta.
Y con las mismas, se da media vuelta y se va.