7
Camila
El aire de la mañana en Birdsong Hills es engañosamente amable.
La luz cae limpia sobre los cobertizos, dorando la madera envejecida y levantando destellos suaves en las motas de polvo que flotan por ahí.
El olor a heno y tierra húmeda me golpea con una familiaridad incómoda, como si alguien hubiera abierto de una patada la puerta que yo llevaba diez años empeñada en mantener cerrada bajo siete llaves.
Respiro hondo.
La realidad es que este lugar no solo huele a campo. Huele a pasado. Y el pasado, cuando decide reaparecer con sus habituales botas y unos ojos miel de infarto, nunca lo hace con delicadeza.
Aprieto los dedos alrededor del borde de la valla. Noto que el poste de madera tiene una astilla que sobresale exactamente tres milímetros hacia la izquierda. Con cuidado, saco un pañuelo del bolsillo y arreglo la superficie sin pensármelo dos veces. Mucho mejor.
—Necesito un caballo —pido.
Darana está unos metros más allá, revisando una de las monturas.
Lleva una camisa clara arremangada hasta los codos que deja a la vista unos brazos torneados por el trabajo, unos vaqueros que le sientan de lo más injusto y las botas cubiertas de polvo.
Como siempre, lleva la trenza, con varios mechones rebeldes que le enmarcan ese rostro anguloso que tantas veces ha protagonizado parte de mis pesadillas.
Ni se inmuta al escucharme. En cambio, tensa la correa de la silla con un tirón antes de responder:
—Buenos días para ti también, Bennet.
Aprieto la mandíbula. Madre mía, la soberbia rural en todo su esplendor.
—Buenos días, Calloway.
Ahora sí. Se gira lentamente y clava sus ojos en mí.
—¿Andas buscando un poni para dar una vuelta turística o es que te has cansado de limpiar los parabrisas de tu coche? —pregunta cruzándose de brazos, con una sonrisa irónica.
—Las zonas de turba y los senderos estrechos del terreno son inaccesibles para Viento.
Por no hablar de que podría estropear el equipo instalado —replico, señalando hacia las colinas del fondo mientras defiendo el honor de mi queridísimo e impoluto vehículo—.
Necesito subir a instalar unos sensores de inmediato.
A pie perdería unas horas valiosas y mi equipo no piensa retrasar el estudio por estos caminos.
—Qué inconveniente —suelta con una lentitud exasperante, relamiéndose en cada sílaba—. Haber elegido un vehículo de verdad y no ese juguete científico.
Ignoro el insulto a mi coche y voy directa al grano.
—Necesito un animal dócil y que conozca bien el terreno. Byron sería perfecto.
Pero en cuanto ese nombre sale de mi boca, sé que la he cagado.
La mirada de Darana se endurece al instante, transformándose en dos témpanos de hielo. Da un paso salvaje hacia mí, recortando la distancia hasta que puedo oler el aroma a jabón que desprende su piel.
—Ni sueñes que vas a ponerle una mano encima a Byron, Bennet —suelta con una voz fría y cortante que me eriza el vello de la nuca—.
No voy a arriesgar a mi mejor caballo porque a una científica espabilada se le haya olvidado cómo agarrar unas riendas después de una década viviendo la vida de ciudad.
El golpe llega limpio y directo al orgullo.
—No se me ha olvidado montar, Calloway —le espeto, dando un paso al frente, plantándole cara y sosteniéndole la mirada—. Solo llevo diez años sin practicar con habitualidad, pero tengo la técnica suficiente para manejarlo.
—Exacto. Diez años —replica ella, e inclina la cabeza con esa superioridad insufrible que me dan ganas de abofetear—. Tiempo más que suficiente para que todo haya cambiado por aquí. Incluida la paciencia de mis animales.
El silencio que se instala entre las dos es una bomba de relojería.
—Bueno, bueno, bueno... ¡Pero qué panorama tan estimulante tenemos aquí! —interviene una voz arrastrada y divertida.
Maddie Strong aparece de la nada, apoyada contra uno de los postes con una brizna de paja entre los dientes y esa sonrisa descarada que no conoce el significado de la palabra vergüenza. Sus ojos se deslizan sobre mí en un escaneo de arriba abajo que no disimula en absoluto.
—Si la experta está un poco oxidada con los mandos…
—continúa Maddie, incorporándose con chulería y sacudiéndose el polvo de los pantalones mientras camina hacia mí—, yo misma puedo encargarme de darle unas clases particulares de recordatorio…
—Se detiene a una distancia peligrosamente corta, invadiendo mi espacio personal—.
Y de paso te enseño a domar otras cosas del rancho que también requieren de mano firme.
Me quedo muda un segundo. Madre del amor hermoso, ¿pero qué desayunan en este sitio? No sé si echarme a reír o salir corriendo en dirección contraria.
De reojo, noto la mirada de Darana clavada en nosotras. Si las miradas mataran, Maddie ya estaría enterrada bajo tres metros de abono para el campo.
—No creo que sea necesario… —intento frenarla con una risita nerviosa.
—Claro que lo es, preciosa —me corta Maddie, regalándome un guiño de lo más pícaro—. Porque ahí arriba, no hay segundas oportunidades si pierdes el control del caballo. O de lo que llevas entre manos. El terreno ha cambiado bastante durante tu ausencia. ¿Verdad, jefa?
Darana aprieta los labios hasta dejarlos en una línea casi invisible. Se gira hacia mí y, con un tono que podría congelar el mismísimo desierto australiano, suelta:
—Dakota es estable y se sabe el camino de memoria. Úsala a ella si tantas ganas tienes de subir. Pero no esperes que nadie vaya a rescatarte si te despistas por ir mirando las nubes.
Maddie suelta una risa, ronca, y se acerca todavía más, rozando mi brazo con el suyo con un descaro tremendo.
—Venga, déjate querer. Prometo ser una profesora muy, muy paciente… y de lo más cercana. ¿Qué me dices?
Dudo un instante, odiando con todas mis fuerzas tener que tomar la decisión con Darana delante, que nos observa como un halcón a punto de cazar. Pero el trabajo urge y los sensores no se van a instalar solos por arte de magia.
—Está bien —cedo, cruzándome de brazos para intentar poner una barrera física con la sargento de las rutas—. Pero que sea una clase rápida. Tengo un horario estricto que cumplir.
—Lo que tú digas, bonita —me asegura Maddie, volviendo a guiñarme el ojo—. Aunque, entre tú y yo, las cosas buenas de la vida nunca se disfrutan del todo si se hacen con prisa.
La mandíbula se me desencaja.
· · ·
La pista exterior es un auténtico monumento al sol y a la arena.
El calor cae a plomo sobre nosotras, y la camisa ya se me pega a la espalda.
Estoy subida a lomos de Dakota, una yegua castaña que, afortunadamente, parece tener muchísima más paciencia que su dueña.
El verdadero problema no es el animal; el problema soy yo, mis nervios y la entrenadora que me ha tocado.
—Relaja esas piernas —me indica Maddie desde atrás. De repente, siento su mano firme y cálida posicionándose directamente sobre mi muslo, haciendo que de un respingo sobre la silla—. Estás estrangulando las riendas. Y a las yeguas hay que tratarlas con dulzura, como a nosotras.
—No estoy… —intento protestar, abriendo los ojos de par en par ante su descaro, mientras recoloco la costura de mi pantalón para que quede perfectamente alineada con la bota.
—No te preocupes —me dice con una risita baja y juguetona que resuena demasiado cerca de mi oreja—. Es normal ponerse un poco tiesa al principio. Y más cuando tenemos público de primera categoría vigilando la faena.
Intento concentrarme en la respiración. Inhalo, exhalo.
Mantengo la espalda recta. Pero la paz me dura menos que un suspiro, porque las manos de Maddie se apoyan en mí después de pedirme permiso, colocándose esta vez en mi cintura para corregirme la postura, pegando su cuerpo al mío de una forma que resulta de todo menos académica.
—Así no —murmura, inclinándose tanto que noto su aliento en mi nuca—. Si te pones tan rígida, Dakota se va a alterar. Tienes que confiar en quien te guía, fluir con el movimiento. ¿Sientes cómo responde tu cuerpo?
—La verdad es que no sé cómo… —murmuro.
—Confía en mí —me responde—. Llevo años enseñando a montar. Y te aseguro que se me da de maravilla. Relaja los hombros… eso es. Ahora la cadera. Así, perfecta.
A base de puro instinto, mi cuerpo empieza a sincronizarse con el trote de Dakota. Doy un giro hacia la izquierda, luego otro, recuperando la confianza a pasos agigantados. El vaivén me devuelve sensaciones que creía enterradas.
—¿Ves? —suelta Maddie, rozando mi espalda al apartarse solo lo justo—. El que tuvo, retuvo. Solo necesitabas que la persona adecuada te recordara lo bien que se siente recuperar el control.
Sonrío sin poder evitarlo, contagiada por el dinamismo del momento, aunque me siento peligrosamente expuesta. Ella se baja y entonces… noto ese escalofrío en la nuca que no tiene nada que ver con el viento.
Levanto la vista hacia la sombra del establo principal y veo a Darana, apoyada contra uno de los pilares de madera, con los brazos cruzados y el cuerpo rígido como una estatua de granito.
Se le marcan los músculos del cuello y sus ojos arden.
En ese fuego salvaje que siempre estalla cuando alguien osa acercarse más de la cuenta a lo que ella consideraba de su propiedad. Pero… yo nunca he sido de su propiedad.
Maddie, que no tiene un pelo de tonta y parece saber perfectamente dónde apretar el botón del drama, vuelve a la carga colocándose al lado del caballo y poniendo su mano directamente sobre la mía en las riendas.
—Ahora vamos a meterle un poco más de velocidad —sugiere—. Imagina que soy yo la que te guía el camino.
La provocación es tan evidente que casi se puede masticar. Sostengo el trote, pero mi atención total está fija en la sombra del establo. En cómo Darana no aparta los ojos de nosotras ni un solo segundo.
—¡Camila! —La voz de Ethan rompe el hechizo, haciéndome reaccionar de golpe.
Me giro hacia la entrada de la pista con un suspiro de alivio enorme. Él y Kira se acercan a toda prisa cargados con unas pantallas táctiles, cables ordenados por colores —gracias al cielo— y varios sensores meteorológicos.
—¡Tienes que ver esto ahora mismo! —exclama Ethan, casi sin aliento, plantándose junto a la valla y tendiéndome la tablet —.
Los electrómetros instalados en el cercado norte están registrando unas fluctuaciones de potencial eléctrico brutales.
Este suelo tiene una carga estática completamente inusual, algo que los modelos informáticos no habían previsto.
Nos va a fundir el sistema si no lo calibramos ahora mismo.
Mi chip de científica se activa al milisegundo. ¡Esta es mi puta zona de confort!
—¿Cómo de inusual? —pregunto, desmontando de Dakota con una agilidad que ni yo misma me esperaba. Mis botas golpean la arena levantando una pequeña nube de polvo y me coloco al lado de Ethan, analizando las gráficas informáticas con el ceño fruncido.
—Mucho —interviene Kira, cruzándose de brazos con una sonrisa de lo más sospechosa—. Aunque me da la impresión de que la carga estática del suelo no es lo único que está a punto de provocar un cortocircuito de alta tensión por aquí.
Sigo la dirección de su mirada, que va directa hacia Maddie, luego hacia mí y finalmente apunta hacia el fondo del establo, donde la silueta de Darana sigue recortándose contra la penumbra.
—Genial —murmuro, pasándome una mano por el pelo—. Justo lo que me faltaba para completar el informe del día.
—Oye, de qué te quejas —bromea Ethan con una sonrisa de oreja a oreja—. El ambiente rural de este lugar es… de lo más estimulante, ¿no? Aunque, viendo su cara, diría que aquí hay más corrientes térmicas y tormentas que las que registran todos nuestros aparatos juntos.
Kira suelta una carcajada.
—Desde luego. La jefa parece dispuesta a saltar la valla y comernos a todos vivos. ¿No crees?
Me encojo de hombros, agarro la tablet y me coloco la mochila al hombro con decisión.
—Gracias por la lección, Maddie —le digo, manteniendo una distancia prudencial. No estoy para recordar los tiempos en los que salí del armario lejos de aquí—. Dejaremos las siguientes para cuando el calendario científico nos dé un respiro.
Maddie se apoya la mano en la cadera, soltando una risa que demuestra que le ha encantado el juego.
—Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme.
Inclino la cabeza. Sin embargo, al girarme, pillo el movimiento exacto de Darana.
Da un paso atrás en la sombra, pega un pisotón contra el suelo que levanta chispas y se da la vuelta de golpe, dándonos la espalda con una frustración monumental.
Después, desaparece en el interior de las cuadras sin dignarse a mirarme una última vez.
Noto una punzada extraña en mitad del pecho, aunque enseguida sacudo la cabeza. No tengo tiempo para esto.
—En marcha —les ordeno a Ethan y Kira, ajustándome las correas de la mochila—. Tenemos un problema que resolver antes de que el sol nos achicharre las neuronas. Quiero revisar esos datos ahora mismo.