Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 6
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Darana

—Darana, cariño, no te quedes ahí plantada con cara de haber masticado un limón —me lanza mi tía Elizabeth desde el porche, secándose las manos en el delantal—.

Los muchachos están acomodándose. Además, esa aura de general de división no va a ayudar a que los científicos se sientan precisamente bienvenidos.

«Es que no quiero que se sientan así».

Suspiro y me giro hacia ella, apoyando una mano en la barandilla de la casa principal. El olor a carne asada y especias que flota desde la cocina es una auténtica delicia, pero tengo el estómago tan cerrado que no me entraría ni un alfiler, por mucho que Joyce haya cocinado.

—No es cuestión de darles una fiesta de bienvenida, tía. Es cuestión de supervivencia —le rebato, recolocándome el sombrero—. Esos tres forasteros se han pasado el día entero y buena parte de la noche picando piedra en nuestros terrenos.

No ha sido exactamente así, pero exagerar es lo mío.

—Y para colmo han terminado de instalar sus trastos haciendo un ruido infernal —añado—. Bastante concesión he hecho ya dejándolos trabajar hasta las tantas como para encima ponerles una alfombra roja. Sabes de sobra cómo se ponen los caballos con los ruidos nocturnos.

Mi tía se acerca a paso lento, me coloca una mano cariñosa en el hombro y me regala un apretón. Pretende que se me bajen las revoluciones.

—Sé exactamente lo testaruda que eres cuando algo te rompe los esquemas, cariño.

Pero organizar esta cena en el porche con todo el equipo era necesario para rebajar los humos y que nadie se tire los trastos a la cabeza mañana.

Camila también adora esta tierra, la conoce al dedillo, y te aseguro que no ha venido aquí a sabotearte.

Venga, haz un esfuerzo y sonríe un poco.

Antes de que pueda soltarle una de mis réplicas, mi tía se da la vuelta y regresa al interior para ayudar a Joyce a sacar las bandejas gigantescas de pastel de carne.

Sacudo la cabeza, completamente resignada.

Control. Eso es lo único que necesito mantener a raya esta noche.

Control, sangre fría y una distancia kilométrica.

Porque si permito que esta dichosa cena se convierta en otra cosa…

perderé lo que más me ha costado construir en este lugar: mi autoridad.

El porche delantero está hasta arriba. Las mesas largas de madera rústica ya están llenas de jarras de cerveza helada y los codos de varios trabajadores de Birdsong Hills.

El guirigay de conversaciones, las risas y el tintineo de los cubiertos se mezclan con el zumbido constante de los insectos nocturnos de las colinas.

Y, en el extremo más alejado de la mesa, están ellos. Los intrusos.

Se nota a la legua que no son de aquí y que están más incómodos que un pulpo en un garaje.

Ethan y Kira hablan en voz baja entre ellos.

Mis chicos los miran de reojo, con esa desconfianza típica del hombre de campo hacia el forastero.

Incluso Ricky, que está sentado a mitad de la mesa devorando su ración, los vigila como un auténtico halcón.

Así me gusta, que sepa dónde trabaja.

Pero la que realmente me tiene de los nervios es la maldita Camila Bennet. Sentada justo al final del banco, con los dedos de la mano derecha tamborileando de forma frenética contra la madera.

Respiro hondo e inflo el pecho. No voy a dejar que me altere lo más mínimo, así que, agarro una botella de cerveza bien fría de la nevera portátil, le doy un trago y dejo que el frescor me baje los humos. Es mi momento. Es mi propiedad. Y aquí se juega bajo mis malditas reglas.

—A ver, atención un momento, muchachos —les pido, paseando la mirada por la mesa sin detenerme en nadie en particular—.

Quiero dejar una cosa clara para los próximos días.

Los científicos que tenemos instalados en las cabañas están aquí cumpliendo una orden del Instituto de Meteorología, no han venido a pasar unas vacaciones pagadas en el campo.

Así que no quiero ver ni un solo cable suelto por las zonas de paso de los caballos, y, por encima de todo, no voy a tolerar el más mínimo retraso en las rutas de los turistas. ¿Nos hemos entendido?

—¡Entendido, jefa! —suelta Ricky con la boca medio llena, seguido de un coro de asentimientos de los demás.

Era la respuesta que esperaba.

—Perfecto —añado, apartando los ojos de golpe antes de que esto se convierta en un duelo de titanes—. Buen provecho a todos. Podéis seguir cenando.

Me coloco en una esquina del porche, y apoyo la espalda contra la barandilla. Todo está bajo control. O eso quiero creer. Hasta que a Joyce le da por hacer acto de presencia con su habitual sutileza.

—¡Pero bueno, mi Cami linda! —exclama a los cuatro vientos, mientras carga con una bandeja humeante que huele a gloria.

Cierro los ojos un segundo y aprieto los dientes. Que la tierra me trague y me escupa en la otra punta de Australia, por favor.

Me declaro enemiga pública de Joyce Tanner en este momento.

La mujer avanza como un auténtico torbellino, directa hacia el final de la mesa tras dejar la bandeja, y aparta a un par de hombres para plantarse justo delante de Camila con una enorme sonrisa.

—Si estás hecha un auténtico fideo, criatura del Señor —le suelta, sirviéndole una porción de pastel de carne que podría alimentar a una familia de cinco miembros—.

Te he preparado esto con extra de queso fundido, tal y como te volvía loca cuando eras una chiquilla y correteabas por aquí.

Y de postre te tengo guardados los bizcochos de la casa, así que ni se te ocurra decirme que no te entra, porque te lo hago tragar a la fuerza.

Camila parpadea un par de veces, con las mejillas tiñéndose de un color rosado que la hace estar jodidamente guapa. Espera, ¿acabo de pensar eso? Mierda.

Por suerte, la irritante voz de Camila Bennet, me regresa a la realidad.

—De verdad, Joyce, no hacía falta tomarse tantas molestias —le dice, regalándole una sonrisa—. Estoy bien, en serio.

—¡Qué va a ser una molestia, hija! —interviene Joyce, dándole una palmada cariñosa en la espalda—.

En Birdsong Hills no dejamos que nadie pase hambre, y menos tú, que has vuelto a casa después de tantos años.

Come y calla, que darle a la maza en el cercado norte hasta las tantas de la noche abre el apetito a cualquiera.

Camila acepta el cubierto con una tímida inclinación de cabeza, clavando la vista en el plato. Desvío la mirada hacia el cielo. No me interesa en absoluto. No tiene por qué importarme lo que haga esta mujer.

Aunque está a punto de hacerlo, porque Maddie Strong —la encargada de los caballos y rutas guiadas— se pone al otro lado de la mesa, apoyada sobre un codo, y devora con la mirada a Camila.

¿Desde cuándo esto se ha convertido en el Rancho de las Tentaciones?

Camila, que parece no enterarse del peligro o que finge ser la tía más despistada del mundo para no avivar el fuego, se lleva una mano al ala de su sombrero y se lo quita con un movimiento lento y despreocupado.

Lo deja a un lado de la mesa y sacude la cabeza con energía.

Su melena oscura y brillante cae sobre sus hombros en cascada, rebosante de vida.

Y entonces, para rematar el sufrimiento — mi , sufrimiento—, hace «el gesto».

Se lleva las dos manos a la nuca, arqueando la espalda, para recogerse el pelo poco después.

Madre del amor hermoso. Quien se haya metido en mi cabeza para traicionar a mis instintos asesinos, que se largue ya .

—Joder, Bennet… —la voz arrastrada de Maddie rompe el silencio del porche—. Si la ciencia de las tormentas tiene siempre unas vistas como esas, voy a tener que empezar a mirar muchísimo más al cielo y dejar de fijarme tanto en los caballos.

El silencio que se apodera de la mesa dura apenas medio segundo. Lo que viene a ser una puta eternidad.

Justo en ese preciso instante en el que Maddie suelta su lindeza, a mí se me ocurre dar un trago a mi cerveza.

El líquido se me va por el otro lado y me entra un ataque de tos absolutamente dantesco.

Me doblo por la mitad, dándome golpes en el pecho con el puño mientras intento recuperar el aire y la dignidad, pero parezco un perro asmático.

—¿Te encuentras bien, jefa? ¿Quieres que te traiga un vaso de agua? —me pregunta Ricky, mirándome desde su sitio.

Niego como puedo, y levanto una mano en el aire para que no se mueva mientras sigo soltando un par de toses secas.

Cuando por fin consigo respirar con normalidad y mi garganta deja de arder, levanto la cabeza e hipoteco mi mejor mirada de asesina en serie para clavársela a Maddie Strong.

Ella, lejos de acojonarse o pedir disculpas por pasarse de la raya con la forastera, se limita a regalarme una sonrisa de suficiencia, divertida y sin una pizca de arrepentimiento.

«Otra más a la lista de enemigas recientes».

—Controla a tu personal de una puta vez, Darana —me impongo.

Aunque, si soy sincera conmigo misma, a la que realmente necesito controlar con urgencia es a mí.

Porque me he quedado embobada cuando la realidad es que odio a Camila Bennet.

La odio con toda mi alma por haber tenido la osadía de regresar a Australia.

La odio por presentarse aquí y desenterrar recuerdos dolorosos que me han costado años sepultar.

La odio por alterar el maldito equilibrio de mi propiedad en cuestión de horas. Y, sin embargo…

Camila levanta la vista del plato. Nuestros ojos se encuentran en mitad del porche, desafiándose. Esta vez decido no ceder ni un milímetro.

Esto es Birdsong Hills, y aquí las normas, el ganado y las personas los dirijo yo.

Aunque eso implique jugar con fuego, quemarme los dedos y sospechar que ya es jodidamente tarde para fingir que la presencia de la meteoróloga no nos está haciendo saltar las costuras.