5 #2
El animal me mira, aburrido del juego, y abre las fauces dejando caer el cuaderno al suelo. Me lanzo en plancha, lo recojo y lo inspecciono. Está lleno de babas, marcas de dientes y con los bordes de varias páginas completamente triturados. Podría ser peor, supongo, pero es un desastre.
Cierro los ojos, apretando el cuaderno contra mi pecho.
Cuando me incorporo y llego a la altura de la camioneta, soy un cuadro viviente: despeinada, con la camisa empapada en sudor, los pantalones cubiertos de polvo y cara de querer cometer un asesinato.
—¿Te parece normal? —le suelto a Darana, plantándome a medio metro de ella—. ¿Tienes un burro cleptómano y psicópata suelto por aquí y no eres capaz de avisarme? ¡Casi destruye semanas de trabajo! ¿Tienes idea de lo que cuesta reconstruir estos datos?
Ella alza una ceja con una parsimonia que me saca de quicio.
—Se llama Angus —responde con total naturalidad, como si eso lo explicara todo.
—¡Me importa tres pimientos si se llama Angus o Federico! —le grito, meneando el cuaderno babeado delante de sus ojos—. ¡Casi se come mi libreta!
Darana se despega del capó. Da un paso hacia mí, acortando la distancia tanto que puedo percibir el aroma limpio de su piel mezclado con el sol. Se inclina un poco hacia delante, e invade mi espacio vital de una forma que hace que se me pare el corazón.
—Para que lo sepas, Angus se pega estos viajecitos junto a los trabajadores.
Y en los contratos de la administración no entra el pastoreo de burros, Bennet —me suelta con una chulería y una sensualidad que me hacen apretar los dientes—.
Tienes que aprender a lidiar con la vida de este lugar si tantas tormentas presumes de dominar.
Aunque, por lo que acabo de ver, un simple borrico te da más problemas que un tornado de categoría cinco.
La miro fijamente a los ojos. Y durante un segundo eterno, todo lo demás desaparece: el calor sofocante, el polvo del desierto, el estúpido de Angus…
—Las tormentas no muerden libretas, Calloway.
—No —replica ella, clavando sus ojos miel en los míos—. Pero arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Y tú de eso sabes un rato, ¿verdad? Sabes perfectamente lo que es dejar un terreno devastado detrás de ti.
Siento que el pulso se me desboca. Ninguna de las dos aparta los ojos.
La tensión es tan bestia que casi saltan chispas entre nosotras.
Me muero de ganas de contestarle, de defenderme, de recordarle que las cosas no son tan blancas o negras como ella cree, pero el rugido de varios motores rompe el momento.
Ambas giramos la cabeza, y vemos cómo dos vehículos se acercan por el camino principal, levantando una inmensa polvareda en la distancia.
«Gracias al Dios de los truenos por pensar en mí y llegar antes», me digo.
—Vaya, parece que tu caballería de empollones ya está aquí —dice Darana.
—Sí. Justo a tiempo —respondo, intentando sacudirme el polvo de la ropa para recuperar un mínimo de dignidad.
Los vehículos frenan. Ethan baja de su vehículo, y después lo hace Kira, que ya viene con la tablet en mano evaluando el entorno.
—¡Camila! —saluda Ethan a voces, acercándose a toda prisa—. Vaya terrenos, ¿eh? Un tal Albert nos dijo que estaríais por aquí y nos ha dejado coger parte del equipo. ¿Ya has empezado la fiesta sin nosotros?
Miro mi libreta llena de babas de asno y luego lo miro a él con cara de pocos amigos.
—No quieras saberlo. Digamos que he tenido un estrecho e inesperado encuentro con la fauna autóctona de este lugar.
Kira alza una ceja, deteniéndose a mi lado y escaneándome de arriba abajo. Luego, observa a Angus que está moviéndose por ahí tan tranquilo.
—Pues ahora tengo mucha curiosidad por saber los detalles. ¿Qué te ha pasado?
—Luego os cuento —le respondo, sacudiendo la cabeza—. Ahora vamos a lo que vamos. No hay tiempo que perder.
Darana da un paso al frente, cruzándose de brazos y adoptando de nuevo su postura impecable de dueña y señora del cortijo.
—Podéis empezar por el cercado norte —les informa con voz clara y autoritaria, dirigiéndose a mis compañeros—. Supongo que Bennet ya os habrá puesto al corriente de lo complicado que es el terreno por aquí para vuestros cacharros.
Noto su mirada capciosa clavada en mí, pero decido ignorarla.
—Lo hará ahora mismo —interviene Ethan con una sonrisa.
Asiento, enormemente agradecida de que el foco de atención cambie de dirección.
—Venga, vamos a ponernos en marcha para montar la base repetidora antes de que baje la luz —indico, ya más calmada—.
El terreno es bastante irregular y arcilloso, así que vamos a necesitar tirar de barrena para reforzar al máximo los anclajes de las torres meteorológicas si no queremos que salgan volando al primer vendaval.
Kira, empieza a revisar los niveles de inclinación en aquella loma de allí.
Ethan, abre el remolque y descarga los sensores adicionales.
Kira ya se ha agachado a observar la consistencia del suelo.
—Habrá que nivelar muy bien esa zona —comenta, señalando un punto concreto del cercado—. Y necesitaremos añadir cableado extra.
—Sí —confirmo, cruzándome de brazos—. Y, además, visto lo visto hoy, no me fío un pelo de los animales sueltos.
Ethan suelta una sonora carcajada mientras descarga una caja pesada del maletero antes de localizar a Angus.
—No me digas que ese burro ya ha hecho de las suyas —adivina. Luego suelta un silbido—. Vaya, vaya. Camila Bennet, la gran domadora de tormentas, vencida y humillada por un simple asno.
—Ríete todo lo que quieras, listillo —le respondo, uniéndome a ellos para cargar el material—, pero en esa libreta hay anotaciones de campo que valen oro.
Señorita Calloway… —me giro hacia ella, y arqueo una ceja—, ¿hay alguna posibilidad de mantener al amigo Angus bien encerrado en un corral mientras dure nuestro despliegue científico?
Darana se recoloca el sombrero vaquero, mirándome con una expresión de diversión maliciosa.
—Puedo pedirle a los chicos que lo trasladen —admite con tono arrastrado—. Pero te advierto una cosa, Bennet: Angus es un espíritu libre. No le gustan las ataduras, ni los cercados, ni las normas… Exactamente igual que a ti.
La tormenta Calloway está al caer, y dudo mucho que mi equipo meteorológico esté preparado para el impacto.