Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 5
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Camila

Jamás en la vida pensé que la jornada iba a dar este giro tan radical. Y cuando digo «giro», me refiero a tener a Darana Calloway —la mujer que más me odia de toda Australia, del planeta Tierra y de las galaxias colindantes— sentada en el asiento del conductor, a escasos centímetros de mí.

El silencio dentro de la Ford Ranger es pleno.

Yo me mantengo pegada a la ventanilla del copiloto, con el sombrero haciendo sombra —qué abierta de vocabulario estoy hoy— para que no note que la miro de reojo, mientras mi pie derecho no para de dar un repiqueteo frenético contra el suelo.

Un tic nervioso de toda la vida, mientras intento convencerme de que todo va a salir bien.

Al fin y al cabo, ella solo me está haciendo el favor de guiarme por las veintisiete hectáreas del Birdsong Hills para mi inspección visual previa.

No tiene nada de malo compartir un poco de oxígeno, ¿no?

Pues sí, lo tiene. Porque siento que me falta el aire.

Para romper este hielo que amenaza con congelarme las pestañas, carraspeo y suelto lo primero que se me ocurre:

—Me alegra que hayas continuado con el legado familiar, la verdad. Se nota que todos los cambios tienen tu toque.

Darana ni se inmuta. Sigue con las manos firmes al volante, devorando la distancia entre nubes de polvo que se pegan a los cristales.

—Elizabeth y yo lo hemos mantenido como hemos podido —suelta con una frialdad que me escuece—. Se supone que todo esto iba a ser para Elijah, pero así son las cosas. No todos podemos marcharnos lejos, dar una espantada y cumplir nuestros sueños como si los demás no existieran.

Genial. Sabía perfectamente que esto no iba a ser un paseíto agradable por el campo.

—Ya… lo siento —murmuro, tragando saliva.

Me encantaría meterme en su cabeza para saber qué coño está pensando de verdad.

Seguro que se pregunta si me arrepiento de haberme ido, de haber dejado atrás a mi exmarido o de no haber dado la cara cuando las cosas se pusieron feas por aquí.

Noto cómo la mandíbula de Darana se tensa.

Apuesto lo que sea a que se está aguantando las ganas de gritarme que no le hace ni puta gracia mi regreso triunfal, y que ponerme a estudiar las tormentas de la zona no va a borrar mágicamente los meses de movidas y borracheras que tuvo que soportar por culpa de Elijah después de nuestra ruptura.

La camioneta avanza dando unos botes brutales sobre el terreno irregular, haciéndome dar saltos en el asiento.

—A la derecha están los nuevos comederos —suelta, rompiendo la tensión mientras marca el territorio—. Y más allá, cruzando el arroyo, está la plantación de geranios, cerca de donde están las vacas. No quiero que tú ni los de tu equipo estropeéis esa tierra. ¿Te queda claro, Bennet?

—Perfectamente, señorita Calloway —le respondo, apuntando el dato en mi cuaderno, el único material que he traído para esta primera toma de contacto junto a mi anemómetro portátil.

Tengo que admitir, aunque sea solo para mis adentros y bajo secreto de sumario, que Birdsong Hills está jodidamente espectacular, y que grita el nombre de Darana por los cuatro costados. Su obsesión por el control y sus estudios de gestión agropecuaria se notan en cada rincón.

Subimos una pequeña loma y, a lo lejos, diviso los cobertizos principales. En un lateral todavía se aprecian perfectamente las marcas del derrumbe de aquella fatídica noche. Y enseguida, se me encoge el estómago.

—Has hecho un gran trabajo aquí, Ran... Darana —corrijo de inmediato al ver cómo sus ojos me fulminan a través del espejo retrovisor.

—Hacemos lo que debemos para sobrevivir —sentencia.

Acto seguido, da un volantazo hacia la izquierda que casi me hace escupir el cruasán que todavía estoy terminando de digerir en el estómago.

La camioneta frena en seco frente a una valla de madera desgastada, levantando una polvareda tremenda.

El motor de la Ford Ranger se apaga con un suspiro.

Darana se apoya contra el respaldo, me mira de lado y esboza esa sonrisa que no tiene nada de simpática, sino que es un desafío envenenado.

—Si tantas ganas tienes de empezar —comenta con tono de burla—, creo que la zona norte te vendrá bien para que comiences a tomar tus apuntes y a planificar dónde vas a meter tus cables.

«Qué manera de decirlo».

—Vaya, señorita Calloway, qué generosa —le respondo, sosteniendo su mirada con la misma calma—. Espero que tus vacas no confundan mis futuros sensores con pasto cuando los monte con mi equipo. Sería una auténtica lástima que mi valioso material científico acabara convertido en caca de rumiante.

Sus ojos brillan con un chispazo peligroso. Y el aire dentro del vehículo se vuelve abrasador.

—Si lo hacen, será un buen test de resistencia para tu tecnología —replica ella sin perder la compostura—. Aunque, conociéndote, seguro que tienes un plan B. Tú siempre has tenido un plan B para huir de los problemas. ¿No?

Me está buscando las cosquillas de mala manera.

Entrecierro los ojos y abro la puerta antes de mandar el profesionalismo a la porra y saltarle al cuello para estrangularla.

El calor de las tierras altas me golpea la cara en cuanto pongo un pie en el suelo.

Me cuelgo la correa del anemómetro portátil al hombro, agarro mi cuaderno firmemente bajo el brazo y encaro el camino hacia el dichoso cercado norte.

Noto perfectamente su mirada clavada en mi trasero mientras me alejo.

—¡El cercado norte está a unos metros! —me grita desde el vehículo, como si fuera tonta y no supiera orientarme, o no recordara estos parajes—. No creo que te pierdas, pero si necesitas que te acompañe alguien para que no te coma un bicho…

—Tranquila —le grito sin girarme, levantando una mano—. Sé leer mapas. Y nubes. Llevo años haciéndolo solita.

· · ·

Pisar la tierra me hace sentir viva, aunque el sol me está torrando la nuca.

Me recojo el pelo mientras avanzo —maldigo haberme dejado el sombrero en el coche—, y cuando por fin llego al maldito cercado norte, entiendo por qué me lo ha asignado: es el lugar más incómodo, expuesto, caluroso y problemático de todo Birdsong Hills. Muy propio de Darana.

Me siento en un tronco seco, coloco el anemómetro portátil a mi lado para que vaya registrando las rachas de viento de la zona y abro mi libreta.

Es la misma libreta que llevo usando desde que conseguí el puesto.

Está llena de anotaciones, esquemas de tormentas y pequeños dibujos de nubes que hago cuando me aburro o necesito concentrarme.

Me pongo a apuntar las coordenadas geográficas de los puntos óptimos donde Ethan, Kira y yo colocaremos las estaciones repetidoras en los próximos días.

Estoy metida en mi papel, con el ceño fruncido y la lengua presionando el interior de mi mejilla, aislada del mundo entero. Un grave error en estos parajes. Porque de repente, noto un tirón seco y violento que termina por arrancarme el cuaderno de las manos.

—¿Pero qué coño…?

Al girarme, me quedo de piedra. Un maldito burro gris de orejas gigantescas, con una mirada sospechosamente satisfecha y la mandíbula moviéndose de lado a lado… mastica mi libreta.

—No puede ser… —murmuro, estupefacta.

El animal lo hace con una parsimonia celestial. Y de repente, me doy cuenta de que mis datos se están convirtiendo en papilla dentro de su boca.

—¡Eh! ¡EH! —grito, y pego un salto que casi me hace tirar el anemómetro—. ¡Suelta eso, pedazo de mulo! ¡Que no es alfalfa, maldita sea!

El burro me mira fijamente con sus ojos grandes y plácidos, como diciéndome: «Pues está sabroso, tía». Antes de retroceder un paso.

—No te atrevas… —le advierto, y avanzo hacia él con las manos extendidas, intentando parecer intimidante.

El bicho se da la vuelta con una agilidad pasmosa y echa a trotar.

No, no, no . ¡Esto no me puede estar pasando a mí!

—¡Vuelve aquí, delincuente de cuatro patas!

Y ahí me veis. Camila Bennet, científica del Instituto de Meteorología, corriendo como una loca por mitad de un cercado australiano detrás de un burro cleptómano, mientras voy esquivando matorrales, saltando agujeros en la tierra y sintiendo cómo el sudor hace que la camisa se me pegue a la espalda de la forma más antidiva posible.

—¡Que sueltes eso! —le grito con la voz entrecortada por el esfuerzo—. ¡Que es ciencia, joder, y cuesta dinero!

El muy traidor parece estarse divirtiendo de lo lindo. Da un pequeño salto juguetón, levanta las coces y acelera el ritmo.

—¡Te juro que como me hayas destrozado la página de las gráficas te convierto en mortadela! —le amenazo, desesperada.

Tropiezo con una piedra, resbalo de mala manera en una zona de tierra suelta y pego un patinazo digno de una pista de hielo, pero milagrosamente consigo recuperar el equilibrio agitando los brazos como un pato mareado.

No me puedo meter la hostia monumental aquí.

Básicamente porque, al levantar la vista, veo la Ford Ranger a lo lejos.

Y apoyada contra el capó, con los brazos cruzados, el sombrero ladeado y una sonrisa de oreja a oreja que le cruza la cara, está Darana. Observando todo el espectáculo en primera fila.

Por supuesto. Por supuesto que tenía que estar viendo mi humillación pública.

—¡No te quedes ahí disfrutando del show! —le grito a pleno pulmón sin dejar de perseguir al asno—. ¡Haz el favor de mover el culo y ayúdame!

Darana ni se inmuta. Se limita a soltar una carcajada que escucho perfectamente desde la distancia.

Por suerte, el burro decide que ya ha corrido bastante por hoy y se detiene en seco cerca de la camioneta. Me acerco a él despacio, con las manos por delante, mientras respiro como si hubiera corrido una maratón completa en el desierto.

—Eso es… buen chico… —le suplico con voz titubeante—, suelta la libreta… sé un burro decente… vamos…