Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 4
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Camila

No era realmente consciente de lo muchísimo que había echado de menos a Lily hasta que nos hemos plantado una hora de reloj hablando por los codos.

Hemos rajado de los viejos tiempos, de los cotilleos del pueblo y de la cantidad de cosas que nos hemos perdido la una de la otra por el camino.

Aunque, si digo la verdad, por mi parte tampoco había gran cosa que rascar.

En los últimos tres años —que se suman a los siete anteriores de mi espantada— no he hecho más que hincar los codos para formarme, ir de acá para allá con la maleta a cuestas y aprender a comprender los caprichos de las tormentas.

El resumen exprés de mi vida es sencillito: prefiero mil veces la soledad de mi presente nómada a bordo de Viento que tener que aguantar los celos, las escenas y las neuras de otra persona.

De golpe, el recuerdo de Elijah me asalta. Me viene a la memoria uno de los tantos momentos en los que su expresión se transformaba por completo, poniéndose hecho un basilisco cada vez que yo sacaba el tema de buscarme una vida mejor y con más futuro fuera de las fronteras de este este lugar.

En fin, tampoco puedo ponerme a darle vueltas al pasado ahora, sobre todo porque la cafetera por fin ha terminado de dar lo suyo.

Me sirvo la que ya es mi cuarta taza del día —hola taquicardia— y me dispongo a meterme entre pecho y espalda una buena ración de cafeína acompañada por un par de cruasanes que le habían sobrado a Christian en la cafetería y que Lily me ha metido en la bolsa con todo el cariño del mundo.

—Ay, por favor… Esto sí que es vida —murmuro para mis adentros, dejándome caer en una silla de madera que acompaña a la mesa rústica del salón.

Tengo que admitir que la cabaña está muy currada. Jamás en la vida me habría imaginado Birdsong Hills reformado con tanto gusto. Estoy a punto de hincarle el diente al primer cruasán, cuando de repente escucho un derrape brutal fuera de la casa, seguido del sonido seco y chirriante de un frenazo.

Ese frenazo lo conozco. Vaya si lo conozco.

Sé perfectamente de quién es. Y también sé cómo suena ese portazo.

De hecho, reconozco al instante los pasos firmes y cabreados que se arrastran a toda prisa por el porche, levantando la tierra a su paso.

Me levanto de la silla de un impulso, abro la puerta y me encuentro de frente con el puño cerrado de Darana Calloway, que se ha quedado a un milímetro de estampar sus nudillos contra la madera. O contra mi nariz.

—Vaya, vaya… Veo que sigues llamando la atención allá por donde pasas —ironizo, mirándola de arriba abajo antes de darle la espalda con toda la parsimonia del mundo para regresar al salón. Que se note que no me intimida, aunque por dentro me tiemble hasta el carné de identidad.

—¿Se puede saber a qué estás jugando, Bennet? Porque te recuerdo que nunca me han gustado tus putas bromitas —me escupe desde el umbral, entrando detrás de mí.

—En general, Darana, a ti no te gustan las bromas de absolutamente nadie —le respondo sin mirarla, clavando los ojos en mi taza de café.

Joder, es que ha bastado una sola frase para que me ponga los nervios a flor de piel. Giro sobre mis talones y la encaro con todo el propósito del mundo de mantener la compostura, poner mi cara más serena y evitar a toda costa soltarle las cuatro verdades que se merece.

—Pero ya que lo preguntas con tanta amabilidad, no, no estoy jugando contigo. Y no, tampoco he venido aquí por placer, créeme. Estoy exactamente igual de encantada de verte que tú a mí, que es más bien nada.

—¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué demonios no rechazaste el contrato en cuanto viste a dónde venías? —me espeta, cruzándose de brazos y clavándome unos ojos que echan chispas—. Hay miles de meteorólogos en este país que podrían haber hecho el trabajo en tu lugar.

—Ya, qué pena. Terminé mi último trabajo antes.

Y además, es que resulta que ninguno de esos miles de meteorólogos entiende las tormentas de esta zona ni la mitad de bien que yo —le suelto, dándome un toque de tía empoderada—.

Así que, si de verdad quieres mantener tu hacienda a salvo y que no acabe todo reducido a cenizas, te recomiendo que me facilites las cosas. A mí y a mi equipo.

Darana entrecierra esos ojos color miel, fulminándome con la mirada, y luego desvía la atención hacia las cajas del equipo científico que se apilan a su espalda. En un segundo, sus neuronas hacen clic y entiende perfectamente cuáles son mis planes inmediatos.

—De eso nada. No vas a poner todos esos cacharros para estorbarnos e impedir que la gente pueda hacer su trabajo diario —me advierte, dando un paso intimidante hacia mí.

—Pues sí, lamento comunicarte que voy a hacerlo, porque te repito que es la única manera que tienes de salvar este sitio —le rebato, plantándole cara.

Ella se me acerca todavía más, acortando las distancias de una forma que me corta la respiración.

Está tan sumamente cabreada que va levantando el polvo del suelo con cada pisada de sus botas.

Puedo ver perfectamente cómo la rabia se escapa a través de sus fosas nasales, como si fuera un caballo salvaje a punto de encabritarse.

Cuando se planta a escasos milímetros de mi rostro, la tensión es tan bestia que casi se puede cortar con un cuchillo.

En su mirada leo, con total y absoluta nitidez, el odio que me sigue teniendo.

—Mira, Ran…

—Para ti soy Darana o mejor, señorita Calloway. Ya no soy absolutamente nada tuyo, así que haz el favor de no volver a llamarme así en tu puta vida —me espeta con una frialdad que me hiela la sangre.

Levanto las manos en son de paz, dando medio paso atrás para que no note el efecto que tiene su cercanía en mi cuerpo.

—Está bien, de acuerdo…, señorita Calloway —le digo, sabiendo perfectamente que me la estoy jugando—.

Creo que eres plenamente consciente de lo salvajes que han sido los temporales por aquí en los últimos años, ¿verdad?

Porque las evidencias científicas están ahí, no mienten.

Durante estos meses mi departamento ha detectado varios patrones completamente inusuales de tormentas en esta región exacta.

El año pasado fue idéntico, y vamos, no hay que ser ningún genio para entender que o encontramos una solución rápido y descubrimos qué demonios las está empeorando, o esto va a acabar muy mal.

Me guardo las manos en los bolsillos de los vaqueros e intento esbozar una sonrisa profesional, pero lo único que consigo es ponerme más nerviosa que un flan.

—Solo quiero ayudar, Darana. Quiero mejorar la seguridad de tus trabajadores y la de los turistas que se dejan el dinero aquí. No quiero que vuelva a repetirse jamás lo de…

De golpe, siento una punzada espantosa en mitad del pecho que me obliga a callarme. El maldito recuerdo del granero envuelto en llamas gigantescas y de cómo Elijah salió de entre el humo negro cargando a Darana en brazos justo frente a nuestros ojos me estremece el cuerpo entero.

—Solo quiero ayudar —repito, incapaz de articular una sola palabra más.

Darana me clava una mirada analítica, escrutando cada milímetro de mi cara.

No está para nada convencida, se le nota a la legua, y estoy segura de que en su cabeza se está debatiendo seriamente entre mandarme a tomar por saco ahora mismo o llamar al instituto para exigir que le den las riendas de este asunto a cualquier otro científico.

Se gira sobre sus talones, dándome la espalda, y vuelve a inspeccionar las cajas del equipo.

Me fijo en que el pelo le ha crecido muchísimo en todo este tiempo.

Lleva una trenza rubia espectacular, algo desordenada, que le llega a más de la mitad de su espalda.

Varios mechones rebeldes se le escapan detrás de las orejas, acariciándole unas mejillas encendidas por la rabia, salpicadas por las mismas pecas de siempre que tanto brillaban bajo el sol abrasador del verano australiano.

Sacudo la cabeza, dándome una bofetada mental para desterrar esos recuerdos de mi mente.

«Nunca volveremos a ser aquellas dos grandes amigas inseparables que subían corriendo a las colinas y se bañaban en cueros en las aguas de las pozas de agua», me recuerdo.

Y muchísimo menos seremos esas dos chiquillas que jugaban a esquivar a las gallinas al recoger los huevos o que alimentaban a la colonia de gatos que campaba a sus anchas por los cobertizos. Ese pasado murió y está bien enterrado.

—Está bien —accede, volviéndose hacia mí con los brazos cruzados sobre el pecho.

Al segundo, adopta ese gesto de advertencia tan suyo, el mismo que empezó a poner cuando se enteró de mi noviazgo con Elijah. Justo el punto de inflexión donde nuestra verdadera amistad saltó por los aires.

—Pero te voy a poner una condición: no quiero que tú ni tu equipo de científicos interrumpáis lo más mínimo la actividad diaria.

Ahora mismo vivimos del ganado y de las visitas, y tenemos el cupo de turismo rural de los fines de semana hasta arriba.

No tenemos la suerte de ser una gran extensión como Undoolya. Así que nada de ser un estorbo.

—No te preocupes por eso, de verdad —le aclaro, sintiendo cómo por fin mis hombros se relajan y puedo soltar el aire—. Te prometo que Ethan, Kira y yo no vamos a darte ni el más mínimo quebradero de cabeza. Es más, va a parecer que ni siquiera estamos aquí. Seremos como fantasmas.

—Lo dudo muchísimo, la verdad, pero gracias —suelta ella.

Darana se recoloca el sombrero con un toque de dedos y asiente con la cabeza, dando por zanjada la discusión.

El aire en el salón se vuelve tan denso e incómodo que casi cuesta respirar.

Ella se da la vuelta dispuesta a cruzar el umbral de la puerta y largarse, pero las palabras me salen antes de que mi cerebro pueda detenerlas.

—¿Puedo pedirte un favor?

Se detiene en seco, como si hubiera pisado una mina, y se gira lentamente.

Ay, madre. No sé si esto va a funcionar o si me va a soltar un puñetazo, pero le planto mi mejor sonrisa.

Esa sonrisa que intenta decir de manera desesperada: «Oye, te prometo que en el fondo sigo siendo la misma chica con la que te perdías por las colinas hasta las tantas de la madrugada».

Pero, evidentemente, la mirada que me devuelve ella no tiene absolutamente nada de nostalgia.

—He estado observando desde la ventana que habéis cambiado bastante la distribución y que tenéis zonas completamente nuevas para el pasto y el ganado —le explico, intentando sonar técnica y profesional—.

Me gustaría echarle un vistazo a toda la extensión de la propiedad antes de ponerme a colocar el instrumental de medición.

Así tendré una lectura de terreno mucho más clara.

Lo que realmente estoy queriendo decirle, de la manera más sutil posible, es que quiero que sea ella misma la que me dé esa vuelta en su flamante Ford Ranger mientras yo tomo notas a la espera de que lleguen los chicos.

Su semblante no cambia ni un ápice, sigue rígido como una estatua, pero vamos, no me hace falta que me haga una mueca de asco o que ruede los ojos para darme cuenta de que la idea de pasar un rato conmigo encerrada en un coche le apetece lo mismo que una colonoscopia.

Sin embargo, sé que lo va a hacer. Como solía decir siempre su padre: «Cuanto antes se empiecen las cosas desagradables, antes se acaban y nos las quitamos de encima».

—Cuanto antes te pongas con el dichoso trabajo, antes os largaréis todos de aquí, ¿no?

Casi se me escapa una sonrisa de oreja a oreja al comprobar la tremenda cantidad de gestos y cosas que tiene en común con el viejo Richard. Que en paz descanse.

—Claro —le respondo, sosteniéndole la mirada—. Esa es la idea principal.

Aunque es una pequeña mentira.

Doy un paso largo hacia la mesa de madera, agarro la taza de café y me la bebo de un solo trago.

Acto seguido, en un ataque de pánico por la tensión, agarro uno de los cruasanes y me meto la mitad en la boca, de un solo viaje.

Me lleno los carrillos hasta el punto de ahogarme, pareciendo un hámster con sombrero vaquero.

Al menos, si me voy a morir asfixiada delante de mi ex mejor amiga, que sea saboreando la gloria de la mantequilla.

Darana abre la boca, completamente estupefacta ante el dantesco espectáculo que estoy dando. Me pongo el sombrero mientras sigo masticando como puedo y veo perfectamente el destello de diversión resignada en sus ojos.

—Joder… Hay cosas que no van a cambiar ni en un millón de años, Bennet —suelta, negando con la cabeza.

Yo simplemente me encojo de hombros con la boca llena, le dedico una mirada inocente y paso por su lado en dirección al vehículo sin decir ni mu.