Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 3
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Darana

—¿Qué has dicho? —Dejo la taza de café sobre la encimera con un golpe tan seco que por un poco no me la cargo.

Cuando me vuelvo hacia Ricky, el pobre chaval tiene toda la pinta de querer fundirse con el suelo o irse por donde ha venido. El chico no tiene la culpa de nada, pobrecito mío, pero necesito que repita cada una de esas malditas palabras. Y lo necesito ya, antes de que me dé un ataque al corazón.

—Que… que el Instituto de Meteorología ha decidido a última hora enviar a Camila Bennet para estudiar los fenómenos que están azotando la zona —repite, y noto cómo el miedo le tiembla en los labios.

La verdad es que no lo culpo. Mi primer impulso ha sido el de estamparle la taza en la cara por darme semejante noticia de mierda después de estar rodeada de más mierda.

Miro de reojo el reloj de pared que cuelga en la columna principal de la cocina.

Bueno, vale, técnicamente son las doce, lo que significa que Camila Bennet —nada más y nada menos que la traicionera, egoísta y zorra de Camila Bennet— ya llevará un par de horas vagando por mi rancho.

Sin supervisión. Y, sobre todo, sin mi puto permiso.

—¿Se puede saber por qué demonios no me has avisado en cuanto te has enterado? —le rujo, cruzándome de brazos.

—Estabas en las caballerizas con Byron, jefa, y no te gusta que te molesten cuando estás entrenándolo —se escuda él, encogiéndose de hombros.

Buen punto. Ahí me ha pillado. No le puedo reprochar que sea un profesional de los pies a la cabeza.

—¿Y Bert ya lo sabe?

—Ha sido él quien le ha abierto la cabaña de huéspedes, aunque con las prisas no nos ha dado tiempo a llenarle la despensa —anuncia Ricky con cara de pena.

Por mí como si la hubieran alojado en el establo más viejo, rancio y lleno de telarañas de todo este lugar, fíjate lo que te digo.

—En principio el equipo de científicos iba a ser de dos personas, pero ahora…

como son tres, ella se ha ido al pueblo en su coche a comprar provisiones mientras llegan sus compañeros.

O algo así nos ha dicho. Pero ya ha pedido los permisos para empezar a instalar los cacharros de medición en las diferentes zonas.

Te prometo que no me he quedado ni con la última parte de su discurso.

Mi cerebro se ha desconectado. «Seguro que la mosquita muerta ha ido directa a ver a Lily», pienso con una punzada de rabia.

Lily siempre ha sido de su bando, pasara lo que pasara.

Se nota que no tiene ni la más remota idea del infierno que Camila le hizo pasar a mi hermano.

Aprieto los labios con tanta fuerza que me duelen, echo la cabeza hacia atrás estirando el cuello hacia un hombro y luego hacia el otro, y me trago de un solo trago lo que queda de café.

Necesito gasolina en el cuerpo para lo que se me viene encima.

—¿Puedes reorganizar los turnos? Necesito ocuparme de esta tipa personalmente. No pienso permitir que se mueva por mis tierras a su santo antojo.

—Claro, jefa. De todas formas, hoy no tenemos agendada ninguna ruta, así que Maddie y yo podremos apañarnos con el ganado y las clases sin problema —carraspea, mirándome de reojo.

Todavía veo el destello de incomodidad y pánico en los ojos de Ricky.

Intento regalarle una sonrisa forzada para que no se piense que me he convertido en el monstruo de las cavernas —un tierno apodo que me gané hace un tiempo entre los peones por culpa de mi seriedad— y no tardo ni medio segundo en encasquetarme el sombrero y salir de la casa principal como un miura en dirección a mi Ford Ranger.

La casa principal está construida en una elevación del terreno que me regala una vista privilegiada de toda la propiedad: la inmensidad de los pastos, las pistas de entrenamiento y esa bifurcación de caminos de tierra que lleva a las diferentes caballerizas y establos.

Antes de abrir la puerta del vehículo, me quedo clavada un momento en el sitio.

Observo el contraste de colores de mi tierra, los cambios en el relieve y cómo el horizonte se funde a lo lejos con las colinas bajo un cielo azul tan perfecto que parece mentira.

«No sé a santo de qué tiene que venir la listilla de Camila a estudiar tormentas aquí», me digo a mí misma.

Y en cuanto mi mente pronuncia su nombre, un torbellino de malestar y rencor me revuelve las tripas sin que pueda controlarlo ni un poco.

En cuanto me meto en el vehículo, cierro la puerta con un viaje que hace temblar las ventanillas.

Tiro el sombrero en el asiento del copiloto y meto la llave en el contacto, pero no la giro.

Me quedo quieta, echo la cabeza hacia atrás, aprieto el volante y decido ponerme el cinturón…

a la tercera, porque el muy maldito ha decidido tocarme los ovarios y atascarse en contra de mi voluntad.

¡Lo que me faltaba! Parece mentira que, por mucho que pasen los años, Camila Bennet siga teniendo este efecto extraordinario en mí.

Y en el peor de los sentidos posibles. Es una cosa muy grave, de verdad. Demasiado grave para mi salud mental.

Todavía recuerdo como si fuera ayer la última vez que nos vimos las caras.

Fue el día del entierro de Elijah, después de meses enteros de peleas para que firmara los papeles del divorcio que mi pobre hermano jamás llegó a entregarle.

Camila renunció a cualquier parte de la herencia que le correspondía —al menos en eso tuvo un arranque de dignidad— y volvió a largarse por donde había venido sin mirar atrás.

Sin un mísero «lo siento», sin un «ya sé que fue mi culpa» o un «perdón por joderos la vida». Nada.

—Y ahora… se digna a aparecer aquí como si fuera la reina de Saba —farfullo entre dientes.

Joder, es que esto no puede estar pasándome a mí.

Apoyo la espalda en el asiento, conecto el móvil al manos libres del coche —gracias a la red de Telstra — y arranco el motor, que ruge como una bestia.

Piso el acelerador como si estuviera en mitad de una persecución de ganado desbocado y recorro el camino de tierra que lleva a la zona de huéspedes a toda pastilla, levantando una polvareda de campeonato.

Si soy sincera, no sé muy bien qué pretendo presentándome allí.

Aunque, pensándolo bien, podría echarla a patadas de mi propiedad y quedarme tan ancha.

De no ser, claro, porque el puñetero Instituto de Meteorología ha dejado muy claro que tenemos que cooperar para prepararnos ante las futuras tormentas y que, de lo contrario, podríamos sufrir consecuencias mucho más catastróficas que las que nos asolaron hace años.

Recordar ese desastre me pone los pelos de punta y me hiela la sangre, pero es que no puedo evitar sentir este odio visceral hacia una mujer que…

—Mierda. ¿Y ahora qué pasa? —le pregunto al universo en voz alta cuando veo el nombre de mi tía Elizabeth parpadeando en la pantalla del salpicadero. Rozó el botón de aceptar—. Dime, tía.

—¿Te has enterado ya? —se apresura a soltar, sin preliminares.

—¿Es que no lo sabe ya todo el maldito pueblo?

Todo el mundo menos yo, claro está, que siempre soy la última de la lista —le contesto, y tengo que morderte la lengua para no soltar una barbaridad por esta boquita—.

No me puedo creer que nos hayan clavado este puñal por la espalda, de verdad. Es increíble.

—Bueno, Darana… A su favor hay que decir que Camila es la mejor del país investigando esta clase de fenómenos atmosféricos. Tienes que reconocérselo, cariño.

¿Perdona? ¿Eso que acabo de escuchar ha sido un halago? ¿Mi propia tía está alabando a la zorra de Camila Bennet después de lo que le hizo pasar a su sobrino? Es que me pinchan y no sangro.

—Y, por lo que más quieras, no te me vayas a poner ahora como Angus —me suplica.

Angus es nuestro burro más preciado, el mimado del rancho, y también el bicho más cabezota, testarudo y con peor humor de todo Birdsong Hills. Un animal de proporciones medianas, pero con el espíritu y los cojones de un toro.

Escucho a mi tía soltar un suspiro hondo a través del altavoz.

—Sé perfectamente que las cosas con ella nunca han sido fáciles después de todo lo que pasó, de verdad que lo sé, pero no te olvides de que en una relación nunca existe una sola parte de la historia, Darana.

Creo que deberías darle, al menos, la oportunidad de explicarse, de arreglar las cosas del pasado y de que haga bien su trabajo. Nos va la vida en ello.

¿Me está regañando? ¿Me está echando a mí la puta bronca del siglo?

Increíble. Doy un volantazo tremendo llenando el aire de tierra.

Varios peones se me quedan mirando con los ojos como platos cuando paso a toda velocidad cerca de ellos, y tengo que hacer de tripas corazón para no soltarles un grito del que pueda arrepentirme más tarde.

«El clima cambia, y algún día tendremos que empezar a entender las tormentas si queremos seguir adelante y sobrevivir».

Recuerdo de golpe una de las tantísimas frases que me dijo papá antes de morir.

Un consejo que llevaba el mensaje oculto de «deberías dejar el maldito pasado donde está, enterrado y bien sellado», pero yo no estoy nada segura de ser tan generosa.

No puedo. Y conforme hundo más el pie en el acelerador, me doy cuenta de que este giro de los acontecimientos va a traer consecuencias muy gordas de cara al futuro.

—Está bien, tú ganas —refunfuño, tragándome el orgullo—. Intentaré comportarme y no arrancarle la cabeza.