Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 2
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Camila

El sombrero me mira desde la cama con cara de pocos amigos.

Lo juro, si ese trozo de fieltro pudiera hablar, me estaría cantando las cuarenta.

Llevo quince minutos girando sobre mí misma como una peonza, asomándome a la ventana cada dos por tres por si veía aparecer a alguien cerca de la casa.

Pero qué va. El único movimiento ahí fuera es el de los trabajadores, que se mueven por la parcela como si hoy fuera un día más en su bendita rutina.

Aunque bueno, en realidad lo es, ¿no? Tampoco podía esperar que el mapa de Australia se detuviera por el glorioso y triunfal regreso de Camila Bennet.

«Bájate de la parra, bonita».

—Qué soberana tontería —pienso en voz alta, pegándome un bufido a mí misma.

Niego con la cabeza y clavo la vista en las cajas con el equipo científico que se acumulan al lado derecho de la entrada.

Ojo, siempre al derecho, que al izquierdo me da urticaria.

Hay una esquina rebelde que no encaja en la torre que han montado los chicos; la muevo con cuidado hasta que queda una columna perfecta, digna de un premio de arquitectura.

«Así sí». Me llevo las manos a la nuca y empiezo a pasearme por la estancia con los codos abiertos, como si hiciera el baile del pollo para soltar tensiones.

Pero ni por esas consigo que el corazón me deje de zapatear en el pecho.

—Necesito un café. Urgentemente. O un sedante para caballos. Lo que esté más a mano.

En realidad, meterle cafeína a mi sistema nervioso ahora mismo es una idea nefasta, pero el ritual y el ruidito de la cafetera tienen un efecto casi hipnótico en mí.

Me dispongo a saquear los armarios de la cocina, uno a uno, solo para descubrir que están más vacíos que mi lista de citas de los últimos dos años.

Vaya por Dios. Cierro el último mueble de golpe y me apoyo contra la pequeña encimera.

Hay que reconocer que la cocina, aunque básica, es bastante chic para estar en mitad de la nada salvaje.

Supongo que esta combinación de rústico y postureo es la razón por la que Birdsong Hills se ha vuelto tan famoso en Australia.

No es que yo haya estado espiando sus redes sociales en plan psicópata, faltaría más, pero las noticias vuelan… y mi curiosidad, también.

Saco el móvil, busco el número de Ricky y marco antes de que la cordura me lo impida.

—Tengo la cocina más vacía que el desierto del Outback, no hay ni para hacerse un mísero café —le suelto a bocajarro en cuanto descuelga, sin darle margen ni a respirar.

Sí, lo reconozco, a veces soy una mandona insoportable y no debería extrañarme que la gente me tenga por un ogro—.

¿No os habían avisado de nuestra llegada con días de antelación?

—Verá… Solo teníamos agendada una de las cabañas, no sabíamos que vendría más gente —se defiende el pobre chaval.

Me tengo que morder la lengua para no soltarle una bordería de las mías.

Vamos a ver, ¿cómo se creen que se estudian las supercélulas y las anomalías atmosféricas?

¿Con un anemómetro y un poquito de ganas?

En ese momento, recuerdo los sabios consejos de mi última psicóloga —esa santa que me costaba cien dólares la hora— y aspiro una bocanada de aire para no perder los papeles. Calma, Camila, respira.

—¿Quiere que vaya yo a comprar algo al pueblo? —pregunta Ricky, rompiendo el silencio—. Los servicios básicos y los víveres corren a cargo del presupuesto, por eso no se preocupe.

Se le nota la incomodidad desde aquí hasta la otra punta del estado.

—No, mira, no hace falta. Ya me acerco yo —contesto—.

Soy un poquito especial con mis cosas. —Menos mal que el proceso de aceptación de mis propias taras va viento en popa—.

Hasta la tarde no vamos a poder meterle mano a la instalación del equipo, así que aprovecharé para darme un paseo por los alrededores y ver qué ha cambiado.

De paso estudio el terreno, que buena falta me hace.

—Vale, perfecto… Pero si necesita cualquier otra cosa…

—Tranquilo, Ricky. Tú solo asegúrate de que cuando lleguen mis compañeros tengan la despensa hasta arriba —le pido, echando la cabeza hacia atrás con un suspiro—. No quiero que perdamos el día en tonterías domésticas.

—Así se hará. Descuide.

Cuelgo la llamada y pego un bufo contra la pantalla.

Madre mía, qué borde he sonado. Es que tengo la horrible sensación de que, nada más poner un pie en esta tierra, el universo entero se ha confabulado en mi contra.

Todo el mundo me mira de reojo. Todo el mundo menos…

«¿Sabrá ella que he vuelto ya?», me asalta la duda de pronto.

Sacudo la cabeza con fuerza para espantar el pensamiento como si fuera una mosca pesada.

Me acerco a la bolsa de lona que descansa sobre la colcha, saco una camiseta de tirantes limpia y me cambio la que llevo puesta. Después hago lo mismo con el sombrero, repito mi coreografía habitual de colocarme el pelo frente al espejo de cuerpo entero y me examino de arriba abajo.

La Camila que me devuelve la mirada no tiene absolutamente nada que ver con la joven asustada de veinticuatro años que huyó de este lugar por la puerta de atrás, apenas unos meses después de casarse con Elijah.

Esa vida nómada persiguiendo tormentas me ha enseñado, a base de palos, que algunas personas estamos hechas para estar de paso, y que a veces me entiendo muchísimo mejor con los rayos y los truenos que con los seres humanos.

Sin embargo, si rasco un poco la superficie, todavía quedan destellos de la chica que se crio aquí; la hija de los agricultores estrella de la comarca y de la ama de llaves del rancho.

Esa niña que se conocía los nombres de todos los vecinos y sus secretos.

Para mis padres, mi huida de aquí también lo cambió todo.

Los empujó a marcharse, a sentir que su hogar ya no era su hogar, a arrancar sus raíces para buscar un futuro con menos fantasmas.

O bueno, a lo mejor esa fue la excusa que yo me vendí para no confesar que me negaba en rotundo a pasar el resto de mis días cultivando la tierra como ellos querían.

Me ajusto la camiseta por dentro de la cinturilla del vaquero y, de pronto, mis dedos rozan la hebilla del cinturón.

Es de plata labrada, preciosa. Me la regaló Elijah en nuestra segunda…

cita, por llamarla de alguna manera. Conservo poquísimas cosas de mi vida anterior, pero le tengo un cariño desgarrador a esta pieza de cuero.

Me saca una sonrisa boba a la vez que noto cómo una lágrima traicionera amenaza con asomar.

—De eso nada, ni se te ocurra llorar, guapa —le ordeno a mi reflejo. Sonrío con fuerza para tragarme el nudo de la garganta y me doy la vuelta—. Vamos a por esa comida, o no sobrevivirás ni al primer asalto.

Al salir, el porche de madera cruje bajo mi peso de una manera que me resulta extrañamente familiar.

Avanzo hacia Viento intentando convencerme de que puedo con esto.

He vuelto para hacer bien mi trabajo, para proteger a la gente de este lugar, a las familias y a los futuros turistas de lo que se avecina en el cielo.

Esa es la única semilla que debo dejar crecer en mi cabeza.

Claro que, las circunstancias en este pueblo, siempre tienen la maldita costumbre de llevarme la contraria.

· · ·

Giro el volante de mi Toyota con parsimonia, paseando la mirada por la calle principal del pueblo —tampoco es que haya muchas calles, pero esta es la reina de todas—.

Intento memorizar los locales nuevos, modernos y con pretensiones, que se camuflan entre las fachadas de madera desgastada de los negocios de toda la vida.

Al final de la avenida principal distingo el cartel enorme del super que lleva aquí unos siete años.

Hay un trasiego constante de lugareños saliendo con bolsas de papel y barras de pan bajo el brazo.

Al verlos, no puedo evitar preguntarme qué habrá sido de la vieja panadería de Rosemarie y si seguirá horneando aquellas hogazas crujientes que te hacían tocar el cielo con cada tostada.

El estómago me ruge reclamando su tributo, recordándome que solo llevo un café rancio en el cuerpo. Y por eso, detengo a Viento justo enfrente de El Colibrí, la cafetería más famosa de la comarca, por no decir la única donde no te sirven agua de fregar los platos.

Es un localito encantador, con ese rollo vintage de paredes color crema que te abraza nada más entrar.

Se nota a la legua que le han lavado la cara con un par de reformas y que la pintura está impecable, pero al empujar la puerta y escuchar el tintineo del cascabel, el mismo golpe de nostalgia me da de lleno en el pecho.

El aire está saturado de una mezcla gloriosa: granos de café recién molidos, el murmullo de las tazas y ese aroma celestial a beicon crujiendo en la parrilla que Christian ha manejado con maestría desde que el mundo es mundo.

De hecho, es él quien levanta la vista primero. En cuanto me ve, la espátula se le resbala de las manos, y se le cae al suelo a la vez que la mandíbula se le desencaja. Veo un brillo de emoción genuina en sus ojos y a mí se me dibuja una sonrisa de oreja a oreja.

«Vaya, pues parece que no todo el mundo me quiere linchar. Esto sí es volver a casa.»

—Dime que sigues preparando esos cruasanes gigantes con queso fundido y beicon que me salvaban la vida, por favor —le suelto, acomodándome en la barra con chulería.

Christian reacciona, se limpia las manos a toda prisa en el delantal y sale disparado de la barra. Salva la distancia que nos separa en dos zancadas y me estruja en un abrazo que me deja sin aire.

—Pero… pero bueno… —balbucea, separándose un poco para agarrarme por los hombros y escanearme la cara. Parece que esté viendo a un espectro—. ¿Se puede saber qué haces tú aquí? ¿Y por qué tus padres no me han soltado ni media de que venías, pedazo de sinvergüenza?

—Principalmente, porque ellos no tienen ni la más remota idea de que estoy aquí. Últimamente no hemos hablado mucho —confieso con una risita culpable—. No te imaginas la falta que me hacía uno de tus cafés mágicos.

—¡Pues ahora es Lily la que lleva esa magia! —me suelta con orgullo, dándome otro apretón—. ¡Lily! ¡Mueve el trasero y ven aquí ahora mismo!

El grito retumba en el local. Varios parroquianos que estaban ensimismados con sus desayunos levantan la cabeza como suricatos y se me quedan mirando.

Estoy convencida de que más de uno y de dos me han reconocido, porque apartan la mirada de golpe, carraspean con incomodidad y se ponen a cuchichear.

Tendría que hacer memoria para recordar quién es quién, pero ahora mismo no me da la vida —ni tengo las ganas— para ponerme a descifrar con qué vecino me llevaba bien y a cuál le caigo como una patada en el culo.

—¿Se puede saber por qué berreas de esa manera, papá? Te he dicho que estaba organizando las cajas del almacén —protesta esa voz femenina que conozco de sobra.

Una mujer alta, de piel aceitunada espectacular, con el pelo castaño recogido en una coleta alta impecable y unos ojos color verde de los que te atrapan y no te sueltan, aparece por la puerta trasera del local.

Al principio camina mirando unas notas y no repara en mí.

Al menos hasta que me quito el sombrero y le hago un saludo con la mano, guiñándole un ojo.

—Mira qué joyita tenemos de vuelta —anuncia su padre con una sonrisa enorme.

Lily se queda petrificada en el sitio, como si le hubiera caído un rayo. Cuento mentalmente cinco segundos de reloj hasta que reacciona, tira los papeles, se abalanza sobre mí y me planta también un abrazo, dándome un beso sonoro en la mejilla.

—¡Maldita seas, Camila Bennet! —grita, zarandeándome—. ¿Por qué coño no me avisaste de que venías? ¡Y te mato!

—Señorita, ese lenguaje delante de los clientes… —la reprende Christian sin ninguna fuerza, porque a los dos segundos nos estamos riendo a carcajadas.

—¿Sorpresa? —suelto yo, encogiéndome de hombros con mi mejor cara de niña buena.

—Tía, no te haces una idea de lo aburrido y soberano que ha estado este pueblo sin ti. Y que te quede claro: me debes una ruta de copas histórica por haberme mentido. Me prometiste que intentarías venir a verme más a menudo, pedazo de embustera.

—A ver, que sí lo intenté, te lo juro, pero ya sabes cómo es mi trabajo de esclava de la ciencia —explico, adornando un poquito la verdad, y oye, ni un remordimiento me da—. Supongo que las tormentas me han traído exactamente a donde más me necesitan.

—Bueno… Las cosas por aquí tampoco es que hayan cambiado una barbaridad —deja caer Lily con un tono de voz que capto al vuelo.

Sé perfectamente por dónde va. Hace diez años dejé una mancha enorme en el apellido de mi familia, y en este bendito lugar esas cosas se heredan de generación en generación.

Porque Birdsong Hills y concretamente, el pueblo de Willow Creek, puede tener paisajes idílicos, pero tiene una memoria histórica para el rencor que ya la querría un elefante.

Mi sonrisa flaquea un segundo y mi semblante cambia, pero Lily lo nota al instante y me regala una caricia cariñosa en el brazo, mientras su padre me guiña un ojo para quitarle hierro al asunto y espantar los malos rollos.

—¿Qué te parece si marcho ya ese cruasán especial? Con una ración extra de beicon, como a ti te gusta —interviene Christian, salvándome del bache emocional. Asiento con los ojos brillantes.

—Y tú, guapa, te vas a sentar ahí —me apunta Lily con el dedo—. Porque no pienso dejar que cruces esa puerta hasta que me cuentes con pelos y señales todo lo que has hecho con tu vida en estos diez años.

—Claro que sí —le aseguro, plantándole un beso enorme y ruidoso en el pómulo.

Echo un vistazo rápido a mi alrededor, por encima del hombro. Y aunque todavía noto el peso de un par de miradas hostiles clavándoseme en la nuca, sonrío. Porque al menos sé que todavía queda una parte buena, dulce y con olor a café por la que merece la pena haber regresado a casa.