Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1) 1
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Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1)

Lo que dicen las tormentas (Birdsong Hills 1)

Por Lorena Murien

© inepub.com

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Birdsong Hills, Australia.

Camila

Nunca pensé que volvería a ver el color dorado de estos prados, ni las sombras que se mueven al son de la brisa, ni este maldito camino directo a las colinas.

Un paraje que he llevado tatuado en los recuerdos —y en alguna que otra pesadilla— durante los últimos diez años.

Ha pasado una eternidad, la suficiente como para que se me hubiera olvidado el aroma a naturaleza y tierra mojada.

Pero no. Ha sido bajar la ventanilla de mi Toyota Land Cruiser —cariñosamente bautizado como Viento, aunque ahora mismo parezca más bien un monstruo de barro— y el olor me ha golpeado de frente.

Las ruedas van hasta arriba de fango por culpa de la última tormenta —la mismísima razón de mi «deshonroso» regreso—, y las vistas que se abren ante mí me dan una bofetada de realidad: parece que no me hubiera marchado nunca.

—Sigue igual de bonito… —murmuro para mí misma.

Gajes del oficio: a veces paso tanto tiempo sola que ya hablo hasta con el salpicadero.

Trago saliva al tomar la última curva que enfila la hacienda.

Este es el lugar donde me crie y donde se suponía que iba a pasar el resto de mi vida.

Pero ahora que mis padres se han retirado a tocarse las narices a su espectacular casa de Nueva Gales del Sur, tengo la ridícula sensación de que a este sitio ya no le queda ni un gramo de la esencia de los Bennet.

Al menos, hasta que diviso los tejados a lo lejos. Las cuadras, las caballerizas, las zonas de pasto… Y, ¡pam!, los recuerdos me arrollan uno tras otro y sin piedad. De repente, un escalofrío me recorre los brazos con tanta fuerza que piso el freno de golpe.

—¡Joder! —protesto, recolocándome las tetas después de casi comerme el volante.

Observo cómo las manos me tiemblan. Respiro hondo porque noto que el aire empieza a faltarme.

A mi alrededor, el paisaje idílico empieza a teñirse de un gris tormentoso en mi cabeza, como si el cielo fuera a desplomarse otra vez sobre Viento.

Cojo aire, cuento hasta diez y me meto una bofetada mental.

«A ver, reacciona. No ha sido mala idea volver. Eres la puta ama de la meteorología y la única que puede averiguar qué demonios está pasando aquí», me autoengaño con orgullo. Respiro tres veces y hundo el pie en el acelerador.

Atravieso las colinas en menos que canta un gallo y cruzo la entrada vallada. El cartel enorme que me recibe canta «Birdsong Hills». Lo han pintado de un verde cazador precioso, y eso me hace sonreír. Sobre todo, al pensar en el culpable de esa maravillosa idea decorativa.

Pero la sonrisa me dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio.

Porque pensar en la familia Calloway —y concretamente en Elijah; el que fue mi marido— me trae un subidón de culpa y arrepentimiento que me acompaña todo el camino hasta las casas de huéspedes.

«Madre mía, qué espectáculo». Antes aquí solo había vacas, moscas y pasto, y ahora parece un hotel rural de cinco estrellas.

Todo un imperio que quedó en manos de la tía y de la hija menor de la familia tras la repentina muerte de Elijah.

Pensar en la racha de tragedias de los Calloway me encoge el corazón.

«Y tú, no hiciste más que echarle sal a la herida», me reprocho.

Ya verás tú cómo me reciben.

La primera cara que me da la bienvenida al aparcar es la de Albert, el capataz.

Está más arrugado que una pasa, pero mantiene esos ojos azules que parecen radiografiarte el alma.

Su lealtad a los Calloway es casi una religión.

Y teniendo en cuenta lo que hice… bueno, lo último que espero es que me reciba con confeti y un tequila.

Menos aun cuando el Instituto de Meteorología les avisó a última hora de que era yo la que venía.

—Camila Bennet. Nunca hubiera jurado que volvería a verla por aquí —suelta en cuanto apago el motor y planto la bota en la tierra.

—Tutéame, Bert. Que me conoces desde que llevaba pañales —le pido con mi mejor sonrisa de «no me odies, por favor».

Ni un músculo de su cara se mueve. De hecho, se pone más rígido que un poste. Está cabreado. Vale, ¿quién no lo está en este código postal? Trago saliva, expulso todo el aire de mis pulmones y decido ponerme la máscara de tía profesional y empoderada.

—¿El instituto os ha puesto al día?

—Sí, llamaron a primera hora. Una de las cabañas ya está lista para que deje sus bártulos. —Echa un vistazo a mi coche, arruga los labios y asiente—. Veo que todavía usa ese viejo cacharro.

—Viento es el vehículo más fiable del país —defiendo, dándole una palmadita cariñosa al capó lleno de barro.

—Sí… Es curioso que algunas lealtades sí se mantengan con el tiempo.

Zasca. Directo a la yugular.

«Vaya, pues sí que empezamos bien», pienso, aguantando el tipo. Tendré que acostumbrarme a que me miren como a la villana de una telenovela barata. Para todo el mundo aquí, soy Camila Bennet, la desalmada que dejó tirado al bendito de Elijah.

Abro la puerta trasera, agarro mi bolsa de lona y me encasqueto el sombrero de vaquero que heredé de mi madre. Me pongo las gafas de sol me coloco dos mechones rebeldes tras las orejas y le planto cara. Si quiere frialdad, va a tener la Antártida.

—En el maletero está el equipo de medición. Necesito que alguien me ayude a bajarlo para empezar a instalarlo. Mi técnico y mi ayudante van a tardar un poco más en llegar —le informo sin más.

—De acuerdo. Avisaré a Ricky para que se encargue con los chicos.

—Y que tengan cuidado, por favor. Ese equipo vale más que mi vida y no tenemos tiempo que perder.

Le lanzo las llaves de mi todoterreno y echo a andar hacia la cabaña. Taconeo con las botas contra el suelo con una seguridad falsa que ya le gustaría a las modelos de pasarela, disimulando que el corazón me va a mil revoluciones desde que salí esta mañana de la gran ciudad.

El cielo está azul y despejado, un día de verano idílico, pero sé perfectamente que esta calma es mentira. Las anomalías atmosféricas no dejan de subir y las tormentas de esta zona se están volviendo locas.

Pronto tendré que empezar a trabajar el desastre.

—¡Bennet! —truena la voz de Albert a mis espaldas.

Vaya, ya hemos pasado del «Camila» al apellido. Mal asunto.

Me giro y me encuentro con una expresión en su rostro que me deja clavada en el sitio. Está aterrorizado.

—¿Va a pasar lo mismo que aquella vez?

Miro a mi alrededor. El lugar está precioso con respecto al que yo conocí cuando era una niña; mejorado, lleno de vida, con las caballerizas nuevas al fondo. Echo un vistazo al cielo, a esas nubes blancas e inocentes que parecen algodones pero que huelen a peligro inminente.

Miro a Albert, me encojo de hombros y le dedico una sonrisa.

—Eso es lo que he venido a averiguar, Bert.