CAPÍTULO 11
La mañana después
Desperté con el cabello convertido en una amenaza contra la humanidad.
Perfecto.
Así se vive el romance.
Adrián no estaba.
Durante dos segundos pensé cosas absurdas.
Después escuché ruido en la cocina.
Me puse su camisa.
Entré.
Estaba preparando café.
—Buenos días.
—No me mires.
—¿Por qué?
—Tengo una cara horrible.
—He visto peores.
—Qué caballero.
Me entregó una taza.
La probé.
—Sigue siendo espantoso.
—Buenos días para ti también.
—¿Cómo puedes tener esa cafetera y preparar esto?
—Tengo otros talentos.
Lo miré.
Sonrió.
—No empieces.
—Tú empezaste.
Me reí.
Y entonces ocurrió algo que me preocupó.
Me sentí cómoda.
Demasiado.
Como si desayunar en su cocina usando su camisa fuera algo habitual.
Miré la hora.
—¡Mierda!
Adrián dejó su taza.
—¿Qué pasó?
—Mis papás.
—¿Qué pasa con ellos?
—Es domingo.
—¿Y eso significa…?
—Que si no aparezco a almorzar mi mamá probablemente empieza a llamar hospitales.
Fui a buscar la ropa.
Adrián apareció en la puerta de la habitación.
—Julieta.
Me volví.
—¿Qué?
—¿Cuándo te veo?
La pregunta me detuvo.
No dijo te escribo.
No dijo hablamos.
Preguntó cuándo.
—Esta semana.
Adrián asintió.
—Bien.
Salí del apartamento poco antes de las once.
Había dormido poco.
Tenía el cabello imposible y seguía llevando debajo de la chaqueta la misma ropa de la noche anterior.
Cuando entré al carro me quedé unos segundos con las manos sobre el volante.
No arranqué.
Miré el edificio por el retrovisor.
La noche volvió por fragmentos.
Su boca.
Sus manos.
La forma en que había dicho mi nombre.
La sensación de despertar junto a él.
Y después UMbrA.
Esa maldita tarjeta negra.
Trabajo.
¿Qué clase de trabajo necesitaba una puerta diferente dentro de su apartamento y una tarjeta que parecía pertenecer a un club secreto?
Mi teléfono vibró.
Mamá.
¿Vienes a almorzar?
Miré la hora.
—Mierda.
Respondí:
Voy saliendo.
Antes de arrancar me miré en el espejo.
Tenía una pequeña marca en el cuello.
—Perfecto.
Intenté taparla con el cabello.
Durante el camino hasta la casa de mis papás puse música.
Error.
La primera canción consiguió que recordara a Adrián conmigo.
La cambié.
La segunda fue peor.
—¿En serio?
Terminé conduciendo sin música.
Cuando estacioné en el parqueadero del edificio de mis papás ya había decidido dos cosas.
Primera:
Laura no se enteraría de absolutamente nada.
Segunda:
Iba a averiguar qué carajos era UMbrA.
Diez minutos después toqué el timbre.
Laura abrió la puerta.
Me miró.
Después miró mi cabello.
Luego bajó los ojos hasta mi ropa.
Finalmente volvió a mirarme a la cara.
—No.
Cerré los ojos.
Duré exactamente cero segundos.
—Cállate.
—¡No!
—Laura.
Mamá apareció detrás.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Laura empezó a reír.
—¿Por qué están así? —preguntó mamá.
—Tu hija menor tiene problemas mentales.
Papá salió de la sala.
—¿Revisaste el aceite?
—Hola, papá.
—Julieta.
—Sí.
Mentira.
Después del almuerzo Laura prácticamente me arrastró hasta mi antigua habitación.
Cerró la puerta.
—Cuenta.
—No voy a contar absolutamente nada.
—Pasó.
—¿Qué cosa?
—Sabes perfectamente qué cosa.
Me senté en la cama.
—Laura…
Mi hermana señaló mi cuello.
—Tienes una marca.
Me llevé la mano inmediatamente.
—No se ve.
—Se ve.
—Mierda.
—Entonces sí pasó.
Suspiré.
—Sí.
La cara de Laura cambió.
—¿Te acostaste con él?
—Baja la voz.
—Estamos en el otro extremo del apartamento.
—Mamá escucha a través de las paredes.
—¿Fue bueno?
Pensé en la noche.
Sentí calor en la cara.
Mi hermana sonrió lentamente.
—Ah.
—¿Qué?
—Esa cara responde.
—No voy a darte detalles.
—Pésima hermana.
Me reí.
Después recordé.
UMbrA.
Mi expresión debió cambiar porque Laura lo notó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—Hay algo raro.
Ella dejó de sonreír.
—¿Qué tan raro?
Le conté sobre la puerta.
La tarjeta.
La palabra.
No todos los detalles.
Pero suficientes.
—¿Preguntaste?
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que era trabajo.
Laura hizo una mueca.
—Odio las respuestas misteriosas.
—Yo también.
—¿Crees que sea algo malo?
—No sé.
Laura se sentó a mi lado.
—Entonces no inventes historias todavía. Si hay algo raro, lo vas a descubrir. Pero no te dañes sola algo que apenas está empezando únicamente porque no sabes una respuesta.
La miré.
—Eso fue sorprendentemente sensato.
—A veces me pasa.
El resto del domingo intenté no pensar demasiado en UMbrA.
No funcionó.
El lunes llegué a la oficina convencida de que al menos el trabajo conseguiría distraerme.
Cuando entré, Camila supo inmediatamente que algo había cambiado.
—No.
Me senté.
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Qué tiene?
Mateo apareció.
—Sexo.
—¡Dios mío!
Camila abrió mucho los ojos.
—¿Sí?
—No voy a responderles.
Ambos se miraron.
—Sí —dijeron al mismo tiempo.
—Los odio.
Mateo se sentó frente a mí.
—Pregunta profesional.
—No existe una pregunta profesional relacionada con esto.
—¿El cliente seguirá contratándonos?
Le lancé una libreta.
—Vete.
Paula me llamó esa tarde.
—Cierra la puerta.
Lo hice.
—Vértice está feliz con el trabajo.
—Bien.
—Adrián pidió específicamente que sigas manejando la cuenta.
Sentí algo en el estómago.
Paula me observó.
—No necesito saber nada.
—No hay…
Levantó una mano.
—Julieta. Tengo cuarenta años. No nací ayer.
Me callé.
—Solo necesito que tu vida personal nunca comprometa la cuenta.
—No lo hará.
—Bien.
Volvió al computador.
—Y cuídate.
—Paula.
Sonrió sin levantar la vista.
—Puedes irte.
Salí roja.
Mateo me vio.
—Definitivamente sexo.
Seguí caminando.
Pero me estaba riendo.