CAPÍTULO 10 #2
Dejamos de tantearnos y empezamos a buscarnos con una urgencia casi animal, como dos personas que llevaban demasiado tiempo conteniéndose.
Adrián parecía saber exactamente hasta dónde quería llevarme.
Cuando disminuir el ritmo.
Cuando acercarme más.
Cuando conseguir que creyera que por fin iba a darme un respiro para después volver a encenderlo todo.
—Mírame —me pidió.
Lo hice.
Su respiración ya estaba tan desordenada como la mía.
Eso me encantó.
También lo estoy volviendo loco.
—Quiero más —le dije.
Adrián acercó los labios a mi oído.
—Entonces tendrás más, cielo.
Sentí un escalofrío.
—No me hables así.
—¿No te gusta?
—Ese es el problema.
Sonrió.
—Entonces no pienso parar.
Adrián me giró suavemente.
—Apóyate.
Lo hice, primero sobre las manos y después sobre las rodillas.
Por un instante no ocurrió nada.
Giré ligeramente la cabeza.
Adrián estaba detrás de mí.
Mirándome.
Su vista recorrió lentamente mi espalda desnuda, la curva de mi cintura y mis caderas.
Cuando llegó más abajo escuché cómo soltaba el aire.
Bien.
Esa reacción me dio una seguridad que no sabía que tenía.
Moví apenas las caderas.
—Julieta…
Había advertencia en su voz.
Sonreí.
—¿Qué?
Su mano volvió a mi cintura.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
—Tal vez.
La respuesta pareció terminar de romper el poco control que le quedaba.
A partir de ahí la intensidad cambió.
Me sujeté mientras nuestros cuerpos encontraban un ritmo mucho más urgente.
Cada vez que creía que había llegado a mi límite descubría que todavía quería un poco más.
—Más fuerte —le pedí.
Adrián se inclinó sobre mí.
Besó mi hombro.
—Lo que pidas.
El tiempo dejó de tener demasiado sentido.
En algún momento fui yo quien decidió cambiar las reglas.
Hice que Adrián se recostara.
La sorpresa que cruzó su cara me encantó.
Me acomodé sobre él y esta vez fui yo quien marcó el ritmo.
—Ahora no mandas tú —le dije.
Adrián soltó una risa corta.
—Nunca dije que quisiera hacerlo todo el tiempo.
Sus manos rodearon mi cintura.
Empecé a moverme.
Al principio lentamente.
Después ya no.
Sus manos ascendieron por mi cuerpo hasta mi pecho.
Su boca encontró mi piel.
Besó uno de mis senos y después el otro.
Cuando sus labios alcanzaron mis pezones, alternó la calidez de su lengua con pequeñas mordidas suaves que hicieron que cerrara los ojos.
El contraste me volvió loca.
Sus caricias eran lentas.
Casi cuidadosas.
Mientras el resto de nosotros había perdido por completo esa delicadeza.
Dulce arriba.
Salvaje en todo lo demás.
—Adrián…
—Aquí estoy, cielo.
Abrí los ojos.
Quería verlo.
Y entonces descubrí algo que me excitó todavía más.
Él tampoco podía seguir fingiendo control.
La presión volvió a crecer dentro de mí.
Reconocí el comienzo del placer y me aferré a sus hombros.
—No pares.
—No voy a parar.
Seguí moviéndome mientras todo empezaba a tensarse otra vez.
El segundo clímax llegó más intenso que el primero.
Cerré los ojos.
Mi cuerpo tembló.
Escuché mi propio gemido.
Después el nombre de Adrián saliendo de mi boca.
Él me sujetó con más fuerza.
Su respiración se quebró.
Por primera vez desde que lo conocía vi desaparecer completamente aquella calma que parecía acompañarlo siempre.
Su cuerpo se tensó debajo del mío.
Enterró el rostro contra mi cuello.
Y llegó al clímax conmigo.
Nos quedamos quietos.
Exhaustos.
Respirando como si acabáramos de correr kilómetros.
Después Adrián dejó un beso lento en mi hombro.
—Ven acá.
Me acomodé contra su pecho.
Su brazo rodeó mi cintura.
Durante algunos segundos no hubo provocaciones.
Preguntas.
Juegos.
Solo él acariciándome la espalda con los dedos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Mucho.
—¿Mucho qué?
Levanté la cabeza.
—Mucho bien.
Se rió.
—Qué capacidad verbal tan impresionante.
Le di un golpe suave en el pecho.
—Cállate. Me gastaste las neuronas.
Adrián volvió a besarme.
—Descansa, cielo.
Cerré los ojos.
Y entonces apareció el pensamiento más peligroso de toda la noche.
No quiero irme todavía.
Más tarde fui al baño.
Cuando salí, Adrián estaba sirviendo agua.
Me entregó un vaso.
—Gracias.
—¿Arrepentida?
Pensé.
—No. Ni un poco.
—Bien.
—¿Tú?
Me miró como si la pregunta fuera absurda.
—Definitivamente no.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Controlado.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
—No.
—No te creo.
—Entonces no preguntes cosas si ya decidiste la respuesta.
Lo miré.
Ahí estaba otra puerta.
Una de muchas.
No quise abrirla esa noche.
Me desperté cerca de las cuatro.
Adrián dormía.
Me levanté por agua.
Fue entonces cuando vi la puerta.
Negra.
Diferente a todas las demás.
Me acerqué.
No tenía una manija convencional.
Sobre una pequeña mesa cercana había una tarjeta.
Negra.
Solo una palabra en letras discretas.
UMbrA
La tomé.
—Curiosa.
Casi salto.
Adrián estaba apoyado contra la pared.
—Me asustaste.
—Perdón.
Le mostré la tarjeta.
—¿Qué es esto?
Su mirada cayó sobre ella.
Algo cambió.
Pequeño.
Pero lo vi.
—Trabajo.
—Qué explicación tan completa.
Extendió la mano.
Le entregué la tarjeta.
—¿Qué significa UMbrA?
—Julieta…
—Es una pregunta.
—Y te responderé.
—¿Cuándo?
Guardó la tarjeta en un cajón.
—Cuando tenga sentido.
No me gustó la respuesta.
Pero tampoco quise arruinar la noche.
Volvimos a la cama.
Adrián se durmió.
Yo tardé bastante más.
UMbrA.
La palabra se quedó conmigo.