CAPÍTULO 10
Sábado
Pude haberme ido.
Pensé en hacerlo.
No porque no quisiera entrar.
Precisamente porque quería demasiado.
Respiré.
Toqué el timbre.
Adrián abrió.
Camisa oscura.
Sin chaqueta.
Descalzo.
Eso, por alguna razón, lo hizo parecer más peligroso.
—Hola.
—Hola.
Se hizo a un lado.
—Pasa.
Entré.
Su apartamento era muchísimo menos espectacular de lo que había imaginado.
Y me gustó.
Madera oscura, libros, una lámpara cálida y música suave. Una terraza llena de plantas, un saco tirado sobre una silla y una taza olvidada junto al sofá.
Me quedé observando.
Bien.
Al menos eres humano.
Había imaginado su casa varias veces.
Jamás se lo habría confesado.
Siempre era más fría.
Más perfecta.
Más él.
Adrián me observaba.
—¿Qué estás pensando?
—Nada.
—Nunca significa nada.
Sonreí.
—Esperaba algo diferente.
—¿Cómo?
—Más oscuro.
Levantó una ceja.
—¿Oscuro?
—No sé. Más… tú.
—¿Y cómo soy yo?
Lo miré.
El hombre que consiguió que me masturbara pensando en él sin siquiera haberme besado.
Eso no iba a decírselo.
—Todavía intento descubrirlo.
—¿Y qué has descubierto?
—Que haces demasiadas preguntas.
—Y tú evitas demasiadas respuestas.
Me ofreció vino.
Negué.
—¿Nada?
—Agua.
—Qué decepción.
—Quiero estar completamente consciente.
La frase salió antes de que pensara en cómo sonaba.
Adrián dejó la botella sobre la mesa.
—Me parece bien.
No se acercó.
Eso empezó a ponerme más nerviosa que si lo hubiera hecho.
—¿Por qué me miras así?
—Porque estoy esperando.
—¿Esperando qué?
—A ti.
El corazón me golpeó.
—Adrián…
—Puedes irte, Julieta.
—No quiero.
—También puedes quedarte y no hacer absolutamente nada.
—Tampoco quiero eso.
Su expresión cambió apenas.
—Entonces dime qué sí quieres.
Ahí estaba otra vez.
Pero ahora entendí que no era un juego.
No estaba intentando hacerme quedar mal.
Me estaba dejando la decisión.
Di un paso.
—Quiero que me beses.
Lo hizo.
Sin sonrisa.
Sin comentario.
Su boca encontró la mía y durante los primeros segundos fue lento.
Después dejó de serlo.
Le agarré la camisa.
Adrián me sujetó de la cintura.
Mi cuerpo chocó con el suyo.
Sentí inmediatamente cuánto me deseaba.
La misma dureza de la tormenta.
Pero ahora no había nada accidental.
Me quedé quieta un segundo.
Así que no era solamente yo.
Ese pensamiento me encendió.
Me acerqué todavía más.
Adrián dejó escapar el aire.
Ese sonido.
Otra vez.
Me gustaba demasiado saber que podía provocarlo.
Moví ligeramente las caderas contra su cuerpo.
Él detuvo el beso.
—Eso no es justo.
Sonreí.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
—No tengo idea de qué hablas.
—Mentirosa.
Me besó otra vez.
Sus labios bajaron por mi mandíbula.
Después por el cuello.
La barba rozándome la piel me hizo cerrar los ojos.
Su mano recorría mi espalda.
La otra permanecía firme en mi cintura.
Me sentía caliente.
Cada vez más.
—Julieta.
—Mmm.
—Mírame.
Abrí los ojos.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí.
—Quiero escucharlo.
—Estoy bien.
Volvió a besarme.
Esta vez fui yo quien empezó a tirar de su camisa.
Los botones parecían multiplicarse.
—¿Por qué tienes tanta ropa?
Se rió contra mi boca.
—Es una camisa.
—Tiene demasiados botones.
—¿Quieres ayuda?
—Cállate.
Terminó quitándosela.
Me quedé mirándolo.
Sin disimular.
Pecho, hombros, abdomen.
No era perfecto.
Gracias a Dios.
Había una pequeña cicatriz cerca de las costillas.
Un detalle que lo volvía real.
Adrián notó mi mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Ahora eres tú la que observa.
—Déjame.
Pasé los dedos por la cicatriz.
—¿Qué pasó?
—Accidente.
—¿Cuál?
—Otro día.
Otra puerta cerrada.
No insistí.
Mi mano permaneció sobre su piel.
Sentí cómo respiraba.
Entonces Adrián agarró suavemente mi muñeca y besó la parte interna.
Ese gesto me produjo más de lo que debería.
Volvió a besarme.
Caminamos sin demasiada coordinación.
Choqué con una mesa.
Una lámpara estuvo a punto de caer.
La agarré.
Nos quedamos mirándonos.
Y empezamos a reír.
Fue ese momento el que terminó de relajarme.
No tenía que ser perfecto.
Yo no tenía que saber qué hacer.
No estaba interpretando ningún personaje.
Simplemente estaba ahí.
Con él.
Adrián volvió a acercarse.
Esta vez sus manos recorrieron mis costados lentamente.
Sentí cada centímetro.
—¿Puedo?
Su mano estaba sobre el cierre de mi vestido.
Respiré.
—Sí.
Lo bajó.
La tela cayó poco a poco.
Sentí aire sobre la piel.
Y algo que no esperaba.
Vergüenza.
No porque estuviera desnuda.
Había estado desnuda frente a otros hombres.
Pero ninguno me había mirado como Adrián.
No parecía estar evaluando mi cuerpo.
Parecía estar descubriéndolo.
Eso era peor.
—No me mires tanto.
—¿Por qué?
—Porque me pone nerviosa.
—A mí me gusta mirarte.
Sentí calor en la cara.
—Eso no ayuda.
Se acercó.
—Estás preciosa.
No contesté.
Su boca llegó a mi hombro.
Después al cuello.
Sus manos bajaron lentamente por mi espalda.
Cerré los ojos.
Mi cuerpo empezó a reaccionar antes de que yo pudiera ordenar nada.
Respiración.
Calor.
Piel erizada.
Una tensión creciente entre las piernas.
La humedad apareció como una evidencia demasiado clara de cuánto lo deseaba.
Adrián volvió a besarme.
Yo busqué su cuerpo.
No quería espacio.
Su erección presionó nuevamente contra mí.
Esta vez no hubo sorpresa.
Solo deseo.
—Mierda —susurré.
Adrián sonrió cerca de mi cuello.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Eso no sonó a nada.
Me mordí el labio.
—Me gusta sentirte así.
Lo dije.
En voz alta.
Por un instante pensé que me daría vergüenza.
No ocurrió.
Su expresión cambió.
Algo más oscuro.
Más hambriento.
—Eso sí fue una respuesta.
—No empieces.
Me besó.
Terminamos en su habitación.
No recuerdo exactamente cómo.
Solo que cuando llegué hasta la cama mi corazón iba demasiado rápido.
Adrián permaneció frente a mí.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—Estás en tu casa.
Sonrió.
—Entonces puedes irte tú.
—No quiero irme.
—Bien.
Se acercó.
Me besó despacio.
No sé por qué eso resultó más íntimo que todo lo anterior.
Su mano recorrió mi cintura y descendió hasta encontrar el borde de mis panties.
Se detuvo.
Me miró.
—¿Sigo?
Tragué saliva.
—Sí.
Sus dedos acariciaron primero la tela.
Aquel contacto mínimo fue suficiente para cambiarme la respiración.
La humedad ya había empezado a atravesarla.
Y Adrián lo notó.
Claro que lo notó.
Ver cómo cambiaba su expresión al darse cuenta de cuánto lo deseaba consiguió encenderme todavía más.
Su mano desapareció bajo mis panties.
Cerré los ojos.
El primer contacto directo me hizo contener el aire.
No fue inmediato.
No fue una explosión.
Fue peor.
Adrián parecía dispuesto a tomarse todo el tiempo del mundo.
Me acariciaba y después se detenía.
Cambiaba el ritmo.
Volvía.
Esperaba.
Observaba mi reacción.
Y cada vez que regresaba, mi cuerpo estaba un poco más sensible.
—Adrián…
—Dime, cielo.
La palabra me sorprendió.
Abrí los ojos.
No había cambiado su expresión.
Seguía siendo él.
Seguro.
Controlado.
Solo que había aparecido una suavidad inesperada en su voz.
—No pares.
Su mano siguió entre mis piernas.
La humedad aumentó hasta dejar de ser algo que pudiera esconder.
Y, extrañamente, ya tampoco quería esconderlo.
Abrí los ojos.
Adrián estaba mirando mi cara.
No su mano.
A mí.
Como si cada cambio en mi respiración le importara más que cualquier otra cosa.
Eso me excitó todavía más.
—Más —susurré.
—¿Más?
Sabes perfectamente lo que estoy diciendo.
Pero esta vez no me escondí.
—Sí. Más.
Adrián acercó la boca a la mía.
—Lo que me pidas, cielo.
La frase fue dulce.
Su manera de besarme después no lo fue en absoluto.
El placer empezó a crecer lentamente desde el vientre.
Sentí que mis piernas comenzaban a temblar.
Me sujeté a sus hombros.
—No pares.
Adrián me besó.
Y cuando finalmente aquella tensión se rompió, todo mi cuerpo respondió.
Me arqueé contra él.
Cerré los ojos.
Su nombre salió de mi boca antes de que pudiera detenerlo.
Durante unos segundos solo existió aquella sensación.
Cuando finalmente conseguí respirar otra vez, su mano seguía sobre mi cuerpo.
Yo todavía estaba húmeda.
Temblando.
Y completamente consciente de que él lo sabía.
Adrián se quedó observándome.
Yo intentaba recuperar el aire.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó.
La respuesta me dio vergüenza solamente hasta que abrí la boca.
—A ti.
Algo cambió en su expresión.
Se acercó y me besó la frente antes de volver a mi boca.
—Lo que me pidas, cielo.
La frase fue dulce.
Su beso siguiente no.
Lo agarré por la nuca.
Ya ninguno de los dos quería paciencia.
Sus manos buscaron mi cintura y encontraron nuevamente el borde de mis panties.
Hubo un segundo en que pensé que intentaría quitarlos con cuidado.
No lo hizo.
La tela cedió con un tirón impaciente.
Abrí los ojos.
—¿Acabas de romperlos?
Adrián me miró.
—Te compro otros.
No pude evitar reírme.
—Idiota.
—Después me insultas.
Volvió a besarme.
Y en ese momento me importaron bastante poco mis panties.
Pensé que después necesitaría varios minutos para recuperar la cordura.
Duré bastante menos.
Volví a buscar su boca.
Esta vez mi deseo era diferente.
Ya no quería solamente sus manos.
Quería aquello que llevaba imaginando desde la noche de la tormenta.
Quería sentirlo completamente conmigo.
Él debió entenderlo porque se detuvo.
—Julieta.
—Sí.
—No te he preguntado todavía.
Lo miré.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
Respiré.
Y se lo dije.
—Quiero que sigas. Quiero sentirte.
No hubo duda después de eso.
Cuando finalmente desapareció la distancia entre nuestros cuerpos, cerré los ojos.
Por fin.
Esa fue exactamente la frase que apareció en mi cabeza.
Por fin.
Había imaginado aquel momento desde que sentí su erección contra mi pelvis debajo de la lluvia.
Lo había imaginado en el carro.
En la ducha.
En mi cama.
Incluso trabajando.
Pero ninguna imaginación se parecía a tenerlo realmente conmigo.
Durante los primeros segundos Adrián permaneció quieto.
Esperando.
—¿Bien?
Lo abracé con más fuerza.
—Muy bien.
Al principio nos movimos despacio.
Como si todavía estuviéramos aprendiendo el cuerpo del otro.
Como si ninguno quisiera romper demasiado pronto aquello que llevábamos semanas construyendo.
Esa delicadeza duró poco.
La necesidad terminó ganándonos.